He leído con gran placer La Medición del mundo, de Daniel Kehlmann. Cuenta la historia de dos lumbreras del sXIX alemán, Humboldt y Gauss.

El libro se abre con el viaje a Berlín que hace Gauss ya viejo y a regañadientes, él que había sido el niño prodigio de las matemáticas, obedeciendo a una invitación de Humboldt. Y a partir de ese encuentro cuenta las hazañas de Humboldt, que recorre Sudamérica y Rusia midiendo la altura y la profundidad de los volcanes, el curso de los ríos y las corrientes marinas, todo lo que se mueve o se está quieto. Y las de Gauss, que no se mueve de Alemania pero contribuye de manera decisiva a la medición del mundo a través de las ciencias exactas.

El viaje de Humboldt y su compadre Bonpland por América lo conocía más o menos bien. Igual es gracioso ver cómo lo cuenta Kehlmann, con erudición y cazurronería y buena mano para combinarlas. La vida sexual del expedicionario la despacha con tres o cuatro pinceladas muy bien dadas.

De Gauss, en cambio, sabía poco y nada. Sabía que era el padre  de la famosa campana de distribución normal que lleva su nombre y poco más. Y vaya personaje. A la hora de dirigir unas palabras a los escasos invitados el día de su boda dice que la felicidad le parece un error de cálculo, una falla que espera que nadie descubra. ¿Dije algo que no debía?, le pregunta luego a la novia en vistas de la cara de estupor de los comensales. No, no, responde ésta, es el discurso que siempre soñé para mi boda. A la hora de cumplir con sus deberes conyugales lo asalta una idea y como ha aprendido que una idea no se puede dejar pasar se retira un minuto para ir al escritorio y apuntar esto: suma d. cuadrados de la dif. entre las observ. y los cálculos —> 

Durante la fiesta que Humboldt organizó para él en Berlín, Gauss soportaba el contacto con los invitados haciendo estos cálculos: de haberse quedado en su casa tardaría un año y siete meses en ver a tanta gente como estaba viendo en ese momento. La mitad de los hombres iban de uniforme y un tercio tenía bigote. Sólo un séptimo de los presentes eran mujeres, un cuarto de entre ellas tenía menos de treinta años y sólo había una a la que hubiese querido tocar. Se da la casualidad de que se trataba de la mujer del que se convertiría luego en su colaborador más cercano y su heredero intelectual. Envejecer no es trágico, es ridículo, pensaba Gauss, que al final de su vida se perdía en cálculos sobre los años que le quedaban por vivir a quien tenía delante. Sin embargo, la estadística no puede nada contra esta simple verdad: nadie sabe cuándo morirá. 

No tenía una imagen de Gauss, más allá de la famosa campana. Kehlmann no dice nada sobre su apariencia pero cuando uno lee inevitablemente se forja un retrato de cada personaje. Y cuando cerré el libro y fui a buscar la cara de Gauss vi que era tal como me lo había estado imaginando. Pasa que su cara estaba en los billetes de diez marcos y es más que probable que la haya visto aunque no la recordara.

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 Retrato de Carl Friedrich Gauss por Christian Albrecht Jensen, 1840

El libro se cierra con Eugene, el menor de los hijos de Gauss, el que lo había acompañado en su visita a Berlín, emigrando a Norteamérica, como hicieron millones de alemanes a lo largo del sXIX. Gauss despreciaba a su hijo porque lo consideraba tonto. El libro se cierra, digo, pero deja abierto un fuera de campo que contiene lo que sería la vida de Eugene Gauss allí. Fui a dar un vistazo rápido a la enciclopedia y comprobé con inútil alivio que le fue muy bien.