vendredi 13 mai 2016

Conejos en la noche

El vuelo de ella salía de madrugada y las medidas de seguridad mandan presentarse tres horas antes del despegue. Así fue como llegamos al aeropuerto en plena noche y salvamos los controles militares con la compunción que la nueva situación impone.

De regreso, solo, tomé mal la salida en una rotonda y me encontré en una suerte de zona industrial sin industrias, en un paraje despejado y desierto a esa hora improbable. Se cruzaron dos conejos, luego cuatro, luego cuarenta. Tantos eran que disminuí la velocidad y me detuve a mirarlos. Cientos de conejos, todos iguales, corriendo en todas direcciones.

En esos momentos se mueven en uno dos fuerzas encontradas. La que quiere llevarte cuanto antes de regreso al buen camino y la que celebra la llegada de la sorpresa. 

No queda más que echar mano a la pantalla grande y decir que la imagen era cinematográfica. En ese terreno, el cine es nuestra segunda naturaleza. Un hablante medio diría probablemente que la situación era surrealista. Pero tal vez baste con llamarla onírica, teniendo en cuenta la hora que era. 

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jeudi 5 mai 2016

El ángel inflable

Pardin pescaba en su isla de Banggai, en Indonesia, cuando la vio flotando en las aguas.

El día anterior había habido un eclipse, de modo que Pardin pensó que era una bendición.

Su madre la vistió, le cubrió la cabeza con un fular y la sentó en una silla en el mejor lugar de la casa.

 

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 En el pueblo de Pardin, que se llama Kalupapi y es remoto, no hay internet, de manera que la gente tiene tiempo y ganas de fijarse en lo que cae del cielo, sobre todo si tiene forma humana.

Así fue que se corrió la voz de que el ángel de Pardin lloraba. Alguno se sospecharía que en una vida anterior el ángel había sido una muñeca inflable.

El rumor llevó hasta el pueblo a la policía.

Detrás de la policía va la prensa.

Y detrás de la prensa los lectores.

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samedi 30 avril 2016

As cold as the spaces between the stars

Leo los obituarios de las víctimas de Bruselas y me digo que no debería nadie morir joven. Los obituarios acaban en una línea que intenta ser optimista. Allí donde estés, estarás bien.

Releo el Maestro de Petesburgo: «He has lost his right to stay in this world, but the next world is cold, as cold as the spaces between the stars, and without welcome», escribe el hombre, desconsolado por haber perdido a su hijo joven.

Me decía también que tarde o temprano resultará que conozco a una de las víctimas. Ayer me enteré de que así es. Un buen amigo iba en el vagón que explotó en Maelbeek. Dice que salvó la vida, con quemaduras superficiales, gracias a que iba junto a él, de pie, un fornido muchacho. Mi amigo acababa de sentarse, se había movido hacia esa parte del vagón en pos de un asiento libre. El cuerpo de ese muchacho operó como protección.

Que no tenga que leer su obituario, me dice.

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vendredi 22 avril 2016

Carrère en Calais

«Carta a una habitante de Calais» se llama el reportaje que firma Emmanuel Carrère en la última XXI.

Para contar qué sucede en el puerto del norte de Francia, que lleva un tiempo largo encaramado a la actualidad a causa del aflujo de emigrantes que buscan pasar al Reino Unido, Carrère escoge abordar la cuestión a través del punto de vista de los habitantes de Calais. Hablar de Calais sin hablar de los emigrantes, buena idea. Para ilustrar su imposibilidad, Carrère se refiere a esa historieta de un almuerzo familiar en dos viñetas. En la primera el padre dice: «No hablemos de eso». En la segunda, la mesa está hecha añicos y los comensales se dan con las sillas. La leyenda avisa: «Están hablando de eso».

Carrère escoge también para su reportaje el formato de una carta de respuesta a la carta que recibió en cuanto llegó a la ciudad para escribir el reportaje. En esa carta, una habitante lo pone en guardia: su intento será un fracaso. Y le hace sentir el hartazgo de los locales de ver desembarcar al pijerío ideológico en la ciudad a escribir una y otra vez las mismas monsergas. Non, pas vous !, le suplica. El reportaje se convierte así en un intento por responder a esa interpelación y revertir ese juicio.

¿Que si lo consigue?

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Mural de Banksy en el campamento de los emigrantes en Calais, mostrando a Steve Jobs, hijo de un emigrante sirio

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lundi 11 avril 2016

El sombrero

Integro como puedo los datos que circulan sobre la matanza de Bruselas.

Cómo no intentarlo al menos, si pasamos a unos cuantos minutos de la explosión de Maelbeek y luego a un par de calles del hombre del sombrero. El tiempo y el espacio, las coordenadas son siempre ésas.

Y aunque no hubiese sido así, cómo no intentarlo.

Un dato mayor y uno menor. Primero el mayor.

Los yihadistas belgas preparaban un atentado en Francia. Como la policía belga los arrinconó, decidieron atentar en Bruselas. Eso se llamará eficacia paradójica.

El menor es que, tras huir del aeropuerto, el terrorista del sombrero arrojó la chaqueta a un basurero. El sombrero, en cambio, dice haberlo vendido.

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samedi 2 avril 2016

El hombre del primer tuit

La primera bomba explotó a su derecha, a unos veinte metros de donde se encontraba. La segunda, tres segundos más tarde, a su izquierda, algo más lejos. Mucha gente cayó. Los que quedaron en pie, echaron a correr. El sacó el móvil y filmó una secuencia de un minuto. Luego envió un tuit que decía escuetamente: «2 explosions à bxl airport». Eran las ocho de la mañana del martes 22 de marzo de 2016.

Sorteando heridos, en medio de humo, polvo y cascotes, salió a la calle. David Crunelle, así se llama nuestro hombre, es publicista y esa mañana iba a tomar un avión a Tokyo.

En una hora tenía más de diez mil notificaciones. Diarios y televisiones pidiéndole entrevistas y autorización para utilizar sus imágenes. No consigue responder a todos. Cuando responde, no siempre le preguntan cómo está. Algunos van directamente al grano: las imágenes, cuánto. 

Tras varias peripecias, acaba vendiendo una secuencia de treinta segundos por 1 500 euros a CNN.

En el aeropuerto dice haber visto con asombro que los niños no lloraban y muchos adultos sí. Que algunos policías estaban fuera de control.

Dice también haber conocido el entablado que está detrás del noticiario. Esa noche publicó un tuit en el que afirma que usará la suma ganada para ir en ayuda de las víctimas.

De poder hacer algo de otra manera, dice ahora, volvería al hall del aeropuerto a rescatar heridos.

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mardi 29 mars 2016

El basurero

Un tipo decidió una noche matarse. Y se mató, abrazado al ordenador. En el ordenador fue dejando el historial de sus decisiones: A la medianoche arrojó su vida profesional al papelero. A las dos, sus vida administrativa. A las cuatro, su vida sentimental. Al alba, arrojó lo que quedaba por la ventana.

Le dije a un amigo que tenía que escribir una novela con esta historia pero no me hizo caso. Así que tengo que contarla yo, aprovechando que la he recordado con el cuento del kamikaze del aeropuerto de Bruselas, ése que escribió su testamento en el ordenador y, antes de partir al aeropuerto o a al metro para matar y matarse, lo arrojó al basurero.

Qué basura.

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samedi 26 mars 2016

El terrorista runner

Salah Abdeslam asoma al quicio de la puerta de la casa en que se esconde, ve al grupo de policías a su derecha y echa entonces a correr hacia la izquierda. No es la suya una carrera desbocada, sino un trote vivo, a ritmo de runner.

La escena tiene un punto absurdo, cómo no. Tras cuatro meses de persecución, el terrorista más buscado de Bélgica se da de cara con sus perseguidores y se aleja al trote. Como si estos fueran a consentírselo. Como si a la vuelta de la esquina se le abriesen las puertas de la libertad. Su carrera es probablemente un movimiento reflejo, como el de un ave de corral decapitada. Como sea, no dura casi nada, dos o tres pasos apenas, hasta que una detonación la corta en seco.

En las horas que siguieron a los atentados terroristas de París, la hipótesis de que uno de los hechores no cumplió con su parte prevista en la masacre fue abriéndose paso. Cuando se confirmó que Abdeslam con la ayuda de un par de cómplices regresó a Bruselas, a su propio barrio, la noche misma de los hechos, esa idea cobró más fuerza. 

La expusimos aquí, cruzando varios elementos: los términos de la reivindicación del Estado islámico, las imágenes de Abdeslam en una gasolinera camino de Bruselas, la aparición de un cinturón de explosivos en un basurero en París. Contrariamente a su hermano Brahim, hombre-bomba consumado en París, Salah Abdeslam se había arrepentido, en el sentido de que había llegado a París cargado de explosivos a saltar por los aires y había salido de París huyendo con la cola entre las piernas. 

Tras cuatro meses en los que probablemente se vio obligado a cambiar de escondite varias veces —al menos de dos de ellos parece haber podido huir en el momento de la llegada de la policía, por los techos en un caso, aprovechando una mudanza, en otro—, su detención con vida y su posterior confrontación a la justicia podría permitir alcanzar el establecimiento de la verdad: qué pasó con él en París, qué hizo y qué dejó de hacer. 

Una vez detenido e interrogado, sin embargo, resulta evidente para el observador ,tanto como para el propio Abdelsam y su abogado, que esa versión, la del arrepentido, pasa a ser también su mejor línea de defensa. Si se arrepintió antes de pasar al acto, su culpabilidad se limitaría a una eventual participación en la preparación de los atentados.

Así, incluso si la hipótesis del arrepentimiento es verdadera, esa verdad, convertida en estrategia procesal, se convierte en una verdad espuria.

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jeudi 24 mars 2016

El taxista

«Los terroristas llegaron ayer al aeropuerto en taxi. La policía ya habrá entrevistado al chofer. A ver qué medio será el primero en hacerlo», escribí ayer en Twitter.

Luego me enteré de que el taxista en cuanto vio las fotos de los presuntos terroristas en la web, un par de horas después de los bombazos, los reconoció y corrió a hablar con la policía. Su testimonio permitió encontrar rápidamente una maleta que los yihadistas había dejado cargada de explosivos en el aeropuerto y hacerla explotar bajo control, sin causar más víctimas.

El taxista explicó que había sido enviado por su empresa a recoger a unos pasajeros que querían ir al aeropuerto temprano por la mañana del martes 22. Habían pedido una combi porque eran tres y llevaban equipaje. La empresa de taxis no tenía en ese momento una disponible y envió un auto estándar. Los pasajeros intentaron meter las cinco maletas que querían transportar en el maletero. Sólo cupieron tres y optaron por dejar las otras dos. 

«Dice el taxista que llevó a los kamikazes al aeropuerto que estos querían llevar cinco maletas. Por suerte en el maletero sólo cupieron tres», escribí un poco más tarde, también en Twitter. «Y que como iban justos de pasta, no pudieron coger otro taxi para llevar las otras dos maletas», respondió un lector.

No es fácil en Bruselas coger un taxi, más aun en un barrio periférico. Los taxis se llaman, salvo que se esté en una estación, en cuyo caso se hace la fila. Ante la eventualidad de volver a llamar para tratar de obtener otro y esperar media hora más, los yihadistas optaron por dejar de lado dos maletas cargadas de explosivos y contentarse con llevar tres.

El taxista también explicó que una vez en el aeropuerto quiso ayudar a sacar el equipaje del maletero, pero los pasajeros se lo impidieron. No le dio más importancia al detalle. Tampoco a que ellos llevaran una mano enguantada

El taxista quiere mantener el anonimato. No habrá, por ahora —hay que confiar en la perseverancia del gremio— entrevista de prensa. La mayoría de los taxistas de Bruselas son extranjeros o de origen extranjero. Muchos son iraníes. 

La colaboración del taxista en la identifición de la maleta abandonada probablemente haya salvado unas cuantas vidas. Y es posible incluso que alguna vida se haya salvado por el tamaño del maletero.

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vendredi 11 mars 2016

El kamikaze ferpecto

Hablando de Pavese, decía Savater que el auténtico suicida decide primero matarse y luego busca algún pretexto para darse valor. La idea es interesante pero pienso en mis amigos suicidas y no puedo darle la razón, o no del todo.

Tampoco si nos fijamos en los kamikazes al uso, en esos que saltan por el aire en nombre del califato. No creo que quieran matarse de por sí, como dirían en México. Probablemente el chute de adrenalina que la violencia propicia sea más fuerte que el miedo a la muerte, y allá van.

En febrero, en un vuelo entre Mogadiscio y Yibuti, en el Cuerno del África, un terrorista activó la bomba que cargaba, provocando el resultado que se aprecia en la imagen:

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La explosión abrió un boquete en el fuselaje del avión, por donde salió disparado el terrorista. Tras lo cual el avión dio la vuelta y regresó al aeropuerto de salida, con la tripulación y los pasajeros sacudidos pero indemnes. ¿Cómo fue que el kamikaze, un maestro de escuela coránica, miembro del grupo terrorista Al Shabab, logró matarse únicamente a sí mismo? Misterios de la física.

Se podría creer que el kamikaze somalí es el kamikaze ideal porque al final de su acción, y el resultado es lo que cuenta, hay un kamikaze menos.

En los atentados de París del 13 de noviembre de 2015 parece claro que algo falló para los yihadistas en el primero de la serie de cuatro ataques previstos,  el del Estadio de Francia. Como se recuerda, esa noche se jugaba allí un partido amistoso entre las selecciones de Francia y Alemania. Dos terroristas armados de cinturas explosivas intentaron entrar en el estadio con la intención de provocar una masacre. Un tercero esperaba el aflujo de la multitud en fuga en una boca de metro cercana.

El plan falló porque los terroristas no pudieron entrar en el estadio y los tres kamikazes saltaron por los aires en las inmediaciones de las puertas de acceso al recinto. Uno solo consiguió arrastrar a la muerte a un paseante.

Se podría considerar que los otros dos, que murieron sin lograr matar a nadie, representan sendos ejemplos del kamikaze ferpecto, del que sólo consigue matarse a sí mismo.

Pero no hay tal, desde luego. Le Monde publicó recientemente el testimonio de una familia que se encontraba junto al estadio esa noche infausta. Uno de los kamikazes explotó a unos metros de ellos.

Traduzco parte de su relato: «(Tras la explosión) caminamos sin rumbo. Compramos agua para limpiarnos. Nos mirábamos unos a otros. Estábamos cubiertos de una sangre que no era nuestra, de trozos de carne del tipo que había explotado, en la cara, en la ropa, en el pelo. Estoy segura de haber tragado alguno».

A ver cómo les expone alguien a ellos la teoría del kamikaze ferpecto.

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La actualidad actualiza a su manera este mensaje. Y hoy es 11-M.

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Para Holmess, por la paciencia.

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