Tiene 13 años y vive en una casa antigua en un viejo barrio. Antes de salir a la calle, se detiene frente al espejo del paragüero, se mira con seriedad y experimenta ese desdoblamiento que se produce cuando uno sostiene su propia mirada hasta que la imagen se separa del modelo.

En esa escena de Mundos habitados, el último libro de Roberto Merino, cabe al menos la mitad de la historia del arte: Borges hablando con su doble, Rembrandt registrando el paso del tiempo por su cara y todo el Bildungsroman. 

La introspección a la que se libra Merino se resume en esa imagen («quería entender qué mierda de cara era la mía») y al mismo tiempo no cabe completamente en ella. Porque no se trata de una confrontación con el vacío existencial sino más bien con la vasta profusión del mundo y sus lugares compartidos. Con las calles, con los demás, con todo lo que suena o enmudece y se mueve o está quieto: con las letras de las canciones de la radio, sin ir más lejos.

«Los niños escuchan las letras de las canciones como en un trance permanente, escribe Merino. No se las cuestionan, son receptores transparentes de cualquier cosa que se diga mediante las canciones». Las canciones que resuenan en este libro son un retrato de una época y sobre todo una caja de resonancia a la que hay que entrar para entender cómo conecta uno con el mundo, como funciona la circulación en los puentes y los túneles que abrimos con la realidad. 

Más que convertirse en personaje, Merino se apersona en Mundos habitados para sostener en su propia experiencia su indagación sobre la relación entre la intimidad y la realidad. El niño de la casa se convierte en el joven de las calles que, años más tarde, escribirá este libro. Cuya gracia, por cierto, también está en otra parte y en la manera cómo esa gracia se materializa en esa combinación de lengua culta y habla callejera, un arte en el que probablemente Merino es insuperable.

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