A fines de 2004 un grupo de suizos alemánicos practicaban en un hotel de Sri Lanka una cura ayurvédica que incluía yoga y verduras cocidas. Vino la ola mortífera del sunami y el hotel, que está en una colina cercana a la playa, se convirtió en un improvisado hospital de campaña. En medio de escenas desgarradoras de gente rota por la tragedia, los suizos ésos continuaban impávidos midiendo la profundidad de su ombligo. Emmanuel Carrère, que compartía con ellos el hotel, los bautizó «los ayurvédicos». Lo cuenta en De vidas ajenas y lo vuelve a contar en Yoga.

He recordado a veces a los ayurvédicos durante la pandemia. Mientras los ancianos morían por miles en la primera ola le escuché decir a una ayurvédica local que la gente contraía el coronavirus porque estaba «asfixiada por su propia vida».

Yo procuro no hablar mucho de yoga sino más bien practicarlo porque creo que todo el tiempo que le dediques es poco contando con lo que te aporta. No se me escapa, eso sí, que entre algunos de sus promotores hay unos cuantos cretinos patentados. Como el propio primer ministro indio, Narendra Modi, que promueve el yoga en su país y en el resto del mundo y sin embargo llegó al poder en parte gracias a una masacre de musulmanes que orquestó cuando era gobernador del Estado de Gujarat en 2002.

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Y vuelvo recordar a los ayurvédicos ahora cuando veo cómo desplegamos nuestras estrategias para pasar por la agresión a Ucrania tratando de no salpicarnos moralmente. Para no hablar de los que la justifican y se niegan a admitir la diferencia entre el agresor y el agredido. Estos suelen ser agresores emboscados detrás de un falso perfil de agredidos.

No queda más remedio que neutralizarlos. Como venimos haciendo desde el parvulario.

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PS/ Visto el tradicional compadreo entre la India y la Unión Soviética, era previsible que al gobierno indio le costase condenar la agresión de Putin a Ucrania. Pero abstenerse de hacerlo, como ha votado hoy en las Naciones Unidas, cubrirá de vergüenza a Narendra Modi durante varias reencarnaciones.