DE cómo la información enseña a sobrevivir en medio de una pandemia

«La información enseña a vivir» le dije una vez a un profesor de periodismo cuando yo era estudiante, lo que me valió que me prestara atención durante unos breves instantes. Luego ya hubo que argumentar y bien sabemos que no siempre es fácil hacerlo bien y resultar convincente. Lo cierto es que de verdad creo que la información enseña a vivir o a sobrevivir y el aserto me parece particularmente válido en una situación como la pandemia en curso. 

He pensado en esto observando cómo los medios de comunicación han adaptado sus maneras de informar a las exigencias de la epidemia de coronavirus convertida rápidamente en pandemia, y al hacerlo he recordado los textos de El cuarto equívoco, de Mario Mesquita, que traduje al español en 2007, en particular aquellos sobre la epistemología del periodismo y las retóricas de la comunicación y los acontecimientos mediáticos (1). 

A finales de 2019 comenzaron a aparecer tímidamente por los medios las noticias de una neumonía aparentemente nueva, o en cualquier caso desconocida, provenientes de una metrópolis en el centro de China llamada Wuhan. Los lectores de noticias nos habíamos ido acostumbrando al hecho de que con intervalos de lustros o décadas unos brotes de gripes y otras enfermedades virales saltasen de animales a humanos y de las noticias de sucesos a la primera plana de los medios generando una inquietud creciente para luego ir desapareciendo de la actualidad súbita o paulatinamente. 

Pero esta vez, en este incierto 2020, el virus parece haber llegado para quedarse o al menos cada día, vivamos donde vivamos y hagamos lo que hagamos, la prensa no tiene más remedio que recordarnos que la amenaza sigue allí. Y se encarga de hacerlo echando mano a sus procedimientos narrativos habituales —bien descritos en el citado tratado de Mário Mesquita (2)— y también innovando, aun si tales innovaciones más parecen a veces retrocesos hacia formas anteriores y tradicionales de narrar y explicar. 

En un primer momento, la pandemia vino a simplificar al extremo la respuesta que la prensa debe modular a diario frente a la cuestión de saber qué está ocurriendo, qué es noticia, imponiendo un asunto único, un monotema. Al mismo tiempo, la pandemia fue exigiendo de los medios unas respuestas no siempre fáciles de formular en cuanto a la manera de poner en conocimiento del público unas informaciones que a menudo desbordan los contenidos habitualmente asumidos por la prensa: ¿Qué debemos y podemos hacer y qué no, cómo debemos comportarnos, qué nos hace arriesgar la vida o, por el contrario, qué nos protege de la muerte? 

He dudado sobre si conviene formular estas preguntas a la primera persona del singular o del plural, tal vez porque es en ese vaivén que la propia prensa está instalada, apelando a nosotros a veces como a ciudadanos individuados y otras veces como a un conjunto de ciudadanos, como a un cuerpo social.

Pues bien, la noticia, como decíamos, ha sido en estos meses casi exclusivamente una y única: hay pandemia, el mundo entero sufre el mismo mal del que se protege como puede, a duras penas las más de las veces. Pero si el mal es común, las maneras como castiga en función de los continentes, los países y las regiones son diferentes y las respuestas que los gobiernos intentan (los protocolos de acción que proponen, uno de los varios sintagmas en alza durante la pandemia) varían también significativamente. 

La pandemia y sus declinaciones son, como vemos, noticia en el sentido estricto que da a este término genérico el periodismo. Ya los protocolos, las «instrucciones de uso» (para decirlo con un subtítulo de Georges Perec) lo son un poco menos o, al menos, son contenidos que la prensa necesita reformular para convertirlos en noticias. 

Dicho de otra manera: la pandemia y sus declinaciones locales están ocurriendo y por lo tanto son noticia. Los protocolos de acción para hacer frente a la pandemia, en cambio, tendrían que ocurrir y por lo tanto, puesto que no han ocurrido aún, no son propiamente noticias o son noticias en gestación. Pero, al margen de estas y otras consideraciones, es imperativo que se den a conocer en tanto que noticias porque nos va la vida en ello. Y es lo que han hecho.

Porque la pandemia es un evento genuino (según la clasificación de Kepplinger y Habermeir (3) que cita Mário Mesquita) que los medios no han tardado en mediar y escenificar. Un acontecimiento-ruptura por antonomasia, una noticia en sentido estricto que genera, cómo no, mucha angustia y abundante incertidumbre. Y un acontecimiento de este calado debe estar acompañado por unos momentos de ritualidad (en el sentido que les da Marc Augé, también citado por Mário Mesquita) (4) que permiten compensar en parte el desequilibrio producido por el flujo de informaciones abierto por la pandemia. De este modo, al telediario belga, por ejemplo, se integran unos «diálogos directos», un ejercicio de preguntas y respuestas mediadas por el dispositivo, entre el público y los expertos epidemiólogos, virólogos y afines. 

Los gobiernos comunican a través de sus habituales canales oficiales cuáles son los pasos que deben seguir los ciudadanos para protegerse y proteger a los demás, pero esta comunicación queda truncada o se ve debilitada si la prensa no la modula y amplifica con su altavoz. Esto, claro, no es una originalidad del periodo pandémico: tal modulación de la transmisión de la información se ha dado desde antiguo pero ahora, en una emergencia sanitaria como la actual, se presenta con particular intensidad y duración. 

 Y es para comprender la manera como los protocolos de acción dictados por los gobiernos, con el apoyo de comités de expertos científicos las más de las veces, son traducidos por la prensa en noticias que los textos de Mário Mesquita, que recogen las diferentes modalidades retóricas en el tratamiento de la información, nos son particularmente útiles. Estas son unas modalidades retóricas de las que todos sentimos sus efectos aunque pocos los identifiquen, como podríamos decir parafraseando a Gesternkorn (5).

La pregunta podría formularse así: ¿Cómo convertir en noticia, según los criterios periodísticos al uso, unas pautas detalladas de comportamientos a evitar y a adoptar: a dónde desplazarse y a dónde no, cómo y con quién interactuar, qué está permitido hacer y según qué modalidades y qué no? 

Antes de generalizar convendría mirar de cerca y analizar diarios y telediarios del periodo, exigencia que este texto no cumple ahora mismo. Me apoyo únicamente en mi experiencia como lector de periódicos y eventual telespectador de noticieros y visitante de portales de prensa a través de la web. Con todo, podemos decir que da la impresión de que durante la pandemia la prensa ha echado mano a su repertorio de modalidades retóricas habituales —la personalización, los esquemas, la «infografía», la visualización, la repetición, las preguntas y respuestas, los «diálogos directos» entre el público lego y los expertos— y se ha visto obligada a innovar, al menos relativamente. En esta dirección se encuentra la ingente presencia de expertos en materia de salud pública y especialistas en materias médicas, encargados de interpretar y traducir ciertas cuestiones de alcance científico, así como de refrendar con el sello del conocimiento las directivas emanadas del poder político.

Todo esto en la perspectiva de enseñar, en todas sus acepciones —mostrar, indicar, advertir, dejar ver, instruir, amaestrar… Tradicionalmente el periodismo ha hecho de su distancia con la pedagogía un marcador de identidad. Sin embargo, es difícil no ver la dimensión ilustradora y pedagógica que alcanzan sus procedimientos en la hora actual y en ese sentido las circunstancias de la pandemia han sido justamente ilustrativas.

Por otra parte, tal como los parlamentos nacionales durante la fase más álgida de la pandemia alcanzaron una cierta unidad de criterios impuesta por las circunstancias, se da el caso de que la crisis sanitaria ha disminuido la distancia que separa a la prensa oficial de la prensa opositora (sin que esta distancia haya desaparecido, desde luego) y también los matices que se dan al interior de estos conjuntos.

Otra cuestión que salta a la vista es el lugar y el espacio relativos de la información internacional durante las diferentes fases de la pandemia en los espacios noticiosos. Cuanto más crítica es la situación en un país, menor es el espacio que su prensa consagra a las realidades de los países vecinos y ni qué decir de los países lejanos. Al contrario, cuando la urgencia sanitaria interior disminuye, el espacio para la información llegada del exterior aumenta. Esta correlación, traducida a menudo a través de la fórmula del así llamado «kilómetro sentimental» (un muerto en la ciudad sede del medio de prensa tiene mayor cobertura que mil muertos en una ciudad más o menos remota), en el caso de la pandemia se transforma más bien en un kilómetro viral o, arriesgando una formulación que espero no resulte chocante, en un kilómetro pandémico.

Acabo ahora intentando esta reformulación: Si la vida siempre es frágil, lo es particularmente en momentos en que la amenaza es inminente, como es el caso de la propagación de un virus mortífero, que «atormenta a la humanidad de mil y una maneras» (6). Frente a tal amenaza la información alerta y muestra cómo protegerse. Enseña a vivir y a sobrevivir, en suma, incluso si el verbo enseñar suele estar fuera de la paleta retórica de la prensa. 

La pandemia ha supuesto un desafío de proporciones para los medios de comunicación que han visto su posición de intermediación entre el poder y la ciudadanía refrendada por las circunstancias. La prensa se ha visto compelida a traducir al lenguaje informativo las directivas de las autoridades en relación a los protocolos de conducta dictados por los gobiernos y a reforzar la dimensión pedagógica e indicativa de la información que transmite. 

Esta postura voluntariamente aceptada e incluso cómoda en cierta prensa oficial u oficialista resulta a menudo incómoda para la prensa llamada de calidad, que se ve a sí misma como un espacio reflexivo y crítico antes que como una correa de transmisión. 

Para estar a la altura del desafío la prensa ha echado mano a su habitual repertorio de recursos retóricos, tal como los describe Mário Mesquita (7) . Es probable también que ciertas novedades en estos usos hayan surgido e incluso es también posible que ciertas modalidades tradicionales de comunicación hayan reaparecido. No tenemos un cuerpo suficiente de evidencias ni tampoco la distancia necesaria para afirmarlo. Son estas sólo intuiciones basadas en la observación. 

Y esas intuiciones nos dicen que la domesticación del virus, el desafío actual de la ciencia en la medida en que no parece inminente su desaparición, comienza en buena medida con la domesticación de la pandemia a través de los medios de comunicación.

Junio de 2020

Publicado en A Liberdade por principio. Estudos e testemunhos em homenagem a Mário Mesquita

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1) Mário Mesquita, «El cuarto equívoco. El poder de los media en la sociedad contemporánea», Editorial Fragua, Madrid, 2007.

2) Mário Mesquita, 2007, op. cit.

3) Hans Matthias Kippliger y Johanna Habermeire, «The impact of key events on the presentation of reality», en European Journal of Communication, septiembre de 1995, citado por Mário Mesquita, op.cit, p. 333.

4) Mário Mesquita, 2007, op. cit.

5) Jacques Gerstenkorn, «Feux d’artifice», in Vertige (Rhétoriques du cinéma), 1991, p. 3, citado por Mário Mesquita, op.cit, p. 333.

6) Benoît Vitkine, Le Monde du 4 juin 2020.

7) Mário Mesquita, 2007, op. cit.