jeudi 12 avril 2007

El kilómetro sentimental

574,8 kilómetros por hora. Frente a tanta proeza, paciencia parriana: “¿Llegaron a la luna? Conforme, ahora traten de llegar al sol”

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El periodismo
ha hecho pocos aportes a las ciencias exactas. Pocos, pero macizos. Comenzando por la pirámide invertida, estructura de organización de la información que permite retener la atención del distraído lector que somos todos aportándonos lo esencial de ésta en las primeras líneas de la redacción de la noticia. Con todo, la contribución principal del periodismo a la ciencia cuantitativa radica en el kilómetro sentimental.

Esta noción indica que cien muertes (balance de un día cualquiera en las calles de Bagdad) ocurridas a quince mil kilómetros de distancia (los que separan Santiago de la capital iraquí) cuentan menos (ocupan menos espacio) que un solo muerto en el lugar donde se hace el periódico. De cierta manera, el kilómetro sentimental es la adaptación mediática del viejo adagio “ojos que no ven, corazón que no siente”. Apoyado en esas sólidas bases, el kilómetro sentimental ha desbordado desde los diarios a los terrenos más variados y tanto los premios literarios como los festivales de la canción y la elección de Miss Rabadilla se rigen por este sólido principio.

“Chile, periodísticamente, se mira el ombligo, como si no hubiera nada más importante en el planeta. Nuestras cuitas, vivencias y estupideces se consideran imbatibles”, según el periodista Fernando Paulsen, quien explica así por qué cuenta poner ocho mil kilómetros de distancia con la fértil provincia. Pero desde el ombligo a los ojos no hay más que un jeme. Encoger el kilómetro sentimental a su mínima expresión, la distancia que media entre el dedo pulgar y el meñique extendiendo la mano, no deja de ser una proeza digna de recalcitrantes miopes. Así es como el autogol de un compatriota parece valer más, informativamente hablando, que la guerra en Irak. Es así también cómo los diarios llegan a publicar titulares tan apestosos como éste: “Alcoholismo de Maradona sería causado por el rechazo de su ex esposa”.

Bagdad, para cierta prensa, sigue siendo la Cochinchina. Contra eso no se puede, porque tampoco ayuda la posición en que se encuentra Chile, encajonado al extremo sur del mundo, separado de éste por el océano, el polo, el desierto y la cordillera. El hielo polar disminuye, el océano y el desierto avanzan, la cordillera y el kilómetro sentimental permanecen. Como le oí decir al periodista Eduardo Olivares en la televisión francesa, “Chile es estación Terminal, todos los pasajeros deben bajar”.

A propósito de trenes y de kilómetros, sentimentales o no, la no-noticia por estos días no sólo la ha puesto Maradona sino también el récord batido por un tren de alta velocidad francés: 574,8 kilómetros por hora. Frente a tanta proeza, paciencia parriana: “¿Llegaron a la luna? Conforme, ahora traten de llegar al sol”. Por lo demás, por más rápido que vaya la locomotora, por más ruido que haga y más humo que eche, nunca superará al Tren instantáneo Santiago-Puerto Montt del propio Parra, porque la locomotora está en el punto de destino y el vagón de cola en el punto de partida.

Otra respuesta parriana, la de un piloto británico a la pregunta de su superior, el vicealmirante Walker: "¿Le parecería poco razonable que le ordenara estrellar su aeronave con el fin de destruir un vehículo que trasporte a un comandante talibán o de Al Qaeda?".

"¡Después de usted, señor!".

Otro vicealmirante británico ha presentado esta semana un estudio de prospección encargado por el ministerio de la defensa de Su Majestad. Según el resumen publicado por The Guardian, el contexto geoestratégico de los próximos veinte años se avizora copado por la importancia económica creciente de China y de India, una explosión demográfica en Medio oriente y la militarización del espacio. El declive de la información se acrecentará porque el público preferirá “las historias a los hechos”. No faltarán tampoco los implantes de chips en el cerebro.

El mundo seguirá quedando lejos. A una distancia medible sólo a través del kilómetro sentimental.

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jeudi 5 avril 2007

Lengua en salsa picante

En la India se hablan 1.650 lenguas. En Chile, de norte a sur, hablamos la misma. Salvo los niños que, gracias a la tele, hablan puertorriqueño

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Es el título del blog de los correctores de Le Monde, una de las bitácoras más leídas de entre las que publica el diario parisino en su versión digital, desbordante de lectores, de comentarios e incluso de publicidad. Bonita recompensa para estos correctores, habituados a trabajar en la sombra y súbitamente expuestos a la luz de las pantallas, la de saber que no es poca la gente que se interesa, que se apasiona incluso, por el lenguaje.

Con similar espíritu (muchos comentarios, mucha publicidad y un poco de salsa picante) culminó hace unos días en Cartagena de Indias, Colombia, el cuarto Congreso de la lengua española, que coincidió con la celebración de los ochenta años de Gabriel García Márquez y del cuarenta aniversario de la publicación de Cien años de soledad, obra que algunos, Neruda entre ellos, no han vacilado en calificar como el Quijote sudamericano. No sé si se le puede pedir tanto al Quijote, que no ha dado al mundo cumbias tan sabrosas como “Yo me voy para Macondo” o “Mariposas amarillas, Mauricio Babilonia”.

No faltaron piropos durante las celebraciones para el novelista colombiano. Uno de los más señalados salió de la boca de Bill Clinton: "He leído todas las obras de García Márquez en inglés. Mi hija Chelsea lo hace en español". El halago permite recordar que ya hay más hispanohablantes en Norteamérica que en España, Colombia o Argentina. Menos que en México, desde luego, faltaría más. El propio García Márquez calificó la lluvia de elogios recibidos de “delirio”. Tampoco ha faltado, como es natural, alguna voz disonante. Otro Premio Nobel, el sudafricano JM Coetzee, afirma que García Márquez intenta tardía e inútilmente corregir sus errores éticos. Y hay quien dice, en cambio, que el colombiano no quiere corregir sus errores gramaticales, como aquél de la famosa primera frase de Cien años (“frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar…”) que debería ser “habría de recordar”.

El consenso se dio en el Congreso en torno a la expansión del idioma. Cuatrocientos millones de hablantes hacen del español la cuarta lengua más utilizada en el mundo. Y el disenso, paradójicamente, se da en torno al mismo asunto. En internet, en particular, el español estaría mal representado (25 millones de referencias para Cervantes y 2,5 para García Márquez, contra 52 para Shakespeare). Los ecos que llegan del ciberespacio son, sin embargo, ambiguos. En contra de lo que se cree, un estudio reciente muestra que el lenguaje utilizado en los blogs en español es más variado que el de los sitios oficiales de los países y las personalidades.

Paralelamente a estos fastos linguales, los diputados españoles debatían la semana pasada si la palabra "gallego" debe dejar de significar "tonto" y "tartamudo", como lo hace en algunos lugares de Centroamérica, según sendas acepciones consignadas en el diccionario. Una moción en ese sentido fue presentada por un diputado del Bloque nacionalista gallego, argumentando, entre otras cosas, que "trasladar a gentilicios definiciones caracterológicas de deficiencias humanas no puede ser avalado por ningún diccionario, mucho más si es pagado con fondos públicos". Asimismo, comparaba este tratamiento con lo que acontece en el diccionario con la palabra 'catalán' y la palabra 'vasco', para las cuales no figuran alusiones de "carácter vejatorio o prejuicioso". Como muestra el mismo diccionario, los centroamericanos parecen tener una auténtica fijación con Galicia porque llaman gallegos hasta a las lagartijas crestadas y a las aves palmípedas. Como se ve, el problema presenta variadas aristas. No es seguro que se enmiende corrigiendo a los lenguaraces caribeños.

La lengua da para mucho, para contravenir y para enmendar, para entender y para enredar. Mucha guerra se ha dado en nombre de los pronombres. “Nosotros” es un pronombre temible. En la India se hablan 1.650 lenguas. En Chile, que será sede del próximo Congreso de la lengua, en 2010, nosotros, de sur a norte, hablamos la misma lengua. Salvo los niños que, gracias a la tele, hablan puertorriqueño.

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jeudi 29 mars 2007

Melancolía de catador

La llegada del cata a Europa ya es una realidad por la vía de los emigrantes yemeníes y de los países del cuerno de África

Cata

Todas las drogas son malas pero algunas son pésimas. La peor resulta ser la heroína. La cocaína y los barbitúricos le pisan los talones. El alcohol está quinto en la lista y el tabaco noveno, y ambos son peores que el ácido lisérgico, el hachís y el cata. La apreciación, basada en tres criterios: los daños físicos, la dependencia y las repercusiones sociales, la hacen treinta miembros del Colegio de siquiatras del Reino Unido, en un estudio a cargo de la Universidad de Bristol, cuyos resultados acaba de publicar la prestigiosa revista The Lancet. Gente sobria toda ella. 

El estudio muestra que la peligrosidad de las drogas no se correlaciona con su aceptación legal, puesto que tres drogas legales, los barbitúricos, el alcohol y el tabaco, se encuentran entre las diez drogas calificadas como más peligrosas. Esto debería mover a las autoridades a variar su punto de vista sobre estas substancias y, lógicamente, a ilegalizarlas o a despenalizarlas a todas por parejo. "Hay personas que consumen drogas ilegales de manera controlada, mientras que otras tienen muchos problemas por su consumo de sustancias legales, como el alcohol o el tabaco", afirman sus autores. Pero las autoridades británicas se han apresurado a señalar que no tienen ningún apuro en hacer cambios en la clasificación legal de las drogas.

Estoy lejos de haber experimentado todas las drogas de la lista, Alá no lo consienta. Confieso, sí, haber masticado hojas de cata, en el lejano Yemen, y me animo por lo tanto a intervenir en este asunto, teniendo en cuenta, además, que la llegada del cata a Europa ya es una realidad por la vía de los emigrantes yemeníes y de los países del cuerno de África ­-Etiopía, Somalia y Eritrea (a orillas del Mar Rojo)-, presentes sobre todo en Londres. Y ya se sabe que la vía londinense es imparable en materia de penetración, como han dejado más que demostrado el régimen parlamentario, el fútbol y los Rolling Stones.

En el Yemen, la mayoría de los hombres adultos (y dicen que también algunas mujeres, pero de esto no doy fe), después del trabajo matinal y de la comida del mediodía se sientan a catar, es decir a masticar a dos carrillos las hojas tiernas de un arbolillo con aspecto de pitisporo, llamado catha edulis, hojas que compran frescas en los mercados (edulis significa comestible). El jugo de estas hojas los predispone a adentrarse en múltiples y alegres conversaciones, mientras beben té dulcísimo y escuchan la también dulcísima música del laúd. (Tal vez quepa recordar que la palabra droga deriva del árabe hatruka, literalmente “charlatanería”).

Cayendo la tarde, los catadores van volviéndose silenciosos y melancólicos. Aparte de las numerosas razones biológicas, metafísicas, existenciales y fenomenológico-culturales que asocian la llegada de la melancolía con la caída del día, hay otra razoncilla que va en la misma dirección, y que, en un arrebato de sinceridad muy de agradecer, los catadores yemeníes me confesaron: el cata disminuye el apetito sexual. No mucho, justo lo suficiente para sentirse decaído al ver morir el día.

No sé si los evaluadores británicos habrán tenido en cuenta esta última variable a la hora de juzgar a la hoja yemení, ni cuántos puntos más o menos habría que darle o quitarle, ni tampoco qué incidencia tendrá este detalle en el va y viene entre la explosión y la implosión demográfica. Lo cierto es que contando con que en el 2030 los terrícolas seremos (espero no faltar a la cita) ocho mil millones, un tal Lawrence Carnot, que circula por la Red con una tarjeta de presentación donde se lee “artista social chileno”, se ha hecho un nombre como promotor de una campaña contra el consumo de drogas en base a este único mensaje: “Deje la droga. Somos muchos y queda poca”.

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PS: En estas mismas páginas, Manojo con niña yemení.

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jeudi 22 mars 2007

La vida sentimental de los monos

Hay una relación entre la vida sentimental de los monos y la práctica del periodismo. Bien mirado, no deja de ser una buena noticia.

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La vida de los monos transcurre en lugares distantes y diferentes como son Uganda y las revistas científicas. En Uganda los monos viven su vida, incluida su vida sentimental. En las revistas científicas, los primatólogos publican lo que van observando de la vida de los monos. Desde allí, todos a una, primates y primatólogos saltan a las páginas de los diarios.

Por alguna razón, más o menos inmanente, a los científicos les apasiona poner a prueba sus métodos de observación sobre la vida sentimental de los monos. Si hay una materia privilegiada por la ciencia es ésta. Un estudio reciente, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Boston, concluye que las hembras chimpancés se aparean preferentemente con machos jóvenes. O dicho de otra manera, que los jóvenes chimpancés prefieren a las hembras maduras.

Esto, según los bostonianos, que se han trasladado hasta Uganda para ver las cosas de cerca, porque las chimpancés mayorcitas son socialmente dominantes, tienen acceso a mejor comida y están en mejor posición para elegir por quién quieren ser fecundadas. Las monas jóvenes también terminan por encontrar la horma de su zapato, pero tienen que ponerse a la cola.

Hasta aquí todo bien. En la naturaleza caben todos los gustos, dicen los franceses. El caso es que el periódico que da cuenta de este hallazgo titula la información de esta manera: “A los chimpancés les gustan maduras”. A mi tío Pepe su olfato le indica que este título lo puso un periodista joven (un ejemplar joven de sexo masculino). De haber estado de turno una periodista madura, el título hubiese sido éste: “A las chimpancés les gustan jovencitos”.

Supongo que la gente va al zoológico, al circo, se acerca a ver tocar al organillero y se queda mirando a los monos porque es imposible ver un mono y no mirarlo. La vida de los monos es un imán que atrapa a la mirada humana. Mirar a los monos y preguntarse por el sentido de la vida, incluida la vida sentimental, forma parte de un mismo movimiento. Se trata de un material de primera calidad y los científicos no se privan de reflexionar sobre ella. Y no todos los bichos alcanzan tanta notoriedad. Conozco un biólogo que estudia la vida sexual de las almejas y se encierra para ello largos meses en una isla deshabitada de la costa bretona, donde se aburre como ostra. De más está decir que los resultados de sus investigaciones no han sido publicados ni siquiera en la hoja parroquial de su pueblo.

Hasta hace algunas décadas todo ser bajito que anduviera por África comiendo plátanos era calificado por los primatólogos de chimpancé. Pero resulta que apenas se mira a un grupo de cerca se distinguen los matices, y los científicos detectaron la presencia de unos chimpancés morenos, de labios encarnados y miembros alargados. Buenos mozos, en una palabra. Elegantes, incluso. Estos viven, como los chimpancés, en grupos, pero son más serenos y sociables porque a las hembras se les reconoce su rol protagónico y fundan su estructura social en la negociación y no en la imposición.

Son los monos bonobos, unos adelantados de la revolución de las costumbres: el sexo para ellos es una vía relacional antes que reproductiva y no se privan de su ejercicio en la infinita combinatoria de sus formas. El primatólogo holandés Frans de Waal, autoridad en la materia, nos pone al tanto de uno de los secretos de la vida sentimental de los bonobos: éstos no resuelven a dentelladas el famoso triangulo freudiano, como hacen tantos otros animales, de chincol a jote y de ratón a león, es decir que no practican el infanticidio. La preeminencia las hembras provoca que la sociedad sea diferente, porque éstas no compiten tanto por la jerarquía y son menos territoriales. Eso limita la violencia. Si entre dos grupos de bonobos hay tensiones, el diferendo se resuelve en un alegre cachondeo, como dicen los peninsulares. A este estado de gracia, al que aspiran místicos y utopistas, los bonobos lo llaman fiesta.

Estas informaciones aparecen en la prensa durante la semana en que se celebra la jornada internacional de lucha contra la violencia de género. A mi tío Pepe le cabe la sospecha (todo le cabe) de que los científicos indagan en estos temas porque acaban por ser portada en los periódicos. Lo que, bien mirado, no deja de ser una buena noticia. Hay entonces una relación entre la vida sentimental de los monos y la práctica del periodismo. Mi tío Pepe se propone para ir a Uganda a profundizarla.

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PS: Más detalles sobre la vida sentimental de los gorilas ("mujer peluda" en púnico), de los orangutanes ("hombre de la selva" en indonesio) y de los monitos tití en nuestras próximas ediciones.

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jeudi 15 mars 2007

Chirac, el gallardo chamorro

Si el lema de Lenin fue « dos pasos adelante y uno atrás », la divisa chiraquiana ha sido algo así como « un paso adelante, dos atrás, tres al costado »

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Presidente de la República francesa, en 1995, Jacques Chirac dio el vamos a una serie de ensayos nucleares en Polinesia, suspendidos durante la presidencia socialista de Mitterrand, a pesar de la oposición internacional. Un año más tarde echó pie atrás. Su larga presidencia ha estado marcada por este bamboleo singular. Si el lema de Lenin fue  « dos pasos adelante y uno atrás », la divisa chiraquiana ha sido algo así como « un paso adelante, dos atrás, tres al costado ». Los franceses salen de los doce años de chiraquía mareados, desconcertados, deprimidos.

Chirac derrotó a Lionel Jospin en 1995 con un programa cuya promesa principal era acabar con la “fractura social”. A los franceses les encantó la idea, y sobre todo el nombre de la idea, que señala de manera expresiva el abismo abierto entre las elites y la base de la población, brecha que, aun cuando grande, es incomparable con la existente en Norteamérica o en el tercer mundo. Pronto tuvieron que darse por desencantados. Chirac puso al frente del gobierno a su fiel lugarteniente Alain Juppé, quien consiguió movilizar a más de media Francia en su contra. Para salir de la crisis, Chirac creyó hacer una jugada maestra disolviendo el parlamento y llamando a nuevas elecciones, pero las perdió estrepitosamente, debiendo ceder el gobierno a los socialistas encabezados por su rival Lionel Jospin, con quien tuvo que cohabitar hasta el fin de su mandato, en 2002.

Los resultados de las elecciones presidenciales de abril de 2002 representaron una bofetada para toda la clase política francesa. Jospin fue eliminado en la primera vuelta y Chirac acabó siendo reelegido, en la segunda, con más del 82 % de los votos, tres cuartos de los cuales no eran votos suyos sino votos en contra del candidato de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen. Esta votación condenó a Chirac a arrastrar durante cinco largos años esta implacable paradoja: ser el presidente más votado y al mismo tiempo el más debilitado.

Entre los numerosos desaguisados de este quinquenio ha estado el rechazo macizo a la Constitución europea. Chirac, cada vez más parecido al monigote que lo representa en un programa de guiñoles en la televisión, consiguió que el electorado francés identificara el apoyo a la Constitución con el apoyo a Chirac y, como era de esperar, se los negara a ambos. De antología resultó ser aquel foro televisivo en que un Chirac muy gallardo creyó poder explicar las virtudes constitucionales a un conglomerado de jóvenes, pero acabó chamorro.

Según el cuentista político Guy Carcassone « la República francesa ha superado muchas pruebas, pero le faltaba la última, la más dura: sobrevivir a Jacques Chirac ». Lo ha conseguido, tal vez porque durante su último mandato el periodo presidencial se redujo de siete a cinco años. Ahora que perderá la investidura presidencial, Chirac puede ser perseguido por la justicia, con quien tiene viejas cuentas que arreglar, de la época en que fue alcalde de París y convirtió la alcaldía en un cuartel general de su partido.

A la hora de escenificar su adiós, Chirac, que ha hecho del oportunismo una seña de identidad, ha postergado el momento de dar su apoyo a uno de los dos candidatos derechistas en liza, el autoritario Nicolas Sarkozy y el centrista François Bayrou, quienes han prosperado a su sombra pero hacen campaña distanciándose de Chirac. Sarkozy lo ha gratificado con esta definición: « La gente se imagina que Chirac es muy tonto pero muy gentil. En verdad, es muy inteligente pero muy malo ».

Quizá el único haber político de Jacques Chirac durante estos doce años estribe en su oposición a la guerra en Irak. Pero aun ese capital simbólico no ha tardado en dilapidarlo corriendo tras una última y triste causa, la de vender tecnología nuclear francesa a algún país desaprensivo. Chile está en su lista.

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PS: Ni porque se llama Santiago...

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mercredi 7 mars 2007

Ultravioleta ultraviolenta

¿Se puede reír de todo? A condición de que sea divertido, decía un humorista.

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Circula por internet un curioso documento filmado por una televisión local belga. A propósito de la iniciativa de apagar la luz cinco minutos para manifestarse contra el cambio climático, una señora se muestra escéptica. No somos nosotros los culpables del agujero en la capa de ozono, afirma. ¿Quién, entonces? La señora es asertiva y no duda en desplegar su teoría: los responsables son los cohetes y otros artefactos enviados al espacio. Además, agrega, quienes los lanzan ni siquiera se dan el trabajo de hacerlos pasar por el mismo agujero.

Aparte de mover a risa, el extracto despierta dos o tres preocupaciones. La primera es ésta: ¿Se puede reír de todo? A condición de que sea divertido, decía un humorista. De acuerdo, pero ahora en serio: soltar una memez frente a un micrófono en una calle de su pueblo, ¿lo condena a uno al eterno escarnio del prójimo en los computadores ajenos? Queda sembrada la inquietud, como dice Jota Eme, maestro de maestros.

La segunda inquietud que nos siembra la dama de los cohetes es que, por lo visto, entre la ciencia y la gente parece haber más de un puente cortado. Y como para construir un puente que se sostenga hay que llamar a un perito, le pido a un amigo ingeniero, al que no le falta sentido común, que me explique por qué un país como Chile está expuesto, como ningún otro, a las consecuencias ultraviolentas de la radiación ultravioleta.

El ozono, me dice, es una molécula compuesta de tres átomos de oxígeno que funciona como filtro solar evitando el paso de la dañina radiación ultravioleta. Chile, como  se sabe, al igual que Australia y Nueva Zelanda, está situado en una zona donde el debilitamiento del ozono es mayor que en el resto del mundo. ¿Por qué? Porque la menor temperatura en la estratosfera polar permite la descomposición de los gases que contienen cloro y la consiguiente destrucción del ozono. Así es como han aumentado grandemente los casos de cáncer a la piel y de cataratas oculares en los campos y las ciudades de Chile.

A pesar de que el uso y la emisión de gases clorados han ido disminuyendo, su concentración en la atmósfera aumenta, porque los gases emitidos años atrás siguen subiendo a la estratosfera. Entre los muchos efectos nocivos del exceso de radiación ultravioleta se encuentra la disminución de las plantas marinas, principalmente del fitoplancton. Todo lo cual se traduce en una mengua de la absorción de dióxido de carbono, que está acelerando el calentamiento global.

Resulta instructivo constatar que gases emitidos hace veinte o treinta años continúan hoy activos y agrandando el agujero de la capa de ozono. Sobre todo ahora, cuando las voces que proponen como solución para la crisis energética la construcción de una o de varias centrales nucleares, afirman, sin despeinarse, que ya se verá qué hacemos con los desechos que generarían esas plantas, teniendo como tiene Chile botaderos tan grandes como Atacama y la Patagonia.

Los abogados de la causa nuclear y otros adoradores del desarrollo “a la china” (300 millones de personas sin acceso al agua potable y 400 mil muertos cada año en razón de la contaminación del aire), pretenden ignorar un dato de base, y es que sólo queda uranio para diez o quince años, el mismo tiempo que llevaría construir una central nuclear. Las plantas nucleares emplean uranio como combustible y no hay sustituto para éste. No tener en cuenta este dato ultraviolento es un error de la talla del hoyo en la capa de ozono. O de la talla de los cohetes de la señora belga.

logocl 8 de marzo de 2007 PDF

PS: Entrevista de James Lovelock con los lectores de El País, ayer. Un lector pregunta:
«
¿Cuál cree usted que será el cambio más drástico que hará que los gobiernos cambién radicalmente sus políticas medioambientales? ». Respuesta de Lovelock: « Hubiera pensado que la canícula de 2003 fuera suficiente para ello, pero no parece haber sido el caso ». Malatesta pregunta (¿eras tú, Malatesta?): « Teniendo en cuenta el carácter predador y oportunista de nuestra especie, ¿es normal que nos autoextingamos, nos devoremos a nosotros mismos? ». La respuesta del inglés duele en el alma : « Somos como cualquier especie que se reproduce demasiado y se derrumba ». Y, a propósito de la energía nuclear, el padre de Gaia nos da la puntilla: « Tal vez usted ignore que la cantidad de cemento usada para construir la base de un molino de viento es cuarenta veces mayor que aquella usada para construir una planta nuclear entera ». 

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jeudi 1 mars 2007

Esta foto cojea

 

La verdad de una foto es la verdad del pie que la acompaña

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La foto ganadora del World Press Photo 2006, prestigioso trofeo que premia cada año a las mejores fotografías de prensa, la tomó el norteamericano Spencer Platt entre las ruinas de Beirut bombardeado por los israelíes el pasado agosto. Fue publicada por Paris-Match y alabada por presentar el supuesto contraste entre la dura realidad de la guerra y una juventud dorada que hace turismo de lujo entre los destrozos. Descaro, indecencia.

En Nocturno hindú, el novelista italiano Antonio Tabucchi describe la fotografía de un hombre corriendo. Se trata de un close up, de un acercamiento. Bien mirado, parece ser un atleta negro que levanta los brazos porque ha ganado la carrera, tal vez incluso porque ha batido el récord de su especialidad. Pero si se quita el close up y se observa la foto completa, se verá que se trata de un manifestante antiapartheid, en el África del Sur de los años ochenta, que ha sido baleado por la policía y acusa el impacto antes de desplomarse. La moraleja que Tabucchi nos pone delante cae por su propio peso: desconfíen de los fragmentos escogidos.

Susan Sontag incita también por su parte al espectador a ver una fotografía de prensa como el resultado de un conflicto entre el imperativo de la verdad y el imperativo de la belleza, heredado este último de las bellas artes, y que hace que muchas veces la realidad de la calle aparezca afeitada en la prensa.

Se supone que una imagen dice más que mil palabras. Habría, así, que dejar a las imágenes hablar por sí mismas. Estas verdades de pacotilla se asientan seguramente en el trasfondo de paganismo que llevamos dentro, en nuestra religiosidad de adoradores de imágenes y en nuestra desconfianza radical hacia las palabras. Ver para creer, nos dijeron, y nos lo creímos.

Estos principios fundaron los días felices de las revistas ilustradas que vinieron a suplantar o a convertir a muchos diarios en revistas, donde el peso lo llevan las imágenes y el texto funciona sólo como comentario de éstas. Pero el espectador enfrentado a una imagen sin pie está obligado a componer por sí mismo una interpretación, a entender la imagen a partir de lo que ya sabe, que puede ser algo, pero suele no ser mucho. Las más de las veces, esa imagen sin contexto vendrá a confortar un saber superficial, estereotipado.

Para volver a la foto ganadora, el autor confiesa no haber interactuado con sus protagonistas, haberse limitado a apretar el obturador y a enviar la foto a la agencia y al concurso. La pregunta es, entonces, ¿es eso el periodismo? De manera general, el World Press Photo premia imágenes sin pie, imágenes que “se sostienen por sí mismas”, como quiere el tópico. Este premio demuestra una vez más que ninguna foto se sostiene por sí misma, que la verdad de una imagen es sobre todo la verdad del pie que la acompaña, como dice Godard y ratifica Sontag, que toda foto necesita un pie, como ha recordado pertinentemente Arcadi Espada.

Esta foto cojea periodísticamente hablando porque le hace falta un pie. Para ponérselo, un periodista, Gert van Langendonck, ha ido al encuentro de sus protagonistas. Su historia, publicada en el diario belga De Morgen hace unos días, es ésta: Aprovechando el primer día de cese del fuego tras los bombardeos israelíes a los suburbios del sur de Beirut, estos jóvenes regresaron a su barrio a comprobar la magnitud del desastre. Una de ellas trabaja para una ONG de ayuda a los refugiados. Contra las apariencias, no van en un descapotable de lujo, sino en un Austin Mini abierto, porque son cinco y hace mucho calor. ¿Que van vestidas con camisetas ajustadas y llevan anteojos de buena calidad? Estamos en nuestro barrio, responden, vamos vestidas como todos los días.

La guerra del Líbano, el bombardeo de Beirut por la aviación israelí, afectó a gente que se nos parece, que podría vivir en nuestras casas y formar parte de nuestra familia. Esta verdad, la foto ganadora no la muestra, la esconde.

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PS: En uno de los innumerables sitios y blogs que comentan esta foto se lee que "los pijos libaneses se pasean con un descapotable en short por una calle destrozada por las bombas israelíes". Tan pijos parecen que se les ven incluso los shorts. Recuerda el viejo juego de la noticia del accidente callejero que va pasando de uno a otro y termina convertido en genocidio.

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jeudi 22 février 2007

Los niños nacen para ser felices

Los cuatro primeros lugares en materia de bienestar infantil los ocupan Holanda, Suecia, Dinamarca y Finlandia. España se sitúa en quinto lugar.                          

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Está escrito en el mosaico que cubre el pórtico de la iglesia de un colegio en la esquina de las calles Carmen y Porvenir, en Santiago, en el que se ve al Mesías recibiendo con los brazos abiertos a los niños: “Sinite parvulos venire ad me”. En ese colegio no se enseña ya latín pero todavía se entiende: Dejad que los niños vengan a mí. (Pero que vengan de a uno, agrega el chiste).

Y de lo mucho que circuló durante la Unidad Popular en materia de fraseología, este endecasílabo, atribuido a José Martí, es uno de los mayores aciertos: Los niños nacen para ser felices. El punto, claro, sigue estando en saber cómo pueden llegar a ser felices, cuál es la ecuación entre protección y libertad que les permita respirar a sus anchas para desplegar las alas cuando les crezcan.

La Unicef considera seis criterios para determinar el bienestar infantil: las condiciones materiales, la salud y la seguridad, la educación, las relaciones con la familia y con otros niños, todos los cuales se apoyan en datos estadísticos. Y por último, pero no menos importante, el bienestar subjetivo, criterio que se funda en la percepción que el niño tiene de sí mismo y del que se sabe gracias a los estudios de opinión.

En base a estos criterios, la Unicef dio a conocer la semana pasada el informe sobre el bienestar de los niños en 21 países industrializados. Como era de esperar, los cuatro primeros lugares los ocupan países del norte de Europa: Holanda y Suecia a la cabeza, seguidos por Dinamarca y Finlandia. España se sitúa en quinto lugar, por delante de Suiza y Noruega y muy por delante de Alemania y Francia. Otra sorpresa se encuentra en la cola del pelotón: Gran Bretaña se ubica última y Estados Unidos penúltimo.

Imposible no pensar, a la lectura de este informe, en los niños que se han quedado fuera, cualquiera sea su país, africano, asiático o sudamericano, niños para quienes incluso los niveles más bajos de bienestar les quedan tan por encima que parecen volantines en la estratosfera. Niños para los cuales cualquier intento de determinación de indicadores, objetivos o subjetivos, es imposible, entre otras cosas por ausencia de datos.

Por estos días se ha descubierto en las inmediaciones de un hospital, en el centro de India, un osario desbordante de huesos de niñitas, que aportan, una vez más, la prueba de que el infanticidio y el feticidio se siguen practicando a gran escala en muchos países como manera de evitar el nacimiento de niñas o para desembarazarse de ellas. A tal punto que el Gobierno indio ha decidido poner cunas en todos los distritos del país para que los padres puedan abandonar allí a sus hijas recién nacidas cuando no quieran criarlas.

Los niños abandonados, los niños esclavos, los niños vendidos, los niños prostituidos. La televisión mostraba también por estos días unas imágenes en un lejano hospital del remoto Kirguistán donde una enfermera cerraba la venta de un recién nacido y la celebraba descorchando una botella de sidra. Por qué los compradores esta vez resultaron ser policías y le amargaron la sidra a la alcahueta, la televisión, que muestra pero no explica, no lo dejaba claro. Pero sí se adivinaba, según las maneras desenvueltas de la villana, que tal operación comercial es algo común en un lugar como ése.

Los niños nacen para ser felices, nacen para vivir con sus padres y hermanos, nacen para ir a la escuela, pero demasiadas veces los tiran al osario, los venden, los arman, los drogan y los prostituyen. Aún estoy viendo a un grupo de niños a la entrada de una escuela en Angola, con la ropa muy blanca brillando bajo el sol de África y transportando cada uno una enorme piedra entre las manos. Para qué llevan esas piedras, me sorprendí preguntando. Para qué va a ser, me respondieron, para sentarse.

logocl 22 de febrero de 2007, PDF

PS: La foto está tomada en Arribada, al interior de la isla de Santiago, en Cabo Verde. Allí también, uno de los niños de la fotografía se trepó a un papayero para obsequiarme con un fruta madura según una historia que se cuenta en El zancudo. Pues eso, los niños nacen para ser felices.

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jeudi 15 février 2007

Escribo como condenado

El escritor que se verá obligado a abandonar su país bajo amenaza y será laureado en Estocolmo dentro de veinte años no aparece hoy en los diarios.                        

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Cuando los surrealistas, en 1919, metieron en un sobre la pregunta «¿Por qué escribe usted?» y la enviaron a los escritores parisinos consagrados, les estaban en buena medida arrastrando el poncho. La interrogante puede no ser gran cosa, pero les permitió recoger 75 respuestas y publicar tres números de la revista Littérature cuyo tiraje triplicaron.

Philippe Soupault atribuye la formulación de la pregunta a un parroquiano del bar donde el grupo surrealista paraba por esos años, quien miraba fijamente a los miembros de la cofradía surrealista. Éstos, hartos de la insistencia de su mirada, le aplicaron un día la variedad parisina del «¿qué mirái?». El parroquiano no dudó en responder: «Los miro porque me gustaría saber por qué escriben».

Entre las respuestas recogidas, las mejores son breves. «Escribo porque», respondió Cendrars. «Por debilidad», añadió Valéry. Y Paulhan: «Yo escribo poco. El reproche que me hacen me toca apenas».

Varias décadas más tarde, en 1986, dos periodistas del diario francés Libération, Daniel Rondeau y Jean-François Fogel, retomaron la pregunta y se la enviaron a 400 escritores de todo el mundo. También en los resultados de esta encuesta las respuestas más agudas suelen ser breves o abreviadas.

Osvaldo Soriano propone una clave: «Escribo para compartir la soledad». Y Ricardo Piglia, otra: «Escribo porque la literatura es la forma privada de la utopía”. Adolfo Bioy Casares: «Escribo porque probablemente me parezco a un barbero de Tom Jones que, cuando escuchaba una buena historia, necesitaba contarla en seguida». Su amigo Borges se va por las ramas, pero tratándose de Borges vale la pena seguirlo: «Intento intervenir lo menos posible en lo que escribo. Y como no tengo opiniones definitivas en materia, por ejemplo, de ética o de política, intento no dejar intervenir mis opiniones en lo que escribo».

Numerosos son quienes dicen escribir para saber por qué escriben. También hay los que responden que lo hacen por mimesis o por ritmo biológico. La trascendencia es otra razón citada, sea ésta existencial, como en el caso del peruano Julio Ramón Ribeyro: «Escribo para continuar existiendo una vez muerto, no más sea bajo la forma de un libro, como una voz que alguien se da el trabajo de escuchar». O trascendencia municipal, como en el brasileño Fernando Gabeira: «Tiendo a pensar que escribo para ser amado y ese deseo prosaico acabará con mi nombre en una calle o en una biblioteca pública en el pueblo donde nací».

Salman Rushdie, víctima de una fatua lanzada en 1989 por el ayatolá Jomeini que lo condenó a muerte a causa de sus escritos, sentiría tal vez una cierta incomodidad si se releyese: «Escribo porque me gusta estar solo en una pieza».

António Lobo Antunes: «Escribo porque no sé bailar como Fred Astaire. Off the record: para la próxima encuesta les prometo una respuesta sicoanalítica-estructuralista… y larga». Quien no esperó la próxima encuesta para formular una respuesta de esa índole fue el poeta Enrique Lihn, quien se regodea en circunloquios. Jorge Edwards, José Donoso, Poli Délano, Óscar Hahn y el citado Lihn componen la selección nacional.

A lo que iba, fui a buscar el librito que resultó de la encuesta pensando en Orhan Pamuk, el Nobel 2006, ahora obligado a exiliarse de Turquía por las amenazas contra su vida recibidas de parte de grupos nacionalistas. Qué habrá respondido entonces a la preguntita, me pregunté. No estaba y, sin embargo, por esas fechas Pamuk había publicado ya tres novelas. El escritor que se verá obligado a abandonar su país bajo amenaza y será laureado en Estocolmo dentro de veinte años no aparece hoy en los diarios. No hay quién le pregunte por qué escribe.

¿Mi respuesta favorita? Tal vez la del belga Hugo Claus: «Escribo por curiosidad. Por orgullo».

logocl 15 de febrero de 2007  PDF

PS: Para variar, hoy el blog podría llamarse Camino de Estocolmo.

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jeudi 8 février 2007

¿Será para tanto?

Un lobby creado por la petrolera Exxon Mobil ofrece miles de dólares a los científicos que nieguen la evidencia del cambio climático.                          

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¿Pudo evitarse la tragedia de Valparaíso? ¿Y la de Punta Arenas? ¿Pueden evitarse las calamidades? ¿Puede evitarse que en las próximas décadas los desiertos nos cerquen y, paradójicamente, nos ahoguen las inundaciones, tal como predice el informe del Panel Intergubernamental contra el cambio climático presentado el primero de febrero en París?

Los fatales incendios de Valparaíso y Punta Arenas y el calentamiento global son, desde luego, fenómenos de naturaleza diferente y no se trata de meterlos en el mismo saco. Conociendo, sin embargo, la respuesta que escucharon algunos vecinos cuando intentaban dar la voz de alerta por el olor a gas que cubría el casco viejo de Valparaíso, no se puede menos que asociarlos:

“¿Será para tanto?”.

Es la respuesta que escuchan sistemáticamente los “alharacos” que desde hace cuarenta años, desde los primeros informes del Club de Roma, advierten que es hora de que cerremos la válvula del gas si no queremos volar por los aires. Desde luego, entre la sicosis y la desidia hay un amplio margen de actitudes. Pero en materia de clima el informe del Panel de París es contundente y explícito y no deja espacio para ambigüedades.

La concentración de gas carbónico en la atmósfera supera con mucho lo observado desde hace 650 mil años. De igual manera con el metano. El calentamiento actual es “inequívoco”. Los glaciares ceden, el nivel de los océanos sube. La capa de hielo que recubre Siberia y el norte de Canadá se derrite y las olas de calor, las tormentas tropicales y los ciclones se intensifican.

Frente a este diagnóstico se alzan, como es costumbre, las voces de los negacionistas del cambio climático. Son cada vez menos numerosos, pero mantienen en alto la bandera negra de los petroleros. Y sacan la voz, por las buenas o por las malas. De un total de mil 600 científicos que trabajan para la administración estadounidense, más de 45% dicen haber sido víctimas de intimidaciones, durante estos seis años de Gobierno republicano, para que eviten las expresiones “calentamiento global” y “cambio climático” en sus comunicaciones. Ese es el palo.

Y la zanahoria la pone el dinero. El diario británico The Guardian denunciaba hace una semana que un lobby, el American Enterprise Institute, creado por la petrolera Exxon Mobil, cuyos límites con la administración Bush son “permeables”, ofrece miles de dólares a los científicos que nieguen la evidencia del cambio climático y denuncien los defectos que pudiera presentar el informe de París.

En Chile, el mismo día de la publicación de este informe, Las Últimas Noticias publicó un único eco, una entrevista con Tito Ureta, miembro de la Academia de Ciencias. “Esto (el cambio climático) va a pasar en cien años y usted y yo vamos a estar muertos”, explica Ureta. Además, sería inútil inquietarse porque “la Tierra se autorregula”. Los métodos de Greenpeace son, según él, “espantosos” y “muchas de las cosas que hacen es (sic) provocar el fenómeno que quieren combatir”.

Es decir que, según el académico, es la febrilidad de Greenpeace la que dispara la temperatura. También puede que tenga razón, sobre todo en materia de mortalidad. La posibilidad de que estemos muertos dentro de cien años es altísima. Y en cuanto a que la Tierra se autorregule… sin comentarios. O bien éste: quienes creían que el animismo era inconciliable con la ciencia empírica no tienen más que darse una vuelta por la cátedra de Ureta para salir de su error. Lo que expone no es otra cosa que una versión pasada por agua de las tesis del británico James Lovelock, un pionero de la ecología, quien sostiene hoy la necesidad de contar con la energía nuclear para disminuir el abuso de los combustibles fósiles.

El problema, sin embargo, está en otra parte. Y no lo resuelve una incongruente central nuclear en pleno Atacama. El mensaje de los científicos es irrefutable y no deja cabida a los negacionistas. La duda se trasladó definitivamente del campo de la ciencia al de la política. La pregunta ya no es “¿será para tanto?”, sino “qué hacemos ahora”.

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8 de febrero de 2007

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PS: Las tragedias de Valparaíso y Punta Arenas, sendos incendios en los cascos viejos de ambos puertos, con resultado de una quincena de muertos. A propósito del cambio climático, el comentario de Enrique en "El dinosaurio", en este mismo blog, es particularmente pertinente. También a propósito de clima, mientras escribo estas líneas cae en Lovaina una copiosa nevada. En el centro de Chile se soportan temperaturas de más de treinta grados.

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