Cerrando este libro. Me habían advertido de que la autora da muestras de arrogancia no sólo ante los indios sino ante todo lo que se mueve. Pero llegar a la costa sur de la India en un cáscara de nuez en medio de una tempestad, inquietante momento en el que lo peor no son los bandazos sino las ratas y las baratas que huyen de la bodega inundada e invaden la cubierta y los camarotes impone respeto en el pasajero de Ryanair en que me he convertido y me mueven a perdonar cualquier arrogancia en el resto de la gira.

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Además de que David-Néel (en adelante DN) cuenta historias interesantes, como que en una entre tantas singularidades del sistema de castas hindú haya camareros que sirven a la mesa pero no la recogen porque las reglas de su casta les prohíben tocar la loza sucia. 

Hay cosas que son más duras de creer, como pretender que el cielo de la India no es azul sino verde. Verde opalino, precisa DN. Los poetas indios cantan al «color loro del cielo», asegura...

Con todo, hay un asunto en el que DN da en el blanco, y es el de las relaciones entre los sexos. Ella es una mujer europea y viaja sola por la India (pero como es una mujer de posibles y estamos en la primera mitad del sXX la acompaña uno que otro boy), de modo que la cuestión de la diferenciación sexual salta a los ojos. DN se propone conocer de cerca la religiosidad de los indios y para acercarse a lo que busca no duda en jugar sobre dos tableros, afirmando su condición de mujer extranjera o bien escondiéndola, o al menos poniéndola entre paréntesis oculares.

Vaya por delante que según explica DN la neurosis sexual india radica en el hecho de que los hindúes creen que las mujeres son incapaces de retener el impulso sexual y por lo tanto la sociedad debe contenerlas —contrariamente a lo que creen mayoritariamente musulmanes y cristianos, que es el impulso sexual masculino el que hay que contener.  

Todo esto da pie a circunstancias elocuentes e hilantes. En el teatro tradicional hindú —un espectáculo vivo y masivo en el que se busca abiertamente la fusión entre la representación y la realidad— los personajes femeninos son representados por hombres. Así se dan casos como el de la boda de Rama y su novia, Sita, ambos adolescentes. Al final de la representación el muchacho que representa a la novia se ve rodeado de ingentes grupos de muchachas que juntan las palmas de las manos a la manera hindú y repiten incansablemente su venerable nombre —Sita, Sita, Sita— escenificando una suerte de éxtasis ante el joven travestido. 

Krishna por su parte es de una belleza incomparable y nadie puede resistirse a su encanto. Tiene la piel luminosa y azul y cuando toca la flauta los animales se acuestan a sus pies y los árboles florecen, como explica el Mahabharata. Como nadie se resiste a su encanto y la boda es el trazado que lleva a ceder al encanto de la persona amada, todos quieren casarse con Krishna y así es como abundan los varones que le han dado el sí y se consideran esposas de Krishna. 

La última y nos vamos. Entre los hindúes, haber nacido tras un largo periodo de infertilidad de los padres es la prueba de que el niño es un don de los dioses. Muchos héroes de las leyendas indias se hicieron esperar antes de nacer. Los niños largamente esperados en la India son niños con sentido. En Occidente, las más de las veces son niños consentidos.

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