jeudi 26 janvier 2006

Salame y flan de huevo

Circulan por la Red tres poemas renombrados, Instantes, de Borges, La Marioneta, de García Márquez, y Muere lentamente quien, de Neruda. Mi tío Pepe los recibió respectivamente como saludo navideño, para su cumpleaños y para el día de su santo (él se suele celebrar para San José castísimo y algunos años también para San José de Costa Rica).

Usted sabrá que esos poemas son falsos, le digo.

De falsa atribución, querrás decir, apócrifos, de autor oculto. Los tres poemas dicen más o menos lo mismo, a saber : ahora que me estoy muriendo me doy cuenta de que debería haber vivido de otra manera… Son poemas de «autoayuda» y, en contra de su apariencia cooldon’t worry, be happy» o su correspondiente en castellano «si quieres ser feliz, no analices»), son bastante mandones, imperativos: «sé esto, haz esto otro».

¿Tiene un ejemplo?

«Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar», advierte el falso Neruda. La Marioneta, tal vez el más bobo de los tres, redunda: «Si yo tuviera un trozo de vida, no dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor».

Parece haber sido escrito por San José castísimo...

Poco importa saber quién los escribió, continúa. Textos apócrifos han existido siempre. La obsesión por la firma es un atributo del romanticismo. Antes, el arte solía ser rigurosamente anónimo. Y la fuerza del apócrifo en la historia es considerable, baste recordar que Cervantes escribió la segunda parte del Quijote para salir al paso de una versión apócrifa que había comenzado a circular.

¿Y cómo es que la gente se cree enormidades tales como que Neruda haya escrito: «Muere lentamente quien no cambia nunca de marca»; o Borges: «Si pudiera volver atrás, trataría de tener sólo buenos momentos y comería más helados y menos habas»?

Tal vez porque no han leído ni una línea de uno y de otro (que también dijeron y escribieron memeces, no creas que no). Tampoco debería sorprender que de poco hayan valido las iniciativas tendentes a demostrar el timo. García Márquez, el único de los tres que aún se puede defender, sostuvo en su momento que menos le dolía el cáncer que el hecho de que lo creyesen autor de esa paparrucha.

¿No es internet el que crea todos estos enredos?, le pregunto.

Como tantas cosas de este bajo mundo, los apócrifos existían antes de internet, pero es verdad que la Red ha aumentado y acelerado su difusión. Por fortuna, también en internet se puede encontrar el único antídoto a tanta tontería, un buen puñado de humor. En la bitácora del escritor trasandino Hernán Casciari se propone un experimento sociológico «muy serio», mandar a diestra y siniestra el siguiente poema apócrifo de otro escritor «arrepentido». Te lo leo:

Si pudiera (por Ernesto Sábato)

Si pudiera empezar todo de nuevo
Comería muy pocos carbohidratos
Por ejemplo salame y flan de huevo.

Me cambiaría el nombre por 'Batato'
Y correría riesgos tan salvajes
Como dejarme arañar por un gato.

Si pudiera volver atrás el viaje
Iría en tren desde Estación Pompeya
Hasta Santos Lugares (sin pasaje)

Con un disfraz de la Rubia Mireya
Pero ya ven, tengo 87 años
Y uso anteojos con culo de botella.

A tal propuesta, otro internauta (mi tío Pepe asegura que no fue él) responde : «Me lo rebota el antivirus, dice que Mireya no rima con botella».

La Nación de Santiago de Chile, 26 de enero de 2006

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jeudi 19 janvier 2006

Sapos y camarones

“Y el tibio desayuno que me traes sonriente, mientras leo lo triste que me cuentan los diarios”, cantaba un bronco trasandino. Lo que cuentan los diarios será triste o alegre, según y cómo, sostiene mi tío Pepe. Se sabía que los diarios servían al día siguiente para envolver el pescado. Cada vez menos, sin embargo. Los peces son jabonosos y están en vías de extinción, y el pescado, envuelto en plástico, está carísimo. Como los camarones que, más encima, reculan. A propósito de crustáceos, mi tío me comenta que la alcaldesa de Camarones anduvo en Camerún en busca de sus ancestros.

-Normal -me dice-, Camerún y Camarones son la misma palabra.

No sé yo de dónde sabe tantas cosas, será que tarda el tibio desayuno y lee los diarios más allá de la cuenta. De la alcaldesa pasa a la Presidenta electa, la que ha resultado ser políglota. Es una cualidad envidiable el don de lenguas, según mi tío. Le preguntaron una vez a Camilo Cela, Nobel posfranquista, si hablaba inglés. “Ni Dios lo permita”, contestó el gallego. Pero él era un señor ñoño y lo que hoy se lleva son presidentas modernas y desenvueltas en varias lenguas de distintas sonoridades, con el esmero del alemán, el charme del francés y la penetración de mercados del inglés.

Para no quedarse atrás, Pepe me comenta que el rey de Swazilandia las ha emprendido de mala manera contra la oposición: “Swazi king crushes political opponents”, me dice. Tengo dudas sobre el alcance exacto del verbo to crush. Mi tío precisa que el gordinflón aquél del Rey, que tiene nueve señoras y dos novias, lo que hizo fue aplastar, apabullar, apachurrar, destripar, doblegar, estrujar, exprimir, machacar, machucar, molturar, machar, moler o triturar a sus opositores. Pobre gente, sus súbditos. Con las ganas que tendrán de tener, como en Liberia, como en Chile, como en Finlandia, una Presidenta políglota.

Porque políglotas los africanos suelen ser, inveterados políglotas y no siempre polígamos. En Swazilandia, un millón de habitantes hablan decenas de lenguas bantúes y apenas un par de lenguas germánicas. En Camerún, la ancestral tierra de la alcaldesa de Camarones, más de 250 lenguas locales, y francés, inglés y hasta alemán, como la Presidenta electa.

Ya un poco “lengüeteado”, me voy despidiendo, cuando me suelta un último pormenor africano. Esperando el tibio desayuno, entre un periódico y otro, resulta que mi tío lee el diario de viaje del doctor Livingstone, explorador escocés que se empantanó en el Congo buscando las fuentes del Nilo, antes de que lo encontrase Stanley y profiriese la célebre frase que hizo reír a media Europa: “Dr. Livingstone, I presume ?” Estaba Livingstone medio muerto de disentería, de amibiasis, de tuberculosis, de paludismo, de todas las enfermedades de los miasmas tropicales, cuando este coloso de la misantropía y el empecinamiento colonial escribió en su diario una tierna escena de corte bucólico-congoleña: “Estando yo sentado bajo la lluvia, un sapillo de árbol, de media pulgada de largo, saltó sobre una hoja crasa y comenzó a cantar, tan fuerte como un pájaro, un aire de una gran dulzura. Qué sorpresa oír tal música emitida por un músico tan pequeño”.

No se crea, sin embargo, para volver a la música argentina, que a continuación el escocés sacó la vihuela y compuso el “Sapo cancionero”. Perdido estaba en África, pero nunca tanto.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 19 de enero de 2005

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lundi 9 janvier 2006

Cruz Coke o González Videla

La prensa internacional asegura que, según los sondeos, Chile se apresta a elegir a su primera presidenta. Y subraya la singularidad de la situación, tratándose de un país tan machista como el nuestro. Se lo comento a mi tía Pepa.

—Ni tanto ni tan poco, matiza mi tía, que se interesa por estos temas. Es verdad que la existencia de locales de votación separados para hombres y mujeres puede hacer creer a algún reportero pánfilo que la situación chilena es poco menos que semejante a la afgana. El escrutinio separado entre hombres y mujeres, esa curiosidad nacional, permite apreciar, sin embargo, que la votación femenina se inclina mayoritariamente por la candidata. Tradicionalmente, las mujeres votaban por las opciones más conservadoras, por no llamarlas retrógradas. Hoy, esa tendencia está cambiando velozmente. Será porque en Chile las mujeres ganan un 30 % menos que los hombres, irritante brecha que sube al 50 % entre los profesionales universitarios. Y no soy yo quien lo dice sino el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas.

—¿Y qué le parecen, tía, las acusaciones de machismo dirigidas en contra del candidato?

—El machismo suele ser implícito, en todo caso el machismo de hoy. Ya no se trata del derecho de pernada del dueño del fundo. Los caballeros suelen pensar que en una reunión de machos recios, como se imaginan que será una cumbre iberoamericana de presidentes, ellos representarían al país mejor que una presidenta mujer… Es enternecedor, repiten lo que les oyeron a sus papás. Como niños chicos.

—¿Aparte lo cual, qué le parece el candidato?

—Me parece el mejor candidato que la derecha puede tener, a falta de una candidata femenina, privilegio para el cual todavía no está en condiciones. Es verdad que este candidato no apoyó a la dictadura, y eso es una novedad positiva viniendo de una derecha como la chilena. Pero no apoyar a la dictadura no significa haberla combatido, ni siquiera haberse opuesto moralmente a ella. En esa materia, tampoco el ingeniero puede hacerle el peso a la doctora. Además, en contra de lo que dice la propaganda del candidato, un país no se gobierna como una empresa. La cosa es al revés, las empresas deberían gobernarse como los buenos países, democráticamente.

—O sea que el domingo 15 no hay donde perderse…

—Siempre hay donde perderse. Se perdió el doctor Cruz Coke, en 1946, un demócrata ahí donde los hubo, amigo de García Lorca, el ministro de salud que llevó adelante los primeros programas de salud publica y renunció a su cargo a causa de la matanza del Seguro Obrero. Y se perdió frente a González Videla, de tristísima memoria. Pero, claro, entonces las mujeres no votábamos…

La Nación de Santiago de Chile, 10 de enero de 2006

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jeudi 29 décembre 2005

El candidato en Wall Street

Por sus lapsus los conoceréis, quiso decir el profeta. Tal cual. Para conocer a un candidato conviene comprender lo que dice. Interesa también, y mucho, saber lo que calla. E importa todavía más retener qué dice cuando cree estar diciendo otra cosa. El candidato que llegó segundo publicó hace unos días un aviso en la prensa con una fotografía suya donde se ve al fondo una multitud. La multitud no está, como era de esperar, en Chile, sino en Wall Street.

“Se cometió un error porque la agencia de publicidad presentó una maqueta del aviso con una foto de archivo”, dijo el candidato. “Nosotros habíamos seleccionado varias fotos excelentes de las concentraciones multitudinarias que teníamos de la primera vuelta. Y por esa cosa de los ‘duendes’, que usted que es periodista conoce bien, no se hizo finalmente el cambio de fotos. Es un accidente menor cometido a nivel de agencia de publicidad”.

En efecto, en las redacciones de los viejos periódicos la culpa de los lapsus era atribuida a los “duendes” que vivían en las imprentas y se divertían tomándole de vez en cuando el pelo a los lectores. Entonces podía tratarse de errores cometidos por los cajistas y tipógrafos. A falta de ellos, hoy no hay más excusa que asumir el propio inconsciente o, en su defecto, a la agencia de publicidad.

Ronald Reagan, otro producto de Wall Street, en un discurso oficial en Brasil, cuando era Presidente de Estados Unidos, tuvo el detalle de agradecer de manera protocolar al pueblo y al Gobierno de... Bolivia. Alertado por las muecas de su comitiva, Reagan intentó salir del paso: “Claro que no, es allí que voy después”. Ni lo uno ni lo otro, la etapa siguiente de su viaje era Colombia.

Nadie está libre de cometer uno que otro lapsus, desde luego. Lapsus significa literalmente resbalón, y un “trompezón” no es caída, como dice mi tío. Lo interesante es mirar de cerca la huella que deja el resbalón. Los lapsus son las ventanas del alma o, mejor aun, los ojos de buey por donde asoma la trastienda mental del orador, allí donde se cocina su verdadero guiso. El guisado que nos elabora el candidato que llegó segundo, quedamos avisados, es un preparado del tipo Wall Street. Espectaculares subidas de los bonos seguidas de cracks estrepitosos. La bolsa es una montaña rusa cargada de adrenalina hasta el momento en que sólo queda la adrenalina. Los lapsus, por su parte, quedan al cuidado de la agencia de publicidad.

La Nación de Santiago de Chile, 29 de diciembre de 2005

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lundi 26 décembre 2005

A la usanza del monte

Proyecto de obras completas, Rodrigo Lira,  Editorial Universitaria, 2003  

Si sale la cuenta, este 26 de diciembre de 2005 se cumplen 24 años de la muerte de Rodrigo Lira. Aparte lo cual, la referencia a la fecha no tiene ninguna importancia. O apenas en cuanto pretexto para evocar este libro, Proyecto de obras completas. La historia del libro, o lo que sabemos de él, la dejamos para otro aniversario. Ahora se trata de comentar uno de sus textos, Paseo de las flores.

La literatura del romanticismo está llena de jardines y de rosas. De ofrendas florales como prueba y demanda de amor. Gertrude Stein acabó de una vez con todas esas redundancias con su famoso epígrafe A rose is a rose is a rose que, como todo buen mantra, mandaba callar. Tanto callóse, que la literatura moderna carece por completo no ya de rosas y jardines (salvo tal vez el de los Finzi Contini, de Bassani, y el Jardín de al lado, de Donoso), que por no haber vegetación en las prosa modernosa no hay ni siquiera 'musguito en la piedra' (como sí lo hay en los versos de Violeta Parra, pero justamente porque ella no es modernosa sino simplemente moderna).

Lira, que solía llevar cualquier discurso poético hasta su paroxismo, para evidenciar su ridícula condición, podía permitirse retomar una forma pura y recrearla.

Un joven se acerca a una joven. Para conquistarla le presenta un ramo de flores. Como Condorito hace con Yayita, que compone el ramo en el jardín de su casa de ella, el joven recoge las flores 'de un cerro entre los cerros en su escarpada ladera', parajes de los que la tierra chilena abunda.

No es la amada ('cierta muchacha lejana') la que finalmente acepta las flores, sino su hermana menor. Enhorabuena que la había y que estaba del otro lado de la puerta. Ese es (a veces) el milagro del mundo. De haber sido la musa en persona, probablemente le lanzase al hablante lírico las flores a la cara. Era ése el karma de él y de ella.

El poema tiene final feliz, porque es breve (aun si las flores naturales 'van recogiendo sus galas y se van secando tristes en el agua de la llave, en un florero'). Como el pensamiento salvaje (viola tricolor) de Lévi-Strauss, las flores dejan de serlo porque el hablante las coge y hace con ellas unos versos y las proyecta 'de su puro ser a ser objeto al ser cortadas'.

Se quejaba Cortázar de que el hombre occidental arranca ('sólo las ve al recoger unas cuantas') lo que el oriental contempla. Lira fue un adelantado de una improbable síntesis.

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samedi 10 décembre 2005

¿Dónde estabas tú?

La vida es larga y el arte breve, me dice mi tío Pepe. No entiendo muy bien a pito de qué, pero le digo ¡qué bien! para animarlo a que continúe.

Así es, es así, continúa, animado por mis exclamaciones. La polémica Zaldívar-Piñera, por ejemplo, no duró casi nada, y yo la apreciaba. ¿Dónde estabas tú?, le preguntó Zaldívar a Piñera, la noche del 27 de agosto de 1980, cuando Eduardo Frei Montalva llamó a votar en contra de la Constitución de Pinochet, me explica. No te vi, Piñera, no eras de los nuestros. Piñera va a rebuscar en sus archivos y vuelve con un ejemplar de un periódico amarillento, que lo muestra en el Caupolicán escuchando a Frei.

Bien mirado, prosigue mi tío, ésa es una pregunta clave. ¿Dónde estabas tú? Todo el mundo tiene el derecho de formularla y el deber de responder. El padre frente al hijo y el hijo frente al padre. ¿Dónde estabas tú?, como cantan Los Jaivas desde la banda de sonido de la película Palomita blanca, de Raúl Ruiz. ¿Y tú dónde estarás?, como canta, por su parte, el Congreso, que es otra manera de preguntar lo mismo.

Porque la pregunta puede formularse de numerosas maneras: ¿Qué hacía yo el 11 de septiembre de 1973?, es el título de un libro de entrevistas de Roberto Merino. Las respuestas de los entrevistados pueden ser hiperbólicas, amarillentas, metonímicas, meridianamente claras. Lo que cuenta es la pregunta.

Mi tío Pepe no estuvo en el Caupolicán aquel famoso día de agosto de 1980, porque cuando llegó hasta el teatro-circo, éste ya estaba lleno y se quedó fuera. No había altoparlantes que reprodujeran los discursos, los manifestantes se daban ánimos gritando y saltando en plena calle San Diego. Allí me encontré con Roberto Merino, precisamente, continúa mi tío, y juntos vimos como Periquito de los Palotes (lo siento, Periquito, pero nunca supe tu nombre), subido a un poste de la luz, arengaba a las masas : ¡Viva la democracia! ¡Viva! ¡Muera la dictadura! ¡Muera! ¡Viva el anarquismo organizado!.. Ahí las masas dudaron, sensibles a la contradicción en los términos.

La polémica Zaldívar-Piñera terminó demasiado pronto, insiste mi tío. Por suerte vino Francisco Javier Cuadra y la reavivó. El ministro de Pinochet, me recuerda Pepe, en esos días que parecían noches, en esas noches que parecían murciélagos, como dice Parra. ¿Dónde estaba en la noche del 5 de septiembre de 1986, le preguntaron, cuando la CNI salió a vengar el atentado a Pinochet y asesinó a cinco opositores? ¡Estaba en la sede de Gobierno para proteger a los futuros presidentes de la democracia!, respondió Cuadra.

O sea que, concluye Pepe, los hunos que arrasaron esa misma noche con todo lo que encontraron a su paso en la revista La Bicicleta, a pocas cuadras de la sede de Gobierno, lo hacían para proteger a los ciclistas de los que vendrían detrás. Qué cordiales.

La Nación de Santiago de Chile, 14 de noviembre de 2005

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lundi 31 octobre 2005

¿Votarán?

¿Votarán algún día los chilenos que viven en el extranjero? De aprobarse la moción parlamentaria de la diputada Isabel Allende esto ocurriría, en el mejor de los casos, en las elecciones presidenciales del 2009, es decir veinte años después de los primeros comicios tras el largo paréntesis pinochetesco. Los tres gobiernos concertacionistas, en momentos y por razones diferentes, han dado por concluida la transición a la democracia. Resulta evidente, sin embargo, que para los chilenos que viven en el exterior la transición sigue pendiente.

¿Votarán algún día, como lo hacen los colectivos de emigrados en la mayoría de los países del mundo? Nunca, si hemos de creer al diario El Mercurio. En una editorial publicada en septiembre, el periódico conservador enumera tres argumentos que buscan privar a la iniciativa de los votos necesarios para su aprobación y negar a miles de chilenos este derecho elemental : 1) El cálculo electoral, puesto que los emigrados votarían mayoritariamente por la izquierda, lo que desequilibraría una votación reñida. 2) El cálculo financiero, ya que organizar el voto en el exterior resultaría caro. Y 3), el cálculo ético, los emigrados se beneficiarían de un derecho sin contrapartidas en materia de obligaciones, en la medida en que no pagan impuestos ni están obligados a cumplir las leyes.

Los dos primeros argumentos son discutibles, el tercero es falso. El electorado exterior no vota « contra » el electorado interior, no lo ha hecho en ningún lugar del mundo. La prueba más reciente la dieron las elecciones autonómicas gallegas en abril de 2005. Las comunidades de gallegos en América y en el resto de Europa son numerosas. La elección, a dos bloques, entre el entonces gobernante Partido Popular y la coalición formada por el Partido Socialista y el Bloque Nacionalista Gallego, fue estrecha pero dio ventaja a esta última. Como el voto emigrante es de contabilidad más lenta, los resultados finales tardaron una semana, a la espera de este recuento. Contra lo que esperaban los populares, atendiendo a que tradicionalmente el voto emigrante, sobre todo el de América, les era favorable, éste no vino a cambiar los resultados.

En cuanto al argumento económico, El Mercurio quisiera ignorar que los emigrantes son la fuente principal de ingresos en numerosos países del mundo y también en un país como Chile son un aporte significativo de riqueza. Numerosos chilenos en el exterior invierten parte de sus recursos en el país y algunos de ellos trabajan directamente en actividades económicas cuyos beneficios se radican en su país de origen. El costo de organizar una votación cada cuatro años a través de consulados y embajadas no debería ser más importante que el de hacerlo en lugares apartados del territorio.

En cuanto al argumento ético, ni nativos ni extranjeros, ni residentes ni emigrados, ni trabajadores ni desempleados ejercen el derecho a voto como recompensa por pagar impuestos. Todo derecho tiene como contrapartida unas obligaciones, pero el derecho a elegir a los gobernantes es independiente de la contribución individual a la renta nacional. Un número significativo de ciudadanos pueden ser contribuyentes  « negativos » a la renta nacional, pero no por eso se ven privados del derecho a voto. Por la vía de vincular derecho a sufragio y pago de impuestos volveríamos al principio del voto censatario, en boga a la época de creación de El Mercurio, cuando sólo votaban sus lectores, los jefes de las familias pudientes.

De entonces ahora, el mundo se ha ido llenando de electores. ¿Votarán en Chile un día?

La Nación de Santiago de Chile,  El Canillita de Ginebra y Centros chilenos en el exterior, 31 de octubre de 2005

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mardi 25 octobre 2005

Qué Pasa

Durante el viaje, el vecino de asiento de mi tío Pepe va leyendo varios ejemplares de la revista Qué Pasa. Lo que pasa por la revista son retratos de todos los tamaños de mandamases locales, todos de la misma edad o algo mayores que el señor que lee la revista, que andará por los cuarenta. Los señores retratados son quienes sostienen por el mango la sartén, la sartén financiera, política, empresarial, culturosa.

El vecino se lo lee todo, las elecciones, la tele, el comportamiento de los mercados, el vino, los autos. Todo, a través de hombres maduros. Desde su sitio, mi tío Pepe sólo puede ver las fotografías. Es como ver la tele sin sonido. Los políticos parecen actores, los empresarios parecen actores y los actores parecen actores. Todos parecen intercambiables, todos se parecen, el lector se les parece.

Cuando su mujer le habla (puede llegar a ocurrir), el vecino levanta la cabeza del semanario y pregunta : ¿Qué pasa? Pasa que a la señora no le llama la atención que en la revista que lee su marido sólo aparezcan hombres de su edad o algo mayores. Tal vez porque en la revista que lee la señora sólo aparecen señoras de su edad o algo menores. Pura lógica, elocuente simetría.

Las únicas mujeres que aparecen en la revista del señor vienen en envoltorio de galletas, en masa de queque, moldeadas y horneadas, con color de trigo candeal.

Me parece que mi tío Pepe está tratando con excesiva ironía a sus congéneres. Entonces, tío, le pregunto, en las revistas que usted lee, ¿quiénes aparecen?

—La revista que yo leo desapareció hace muchos años, responde, y tardará en volver a publicarse. Se llamaba « En viaje » y la publicaba Ferrocarriles del Estado. Me tiende un ejemplar. Este es el sumario : « Don Juan Tenorio estuvo en Chile », « Excursión al Tupungatito », « El whisky sour es de origen iquiqueño », « Las brujas que se robaron a Teresita Armijo », « Vida y atractivos de Licantén ».

—Qué tiempos aquéllos, le digo, arrastrando el poncho. La nostalgia ya no es lo que era.

—La nostalgia es un sentimiento en vías de extinción, responde, y hay que protegerlo. Pienso en el sumario de « En viaje », cuando se reedite : « Todas íbamos a ser ministras », « Nueva pomada contra la calvicie », « Talca, París y Londres », « Cancionero : Gloria Aguirre ».

—¿Y quién será el director?, le digo, para seguirle la corriente.

Víctor Pey, naturalmente. Yo sólo aspiro a que me nombren corresponsal en Jauja.

Nuestra facundia no parece perturbar al lector de Qué Pasa. Pero, curiosamente, ahora sostiene la revista al revés. Los mandamases aparecen cabeza abajo.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 25 de octubre de 2005

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samedi 15 octobre 2005

Cachetón

-El mes pasado estuve en Singapur -dice el señor a la señora.

El señor es muy alto, la señora es pequeñita. Están sentados el uno frente al otro.

-Singapur me encanta… El próximo mes voy a Bangkok, también me encanta. Mi mujer reclama un poco. Tú siempre con tus viajes, me dice.

La señora parece ser una persona de condición modesta.

-¿Usted tiene celular? -pregunta él.

-Tengo un Nokia -responde ella.

-Ah, qué bien -dice el señor.

-Están baratos ahora- dice ella. Me parece que me costó cincuenta euros.

-Ah, el mío me costó 800 -dice él, sacándolo del bolsillo. Es buenísimo. Incluso sirve para navegar por internet.

-¿Y sirve para mandar un fax? -pregunta la señora.

-Sí. Incluso puedo ir a ver los resultados de la bolsa de Nueva York. Es excelente.

-Qué bien, estima ella.

La señora parece cada vez más humilde.

-Mire -dice él, tendiéndole una foto. Esta es mi casa… El barrio es muy tranquilo. Y este es mi auto, el rojo. Uno de mis autos… Es el mismo que tiene Michael Schumacher.

-Qué bien -dice la señora.

-Sí, muy bien -confirma el señor. Y esta es la casa que tengo en la costa. Desde aquí se ve el mar (indica la terraza). Tiene jardines por los cuatro costados.

-Magnífico -dice la señora.

-Sí, sí, magnífico -aprueba el señor.

El señor lleva varios anillos en sus numerosos dedos. Los anillos del señor brillan al ritmo de sus palabras.

-Me bajo en la próxima -dice el señor.

-Yo en la siguiente -dice ella.

-Muy bien -dice el señor. Será hasta la próxima.

-Hasta luego -dice la señora -que le vaya bien.

A mi tío Pepe, que ha seguido el diálogo, le gustaría poder ofrecer un gesto de complicidad a la señora. Qué cachetón el hombre, decirle con la mirada. Qué cargante. Qué insoportable. Pero la señora se queda subsumida en su humildad. Se baja en la estación siguiente, más pequeña que nunca.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 15 de octubre de 2005

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mercredi 5 octobre 2005

Bagdad

Mi tío Pepe suele ir a pasear por las mañanas al Jardín botánico. El paraíso no existe, y él lo sabe, pero cuando hay que imaginarlo, a nadie se le ha ocurrido nada mejor que un jardín. Además, en este jardín no cobran entrada. Tras la puerta del jardín, quince pies de boj prolijamente tallados forman las palabras « Hortus botanicus ».

Esa mañana ha amanecido despejada y fresca. El rocío cubre la vegetación, las gotas bailan sobre las hojas de las capuchinas, como si fuesen bailarinas chinas. Pepe se distrae mirándolas. Enseguida repara en el forcejeo de un mirlo que atrapa una lombriz. ¿O es la lombriz la que atrapa al mirlo? A Pepe, que tiene su cultura, la escena le recuerda la bandera mexicana, la lucha del águila con la serpiente.

Entonces ve llegar a un grupo de niños pequeños, muy bien dispuestos dentro de un carricoche de madera tirado por dos profesoras. Estas hablan a los niños con frases claras y breves, que los niños escuchan atentamente y algunos repiten. Cuando llegan al huerto, donde hay jugosas peras, manzanas coloradas y uvas en apretados racimos, las profesoras abren la puerta del carrito, los niños se toman de las manos y echan a caminar, de dos en dos, decididamente, hacia la media docena de gallinas francolinas y el gallo correspondiente.

Como todo jardín que se precie, este Hortus botanicus tiene una fuente en su centro. Ahí está, contemplando el agua, una pareja de enamorados. No hablan, o hablan a su manera. Estos enamorados putamadre, diría Nicanor Parra.

Un jardinero pica la tierra con una azadilla al pie de unos rosales y luego se instala detrás de un tupido acebo para telefonear. Más atrás, por el camino que lleva al jardín de rododendros y azaleas, un par de jardineros jóvenes acarrea turba. Uno de ellos es muy alto, muy rubio y muy tímido. El otro es moreno, bajo, con los ojos vivos y conversadores. En esta época del año las dificultades para los jardineros son un hongo llamado oídio y los caracoles. Van juntos. El oídio aparece a causa de la humedad, en las hojas bajas, justamente allí donde duermen los caracoles, esos seres babosos que acaban con los mejores brotes del jardín.

Pepe comienza a sentir hambre, y decide ponerse en marcha. En el camino de regreso, comprará un pan de centeno para almorzar.

En ese momento, se produce la explosión.

La barahúnda provoca una estampida entre quienes no han perdido las vísceras ni las extremidades. Tras una explosión como ésa, bien puede seguir otra explosión aún peor. Aturdidos, con los tímpanos rotos, horrorizados, los heridos corren, se arrastran o agonizan.

Pepe llega a su casa con el pan de centeno tibio aún en la bolsa de la compra. Enciende la radio, que confirma el mal presentimiento. Al mando ahora de Bush el Peor (« como el padre no era bueno, no hay otra forma de distinguirlos » dice Javier Marías), Bagdad cuenta sus muertos por decenas.

Al día siguiente, mi tío Pepe vuelve al Jardín botánico. En la triste y distante Bagdad, tras los funerales, recrudecen las explosiones.

La Nación de Santiago de Chile, 5 octubre de 2005

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