mercredi 19 juillet 2006

¡Joé, que caló!

Are you wondering why it's so hot today ? (¿Se ha preguntado por qué hace hoy tanto calor?), pregunta el titular de The Independent de este 19 de julio, el día, hasta ahora, más caluroso del verano europeo (más de 35 grados en Londres y Praga).

El diario británico apunta con un acalorado dedo la culpabilidad del automóvil, del transporte aéreo, de la producción de electricidad .

A esta altura del cambio climático parece claro como la caldeada atmósfera y evidente como el hoyo en la capa de ozono que las preguntas están súper formuladas. El problema, el problemón, se encuentra en las peregrinas respuestas pergeñadas.

Los ricos responden subiendo el aire acondicionado. Los pobres responden diciéndonse que hace demasiado calor como para caldearse aun más la cabeza intentando responder preguntas como ésa.

Decimos "pobres"  en un sentido a la vez general y relativo. Los pobres europeos no son pobres en el sentido africano del calificativo. Pero sí lo son en el sentido que se han ido quedando pobres de opciones, de iniciativa, de fundamento. La socialdemocracia fue un día todo eso. La ecología política aún no lo consigue.

Aprovechándose una vez más del pánico, o de la ausencia de pánico, como dice Nicanor Parra, "los de arriba se sientan en los de abajo".

Con tanto calor, el bochorno de saberse usado como asiento, o como palo de gallinero, hace subir aún más la temperatura.

Desde luego, el número de fallecidos por la canícula europea no tiene punto de comparación con el número de muertos por los bombas en Irak y en el Líbano.

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Julio de 2006.

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mardi 18 juillet 2006

A propósito de columpio

A propósito de columpio y de la luz, véase esta foto del fotógrafo chileno Tomás Munita, ganador del premio Leica Oscar Barnack, en el marco de los Encuentros fotográficos de Arles, en Francia, en este mes de julio de 2006. Munita trabajó durante un año en Afganistán enviado por Associated Press. Apoyando sobre la imagen que aparece en esta página es posible ver la galería de imágenes premiadas.

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Ligero de equipaje

Aeropuerto de Dakar, sábado por la tarde, un grupo de viajeros provenientes de Praia, la capital de Cabo Verde, espera la llegada de las maletas. Son un grupo de policías italianos en misión de combate a la la inmigración clandestina, tres físicos espaciales etíopes de regreso de un coloquio en la isla de Sal, un músico gambiano de aspecto rastafari, una cooperante francesa en fin de misión en Senegal y su hijo pequeño, otro cooperante francés destacado en Mauritania, un señor elegantemente vestido, bien que calzando sandalias, gambiano también.

La correa transmisora se echa a andar afanosa y ruidosamente y tras unos largos minutos deja asomar una única y reluciente maleta amarilla. El niño francés da un salto de alegría al reconocerla, su madre la carga en un carricoche, se despide con un gesto del resto de los pasajeros y se aleja del aeropuerto de la mano del niño. La correa transmisora se queda desesperantemente vacía y los pasajeros no tienen más remedio que guardar una larga espera. Al cabo de una eterna hora aparece un funcionario senegalés quien les indica con la mano un lugar que parecería ser aquél en que se encuentran las maletas demoradas pero que acaba por ser el mostrador donde se constata la pérdida del equipaje.

Según los funcionarios senegaleses esta situación ocurre con relativa frecuencia porque los aviones de la compañía caboverdiana que vuelan hasta Dakar son pequeños y cualquier sobrepeso lo compensan dejando una parte del equipaje sin embarcar. Los poliziotti no aceptan esta versión, uno de ellos asegura haber visto su maleta en el avión. Después de largos tiras y aflojas verbales, los pasajeros aligerados de equipaje obtienen un papel que constata la irregularidad pero se cuida de señalar que el documento no constituye el reconcimiento de la responsabilidad por parte del transportista.

Las valijas serán depositadas en los días venideros en los aeropuertos de destino final de los pasajeros, Milán, Bruselas, Adis Abeba, Nouakchot o Banjul, afirman los funcionarios. A la pregunta de saber qué hacer si esto no ocurriese, el funcionario senegalés sugiere que, ante esa eventualidad remotísima, los pasajeros deberían escribir, pasado un tiempo prudencial, a la compañía aérea transportadora para reclamar una indemnización, en estos términos: "Habiendo llegado al aeropuerto internacional de Dakar y a mi gran sorpresa encontrarme desprovisto de equipaje...".

Quédense tranquilos, concluye. De ocurrir esta situación en un aeropuerto europeo, ustedes lo estarían. Acuérdense de mis palabras.  Y de las suyas.

Ante estas afirmaciones el abanico de actitudes de los pasajeros es amplio. Abiertamente beligerante en el caso de los policías italianos, taciturna la del cooperante francés, neutra la de los científicos etíopes, dicharachera en el caso del músico gambiano, quien a pesar de haber perdido ya la combinación aérea hacia Banjul no cesa de reír y de hacer bromas con los senegaleses. El elegante señor de las sandalias, por su parte, permanece ajeno a todo este trasiego y se mantiene  impertérrito a la espera de su maleta junto a la correa transmisora vacía y detenida.

Cuando cuarenta horas más tarde uno de los pasajeros recupera su maleta en el aeropuerto de Bruselas, se dice que la próxima vez que vuelva a llenar una valija se preguntará si es capaz de separarse de los objetos que está metiendo dentro, si consigue sobrellevar la idea que estos pueden partir en la dirección contraria o incluso no partir en ninguna dirección.

También mira su equipaje con otros ojos. La vieja maleta perdida y recuperada le trae a la memoria las palabras del funcionario senegalés. Y las suyas. Les pasa revista, a unas y otras. Y se siente contento de no tener que lamentar su maleta. Ni sus palabras.

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jeudi 13 juillet 2006

El zancudo

Enciendo la luz e intento localizarlo. Se trata de un zancudo pequeño y movedizo que aparece y desaparece a su antojo. No hay manera de acabar con sus días. También es verdad que no estoy completamente despierto, lo que no quiere decir que esté soñando. Busco una crema que compré en el penúltimo país en que me picó un zancudo, que fue Marruecos. El tubo está escrito en árabe pero se entiende que la pomada sirve pero no mucho.

También se entiende que estoy entre los trópicos. En Cabo Verde, sin ir más lejos. Los viajes se han convertido en una experiencia sensorialmente pobre: poco espacio y mala comida en los aviones, estrés en los aeropuertos. Las ciudades son sucias y ruidosas. Y por la noche pican los zancudos. En Chile dirían : Sóbate pa callao. Es lo que hago.

Al cabo de unas horas me descubro contando la experiencia por internet. Me salva un corte de electricidad. Donde estoy, la luz es coja y se cae a menudo. Andamos todos, como los místicos, esperando la llegada de la luz.

Por contar, cuento también de un niño que se trepa a un papayero, descuelga una papaya madura y me la regala. Sin pedir nada a cambio. De regreso a mi reducto lavo la papaya, la parto con el cortaplumas, le quito las semillas y me la como con una cuchara que me compré en un negocio chino. Está deliciosa y me deja muy buen sabor. Y una pregunta : ¿Seré capaz, alguna vez, de hacer otro tanto?

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Fuera, la calle está llena de comercios chinos y de mujeres vestidas a la africana con la carga en la cabeza. Más preguntas : ¿Tendrán los comerciantes chinos, que son muy jóvenes y van vestidos como futbolistas, tendrán más añoranza de su lejana tierra por estar en Cabo Verde, país de la saudade tropical?

Y la última : ¿Cómo consiguen las mujeres africanas equilibrar la pesada carga sobre sus cabezas y desplazarse durante largos trayectos sin que se vuelque ni una sola gota? Observo el procedimiento. Comienzan llevándose con las dos manos la carga a la cabeza, sobre la que llevan un pañuelo. Luego la equilibran sosteniéndola con una mano. Dos o tres pasos les bastan para alcanzar la cadencia apropiada para estabilizar la carga.

Un prodigio, como la papaya y el zancudo. Porque cuando desperté, el zancudo todavía estaba ahí.

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mercredi 14 juin 2006

Cazadores de cabelleras

Un escritor pobre y joven corresponde desde Gerona con un escritor pobre y viejo que vive en Madrid. El viejo es argentino. El joven, el que cuenta la historia, nació en Chile. En las primeras cartas intercambian datos sobre certámenes literarios de provincia, cuyos premios les pueden proporcionar unas cuantas pesetas para ir tirando (estamos en los años setenta). El viejo no duda en mandar un mismo cuento a varios concursos diferentes, cambiando solamente el título : Así, el cuento Al amanecer postula como Los gauchos, En la otra pampa y Sin remordimientos en cuatro concursos diferentes y gana en el segundo y en el último.

Las cartas se suceden y van haciéndose más personales en la medida en que el joven lee las novelas y los relatos del viejo publicados en editoriales argentinas y españolas desaparecidas. “Terminé contándole mi historia por capítulos”, cuenta el narrador, “siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos”. Luis Antonio Sensini, que así se llama el escritor argentino, le cuenta, por su parte, que vive en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, donde escribe, de noche, “cuando la señora y la nena ya están dormidas”.

En la última carta enviada por Sensini antes de regresar a morir a Argentina, le hace llegar una foto suya con su familia, su mujer y la nena, Miranda, “una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes”. Sensini había huido de Argentina unos años antes. Menos suerte tuvo su hijo, Gregorio, desaparecido por la dictadura.

Tras la muerte de Sensini en Buenos Aires, el relato se cierra con la visita de Miranda a la casa del narrador en Gerona. Este se disculpa por haber importunado a su padre con sus cartas. “Qué va”, dice Miranda, “tus cartas eran divertidísimas, mi madre incluso os puso un nombre a mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros, o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras”.

Sensini es el primero de los catorce relatos de Llamadas telefónicas, de Roberto Bolaño, publicado en 1997. El libro tiene un epígrafe de Chéjov : "¿Quién puede comprender mi terror mejor que usted?". El Sensini del relato tiene muchas trazas de ser un escritor argentino, mendocino para más señas, que publicó El cariño de los tontos y Zama, una novela considerada por algunos magistral (su biografía está en la Wikipedia en inglés pero no en español) y de quien Borges dijo que escribió “páginas esenciales que me han emocionado”.

Roberto Bolaño nació en Chile en 1953  y vivió en México y en España, donde murió en 2003, a los cincuenta años, tras haber publicado varios libros espléndidos, entre los cuales destaca Los detectives salvajes, seguramente una de las mejores novelas publicadas en español en los últimos años. ¿Qué hace un chileno como usted en la costa gerundense?, le preguntó un periodista en 2001. Esta fue la respuesta de Bolaño : “Me gusta este lugar. Supongo que si viviera en otro sitio, también acabaría acostumbrándome a él y viviendo más o menos feliz. Mi familia paterna, por otra parte, es una familia de emigrantes, mi abuelo era gallego y mi abuela catalana. Mi padre, que nació en Chile, se ha convertido en un mexicano. Mi familia o parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus dogmas y sus castigos y sus premios. Jamás me he sentido un exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado en México, ni en Centroamérica, ni en ningún otro lugar en donde se hablara español”.

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mardi 16 mai 2006

La reina de Gualeguaychú

Resulta que la reina del carnaval de Gualeguaychú se paseó en traje regional durante la sesión de fotografías de la cumbre euroamericana de Viena, la semana pasada, y consiguió una sonrisa benévola de parte de los mandatarios y la portada de los diarios del mundo. Protestaba por la construcción de unas papeleras en la frontera uruguayo-argentina. Por su parte, la mujer que protestaba, frente a Bush y Hu, en Washington, por la represión a la religión Falun Gong en China, a la que hacía referencia hace un par de semanas esta columna, tuvo muy distinta suerte. Fue sacada de foco por los propios fotógrafos. Cierto es que la pobre señora estaba completamente vestida.

Una lectora me escribe para que le ayude a sacar a luz esta verdad : Para salir en el diario, hay que enseñar la rabadilla. O mostrar el culo, o como se diga. Me parece que la señora tiene razón. No sé bien qué se puede añadir a esta evidencia, aparte de que a lo que hoy se llama « top » cabe mirarlo por el reverso. « Top » es, palindrómicamente, de atrás pa' delante, « pot ». Lo decía Octavio Paz, analizando la « Venus frente al espejo », de Velásquez : Cara es culo. La bella mira en el espejo su retrato, pero lo que de verdad observa es la cara del espectador que contempla su posterior. Nadie ha dejado tan clara esta materia cuanto Brigitte Bardot, quien en las primerísimas escenas de « El desprecio », de Godard, le preguntaba al espectador: « Y mis nalgas, ¿qué te parecen mis nalgas? ». Por menos que eso, Raúl Hasbún, un presbítero que hablaba modosamente por la tele en los años del terrorismo de Estado, se declaró a sí mismo « víctima del terrorismo anal ».

Otra lectora muy querida me escribe a propósito de los « lectores contagiosos », aquéllos que cuando les gusta un libro lo abandonan en el banco de una plaza para que otra persona lo lea y lo disfrute. Me dice textualmente : « Esperaba que su tío Pepe hubiese encontrado en algún banco de su pueblo a Harry Potter 7 ; reconozco que fue algo ingenuo de mi parte ». Le traslado la inquietud a mi tío. Éste se echa a hablar como un poseso de Harry Potter, de su amiga Hermione y de la señora Rowling, que ha escrito ya seis libros, de los que se han hecho cuatro películas y media. Reparo en que Pepe ha integrado a su léxico algunas expresiones de la saga adolescente. Por ejemplo, a las personas que suelen acarrear problemas las nombra « Voldemort », para no llamarlas, precisamente. Me confiesa que, sin embargo, no ha leído ni una sola línea de las aventuras del aprendiz de brujo y, por no ver, no ha visto ni siquiera las sinopsis de sus películas. Según Pepe, a los best sellers no vale la pena leerlos, porque de cualquier manera uno se entera de todo y así se ahorra el tiempo de la lectura y puede dedicarlo a asuntos más interesantes. Esto vale también para el « Código da Vinci », que sale todos los días en los diarios, y esto sin necesidad de que el Opus Dei se desnude. Al menos, que se sepa.

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Otro lector se interesa por la fotografía que ilustró esta columna la semana pasada, una reunión del Consejo de redacción de La Nación en los años cuarenta o cincuenta, presidida por Joaquín Edwards Bello. Aparecen en ella quince señores perfectamente vestidos y una solitaria señora. ¿Quién será la señora, bendita sea entre todos los hombres?, se interroga mi corresponsal. ¿Una pionera del periodismo escrito? ¿La señora de uno de esos periodistas, que solía pasar a buscarlo al diario los días jueves? Afortunada ella, que no tuvo que desvestirse para salir en el diario.

La Nación de Santiago de Chile, 31 de mayo de 2006.

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vendredi 5 mai 2006

Lectores contagiosos

Ahora resulta que hay un nuevo movimiento. Sus miembros, cuando leen un libro y les gusta, lo abandonan en el banco de una plaza o en un vagón del metro, de manera que otra persona lo encuentre y lo disfrute. Esto, en lugar de quejarse porque nadie lee. Se les conoce como los “lectores contagiosos”. Si cada ejemplar de un periódico lo leen cuatro o cinco personas, ¿por qué no los libros? Mi tío Pepe, que es amigo de frecuentar parques y jardines públicos, se ha beneficiado así con tres estupendos impresos.

“El primero de ellos, El inútil de la familia, es una historia de tío y sobrino”, me cuenta. “El sobrino se llama Jorge y el tío, Joaquín. Joaquín fue un personaje rocambolesco, un gran tarambana y un buen escritor. Escribía en La Nación, donde le pagaban "tarde y mal", pero aun así prefería eso a escribir en el diario de sus tíos ricos. Era la época en que dirigía La Nación Eliodoro Yáñez, quien era tío de otro sobrino, José Donoso. Aquí cabe abrir un paréntesis: cuando Donoso quiso publicar su versión de la historia de su familia, como hoy hace Jorge Edwards con la suya, se le vino encima un sobrino catón que lo amenazó con las penas de los tribunales. El libro de Donoso, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, se publicó finalmente expurgado, o espulgado, que no es lo mismo, pero es igual. Volviendo a El inútil de la familia, el libro resulta ser un suntuoso paseo por la primera mitad del siglo 20, desde Valparaíso a París, pasando por Santiago, Rio y Madrid, siguiendo los pasos de Joaquín Edwards Bello. Suntuoso se dice de algo que resalta y arruina. Éste fue el sino del tío Joaquín, un hombre rico “venido a menos” y, al mismo tiempo, enaltecido. Por la escritura, en ambos casos”.

“¿Y el segundo libro?”, le pregunto.

“El segundo es una curiosidad, un cajón de sastre inglés, un álbum de toda clase de textos inéditos. Se llama Gutiérrez, como podría llamarse Gómez, o Galíndez, y está compilado por Andrés Braithwaite. En la primera página, a guisa de presentación, la imagen de un negrito endomingado invita a entrar a los lectores y los despide, en la última, a manera de epílogo. Gutiérrez presenta a treinta autores, mayores y menores. Saber que aún existen inéditos de Juan Emar, de Enrique Lihn y de Roberto Bolaño (una apostilla a Los detectives salvajes) me llena de optimismo. Tal vez un día se encuentre un manuscrito de Sócrates. Me han gustado sobremanera Browne, Donoso, Veloso”.

“Las tres son mujeres”, le digo, “¿no estará usted practicando el sexismo al revés?”.

“Dicho así, no sería una mala idea”, replica, “pero no se trata de eso.” Y pasa a describir el tercer libro, que según su criterio es espléndido. Se llama En busca del loro atrofiado. Trata de un loro que no puede volar, camina poco y mal, se tropieza en los accidentes del terreno, se enreda en las enredaderas. Trata, también, de otra serie de detalles que componen el sentido del mundo y su correspondiente sinsentido. “Ahora me gustaría leer los premios de la crítica”, continúa. “Se los han llevado Gonzalo Millán y Germán Marín (ambos, como Roberto Merino, autor de En busca del loro atrofiado, están en Gutiérrez). Como los lectores contagiosos me han contagiado”, afirma Pepe, “si no encuentro pronto estos libros en el metro o en el parque, los compro, los leo y, sólo si me gustan, los abandono en el Jardín Botánico. Aviso a los interesados”.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de mayo de 2006.

dimanche 30 avril 2006

Las contradicciones del sistema

La frase es de Boogie el aceitoso, un personaje del dibujante y escritor rosarino Roberto Fontanarrosa. Boogie es un agente al servicio del sistema o de sus contradicciones. Depende de quién pague mejor.

El presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, se despachó hace unos días con estas declaraciones : « La colonización francesa provocó en Argelia un genocidio de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestra lengua y de nuestras tradiciones ». Al día siguiente Bouteflika se enfermó y corrió al hospital. A Francia, por supuesto.

Las contradicciones del sistema, hubiese dicho Boogie.

Se dan en todos los dominios. La primatóloga Dian Fosssey, la autora de Gorilas en la niebla, detestaba a los turistas y se batió para mantenerlos lejos de las montañas Virunga, en el corazón de Africa. Veinte años después de su muerte, a manos de un cazador furtivo, los turistas acuden en considerables bandadas a recogerse ante su tumba.

Las contradicciones del sistema. Ceremonia de recepción en la Casa Blanca a fines de abril, a la que comparecen George Bush y el presidente de China, Hu Jintao. En medio de la sesión, una mujer se levanta y alza la voz denunciando las condiciones de represión a las que están sometidos los adeptos de la religión Falun Gong. Los reporteros gráficos se precipitan sobre ella para obtener su imagen. Tantos son, y tanto se precipitan, que consiguen borrarla de la situación, hacerla invisible e inaudible. Y por si alguna de sus palabras hubiese quedado flotando en el aire, George Bush (¿o su doble?) se encarga de impedir que llegue a los oídos del líder chino susurrándole algo durante todo el incidente.

El sistema y sus contradicciones. Los miembros permanentes del Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, China, Rusia, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, son, al mismo tiempo, los principales países productores y vendedores de armas en el mundo.

Tras la explosión nuclear de Tchernobyl, cuyos efectos continúan, veinte años después, mandando a la tumba a miles de rusos, bielorusos y ucranianos, los lobbys de la industria nuclear están consiguiendo hacer creer a la opinión pública (esa señora tan crédula) que de la crisis energética se sale construyendo centrales nucleares.

Boogie no debe de andar lejos.

En fin, también hay quien se queda por encima o por debajo de cualquier noción de contradicción o de sistema. El coronel Chávez, mandamás venezolano, avisa que si las elecciones peruanas no las gana su candidato, no tardará media hora en retirar a su embajador en Lima. Tal vez la frase de Boogie sea demasiado compleja para describir esta secuencia chavecesca, pero lo cierto es que no por eso salimos del dominio de la historieta.

La Nación de Santiago de Chile, 4 de mayo de 2006

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dimanche 23 avril 2006

Una ardilla en Santa Laura

Semifinal de la copa europea entre Villarreal y Arsenal, en Londres, el miércoles pasado. Súbitamente el partido se detiene. Treinta mil espectadores, veintidós jugadores y tres árbitros siguen con la mirada, como hipnotizados, no ya la bruñida pelota, sino la velocidad fulgurante de una ardilla gris que corre por la cancha, moviendo graciosamente la cola.

De haber sido un espontáneo cubierto por una bandera o abiertamente en pelotas, una armada de roperos se hubiese echado a correr a su siga para taclearlo, como en el rugby, y sacarlo cuanto antes de circulación. Tratándose de la ardilla, incluso los roperos comprenden que de nada sirve correr.

Mi tío Pepe contempla la escena por el televisor, como hace la mayor parte del proletariado a esa hora, y no puede evitar recordar a Honorino Landa robándole la visera a Arturo Rodenack, guardametas del Rangers de Talca, corriendo el ropero detrás de la ardilla en el estadio Santa Laura, en una de esas programaciones dobles de los sábados, en los años sesenta, que luego repasaba interminablemente en las páginas de color verde botella de la revista Estadio.

Ahora resulta que se estrena, casualmente durante estas semanas de precalentamiento para el Mundial de fútbol de Alemania, La gran final, una película que muestra cómo las poblaciones periféricas vibran, desde sus distantes selvas o estepas, con los equipos estelares del espectáculo mundial. Así puede verse en la pantalla cómo unos emplumados amazónicos se pintan en la espalda, a cuero pelado y con pigmentos locales, el nueve de Ronaldo o el siete de Ronaldinho, o cómo unos jinetes mongoles avanzan por la monótona estepa mirando el fútbol en una tele portátil instalada sobre la montura.

El fútbol nació en Inglaterra y se difundió rápido por el mundo, a través de los puertos, en la época victoriana. El Atlethic de Bilbao, el Racing de Santander, el Wanderers de Valparaíso y el Everton de Viña del Mar dan buena fe de ello. El fútbol siempre tuvo vocación imperial y hoy está más mundializado que nunca. El gol que se mete o no se mete aquí repercute varios paralelos o meridianos más allá. En Bélgica se ha destapado hace poco el escándalo de unos partidos manipulados por la mafia de las apuestas chinas. Otra investigación reciente ha revelado cómo el gobierno inglés obtuvo para Londres la sede de los próximos Juegos Olímpicos. El primer ministro británico se instaló en un hotel de Singapur un par de días antes de la votación y decenas delegados olímpicos desfilaron por su despacho. ¿Qué puede hacer Londres para obtener su voto?, les preguntaba Blair, con su cara de yerno perfecto.

Norbert Elias postula en Deporte y civilización que la competencia deportiva y el sistema parlamentario son instituciones de una misma índole, que permiten la excitación controlada de las emociones y el control de las pulsiones violentas. Deporte y democracia nacieron en la vieja Atenas y fueron recreados, en su versión moderna, en la también vieja Inglaterra. Pero las mejores instituciones producen, a veces, los peores efectos. No puede sorprender, entonces, que las barras bravas —los hooligans son también un invención británica— se empeñen, torpe e inútilmente, en zapar el límite que separa la excitación de la violencia y hacerse con un protagonismo que el reparto social les niega.

Mi tío Pepe aseguró que no miraría nunca más un partido de fútbol después de presenciar el saqueo del que fue víctima la selección española en los cuartos de final del mundial de Corea, frente a Corea, precisamente. Unos días después estaba mirando la final, como los amazónicos, los mongoles y el último mohicano. Por estos días ya orienta su sillón hacia a la tele y la parabólica en dirección a Alemania.

La Nación de Santiago de Chile, 26 de abril de 2006


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mardi 18 avril 2006

Cuentito cortito

Para avisar que se acerca el descenlace, para mantener viva la atención del auditorio, para no abusar de la paciencia ajena, el conversador nacional contemporáneo suele pronunciar estas palabras mágicas : « cuento corto ». A continuación pone dos puntos y se lanza nuevamente al ataque.

Mi tío Pepe me recuerda un equivalente cuantitativo de esta expresión. La usa a menudo un sobrino suyo, que es contador. En cuanto se le alarga un poco la historia, va y dice : « raya pa’ la suma ». Esta sería, según Pepe, la actualización de « total » y de « en resumidas cuentas », otras expresiones contables que van cayendo en desuso.

Hay expresiones que se hacen rápidamente populares, seguramente porque se hacían necesarias. Cualquier relato, sea bueno, regular o malo, necesita, para discurrir, de unas mínimas balizas : « no sé si te conté », « como te iba contando », « eso no es nada » y el famoso « cuento corto », son algunas de las estaciones del caminito a la felicidad o del via crucis.

Un cuento no tiene por qué ser corto, ni mediano, ni largo. Depende. La percepción que tenemos de nuestra vida no cabe seguramente en un cuento corto, sino más bien en una larga, enrevesada y a menudo aburrida telenovela, o en un superventas de supermercado, como aquellos que ponemos en el velador para dedicarles por la noche quince minutos de lectura. A la hora de contarla, sin embargo, cualquier vida humana, por larga que haya sido, cabe entera en un epitafio de cuatro palabras y una coma. Como en la tumba de Melvin Jerome Blanc, el actor que ponía la voz del Conejo de la suerte : « Eso es todo, amigos ».

Como puede verse, los mejores relatos son homeopáticos y transgénicos, en el sentido que no fueron escritos como cuentos y que dejan al lector o al auditor curado en salud. Los sueños son un buen ejemplo, breves y tremendos : « En aquel breve sueño te aparece la imagen amarilla del hermano que de la dulce vida desfallece, y tú tendiendo la piadosa mano, probando a levantar el cuerpo amado, levantas solamente el aire vano », escribió Garcilaso.

Y, justamente, para ir resumiendo, véase esto que sigue :

« ¿Es un imperio esa luz que se apaga o es una luciérnaga? ».

Cuento corto : es Borges, por supuesto.

La Nación de Santiago de Chile, 20 de  abril de 2006

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