mardi 6 septembre 2005

Maravilla

Pepe, mi tío, me cuenta algo que le ocurrió en el tren. Según su costumbre, sube al tren por el vagón de segunda clase, contiguo al vagón de primera, porque piensa que ahí se va más cómodo, sobre todo si consigue mantener abierta la puerta que comunica con la primera clase. Busca un asiento en el sentido de la marcha del tren, del lado de la sombra. Justamente encuentra uno disponible. Se instala y tarda unos segundos en reparar que enfrente suyo va sentada una muchacha morena. También según su costumbre, la saluda cortésmente. La morena responde al saludo con una semisonrisa.

La morena es una maravilla, una flor de los jardines del Kilimanjaro, según aprecia mi tío Pepe, tanto así que decide llamarla para sí  “la Maravilla detenida”, una paradoja teniendo en cuenta que el tren se mueve. La Maravilla apoya el brillo natural de sus labios con un ligero pinte y cada una de sus prendas tiene un detalle que tira a brillar, como el broche en el pelo y las correas de los zapatos. Lo más particular de su indumentaria son las mangas de su camiseta, que dependen de la parte superior a través de unos agarres como de portaligas. Unas falsas mangas cortas que comunican con unas falsas mangas largas por un falso portaligas, me aclara mi tío al ver mi cara de incomprensión. En fin, por lo visto el conjunto no tiene desperdicio.

La Maravilla detenida reclina su cabeza contra la ventana y entrecierra los ojos en actitud pensativa. Maravillado como está, a mi tío Pepe se le viene un poema a la memoria, “Arrabal de las maravillas”, de Alejandro Romualdo: “Si Júpiter hubiese poseído cisnemente negro a la negra Leda, y la leche negra de la loba sombría hubiese negramente amamantado a los negros Rómulo y Remo, Alicia, la oscura muchacha del viejo barrio de las Maravillas, sería una diosa alabada perfecta, sus nalgas: universales. Pero ni Ochún, ni Tlaloc, ni Viracocha alcanzaron el Olimpo, su áurea cresta. Alicia como ellos también fue preterida. Rodó, como la quinta rueda del carro de Zeus, hacia el olvido, al margen de la mitología, en el arrabal de las Maravillas. Oscura diosa increíble, sin poder y sin gloria”.

La Maravilla, como si nada.

De pronto comienza a sonar la Sonora Matancera, la Sonora Cubanacán y la Sonora Palacios, todas a una. Pepe se sobresalta. Lejos de sobresaltarse, la Maravilla hace un ligero gesto de la mano, atrapa el teléfono celular y pulsa delicadamente un botón que acalla esa bullanga.

“Aló”, dice. Sigue un largo silencio. “Pero sí tú sabías”, añade, “además, por qué no me llamaste”. Habla manifiestamente con su novio. Intercambian reproches. La Maravilla acompaña las frases con un mohín que indica que está contenta de hacerlos (los reprochitos) y descontenta de oírlos. Finalmente cuelga, pero mantiene el celular pegado al oído durante un par de estaciones.

Cuando por fin guarda el celular y retoma su postura detenida, mi tío cree descubir un nuevo esbozo de sonrisa en sus comisuras. Las estaciones desfilan por la ventanilla. Pepe comienza a temer el momento en que la Maravilla detenida se ponga en movimiento y desaparezca. En su cabeza comienzan a rondarle unas palabras para ofrecérselas. No para despedirla, no para decirle que le tenga paciencia al novio o que no le tenga ninguna, no, unas palabras más bien para decirle algo sincero. El vagón sa ha ido vaciando, buena cosa, nadie más escuchará estas palabras que están destinadas exclusivamente a la Maravilla.

En el mismo momento en que está formulando la primera palabrita, de alguna parte de la Maravilla, de su celular, de su iPod, de sus brillitos, de su falso portaligas o portamangas, una voz echa a cantar : “Yo no quiero hombre casado, i-ô, i-ô, porque huele a matadura, i-ô, i-ô, yo lo quiero solterito, que huele a piña madura, i-ô, i-ô…”.

Pepe se sobresalta nuevamente, se trata de un gesto reflejo. Esta Maravilla es puro realismo mágico, se dice, esta Maravilla es de macumba, candomble y vudú reunidos, exclama para callado. La Maravilla detenida se pone en movimento, para callado también, camina hacia la puerta y desciende del tren en una estación desierta, donde no hace ni frío ni calor.

Mi tío Pepe la mira alejarse y piensa que no todo está perdido, que podría enviarle un mensaje a través de la sección “Kiss & Ride” del diario gratuito que se lee en esos trenes: “A ti, Maravilla detenida, que hablaste por celular con tu novio y cantaste una canción para menoscabo de mi persona…”.

En lugar de eso, decide entonar, al recuerdo de la Maravilla, un verso del “Hombre viejo”, de Veloso: “La tarde cae, el arte arde en el abismo de las esquinas. La brisa leve trae el olor fugaz del sexo de las meninas”.

La Nación de Santiago de Chile, 6 de septiembre de 2005

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dimanche 4 septembre 2005

Son quince minutos

A Andy Warhol, que pintaba mamarrachos pero tenía olfato para los asuntos de la fama, se le debe la fórmula siguiente : En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos.

Algunos encuentran que el famoso cuarto de hora tarda demasiado en llegar y se hacen « proactivos », como se dice ahora. No bien un avión chipriota se estrelló contra un monte al norte de Atenas, el 14 de agosto, Nektarios-Sotirios Voutas se inventó un primo, lo llamó Kostas Petridis y lo instaló en el avión siniestrado viviendo sus últimos instantes y enviándole un mensaje : « Adiós, primo, aquí estamos congelados ». Enseguida llamó a los canales de televisión y se cubrió de fama efímera : su historia dio la vuelta al mundo en menos de quince minutos, hasta que la policía descubrió la patraña y lo arrestó. Es de suponer que estuvo enchironado más de un cuarto de hora.

Mitómanos siempre han existido, lo novedoso es la velocidad de su reacción y los canales por los que se perfilan.

Hay quien consigue hacer durar la celebridad rodeándola de misterio. En el famoso Hombre del Piano la prensa y el público creyeron ver a un Mozart salvado de las aguas, tan concentrado en su teclado que lo habría olvidado todo, incluso sus señas. Ahora resulta que se llama Andreas Grassl y trabajaba en Saarbrucken. Nadie sabe todavía por qué apareció a centenares de kilómetros de allí en las costas británicas en calidad de náufrago, con las etiquetas de su ropa minuciosamente descosidas y dibujando pianos cuando le preguntaban por su nombre.

Enric Marco, un barcelonés octogenario, le contó a todo el que quiso oírlo durante décadas su horrible estadía en el campo de concentración de Mauthausen. Incluso llegó a presidir la asociación que regrupa a los antiguos prisioneros españoles de campos de concentración nazis. Tuvieron que pasar larguísimos años hasta que un historiador busquilla consiguiese develar la superchería : Marco trabajó en Alemania durante la guerra pero nunca estuvo en Mauthausen.

La literatura y el cine abundan en mitómanos de todos los anchos y largos, lo extraordinario es que la mayoría de ellos están tomados de la realidad. En materia de mitomanía la realidad parece ser insuperable. Mentirosos, mitómanos, cuenteros, culebreros, figuritas y roba-cámaras que se alimentan de luces de colores, la fauna es variopinta. Todos somos iguales a la hora de soñar con una vida intensa y unas aventuras extraordinarias, con lograr nombradía y captar y retener la atención ajena, pero algunos son más iguales que otros.

También es verdad que la televisión « a la Miami » ha multiplicado las oportunidades para que los cazadores del cuarto de hora de celebridad se abran como flores de un día. Incluso para aquellos que aspiran a repetirse el cuarto de hora. Como decía el poeta, es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

La Nación de Santiago de Chile, 26 de agosto de 2005

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vendredi 19 août 2005

Nacer y votar

Por fin una modificación constitucional viene a reparar una injusticia para con los chilenos nacidos en el extranjero : éstos últimos sólo podían ser considerados ciudadanos chilenos después de vivir en Chile por más de un año y haber solicitado expresamente la nacionalidad chilena. Como algunos de ellos habían nacido en países que no otorgan la nacionalidad por el mero expediente de nacer sobre su suelo, han debido permanecer en una suerte de limbo jurídico, sin beneficiar de nacionalidad alguna, reducidos al indeseable estatuto de apátridas. « Todo individuo tiene derecho a una nacionalidad » establece, sin embargo, el artículo 15 de la Declaración universal de los derechos humanos, proclamada por las Naciones unidas hace ya más de cincuenta años.

Resulta difícil comprender cómo un despropósito tal perduró interminables años, sorteando gobiernos y parlamentos sucesivos. Los argumentos invocados por quienes se oponían a su modificación durante la larguísima tramitación de la iniciativa ofenden aún al entendimiento. Un miembro de la Comisión de Constitución de la Cámara de diputados, Francisco Bartolucci, le opuso públicamente su « total desacuerdo » porque exagera el elemento de la consanguinidad llevándolo a un extremo, sin establecer límites a la posibilidad de que las generaciones futuras de emigrados beneficien de la nacionalidad chilena en una suerte de cadena sin fin (LUN, 14 de mayo del 2001).

Es bien sabido que la nacionalidad se adquiere y se transmite. Considerar un « extremo » la transmisión de la nacionalidad de los progenitores a sus hijos, ya consagrada hace más de dos mil años por el viejo derecho romano, es un dislate manifiesto. En cuanto a la cadena sin fin de las generaciones, negar a una persona un derecho elemental so pretexto del abuso que harán de él sus eventuales descendientes es un argumento que no resiste ningun análisis jurídico ni ético.

La iniciativa que simplifica hoy el trámite de adquisición de la nacionalidad para los chilenos nacidos en el extranjero llega, pues, tarde pero, tratándose de los derechos elementales de las personas, cabe decir que más vale tarde que nunca.

Es de esperar que sea también finalmente el caso del tramitado derecho a voto de los más de ochocientos mil chilenos que viven en el extranjero, y que componen lo que imaginativamente se ha llamado la XIV Región. También el reconocimento de este derecho ciudadano elemental ha encontrado porfiados opositores. El propio diputado Bartolucci : « Si se les permite votar a los chilenos que viven en el exterior, estaremos permitiendo que decida gente que vive fuera de Chile y (a la) que no le afecta en nada lo que ocurre acá ».

Dejando de lado por gratuita la afirmación que a los chilenos del exterior no les afectaría « en nada » lo que ocurre en su tierra y entre su gente, conviene recordar que el derecho a tomar parte en la dirección de los asuntos de su país, directamente o a través de representantes libremente escogidos, es un derecho humano inalienable, recogido también por la Declaración universal de los derechos humanos, y una condición de la democracia, llevada a la práctica, en lo que corresponde al voto de sus ciudadanos en el exterior, por la inmensa mayoría de las democracias representativas en el mundo, las que acogen el voto de sus a veces numerosos colectivos de emigrados y más recientemente también de sus inmigrantes, sin que ello ponga en peligro los equilibrios sociales, antes por el contrario.

En estas materias también a una cierta derecha le falla el cálculo electoral y no le salen las cuentas. Los estudios de ciencia política muestran cómo el voto, tanto de emigrantes como de inmigrados, sigue en lo grueso las tendencias y fluctuaciones del conjunto del electorado y se reparte así de manera relativamente semejante al voto interior y autóctono por todo el arco de las opciones electorales.

La Nación de Santiago de Chile, 18 de agosto de 2005

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mardi 2 août 2005

Socorro

En el futuro, los diarios serán escritos para analfabetos, dijo en su día Lord Salisbury. Vamos bastante bien encaminados.

En esa misma dirección apunta Darío Ossés en La Nación, de Santiago de Chile : « Si en cuatrocientos años más algún lector ocioso entrara a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y abriera los diarios faranduleros de nuestro tiempo, no entendería nada ».

No resulta necesario ir tan lejos en el tiempo, basta con moverse en el espacio y el resultado es el mismo. A menos de cuatrocientos kilómetros de Santiago, los mendocinos no entenderán por cierto ni una sola palabra de los titulares santiaguinos. Les pasa también a los chilenos del extranjero. Además de no tener derecho a voto ni transmitir la nacionalidad a sus hijos (desfilan los gobiernos y las reformas constitucionales, pero ellos siguen donde mismo), no entienden los titulares de los diarios.

Y no los entienden, porque no ven la tele. O no ven la misma tele. Porque los titulares de los diarios faranduleros hacen referencia mayormente a lo que muestra la pantalla chica, la caja tonta, la loca de la casa, llámese como se quiera.

Un primer titular avisa que según el estudio « Chilescopio 2005 », lo que más hacen los chilenos es ver televisión y ésta es la actividad que prefieren. El sondeo revela también que la lectura y las manualidades son las actividades que los encuestados realizan con menor frecuencia. En un contexto más amplio, el 57% asegura que se siente feliz o muy feliz.

Felices mirando la tele. Y comiendo cecinas. Porque nos enteramos por otro titular que el consumo per cápita de cecinas llegará este año a 13 kilos, lo que representa un total de 210 mil toneladas, según la encuesta semestral del Instituto Nacional de Estadísticas.

Es decir que los chilenos gastan buena parte de su tiempo viendo la tele y se comen cada año un cuarto de su peso en salchichas. Claro que, como dijo Le Tellier, el 63,7 % de las estadísticas son falsas.

En el caso de la tele, el adagio aplicable sería « Ojos que ven, corazón que siente ». En el caso de las cecinas, la cosa es al revés.

Tres titulares, para ir redondeando :

« Subastan en internet parche de ojo de Moshe Dayan ». Este titular se entiende a medias pero da un asco absoluto.

« Sujeto muere en labores de aseo en edificio ». Se desprende que el « sujeto » era aseador. De haber sido animador de televisión, otro gallo le cantaría.

Y el último : « Longueira: "Si yo no gano en la senaturía por Santiago Oriente me voy para la casa" ». No tengo idea de quién será este señor pero, por mor de sus declaraciones, comprendo que su señora, los niños y el servicio doméstico voten por él e incluso que hagan intensa campaña en su favor. Que lo elijan para el Senado de la República, cuanto antes, o bien que desreformen la Constitución y lo designen senador de por vida. De lo contrario, se nos viene para la casa... Por el desdén con que lo dice, afírmense el perro y el gato, el hamster, el pez de la pecera y las alegrías del hogar que cultiva el jardinero para la señora. Si pierde, el caballero se nos viene para la casa. Socorro.

La Nación de Santiago de Chile, 12 de agosto de 2005

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lundi 1 août 2005

Blair

La pregunta es ésta: ¿hay o no relación entre los atentados de Londres y la guerra en Irak? Tony Blair barre la pregunta con un manotazo, descalificando a quien la formula porque tan sólo formularla equivaldría a justificar a los terroristas, quienes, afirma, si no tuviesen ese argumento encontrarían otro. Y se alinea una vez más detrás de Bush, invocando como causa de esa masacre la presencia del “mal”, sin más, sin otras razones ni otra lógica que la maldad intrínseca.

En septiembre de 2002, Tony Blair afirmaba ante el Parlamento británico que el régimen de Saddam Hussein podía desplegar sus armas de destrucción masiva en tan sólo 45 segundos. Tras la invasión de Irak y la búsqueda infructuosa de tales armas, quedó más que patente que Blair y Bush mintieron descaradamente. Con todo, los electorados norteamericanos y británicos no tuvieron escrúpulos en reelegirlos a ambos. O si los tuvieron, los contuvieron. Tras sus éxitos electorales, olímpicos y como enterrador del modelo social europeo, Blair miente nuevamente negando las evidencias. Y dos tercios de los británicos así lo entienden cuando afirman claramente que ellos sí ven una relación entre los atentados de Londres y la presencia británica en Irak.

Miente Blair, como hizo Aznar frente a los atentados de Madrid, en marzo de 2004, imputándoselos a ETA y negando o intentando relativizar luego las pruebas que exhibía la policía y que indicaban la autoría de un grupo de terroristas de origen magrebí. El electorado español no se equivocó, sin embargo, votando a quien había prometido, mucho antes de los bombazos en los trenes madrileños, retirar a las tropas españolas de allí donde nunca debieron ir. Escribo estas líneas desde Marruecos. La gente en el mundo árabe-musulmán se muestra sensible al dolor de los londinenses y no justifica el terror. Pero no por eso deja de prestar oídos al sufrimento indecible de los civiles iraquíes, condenados a los bombazos liberadores de las fuerzas del bien.

Desde el inicio de la guerra, 25 mil civiles han perdido la vida, uno de cada mil iraquíes, más de 30 víctimas cada día, muchos de entre ellos a manos de las fuerzas norteamericano-británicas. No son estas cifras una invención del maligno. Son el resultado del cómputo paciente llevado a cabo por Iraq Body Count y el Oxford Research Group, y sólo reflejan las víctimas conocidas, repertoriadas por los medios. El gobierno británico se ha apresurado a negarlas y el norteamericano ni siquiera se da el trabajo de comentarlas.

Nada puede justificar el terror, la matanza bestial de civiles indefensos, cualquier causa que sirva el terror queda enseguida envilecida por éste. Y eso vale para Londres, para Madrid y para Casablanca, pero también para Bagdad, para Faluja, para Gaza, para Cisjordania, para Kabul. Vale para el muchachito tontorrón a quien le lavaron el cerebro en una barriada inglesa hasta hacerlo vagar por las calles de Londres cargado de explosivos buscando un transporte público para saltar por los aires. Pero vale también para Bush y Blair, su eje del mal, sus invencibles ejércitos y su avidez de petróleo.

La Nación de Santiago de Chile, 3 de agosto de 2005

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dimanche 31 juillet 2005

Pantalón

Pantalón -Pantalone- era un comerciante jubilado, rácano, rezongón, libidinoso. Perfecto comediante -personaje de la commedia dell’arte, veneciano, como su valet Arlequín, como Bufón-, Pantalón entró en nuestras vidas por los pies, habiendo dado su nombre a la prenda que abriga piernas y cubre rabos y a las farsas burlescas y algo salaces que protagonizaba, las famosas pantalonadas. Mi tío Pepe me explica todo esto y cuando le pregunto a pito de qué, me enseña el modelo de pantalones que gasta un grupo de rapaces que han ido pasando. Todos ellos llevan los pantalones por debajo del culo. Y el “tiro”, la unión de las perneras, a la altura de las rodillas. Como es de esperar, los mozos se desplazan con cierta dificultad. No sé qué ocurriría si tuviesen que echar a correr.

Le comento que este afán ahora unánime de los adolescentes por enseñar el coxis ya le costó el puesto a un funcionario que inició en Chile una campaña publicitaria llamada “La raya”. No recuerdo si su propósito era prevenir contra el sida o contrarrestar el consumo de drogas. O ambos. Mi tío me dice que antes se podía adivinar la nacionalidad de las personas en cualquier aeropuerto del mundo según el modelo de sus pantalones. Cree recordar haber leído algo semejante en una novela de Javier Marías. Los pantalones le sientan bien a Marías como digresión novelesca, casi todo le sienta bien a Marías por lo demás, podría permitirse incluso llevarlos a los títulos de sus magníficas novelas: “Pantalón tan blanco”. “Negro pantalón del tiempo”. “Mañana en la batalla piensa en mi pantalón”. “Tu pantalón mañana”. Pero ahora, con esto de la mundialización, continúa mi tío, los pantalones tiroleses son cortados en Turquía y cosidos en China, y ya no resulta nada fácil adivinar, hay que observar otros detalles.

Nótese que mi tío Pepe sólo observa detalles. Observar es más prudente que mirar, más imparcial. Los europeos no miran el culo de las personas. Por no mirar, tampoco miran a las personas. Tiene razón mi tío Pepón, la relación pantalón-nacionalidad puede llevarnos lejos en el tiempo y en el espacio. El ministro Puccio ha contado alguna vez su dificultad para encontrar pantalones de su talla en Alemania. Cara de alemán tiene, pero cuerpo de chileno. En Arabia, me alerta mi tío, puedes llevar faldón pero nunca pantalones subidos. No se enseñan allí las rodillas impunemente.

Pasa otro grupo de personas. Las mujeres van vestidas justamente a la usanza árabe, veladas y cubiertas, pero sus hijos a la usanza tejana, con pantalones abultados y cortados a media pantorrilla. Se llaman éstos boggy trousers, informa mi tío Pepe, un experto, lo que viene significando pantalones pantanosos, cenagosos, palustres. Pantalones para ir a pescar cangrejos, vamos. Es verdad que con tanto pringue que hay por las calles, es mejor llevarlos recogidos para que no se arruinen. No hay otra prendra que sufra tanto con la moda, concluye. Hoy deben ser anchos y cortos, mañana angostos y largos. Y todavía quiere hablarme de los pantalones bombachos, de los pantalones de jinete y de los pantalones de señora, pero le digo que ya está bien, que cambiemos de tema. Insiste con que hubo un tiempo, su tiempo, en que los pantalones fueron símbolo de virilidad. Ahora se ha celebrado en mi pueblo una boda entre una lesbiana y un lesbiano. Cero problema en cuanto a la pareja, me advierte. ¡Pero había que ver el modelo de los pantalones!

La Nación, Santiago de Chile, 25 de julio de 2005

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Congo

Fue un pintor precoz. Lo grueso de su obra lo llevó a cabo entre los dos y los cuatro años de edad. Se llamaba Congo.

Desmond Morris, el biólogo autor del célebre Mono desnudo, lo adoptó y lo llevó a vivir a Londres, donde sus cuadros fueron expuestos a mediados de los años cincuenta y donde hoy la casa Bonhams pone a la venta tres de sus pinturas. Como Morris pintaba, Congo se interesó naturalmente por los pinceles, aprendió a pintar y se decantó pronto por un estilo próximo al expresionismo abstracto, usando colores contrastados y trazos vigorosos.

Morris cuenta que Congo pintaba con mucha concentración, nunca sobrepasaba los límites del papel y protestaba enérgicamente si le quitaban la hoja antes de haber terminado. Según su amo, «probaba nuevas ideas y motivos, combinando aventura y seguridad, novedad y familiaridad, como hacen los artistas humanos». Una vez que daba por terminado un cuadro, eso sí, se desinteresaba por completo de él, tal como los niños pequeños. Lo suyo no era la reflexión estética, lo suyo era pintar.

Tanto así que Morris llevó a Congo a la emisión Zoo Time de la BBC, para solaz de cerca de tres millones de humanos telespectadores, y organizó la ya citada exposición con sus mejores pinturas y dibujos. La leyenda cuenta que Picasso quiso comprar uno de sus cuadros y que Dalí sostuvo que Congo pintaba con más humanidad que Jackson Pollock, el iniciador del action painting.

Federico Engels, quien escribió, apoyándose en las ideas de Carlos Darwin, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, no se hubiese sorprendido al ver los cuadros de Congo colgados en una galería londinense. Todos los elementos de su propuesta estaban allí reunidos: mono y hombre, papel y trabajo.

Lo cierto es que los humanos vamos admitiendo poco a poco, algunos a regañadientes, la humanidad de los animales, aserto que Nicanor Parra, un adelantado en esta y otras materias, hizo suyo hace varios lustros. Un reciente estudio universitario en Gran Bretaña, reproducido por The Sunday Times, confirma que las ovejas son amistosas y enamoradizas y que se entristecen cuando sus amigos o amantes son conducidos al matadero. No hay pastor que no lo sepa, pero no todos los humanos tenemos la suerte de ser pastores.

Para volver a Congo, nadie sabe si pudo pintar hasta el fin de sus días en su bucólico hogar londinense o si acabó como atracción de feria o miembro de la familia de chimpancés acróbatas del circo Las Águilas humanas.

La suerte de los conejillos de Indias no siempre es envidiable. Rosa Montero, defensora de la dignidad de los primates, cuenta la historia de una chimpancé a quien un científico enseñó el lenguaje de signos utilizado por los sordomudos. Cuando el científico debió cerrar el laboratorio por falta de fondos, la mona acabó en una jaula del zoológico local, donde los cuidadores y algunos distraídos visitantes se sorprendían al verla repetir incansablemente unos mismos gestos. Un día pasó frente a la jaula un visitante que comprendía ese lenguaje y pudo entender el mensaje que la mona repetía sin cesar: «Sáquenme de aquí».

La Nación, 21 de julio de 2005

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Spam

Mi tío Pepe corre a buscarme. Tiene decenas de mensajes en la casilla. Spam. Los retiene un filtro, los hacemos desaparecer con un golpe de click. Apenas desaparecen, reaparecen: al día siguiente ya tiene otros tantos. Mi tío Pepe no es particularmente sociable y, sin embargo, su casilla desborda… ¿Quién es esta gente que escribe tanto? ¿Quién es esta gente que escribe sin escribir, sin ser ella exactamente el remitente ni nosotros propiamente el destinatario? Gente que escribe en inglés, un inglés adocenado, que no es su lengua ni la nuestra, gente que se llama con nombres que no se llaman, nombres que combinan inglés y castellano: Gloria Gary, Luisa Tomkins, Elliot Zamora, Lee Saenz, Olunwafunmilayo Cisneros (este último combina español y olunwa, supongo, o funmilayo).

En fin, no sé si los patronímicos españoles serán una atención para con mi tío Pepe, o bien si ya es una realidad la predicción de los futurólogos en cuanto a que en el porvenir la humanidad musitará una melcocha llamada spanglish. Próspero Reaves, Colby Castro, Santiago Herrington, Joey Vásquez son, así, unos adelantados del mundo de mañana. Esta gente variopinta le propone a mi tío Pepe que compre viagra, cialis, valium, chicas húmedas, doctorados en un dos por tres, programas informáticos a precio de huevo, que les salve la vida, que abra una cuenta bancaria, que ya se encargarán ellos de llenarla de cuarenta y cuatro millones de dólares y fracción. Fourty Four Millions Five Hundred Thousand United States Dollars !!!!

Mi tío Pepe me pregunta qué mensaje puede dirigirles, no para vengarse, dice, sólo para corresponder. Le propongo un curso de español por correspondencia y le tiendo mi ejemplar del Vest Pocket Spanish.

La primera lección se llama Stranger in Town:

« ¿Hay alguien aquí que hable inglés? Me he perdido (‘may ay payr-dee’doh’). ¿Me entiende usted? No, no entiendo. Por favor, hable despacio. Por favor, repita. Soy norteamericano (‘sohee nohr-tay-ah-may-ree-kah’noh’). Lléveme al consulado americano. He dejado mi abrigo en el tren. He perdido mi paraguas (‘ay payr-dee’doh mee pah-rah-gooahs’). No puedo hallar mi billetera. Me han robado. Policía (‘poh-lee-see’ah!’). ¡Llame a la policía! ¿Dónde está la estación de policía? Por allí. Auxilio (Socorro). ¡Fuego! ».

La segunda lección es también de gran utilidad. Se llama « Your Health Abroad »:

« No me siento bien. Necesito un doctor. Tengo calentura (‘tayn’goh kah-layn-too’rha’). Aspirina. Yodo. Bromo Seltzer. Acido bórico. Algodón absorbente. ¡Aire, por favor! ».

No sé si mi tío Pepe alcanzará a enviarles la tercera lección (Trata de pesca y caza: « ¿Dónde podemos pescar barracuda? (‘dohn’day poh-day-mohs pays-cahr’ bah-rah-koo’dah?’) ¿Dónde puedo comprar cartuchos? ». Antes de eso, habrán respondido con un virus cototudo, genocida, un verdadero cibertanax. El cartero (o como se llame ahora) tendrá que tomar partido. Ellos o nosotros. Ellos empezaron.

La Nación de Santiago de Chile, 14 de julio de 2005

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Bob

Sabíamos que no hay hambrunas en los países que organizan elecciones democráticas y en donde la prensa es libre. Lo demostró en su momento el Informe sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones unidas para el desarrollo. Se sabe que en una dictadura el poder se concentra crecientemente en las manos del dictador y de sus cómplices, con la consiguiente pérdida de poder para el resto del personal, aun si el dictador haya sido elegido más o menos democráticamente por el propio personal. Nunca tan democráticamente, claro, como lo fue en su momento Charles King, en Liberia, reelegido con una amplia mayoría que superaba en 15% el total de los votantes.

Se sabe también que la prensa es libre o no lo es, pero entre uno y otro extremo las posibilidades son múltiples y no siempre la libertad significa lo mismo para todos. La libertad nadie puede explicarla pero todo el mundo puede entenderla, decía la escritora brasilera Cecilia Meireles. La prensa es libre de reproducir ideas serviles, opiniones adocenadas, propaganda. O está condenada a bajar el volumen o incluso a cortar la comunicación a ciertos técnicos de la ventriloquía. Lo que no se sabía hasta hoy, y ha tenido que ser Bob Geldof quien lo devele, es que “basta con que 20% de la población de un país tenga teléfono móvil para que una dictadura cese, porque la gente se habla entre ella”.

O sea que si Nokia hubiese comenzado la producción de celulares unas cuantas décadas antes nos hubiésemos ahorrado el nazismo, el fascismo, el franquismo, el salazarismo, el pinochetismo y a los generalotes argentinos y brasileros, para nombrar sólo las dictaduras que nos tocaron las carnes.

Geldof soltó esta memez en los prolegómenos del concierto Live 8 por él organizado, magno evento que remeció recientemente el planeta y sus inmediaciones. Se sabe que el guitarrista irlandés toca para Blair. Pero no se sabía que fuese tan clarividente. Se sabe también que los móviles jugaron un papel movilizador (cómo no) entre los atentados del 14 de marzo de 2004 en Madrid y las elecciones generales, cuatro días más tarde. La gente se pasó la voz a través de los móviles para protestar contra la manipulación de la información a cargo del gobierno que intentaba controlar el resultado de las elecciones. Tal vez también haya sido el caso, en parte, en la famosa revolución naranja en Ucrania.

Pero de allí a afirmar que el porvenir de las tiranías sea directamente proporcional a la cantidad de móviles sonando... hay que ser muy Bob para marcar ese número.

La Nación de Santiago de Chile, 7 de julio de 2005

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mercredi 18 mai 2005

Sujeto, verga y complemento

La chapelle sextine, Hervé Le Tellier, ilustraciones de Xavier Gorce, Estuaire, 2004

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« Carlos amava Dora, que amava Lia, que amava Léa, que amava Paulo, que amava Juca, que amava Dora, que amava Carlos, que amava toda a quadrilha », cantaba Chico Buarque. Más complejo es el modelo de circulación amatoria propuesto por Hervé Le Tellier en La chapelle sextine. 26 personajes hacen seis veces el amor ―o su equivalente, o su sucedáneo―, o lo intentan, con otro personaje contenido en el conjunto.

En el plano geográfico, la mayoría de las historias ocurren en París y en Francia metropolitana, unas pocas en Norteamérica y el resto están dispersas por el mundo, en lugares que fueron en su día exóticos, pero ya lo son menos, como Shangai, El Cairo, Lisboa, Acapulco, el mar Egeo, las islas de Córcega y de La Réunion, un Airbus Berlín-Chicago.

Todas ellas componen este conjunto de microrelatos eróticos, un excitante ejercicio de estilo en la más pura tradición del Oulipo, ese taller de literatura potencial creado por Queneau, Calvino y Perec, al que tal vez se acercase en su momento el Cortázar de Rayuela, de 62, Modelo para armar.

La chapelle sextine consigue un resultado lleno de humor y, quién lo diría, de humanidad. A la imagen de varios personajes que mientras establecen un contacto sexual son capaces de hablar de otra cosa entre ellos o incluso con una tercera persona, el relato entero « habla de otra cosa » mientras habla de sexo. ¿Y de qué habla, pues? De seres humanos, de personajes que se quedan con nosotros el corto lapso de unas cuantas frases que, a menudo, no tienen desperdicio. No es necesario saber mucho de una persona, ni  de su aspecto, ni de su pasado, ni de su futuro, para interesarse por ella. Cuatro botones para muestra :

« Si mi vida sexual fuese sacada a luz, piensa Niels, el mundo se espantaría. Sospecha que todos se dicen lo mismo, pero esto no lo tranquiliza.

« Chloé se dice que si fuese hombre sería homosexual. Pero en seguida piensa que esta idea es bastante tonta.

« Desde que conozco a esta chica, piensa Xavier, mi vida es más simple y mis días más complicados.

« Tras varias multiplicaciones implicando centímetros, frecuencias y otros parámetros íntimos, Laurent calcula que, en veinte años, su pene ha recorrido 21,5 kilómetros de cuerpos femeninos.

Sobre el carácter marcadamente sensual o no de estos textos, se podría argumentar en un sentido como en otro.  A este respecto, Le Tellier cita a Boris Vian quien afirma que la lengua es un órgano sexual que se usa ocasionalmente para hablar. Algo semejante podría decirse de las manos y, en el caso de algún personaje de La chapelle sextine, de los pies e incluso de la nariz. Apunta aquí también nada menos que Aristóteles : « La verga y el corazón son dos órganos que se mueven solos ». Rodeados, eso sí, agregaría Le Tellier, de sujeto y complemento.

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