mercredi 11 avril 2012

El tiro errado

El escopetazo en el pie del niño Froilán nos recordó otras lejanas detonaciones.

Habíamos montado la carpa a campo traviesa. Al anochecer cenamos y luego nos tumbamos en los asientos extraidos de la citroneta a mirar la luna mientras nos acabábamos el vino. La luna había salido por la cordillera e iría, andando la noche, a ponerse en el mar. El vino era regional, del valle del Maule, y lo habíamos comprado en un almacén del vecino pueblo de Putú.

En cuanto nos fuimos a dormir, comenzaron las deflagraciones. Serán cazadores, nos dijimos, esperando que se mantuvieran a distancia y nos dejaran dormir.

Pero nos despertaron. Sería la medianoche pasada. Acezaban pidiendo ayuda. Con frases entrecortadas relataron el accidente, el disparo fallido, el cazador moribundo. Había que llevarlo al hospital, suplicaban. Nos costó dar con el lugar, a pesar de la luz de la luna. Junto al cuerpo tendido había un niño llorando, el niño que había errado los tiros. El cazador estaba muerto en el suelo y el niño estaba muerto de miedo.

No se levanta un cadáver hasta que no dé la orden el Juez. Fuimos todos al pueblo a despertar a los carabineros. El niño de los disparos tendría unos trece años y el muerto era su tío, un hombre joven. El niño vivía en la ciudad, estaba pasando las vacaciones en la casa de sus abuelos. La escopeta era de su padre, el niño la había tomado sin su permiso y había convencido a su tío y a otros dos para salir esa noche a cazar conejos.

Los conejos, justamente, nunca habíamos visto tantos ni tan alborotados como cuando volvíamos del retén policial hasta la carpa. Parecía que celebraban el fin de la cacería, todos corriendo al borde del camino. Nos venció el cansancio al alba y a la mañana siguiente volvimos al pueblo para unirnos al tristísimo velorio. Antes de despedirnos, contribuimos a la colecta para pagar el ataúd que el carpintero había fiado.

R

Óleo de Sandra Yagi

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jeudi 28 octobre 2010

El acurrucado

E

Reading the Newspaper, Nikolai Fechin, 1916

Mi tío tiene la costumbre de escribir en el periódico que va leyendo. Y cuando lo acaba, lo deja por ahí olvidado. No hace como los gatos, que entierran sus deposiciones. El asunto es que encuentro un diario de la semana pasada emborronado de su puño y letra. Como se sabe, un diario añejo apesta. Pero los apuntes de mi tío lo traen de vuelta a la vida, perfumado de aftershave.

Kim Jong Nam, el primogénito del líder norcoreano Kim Jong Il, se manifiesta contrario a la transmisión hereditaria del poder a su hermano menor, Kim Jong Un. La democracia tiene buen pronóstico, apunta mi tío. De donde menos se espera le aparece un aliado.

Serbia, candidata oficial a la Unión europea. Éramos muchos y parió la abuela.

Un millón de firmas contra los OGM. Caca de mosca. Cien millones de semillas de girasol de porcelana desplegadas por el artista chino Ai Weiwei en Londres. ¿Quieren números? Ahí tienen.

En el capítulo belga, junto a la foto de Bart De Wever tomándose unas gofres, se lee que el palindrómico pueblo de Ellezelle esconde el tesoro de los templarios. Si no es por un manuscrito de Sócrates, ¿por qué arruinarse la espalda?

En la página del tiempo, Holyday on Ice.

En la de ciencias naturales, que han descubierto una nueva especie de mono. Tiene la nariz respingada y estornuda en cuanto empieza a llover.

Lo mejor está al final: La Literary Review premia a la peor descripción de un acto sexual publicada en el año en curso. Una firme candidata es ésta :

'Esa noche me acurruqué entre sus brazos y ella me calmó. Esa noche necesitaba egoístamente de todo el amor de Cherie. Y yo lo devoré para darme fuerzas como un animal que sigue su instinto'.

Joder con el acurrucado.

vendredi 18 juin 2010

El vagabundo

Uno de los primeros trabajos de mi tío fue el de vigilante en una escuela. En esos años no había aún mucha inmigración en Flandes y los niños a los que Pepe cuidaba durante los recreos componían un radiante racimo de cabecitas rubias. Ahora esos niños son todos ingenieros comerciales. Salvo uno, que es vagabundo. Se lo encuentra a veces mi tío cuando va camino de la botillería de urgencia contando las monedas. Es un hombre joven, pero ya calvo y encorvado, con la barba florida. Va siempre muy abrigado, así haga sol o venteé. Cuando murieron sus padres, el muchacho se bebió la bodega familiar, luego se bebió la casa, en seguida los muebles y finalmente las cortinas. Mi tío espera que el muchacho se le acerque un día para saludarlo. Pero el vagabundo se mantiene a prudente distancia. No es que tema que Pepe le suelte un rollo pedagógico. O no sólo. Es que sabe que ahí no caerán monedas.

C

Óleo de Raffaelli

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vendredi 7 août 2009

Un cuarto lleno de espejos

Cuarto

M
’Naughten había llegado a Boston procedente de NY en compañía de un camarada. Eran dos vivalavirgen, como los llama RLS en El Emigrante por gusto, y se pasaron el día de parranda hasta que dio la medianoche y comenzaron a buscar alojamiento. A eso de las dos, fatigados y abatidos, después de un largo rodeo se encontraron en la misma calle por la que habían comenzado sus pesquisas, delante del mismo hotel a cuya puerta ya habían llamado, sin resultados. Al ver que estaba abierto, volvieron a la carga. El dependiente les dio la bienvenida de modo más caluroso que la primera vez y así descubrieron complacidos que el precio de la noche había disminuido de un dólar a un cuarto.

En la estancia había un camastro, una silla y dos cuadros enmarcados, uno a la cabecera de la cama y otro enfrente, a los pies, y ambos estaban acortinados, como a veces sucede con las acuarelas de gran valor, los retratos de los difuntos o ciertas obras de arte de tema un tanto escabroso. Tal vez con la esperanza de hallar algo de esta índole, M’Naughten retiró la cortinilla del primer cuadro y se llevó una sorpresa morrocotuda al comprobar que allí no había ningún cuadro.

Lo qué había detrás de la cortinilla, el lector lo adivina, eran tres mirones. Por un instante, cuenta RLS, esas cinco personas (los tres mirones y los dos mirados) se miraron a los ojos, tras lo cual M’Naughten y su amigo cerraron púdicamente la cortinilla, salieron de la estancia, renunciaron a la idea de encontrar cama y caminaron por las calles de Boston hasta el amanecer.

De ocurrir hoy la escena, en lugar de cuadros acortinados habría un espejo de aquellos que devuelven la imagen del que mira al mismo tiempo que ocultan la mirada de quien está del otro lado del muro. Eso, o cámaras diminutas que conectan con pantallas gigantes donde se reproducen imágenes de alta definición, tal como hace una serpiente cuando se traga un huevo de paloma y defeca o devuelve un enorme huevo de avestruz.

A este respecto, MTP me cuenta una historia de su acervo. Se encontraba cierta vez recién transplantado a París, en pleno invierno, sin medios, sin esperanza casi, cuando se dio de bruces en una esquina con una rubia espléndida que lo invitó a cenar ricas viandas, le dio interesantísima conversación y, como si no bastasen tantas prendas, se lo llevó a un hotel en Pigalle. Una vez en este, y en cuanto MTP hubo cumplido con su cometido, se tendió en el cama a fumar y así pudo reparar en unos espejos que cubrían la parte alta de la estancia, detrás de los cuales creyó oír un ruido de sillas y un murmullo de espectadores que se retiraban después del espectáculo.

Qué más puede pedir el narcisismo especular al uso y la mímesis desatada: espejos transparentes que permiten simultáneamente verse y ser visto y cámaras que son pantallas e inversamente. Con todo, por más vueltas y revueltas que le demos al asunto, por más que nos adentremos por la conceptualidad de la problemática y sus múltiples recovecos, al cabo de lo andado volveremos a encontrarnos frente a la presencia inmóvil del mirón asomando fuera de la caverna.

Niño aún, JMC se preguntaba: ¿Qué más se puede hacer con las piernas, aparte de devorarlas con los ojos?

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RLS: Robert Louis Stevenson, «El Emigrante por gusto», traducción de Miguel Martínez Lage
MTP: Mi tío Pepe
JMC: John Maxwell Coetzee, «Infancia», traducción de Juan Bonilla.

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mercredi 8 avril 2009

El candidato

La vida política de mi tío Pepe fue breve e intensa. Su clímax lo alcanzó durante la proclamación del pintor Nemesio Antúnez como candidato a la presidencia de Chile en la ciudad de Mendoza. Como era un viernes por la noche, la consigna coreada por los participantes fue la siguiente:

Nemesio/Antúnez/orgasmos hasta el lunes.

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samedi 6 décembre 2008

Lunas nulas (Las edades de la vida 2)

Uno ya no tiene memoria pero la entretela tiene. Fui a dar una vuelta por el blog de Al59 (Poesía, folklore y psicodelia) y, tras leer el post del día, fui demorando en los títulos del archivo hasta ver el nombre de Rosalía de Castro. El asunto iba de lunas, con la imagen de Meliès y todo. Y, leyendo los comentarios, recordé que ésa fue la primera vez que fui por allí, hace ya más de un año. A propósito de la luna, cómo no, salió a colación el anagramador. Así fue como he recuperado estos olvidados anagramas de mi nombre: 'Alienante feto nudo', 'Neo diletante ufano' y 'El entintado fauno'. El niño, el artista adolescente, el añoso señor. Las edades de la vida. Como mi tío, o sea.

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mercredi 3 décembre 2008

Las edades de la vida

Pepe fue un niño bonito, un artista adolescente hasta bien entrada la edad adulta y ahora es un señor. Añoso, melancólico, con un dejo de ironía en la mirada y una aspiración de nobleza en el corazón. Me confiesa, sin embargo, que al niño bonito que fue lo afeaba el egoísmo del que a menudo era capaz. Que siendo artista adolescente se permitía maneras adocenadas, arribismos de poca monta y otros vuelos de ave de corral. Y ahora que es un señor su punto débil consiste en su propensión a escenificar situaciones ridículas, permutando la hora de sus rendevús, presentándose delante de la asamblea con el marrueco abierto o, en la soledad del baño, buscando a cuatro patas el jodido jabón.

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jeudi 27 novembre 2008

El surfista

Mi tío Pepe suele decir que tiene unos sobrinos estupendos. Pruebas al canto.

Vogue

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mardi 25 novembre 2008

Le escalera mecánica

Mi tío Pepe me cuenta esto que le ocurrió en la estación de trenes. Iba apurado a coger el tren y, al momento de dirigirse hacia la escalera mecánica para subir al andén, pasó ligeramente a llevar a una pareja de individuos que caminaba a su lado, por lo que se excusó  rápidamente, al mismo ritmo que llevaba. Ya en la escalera notó que los individuos estaban detrás suyo y mayor fue su sorpresa al notar que seguían detrás cuando había avanzado unos cuantos metros por el andén. Decidió entonces volver sobre sus pasos. Los individuos hicieron lo propio. Uno tendría algo más de veinte años y el otro casi cuarenta. Ambos tenían la mirada torva. Mi tío se mezcló con los pasajeros que esperaban el tren intentando mantener al ojo a los dos personajes. El mayor se detuvo a unos cinco metros de distancia mientras que el más joven descendía las escaleras y reaparecía en el andén de enfrente desde donde podía observar la situación. Como era de esperar, el tren tardaba en llegar.

Cuando finalmente el tren partió, el hombre que había seguido a Pepe se quedó plantado en el andén. Tras la sensación de alivio, a Pepe le asaltó la inevitable pregunta: ¿fue una amenaza real o la paranoia ambiente lo había contagiado? No pensó más en el asunto hasta varios días después cuando, de pronto, revivió nítidamente la situación. Recordó que durante toda la secuencia los dos personajes no cambiaron ni una sola palabra entre ellos y, sin embargo, parecían moverse de consuno. Le pareció entonces que el hecho de pasarlos a llevar desencadenó un mecanismo que lo designaba como víctima. No llegó a serlo tal vez por la presencia de la gente. Tampoco estuvo de más que se mantuviese atento.

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mardi 11 novembre 2008

Uno y el universo

Mientras más te alejas, más te acercas del origen del universo, me dice. Luego me explica que la estrella que brilla allí arriba tal vez ya no brilla (pero eso yo ya lo sabía), que su luz viene desde muy lejos en el espacio y desde muy atrás en el tiempo, que esa estrella está por lo tanto más cerca de la explosión inicial de lo que estamos nosotros, que somos una prolongación del estallido, su expansión, antes de que empecemos a contraernos.

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Me regalan un buscapersonas. Para probarlo, pongo el nombre de mi padre y el mío y así me entero de qué hacen los primos.

Este te rejuvenece.

Este te reaprovisiona.

Este defiende tus horas extraordinarias.

Este te hace un retrato.

Y éste último te acompaña hasta la puerta.

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