En un relato de Pearl Buck encuentro esta curiosa variación sobre el tema de Tarzán. Un avión norteamericano es derribado por una cuadrilla japonesa y cae en un valle chino entre altas montañas junto a una aldea perdida. Al piloto lo acogen en la casa del rico del pueblo que tiene una hija adoptiva, blanca, rubia, cuyos padres murieron cuando la niña era pequeña. La llegada del aviador, que no habla una palabra de chino, a una casa cuyos moradores no hablan una palabra de inglés, lleva a la muchacha a recuperar su inglés infantil olvidado para poder servir de intérprete.

El resto de la historia es más interesante aun pero me detengo en ese momento: un adulto que recupera el uso de la lengua que hablaba en la primera infancia seguirá hablando infantilmente durante un tiempo al menos.

Pearl Buck era hija de misioneros presbiterianos, fue misionera ella misma y vivió cuarenta años en la China de la primera mitad del sXX antes de convertirse escritora. La China está así al centro de su obra. Pero estos relatos transcurren también en otros países asiáticos, la India, Corea, Filipinas. Y se inician o acaban en Norteamérica y Gran Bretaña la mayoría de ellos porque sus protagonistas son occidentales en Oriente u orientales en Occidente. El asunto que mueve estas historias, lo que crepita por debajo de la acción, es el choque cultural y el difícil mestizaje entre ambos mundos, entre modernidad y tradición. 

En La Buena acción, justamente, una anciana transplantada al barrio chino de Nueva York, desposeída como se siente de sus referentes, se las arregla sin embargo para activar su registro y llevar el curso de las cosas allí donde quiere verlas llegar. Lo interesante del caso es que, paradójica e inevitablemente, para hacer respetar la tradición se ve obligada a componer con la modernidad. Más o menos al revés de lo que simétricamente debe hacer un mecánico militar norteamericano en China durante la Segunda Guerra en La Carta inconclusa: respetar ciertas tradiciones es imperativo para conseguir que se respete lo que a sus ojos de occidental son los valores de la modernidad, los derechos humanos, los derechos de los niños.

Los chinos tradicionales salen relativamente bien parados en estos relatos, mientras que los «modernizados», por llamarlos de alguna manera, quedan como la mona. Ya los maoístas, ni qué decir. En dos de estos relatos, Un puñal en las tinieblas y Vuelta al país, el poder surgido del maoísmo exhibe su cara más siniestra.

Más allá de China, en Las Aguas del Ganges un joven indio, estudiante en Harvard, se resiste a plegarse al ritual funerario tradicional hindú a la muerte de su padre. Indagando en su reticiencia se entiende que la parte del rito que más le repugna es tener que romper el cráneo del difunto para que el alma de éste pueda escapar de su prisión y liberarse. 

Amanecer en Juhu presenta el encuentro consabido entre el cómodo exotismo tras el que van los turistas y el fétido aliento de hiena que les echa a la cara por algún intersticio la miseria presente en aquellos países. Sea que el intersticio se abra sin buscarlo en una playa india o bien que el viajero decida explorarlo, como en Pelea de gallos, que transcurre en las afueras de Manila. En Dúo en Asia, los pequeños coreanos de ojos azules, nacidos de relaciones entre soldados norteamericanos y mujeres coreanas durante la Guerra de Corea, son los más maltratados en los orfelinatos. El mestizaje podrá ser a largo plazo inevitable pero en la distancia corta es a menudo invivible. 

Con todo, con su qué de Corín Tellado y su lado boy scout ligeramente irritantes, Pearl Buck demuestra una maestría que confirma lo que ya sabíamos: el Premio Nobel no lo regalan. Incluso al más corintellado de estos relatos, El Sari verde, que da nombre al conjunto, un escarceo entre una joven viuda y un periodista en un vuelo Londres-Delhi, que contaba con dos escalas en esa época, lo salva en parte la presencia misteriosa de una azafata india en sari verde, la encarnación del misterio que a ojos de la narradora Asia siempre representa.

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Así imaginó un ilustrador a los protagonistas de la primera historia que describo arriba. Es probablemente una imagen demasiado literal pero así suelen ser las portadas de los libros de bolsillo