mardi 18 avril 2006

Cuentito cortito

Para avisar que se acerca el descenlace, para mantener viva la atención del auditorio, para no abusar de la paciencia ajena, el conversador nacional contemporáneo suele pronunciar estas palabras mágicas : « cuento corto ». A continuación pone dos puntos y se lanza nuevamente al ataque.

Mi tío Pepe me recuerda un equivalente cuantitativo de esta expresión. La usa a menudo un sobrino suyo, que es contador. En cuanto se le alarga un poco la historia, va y dice : « raya pa’ la suma ». Esta sería, según Pepe, la actualización de « total » y de « en resumidas cuentas », otras expresiones contables que van cayendo en desuso.

Hay expresiones que se hacen rápidamente populares, seguramente porque se hacían necesarias. Cualquier relato, sea bueno, regular o malo, necesita, para discurrir, de unas mínimas balizas : « no sé si te conté », « como te iba contando », « eso no es nada » y el famoso « cuento corto », son algunas de las estaciones del caminito a la felicidad o del via crucis.

Un cuento no tiene por qué ser corto, ni mediano, ni largo. Depende. La percepción que tenemos de nuestra vida no cabe seguramente en un cuento corto, sino más bien en una larga, enrevesada y a menudo aburrida telenovela, o en un superventas de supermercado, como aquellos que ponemos en el velador para dedicarles por la noche quince minutos de lectura. A la hora de contarla, sin embargo, cualquier vida humana, por larga que haya sido, cabe entera en un epitafio de cuatro palabras y una coma. Como en la tumba de Melvin Jerome Blanc, el actor que ponía la voz del Conejo de la suerte : « Eso es todo, amigos ».

Como puede verse, los mejores relatos son homeopáticos y transgénicos, en el sentido que no fueron escritos como cuentos y que dejan al lector o al auditor curado en salud. Los sueños son un buen ejemplo, breves y tremendos : « En aquel breve sueño te aparece la imagen amarilla del hermano que de la dulce vida desfallece, y tú tendiendo la piadosa mano, probando a levantar el cuerpo amado, levantas solamente el aire vano », escribió Garcilaso.

Y, justamente, para ir resumiendo, véase esto que sigue :

« ¿Es un imperio esa luz que se apaga o es una luciérnaga? ».

Cuento corto : es Borges, por supuesto.

La Nación de Santiago de Chile, 20 de  abril de 2006

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mardi 11 avril 2006

Envidia de Italia y de Perú

Como todos los ciudadanos de su país, los italianos del exterior han votado en las recientes elecciones legislativas de la península. Y lo han hecho masivamente, a la altura del desafío que se les presentaba, esto era escoger entre el continuismo berlusconiano o el cambio propuesto por la alianza progresista encabezada por Romano Prodi.

Hasta aquí, nada nuevo. Hace ya muchos años que los italianos en el extranjero y sus descendientes, numerosos en el cono sur de América, en Norteamérica y en Europa, contribuyen con su voto a definir entre las opciones electorales que se presentan al parlamento romano. Dotada de una legislación inteligente en la materia, Italia organiza el voto de sus ciudadanos avecinandados o nacidos en el extranjero, muchos de los cuales poseen dos nacionalidades, la italiana y la del país en que residen, y pueden así, como es lógico, transmitir la nacionalidad italiana a sus hijos y nietos.

La novedad en estas recientes elecciones viene dada por el hecho que, por primera vez, los tres millones y medio de italianos del exterior, divididos en cuatro circunscripciones, han podido elegir a sus propios representantes al parlamento, un total de doce diputados y seis senadores. La campaña fue intensa en las grandes ciudades de la emigración italiana, Buenos Aires, Sao Paulo y Nueva York, en América, París y Bruselas en Europa, pero también llegó hasta los más remotos rincones del planeta, allí donde hay un italiano, puesto que el electorado exterior vota por correspondencia a través de los consulados italianos repartidos por el mundo.

Frente a esta muestra de madurez cívica, a los chilenos del exterior, privados de cualquier derecho a participar en la vida política y social de su país, no les queda más remedio que mirar con ojos largos y acusar la envidia que provoca lo que, por lo demás, no es otra cosa que normalidad democrática. Y ni siquiera les cabe el consuelo de pensar que estas circunstancias son sólo posibles en la Europa rica, en el mundo desarrollado. En las elecciones presidenciales realizadas este mismo domingo 9 de abril en el vecino Perú, las comunidades de peruanos expatriados, que cuentan con medio millón de electores, mayoritariamente en España y Estados Unidos, y también en Japón y Chile, han podido ejercer con normalidad su derecho a decidir los destinos del país vecino, dejando de lado algunos problemas de organización en Madrid, donde el crecimiento de la colonia peruana ha sido explosivo.

La derecha chilena se ha empecinado, con argumentos mezquinos y descaminados, en negar su concurso a cualquier proyecto de reforma constitucional presentado desde el restablecimiento de la democracia para corregir esta injusticia histórica. Sería hora que los partidos de derecha rectificaran. Si aspiran a ganar alguna vez una elección democrática (la última vez que lo consiguieron fue hace medio siglo, en el año 1958, con Jorge Alessandri), deberían comenzar por comportarse democráticamente.

En cuanto a los partidos de la Concertación y al gobierno, lo que les corresponde hacer es insistir. Ponerle empeño, porque tampoco se puede decir que se hayan, hasta ahora, extenuado en el intento. Las condiciones están reunidas para aprobar esa reforma pendiente de la Constitución y otorgar por fin el derecho a voto, en las elecciones presidenciales y parlamentarias, a los chilenos en el extranjero.

Así las cosas, un ítalo-peruano provoca envidia por partida doble. Independientemente de los resultados de las elecciones, naturalmente.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de abril de 2006

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dimanche 2 avril 2006

Gente que se cuenta por millones

Mil millones de personas de todo el mundo se relacionan sentimentalmente a través de internet. Mil millones de personas no tienen agua potable. Mil millones de personas fuman como chimeneas. A ese trote se agota pronto la entera humanidad, la multitud que conformamos seis mil millones de personas. El uso y abuso de las cifras produce un efecto contraproducente. No sorprende ni alerta, más bien atosiga. Más vale fijarse entonces en detalles en donde a penas caben las cifras, como en la imagen de un niño que cuenta las bolitas.

Fijarse, por ejemplo, en la gente que va sola al cine. Despierta simpatía la gente que va sola al cine. Y aguanta en solitario las miradas de las parejas, de las familias, de los grupos de amigotes que observan en la penumbra de la sala y se dicen : pobre. Porque igual se equivocan y al supuesto solitario lo rodean luego los amigos que se habían retrasado, lo palmotean, le piden que les cuente el principio de la película, que les detalle las sinopsis, los réclames y la cara de tontos de los mirones que lo creían un solitario perdido para el mundo.

Gente que lleva la camiseta brasileña. No son necesariamente brasileros, para nada, son una tribu transnacional, una secta tal vez, como los desvestidos de Spencer Tunick, los viejos hippies y las señoras con permanente.

Gente que vota por Berlusconi. Aparte de quienes se han enriquecido en base a cambullones, vota por Berlusconi la gente que ve demasiada tele y se ríe con los chistosos que se ríen de caiga quien caiga, es decir de cualquiera menos de Berlusconi, que les paga el sueldo.

Gente que dice que da lo mismo votar por Berlusconi o por Prodi. O por Aznar o Zapatero. O por Lavín o Bachelet. Porque la política la hacen los inversionistas, los accionistas, los gerentes, dicen. No dejan de tener razón, salvo que se equivocan en lo principal. La socialdemocracia se funda en la idea que para producir riqueza hay que comenzar por distribuirla. Y no al revés. La riqueza es como el agua, que alcanzaría para todos de estar bien distribuida. En el terreno de la distribución, el capitalismo es analfabeto. Y el resto es propaganda berlusconiana, peinetas para calvos y bailarinas al ritmo de la musicaca.

Gente que dice que todo da lo mismo. De nada sirve, dicen. No dejan de tener razón. Salvo que suele ser gente a la que le sirven a la mesa. Y luego le sacan los flatitos. Y luego le lavan los platitos.

Gente que piensa con la boca abierta, como la mamita del líder en la carrera para las elecciones presidenciales peruanas, Ollanta Humala, quien propone fusilar a los homosexuales para terminar con lo que en su opinión es un grave problema moral. O el presidente vitalicio de Turkmenistán, Saparmurat Niazov, quien declara que toda persona que lea tres veces su obra literaria, Toukhanam, “alcanzará la riqueza espiritual, se hará más inteligente, conocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso”.

Gente que no responde a los mensajes. Está ocupada, tiene tantísimo trabajo. La vida es dura, siempre hay algo más urgente que hacer que responder a un peregrino mensaje de un remoto remitente.

Gente que llora en los trenes. Con ojos que se ve que han llorado. Nada hay más triste que la gente llorando. Sobre todo si el causante del llanto es uno mismo, de tan tarado que es.

Gente que tira envases, colillas y chicles por la ventanilla, por el tubo de escape, por el desagüe. Cadáveres a la acequia, relave al río y petróleo al mar.

Gente que recoge los desechos. Sin aspavientos, sin contarlo en el blog ni llamar a los camarógrafos. Son los que más se acercan a lo que Borges llamó “los Justos”, aquellos que cultivan un jardín, como quería Voltaire, y prefieren que los otros tengan razón.

La Nación de Santiago de Chile,  4 de abril de 2006

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mercredi 15 mars 2006

¿Qué pasa en el Congo?

El lugar común dice que en cualquier lugar del mundo se encuentra un chileno. En el corazón de Africa, en la frontera entre el Congo y Ruanda, a orillas del lago Kivú, el adagio se pone al día : no se trata de un chileno sino de una chilena. Cecilia Díaz trabaja para una ONG europea. La primera pregunta cae por su peso :

­-¿Qué pasa en el Congo?

-… ¿Que a blanco que pillan lo hacen mondongo? Habría que cambiarle la letra a la cancioncita. Es a las mujeres a quienes hacen mondongo. A sus propias hermanas, madres e hijas. Como siempre, ahí donde hubo y hay explotación y dominación, aparece la violencia desenfrenada contra las mujeres. Los relatos de esa violencia son espeluznantes. Un grupo de mujeres nos recibe cantando y aplaudiendo, hasta que una de ellas levanta el brazo muerto de otra que se mantiene callada. Se lo rompieron a machetazos porque con ese brazo defendía a su hija de diez años a la que intentaban violar. Se acaban los cantos y, en un segundo, toda la rabia del mundo aparece en su rostro.

-O sea que, a pesar de que se prepara la temporada de elecciones (están previstas para junio de 2006), la temporada de los machetes no ha terminado…

-Todos quieren votar por primer vez en sus vidas, pero será difícil reparar los brazos, los cuerpos y las almas de la gente. ¿Quienes son los culpables? Seguramente los de siempre, los que roban las riquezas de ese país : diamantes, oro y coltán, el componente de base de nuestros celulares. Las multinacionales se alían con los poderes locales e imponen milicias en uniformes de todos colores (para distinguir por dónde se puede o se debe pasar, hay que ser mago). Alguna vez existieron milicias de defensa del pueblo, incluso policía, pero como el Estado no tiene recursos, al no ser pagados, los policías se convierten en parte del problema : roban, amenazan, raptan y violan.

-Un país demasiado grande, sin Estado, resulta ser presa fácil para los depredadores de todo pelaje…

-Sin Estado, un país, grande o pequeño, es presa fácil para los depredadores. Sobre todo cuando hay muchos intereses en juego, intereses que se cruzan y alianzas que se arman y se desarman según va modificándose el contexto. Un país donde los funcionarios, los profesores y los policías no ha sido pagados durante años no puede ser estable ni funcionar con cierta normalidad. A eso se suman los intereses de las grandes potencias, las influencias que éstas quieren ejercer en la zona, como en los mejores tiempos de las colonias. Y luego están los vendedores de armas. Cuando piensas en todas estas variables te preguntas: ¡cómo es posible que aún quede gente en el Congo!

-Pocos escritores chilenos han escrito sobre Africa : Poli Délano (Lo primero es un morral), Roberto Bolaño (un par de capítulos de Los detectives salvajes se sitúan en Angola). ¿Los ha leído? ¿Se necesita leer sobre el Congo para entender al Congo?

-No he leido literatura latinoamericana sobre Africa. Puede ser interesante ver la representación que tienen los latinoamericanos de un continente tan lejano, tan desconocido para ellos como es el Africa negra. ¡Tan lejos está Africa que para ir y volver del Congo a Brasil hay que pasar por Europa! Leer es siempre necesario, indispensable. Quizás me gustaría leer más literatura africana. Leo libros y artículos sobre historia del Congo para ver por dónde puedo agarrar la punta de la madeja y empezar a entender algo. Pero no es fácil.

-Un libro reciente formula esta pregunta : ¿Es gobernable el Congo ?

-Claro que lo es, si son las mujeres quienes acceden al poder. No lo digo bajo el “efecto Bachelet”, ni por demagogia ni ideología. Lo digo porque lo pienso: las mujeres tienen las manos más limpias. Durante estas últimas guerras, ellas se quedaron solas y criaron a docenas de hijos (propios o ajenos, no tiene importancia para ellas, a todos los llaman “mis hijos”), con la venta en el pequeño comercio, con la fabricación de productos caseros, con la producción en los campos. Mujeres queremos, en el gobierno, en la administración, en el comercio, en las escuelas y en el hogar. Y hay esperanzas: la nueva Constitución, aprobada y adoptada en febrero de 2006, declara la paridad entre hombres y mujeres en todas las esferas. Es una gran conquista y ahora las mujeres pelean para que haya también paridad en las listas de electorales. Ojalá lo logren. Y se están preparando a través de cursos de capacitación, de seminarios y talleres sobre cómo ejercer una buena gobernanza, cómo crear una buena administración local, como respetar los derechos de las mujeres y de los más desfavorecidos. Por supuesto, también se necesita la voluntad política de las grandes potencias para que se pueda restablecer la paz y normalizar el país. Mientras las grandes potencias sigan apoyando las incursiones de tropas extranjeras en el territorio congoleño, mientras se siga tolerando el robo de los recursos naturales del Congo, poca suerte tendrán mujeres y hombres en la reconstrucción de un país muy rico pero que hoy en día es muy pobre.

La Nación, 27 de marzo de 2006

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mercredi 8 mars 2006

Bajo las estrellas

Cine al aire libre en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, al anochecer de un sábado de febrero. Las estrellas abundan en el cielo porteño, en la pantalla instalada frente al edificio de Correos, flamante sede del Consejo nacional de la cultura y las artes, e incluso en las gradas, en las que destaca por su discreción democrática la presencia del ministro de cultura.

El ciclo “Cine bajo las estrellas” proyecta dos cortos y un largometraje. Un primer corto evoca la figura del pionero del cine chileno, Pedro Sienna. Mi tío Pepe me comenta haber visto pasear a Sienna por la calle Carmen, entre Porvenir y la Avenida Matta, vestido con una cotona y sosteniendo un libro entre las manos, en los años sesenta. Ahora, los premios nacionales de cine llevan su nombre. Alguna polémica hubo en la primera entrega, porque el jurado prefirió dejar desiertos un par de premios. Mi tío Pepe es de opinión que en materia de premios lo frondoso es más acogedor que lo desierto, sobre todo ahí donde campeó por años la intemperie.

El segundo corto, Santiago, ciudad de seres invisibles, de Cristián Martínez y Nicolás Sepúlveda, muestra el recorrido de cuatro personas sobre la tela de fondo de la ciudad de Santiago de Chile. Un señor ya mayor, con un marcado parecido a Clotario Blest, un hombre, una mujer, un travestido. Es verdad que Santiago vista a la distancia, desde arriba, a ras de suelo, a través de una cámara de cine, parece un ojo ciclópeo al que todos miran buscando la solución al problema (como quien dice la puerta de escape o el número ganador) o cuando menos un pálido reflejo. Otro reflejo dan quienes contemplan la pantalla desde las gradas de este cine bajo las estrellas al recibir la luz de los focos de los autos y microbuses que transitan por las calles aledañas. Lejos de perturbar la visión de los espectadores, esas imágenes furtivas vienen a completar la imagen cinematográfica. Como también hacen en el cielo porteño las panzas blancas de las gaviotas que sobrevuelan la plaza iluminada por los reflectores, añadiendo belleza a la escena. Además, estas gaviotas recatadas retienen su óbolo, de manera que nadie resulta condecorado ni en la pelada ni en la solapa.

El largometraje, en fin. Se trata de Salvador Allende, de Patricio Guzmán. A través de testimonios recientes y de filmaciones de la época, Guzmán repostula la figura del doctor Allende y le reafirma su fidelidad, así como al que fue su proyecto político, la Unidad Popular, y su programa, las cuarenta medidas. Dos imágenes contrapuestas de Allende surgen, sin embargo, de la pantalla, la del estadista, ovacionado en las Naciones Unidas (el público porteño se suma espontáneamente a la ovación), y la del amigo fiel de Fidel, practicando con el caribeño una incongruente sesión de tiro al ventisquero (agáchense los pingüinos).

De las imágenes propuestas por el filme, mi tío se queda con los rostros esperanzados de la gente sobre el Tren de la victoria que recorría el país durante las campañas presidenciales allendistas bajo el lema “A todo vapor, Salvador” (esas imágenes son del cineasta holandés Joris Ivens, autor del magistral A Valparaiso). Y con la humildad de Miria Contreras, la Payita, fallecida en 2002, quien minimiza la pretensión de hacer aparecer su amor con Allende como “uno de los grandes amores del siglo XX”. Y en contrapunto a las declaraciones descarnadas del embajador norteamericano de la época, Edward Korry, resulta aún más estremecedora la inversión del curso de la corriente propuesta por Gonzalo Millán en su libro La Ciudad, leída como corolario del filme : “Los muertos salen de sus tumbas / Los aviones vuelan hacia atrás / Los ‘rockets’ suben hacia los aviones / Allende dispara / Las llamas se apagan /  Se saca el casco / La Moneda se reconstituye íntegra / Su cráneo se recompone / Sale a un balcón / Allende retrocede hasta Tomás Moro / Los detenidos salen de espalda de los estadios / 11 de septiembre”.

Hacia el final del filme, el doctor Arturo Girón cuenta que, en el momento previo al ataque a La Moneda, los hombres obligan a salir a las mujeres. Treinta y tres años más tarde, lo menos que se puede decir es que están de vuelta.

La Nación de Santiago de Chile, 9 de marzo de 2006


mardi 28 février 2006

El fantástico show de la vida

Y al tercer día de su estadía en Chile le ocurre a Pepe una experiencia pasmosa: se encuentra ante un televisor encendido y no tiene coraje para huir. El aparato emite el noticiero del canal católico, que enhebra la presentación de una seguidilla de descorazonadores dramas domésticos. Ha muerto un niño de escasos años y la cámara se detiene largamente en la expresión de su madre, registrando cada uno de sus dolidos gestos y cada una de sus tristes palabras. Luego sigue con su tía y su vecina y así hasta la nausea. La nausea de Pepe, se entiende, el entrevistador y la presentadora sobrellevan el mal momento con acabada naturalidad. Después es el turno de unos accidentados, y luego el de unos desgraciados, y luego el de unos muchachos asaltados por unos carabineros, y suma y sigue.

Brindar el dolor humano en espectáculo a lo largo de días y semanas y meses provoca ciertamente estragos en el ánimo de la tribu, estragos que el acostumbramiento disfraza de indiferencia. Pepe recuerda haber visto en Brasil unos noticieros igualmente escalofriantes, llamados “El fantástico show de la vida”, en los que la exposición de los dramas de la gente violentada era amenizada por las actuaciones de artistas de variedades. En el noticiero del canal católico, la retahíla de dramas domésticos se ve interrumpida por la irrupción de la imagen sedante de un añoso señor comentarista deportivo, un señor de toda la vida, quien va explicando con entera parsimonia los invariables resultados deportivos del fin de semana.

Para recuperarse de la experiencia catódica, Pepe lleva a pasear a sus sobrinos nietos a la playa. Aquella “extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las altas mareas”, como la define Andrés Bello en el Código Civil, título de los bienes nacionales, está atestada de gente semidesnuda, decorada de banderolas que publicitan coloridos productos de consumo oral y zumbada desde el cielo por una avioneta que avienta a manera de cola una larga banderola que invita a la gente semidesnuda a dirigirse después de la playa al “mall”.

Los sobrinos nietos de Pepe quieren montarse en el castillo inflable cuyo dependiente es un niño no mucho mayor que ellos (tendrá doce años) quien informa con precisión contable que la tarifa es de 500 pesos por cada diez minutos, tiempo que controla con su reloj pulsera. No se ven inspectores de la Organización Internacional del Trabajo que pongan el grito en el cielo (a la altura de la avioneta) porque un niño esté trabajando un domingo de febrero.

Mientras los niños brincan sobre el colorido plástico, el niño trabajador le cede a Pepe su colorida silla y un colorido ejemplar del periódico del día. Para su mayor pasmo, en las páginas del diario Pepe ve desfilar los mismos dramas domésticos y las calamidades locales que vio pasar la víspera por la pantalla del televisor.

Por fortuna, Pepe se da contra la columna de un escritor más bien joven pero con aspecto de añoso señor quien expone con fundada profundidad y maestría expresiva su experiencia de la soledad. Pepe suele leer esa crónica en sus lejanos domingos solitarios. Ahora descubre que le han bastado tres días en Chile para leerla en su envoltorio colorido, rodeada de la barahúnda dramática, del griterío de los productos de consumo oral y de las lustrosas rabadillas de las vedettes. Visto desde la avioneta, Chile presenta un adusto paisaje sometido a estrés hídrico y cromático. Allí donde está la gente, en cambio, el paisaje se pone colorido. El niño trabajador lo llamaría “coloriento”.

La Nación de Santiago de Chile, 22 de febrero de 2006

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mercredi 8 février 2006

Todo para el regreso

En una de sus crónicas del Angel Gris, Alejandro Dolina cuenta que en su barrio bonaerense funcionaba la agencia Todo para el Regreso. « Esta empresa organizaba unos viajes y peregrinaciones cuyo atractivo principal estaba en la vuelta. Por cierto, solían elegir lugares horrorosos, con alojamientos míseros y comidas inmundas, precisamente para acrecentar el deseo de volver cuanto antes ».

Mi tío Pepe es de la generación que volvía por Los Cerrillos. La generación anterior, lo hacía por Uspallata en el trasandino Mendoza-Los Andes, desde Buenos Aires, tras la travesía atlántica, con escalas en Santos y en La Habana. O por Valparaíso, habiendo atravesado el canal de Panamá y recalado en Callao. En todas esas llegadas y regresos se accedía a Santiago por la Estación Mapocho, en la ribera del perfumoso río. Otros volvían, y vuelven aún, por Chacalluta y Visviri, por Peulla y Balmaceda. Vuelven para los funerales, para las vacaciones, para las elecciones. Para los nacimientos. Otros vuelven incluso por Rapa Nui, por estos días colapsada por los turistas (se comen la fruta y dejan las cáscaras). Pepe, por su parte, lo primero que hace en cuanto vuelve, después de darle un beso a los niños, naturalemente, es preguntar por los que se murieron y en segundo lugar por los heridos. Este rito lo aprendió de Nicanor Parra, quien llegó a Santiago por la Estación Central, en 1932. Aparte lo cual, Pepe no se sabe muy bien qué hacer, recién llegado. Bien se sabe que los provincianos nunca terminan de llegar.

Santiago es un resumidero, una estación terminal. Todos los pasajeros deben descender y al que se queda dormido lo despiertan en Mantención y talleres. Poco importa saber por qué regresan los que vuelven o por qué otros se han ido quedando allí donde se fueron. Ni siquiera importa que su vuelta sea breve ni que el disco ya esté un poco rayado. Volver es letra de tango, de milonga, de bolero, músicas todas cargadas de melancolía provisoria. Todos los caminos llevarán a la amorosa Roma o a la concurrida Meca, y la Vía Láctea lleva a Compostela, pero el camino nuestro nos trae hasta Santiago a escuchar la palabra del profeta de Las Cruces : « De modo que este es el cacareado Santiago de Chile, ése su cacareado San Cristóbal, aquella luz el cacareado río Mapocho. No puede ser, estoy soñando despierto. Pucha máquina, Nuria Nuiry, qué sería de mí sin esta ciudad ».

En materia de idas y de vueltas, el relato más esclarecedor tal vez esté en una de las tantas noches de las Mil y una : Aquél hombre vivía feliz en su ciudad, hasta que soñó que en otra ciudad lejana un tesoro lo estaba esperando. Lo dejó todo y partió a su búsqueda. El viaje fue tan largo y tan penoso, y la ciudad de su destino lo recibió con tal indiferencia, que el viajero se durmió en la puerta de una mezquita, a la que habían desvalijado unos ladrones. Lo despertó la tropa con brutalidad y lo llevó en volandas a la cárcel, donde lo molieron a palos. Cuando se hartaron de darle, le preguntaron qué hacía allí y el ingenuo viajero les contó su sueño. « Hijo de un sapo con una culebra -se rió en su cara el capitán de la tropa-, cómo puedes ser tan mentecato. También yo he soñado que en otra ciudad hay una casa con un patio, en cuyo centro hay una fuente, y debajo de la fuente está escondido un tesoro. Pero no por eso hago como tú, cagón en puerta ajena ». En el relato del bruto xenófobo el viajero reconoció su propia casa, volvió a ella y encontró el tesoro.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 8 de febrero de 2006

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mercredi 1 février 2006

Tiene razón Roberto Merino

Tiene razón Roberto Merino cuando afirma que en el profesor Banderas, que asolaba por televisión en los largos años de la dictadura, no había asomo de curiosidad por el lenguaje, sino mera adicción a las reglas y a los reglazos. La única cuestión de orden lingüístico que cabía someterle al normalista era ésta: ¿cómo se escribe insoportable? La respuesta caía por su peso: con hache, naturalmente.

En las calles y los barrios, por el contrario, se escuchan a menudo expresiones formidables. Un muchacho, que andaría falto de fondos, me dijo un día: “Flaquito, sálvame con cien”. A una señora que quería instalarse en el asiento de la ventana en una micro le oí decir: “¿Me da ‘compermiso’?”. Otra señora, a la que pregunté por una dirección : “No tengo ni la mayor idea”. Y una madre, reprendiendo a su hijo hostigoso: “Abúúúrrete”.

En materia de lenguaje, la tribu es soberana y sus errores suelen ser sus aciertos. El habla es abundante, transmisible y biodegradable. Todo vale, el oro y el moro, la filosofía y el lunfardo. Lo que cabe evitar, y se agradece, es la cursilería. Y deplorar que en ese terreno la lista sea cada vez más larga. Los medios la difunden, la mímesis hace el resto y así andamos, usando expresiones tan lesas como “tener sexo” para referirse a la cópula. La usan indistintamente catedráticos, predicadores y farándulos. Hace algunas semanas, un animador de la tele afirmaba que en lugar de ver el debate pre-eleccionario había preferido “tener sexo”. La fórmula no sólo es cursi, sino impropia. Sexo tenemos todos, salvo los emasculados o las extirpadas. Incluso la meliflua expresión “hacer el amor” parece soportable al lado de ese “tener sexo” que suena a control urológico o ginecológico, a descarga profiláctica, a sesión de “fitness” genital.

El “Glosario chileno del amor”, de Radomiro Spotorno, propone, sin embargo, diez páginas de expresiones afines. Algunas muy graciosas, como “bailar sin música” o “echar a pelear los Beatles”. Incluso ésta, que Spotorno califica de expresión festiva muy gráfica: “Poner al indio en la canoa”. (No sé si la entiendo del todo y le pido opinión a mi tío Pepe: “No hables de indios ni de canoas -me alerta-, no te metas en berenjenales”).

La escritura, en cambio, es harina de otro costal o berenjena de otro huerto. Aquella escritura atropellada que suele emplearse en Internet, hecha de abreviaciones y onomatopeyas, me parece fallida y malencarada y sospecho que condena al desaliento, a la afasia, al alzheimer precoz. No lo hace mejor cierta prensa, con sus expresiones a medio camino entre el parte de carabineros y el informe clínico. De un cura lujurioso que manoseaba niños, un diario capitalino dice que “efectuó tocaciones”. Ni con su afán por hacer verbos de los sustantivos. En las mismas páginas se lee este titular : “Privados exigen a Gobierno rol activo en crisis de gas”. Se desprende que “privados” son los actores del sector privado, empresarios, inversionistas, personas influyentes que presionan en favor de sus intereses. La metonimia está cantada, de “actores del sector privado” se llega a decir simplemente “privados”. ¿Pero no eran los privados la oficina y el baño del gerente, o, en los restoranes, unos espacios reservados y, desde luego, misteriosos, donde se suponía que los mandamases “efectuaban tocaciones”, después de comerse su cazuelita?

El mismo diario cierra la edición con la información siguiente: “Arqueólogos de la Universidad de Tubinga hallaron un falo de piedra de unos 28 mil años de antiguedad en una cueva cerca de la localidad de Schelkingen, en el sur de Alemania”, importante hallazgo que permite concluir que los antepasados de Don Otto y del Doctor Alzheimer tuvieron sexo.

La Nación de Santiago de Chile, 1° de febrero de 2006

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jeudi 26 janvier 2006

Salame y flan de huevo

Circulan por la Red tres poemas renombrados, Instantes, de Borges, La Marioneta, de García Márquez, y Muere lentamente quien, de Neruda. Mi tío Pepe los recibió respectivamente como saludo navideño, para su cumpleaños y para el día de su santo (él se suele celebrar para San José castísimo y algunos años también para San José de Costa Rica).

Usted sabrá que esos poemas son falsos, le digo.

De falsa atribución, querrás decir, apócrifos, de autor oculto. Los tres poemas dicen más o menos lo mismo, a saber : ahora que me estoy muriendo me doy cuenta de que debería haber vivido de otra manera… Son poemas de «autoayuda» y, en contra de su apariencia cooldon’t worry, be happy» o su correspondiente en castellano «si quieres ser feliz, no analices»), son bastante mandones, imperativos: «sé esto, haz esto otro».

¿Tiene un ejemplo?

«Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar», advierte el falso Neruda. La Marioneta, tal vez el más bobo de los tres, redunda: «Si yo tuviera un trozo de vida, no dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor».

Parece haber sido escrito por San José castísimo...

Poco importa saber quién los escribió, continúa. Textos apócrifos han existido siempre. La obsesión por la firma es un atributo del romanticismo. Antes, el arte solía ser rigurosamente anónimo. Y la fuerza del apócrifo en la historia es considerable, baste recordar que Cervantes escribió la segunda parte del Quijote para salir al paso de una versión apócrifa que había comenzado a circular.

¿Y cómo es que la gente se cree enormidades tales como que Neruda haya escrito: «Muere lentamente quien no cambia nunca de marca»; o Borges: «Si pudiera volver atrás, trataría de tener sólo buenos momentos y comería más helados y menos habas»?

Tal vez porque no han leído ni una línea de uno y de otro (que también dijeron y escribieron memeces, no creas que no). Tampoco debería sorprender que de poco hayan valido las iniciativas tendentes a demostrar el timo. García Márquez, el único de los tres que aún se puede defender, sostuvo en su momento que menos le dolía el cáncer que el hecho de que lo creyesen autor de esa paparrucha.

¿No es internet el que crea todos estos enredos?, le pregunto.

Como tantas cosas de este bajo mundo, los apócrifos existían antes de internet, pero es verdad que la Red ha aumentado y acelerado su difusión. Por fortuna, también en internet se puede encontrar el único antídoto a tanta tontería, un buen puñado de humor. En la bitácora del escritor trasandino Hernán Casciari se propone un experimento sociológico «muy serio», mandar a diestra y siniestra el siguiente poema apócrifo de otro escritor «arrepentido». Te lo leo:

Si pudiera (por Ernesto Sábato)

Si pudiera empezar todo de nuevo
Comería muy pocos carbohidratos
Por ejemplo salame y flan de huevo.

Me cambiaría el nombre por 'Batato'
Y correría riesgos tan salvajes
Como dejarme arañar por un gato.

Si pudiera volver atrás el viaje
Iría en tren desde Estación Pompeya
Hasta Santos Lugares (sin pasaje)

Con un disfraz de la Rubia Mireya
Pero ya ven, tengo 87 años
Y uso anteojos con culo de botella.

A tal propuesta, otro internauta (mi tío Pepe asegura que no fue él) responde : «Me lo rebota el antivirus, dice que Mireya no rima con botella».

La Nación de Santiago de Chile, 26 de enero de 2006

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jeudi 19 janvier 2006

Sapos y camarones

“Y el tibio desayuno que me traes sonriente, mientras leo lo triste que me cuentan los diarios”, cantaba un bronco trasandino. Lo que cuentan los diarios será triste o alegre, según y cómo, sostiene mi tío Pepe. Se sabía que los diarios servían al día siguiente para envolver el pescado. Cada vez menos, sin embargo. Los peces son jabonosos y están en vías de extinción, y el pescado, envuelto en plástico, está carísimo. Como los camarones que, más encima, reculan. A propósito de crustáceos, mi tío me comenta que la alcaldesa de Camarones anduvo en Camerún en busca de sus ancestros.

-Normal -me dice-, Camerún y Camarones son la misma palabra.

No sé yo de dónde sabe tantas cosas, será que tarda el tibio desayuno y lee los diarios más allá de la cuenta. De la alcaldesa pasa a la Presidenta electa, la que ha resultado ser políglota. Es una cualidad envidiable el don de lenguas, según mi tío. Le preguntaron una vez a Camilo Cela, Nobel posfranquista, si hablaba inglés. “Ni Dios lo permita”, contestó el gallego. Pero él era un señor ñoño y lo que hoy se lleva son presidentas modernas y desenvueltas en varias lenguas de distintas sonoridades, con el esmero del alemán, el charme del francés y la penetración de mercados del inglés.

Para no quedarse atrás, Pepe me comenta que el rey de Swazilandia las ha emprendido de mala manera contra la oposición: “Swazi king crushes political opponents”, me dice. Tengo dudas sobre el alcance exacto del verbo to crush. Mi tío precisa que el gordinflón aquél del Rey, que tiene nueve señoras y dos novias, lo que hizo fue aplastar, apabullar, apachurrar, destripar, doblegar, estrujar, exprimir, machacar, machucar, molturar, machar, moler o triturar a sus opositores. Pobre gente, sus súbditos. Con las ganas que tendrán de tener, como en Liberia, como en Chile, como en Finlandia, una Presidenta políglota.

Porque políglotas los africanos suelen ser, inveterados políglotas y no siempre polígamos. En Swazilandia, un millón de habitantes hablan decenas de lenguas bantúes y apenas un par de lenguas germánicas. En Camerún, la ancestral tierra de la alcaldesa de Camarones, más de 250 lenguas locales, y francés, inglés y hasta alemán, como la Presidenta electa.

Ya un poco “lengüeteado”, me voy despidiendo, cuando me suelta un último pormenor africano. Esperando el tibio desayuno, entre un periódico y otro, resulta que mi tío lee el diario de viaje del doctor Livingstone, explorador escocés que se empantanó en el Congo buscando las fuentes del Nilo, antes de que lo encontrase Stanley y profiriese la célebre frase que hizo reír a media Europa: “Dr. Livingstone, I presume ?” Estaba Livingstone medio muerto de disentería, de amibiasis, de tuberculosis, de paludismo, de todas las enfermedades de los miasmas tropicales, cuando este coloso de la misantropía y el empecinamiento colonial escribió en su diario una tierna escena de corte bucólico-congoleña: “Estando yo sentado bajo la lluvia, un sapillo de árbol, de media pulgada de largo, saltó sobre una hoja crasa y comenzó a cantar, tan fuerte como un pájaro, un aire de una gran dulzura. Qué sorpresa oír tal música emitida por un músico tan pequeño”.

No se crea, sin embargo, para volver a la música argentina, que a continuación el escocés sacó la vihuela y compuso el “Sapo cancionero”. Perdido estaba en África, pero nunca tanto.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 19 de enero de 2005

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