mardi 16 mai 2006

La reina de Gualeguaychú

Resulta que la reina del carnaval de Gualeguaychú se paseó en traje regional durante la sesión de fotografías de la cumbre euroamericana de Viena, la semana pasada, y consiguió una sonrisa benévola de parte de los mandatarios y la portada de los diarios del mundo. Protestaba por la construcción de unas papeleras en la frontera uruguayo-argentina. Por su parte, la mujer que protestaba, frente a Bush y Hu, en Washington, por la represión a la religión Falun Gong en China, a la que hacía referencia hace un par de semanas esta columna, tuvo muy distinta suerte. Fue sacada de foco por los propios fotógrafos. Cierto es que la pobre señora estaba completamente vestida.

Una lectora me escribe para que le ayude a sacar a luz esta verdad : Para salir en el diario, hay que enseñar la rabadilla. O mostrar el culo, o como se diga. Me parece que la señora tiene razón. No sé bien qué se puede añadir a esta evidencia, aparte de que a lo que hoy se llama « top » cabe mirarlo por el reverso. « Top » es, palindrómicamente, de atrás pa' delante, « pot ». Lo decía Octavio Paz, analizando la « Venus frente al espejo », de Velásquez : Cara es culo. La bella mira en el espejo su retrato, pero lo que de verdad observa es la cara del espectador que contempla su posterior. Nadie ha dejado tan clara esta materia cuanto Brigitte Bardot, quien en las primerísimas escenas de « El desprecio », de Godard, le preguntaba al espectador: « Y mis nalgas, ¿qué te parecen mis nalgas? ». Por menos que eso, Raúl Hasbún, un presbítero que hablaba modosamente por la tele en los años del terrorismo de Estado, se declaró a sí mismo « víctima del terrorismo anal ».

Otra lectora muy querida me escribe a propósito de los « lectores contagiosos », aquéllos que cuando les gusta un libro lo abandonan en el banco de una plaza para que otra persona lo lea y lo disfrute. Me dice textualmente : « Esperaba que su tío Pepe hubiese encontrado en algún banco de su pueblo a Harry Potter 7 ; reconozco que fue algo ingenuo de mi parte ». Le traslado la inquietud a mi tío. Éste se echa a hablar como un poseso de Harry Potter, de su amiga Hermione y de la señora Rowling, que ha escrito ya seis libros, de los que se han hecho cuatro películas y media. Reparo en que Pepe ha integrado a su léxico algunas expresiones de la saga adolescente. Por ejemplo, a las personas que suelen acarrear problemas las nombra « Voldemort », para no llamarlas, precisamente. Me confiesa que, sin embargo, no ha leído ni una sola línea de las aventuras del aprendiz de brujo y, por no ver, no ha visto ni siquiera las sinopsis de sus películas. Según Pepe, a los best sellers no vale la pena leerlos, porque de cualquier manera uno se entera de todo y así se ahorra el tiempo de la lectura y puede dedicarlo a asuntos más interesantes. Esto vale también para el « Código da Vinci », que sale todos los días en los diarios, y esto sin necesidad de que el Opus Dei se desnude. Al menos, que se sepa.

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Otro lector se interesa por la fotografía que ilustró esta columna la semana pasada, una reunión del Consejo de redacción de La Nación en los años cuarenta o cincuenta, presidida por Joaquín Edwards Bello. Aparecen en ella quince señores perfectamente vestidos y una solitaria señora. ¿Quién será la señora, bendita sea entre todos los hombres?, se interroga mi corresponsal. ¿Una pionera del periodismo escrito? ¿La señora de uno de esos periodistas, que solía pasar a buscarlo al diario los días jueves? Afortunada ella, que no tuvo que desvestirse para salir en el diario.

La Nación de Santiago de Chile, 31 de mayo de 2006.

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vendredi 5 mai 2006

Lectores contagiosos

Ahora resulta que hay un nuevo movimiento. Sus miembros, cuando leen un libro y les gusta, lo abandonan en el banco de una plaza o en un vagón del metro, de manera que otra persona lo encuentre y lo disfrute. Esto, en lugar de quejarse porque nadie lee. Se les conoce como los “lectores contagiosos”. Si cada ejemplar de un periódico lo leen cuatro o cinco personas, ¿por qué no los libros? Mi tío Pepe, que es amigo de frecuentar parques y jardines públicos, se ha beneficiado así con tres estupendos impresos.

“El primero de ellos, El inútil de la familia, es una historia de tío y sobrino”, me cuenta. “El sobrino se llama Jorge y el tío, Joaquín. Joaquín fue un personaje rocambolesco, un gran tarambana y un buen escritor. Escribía en La Nación, donde le pagaban "tarde y mal", pero aun así prefería eso a escribir en el diario de sus tíos ricos. Era la época en que dirigía La Nación Eliodoro Yáñez, quien era tío de otro sobrino, José Donoso. Aquí cabe abrir un paréntesis: cuando Donoso quiso publicar su versión de la historia de su familia, como hoy hace Jorge Edwards con la suya, se le vino encima un sobrino catón que lo amenazó con las penas de los tribunales. El libro de Donoso, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, se publicó finalmente expurgado, o espulgado, que no es lo mismo, pero es igual. Volviendo a El inútil de la familia, el libro resulta ser un suntuoso paseo por la primera mitad del siglo 20, desde Valparaíso a París, pasando por Santiago, Rio y Madrid, siguiendo los pasos de Joaquín Edwards Bello. Suntuoso se dice de algo que resalta y arruina. Éste fue el sino del tío Joaquín, un hombre rico “venido a menos” y, al mismo tiempo, enaltecido. Por la escritura, en ambos casos”.

“¿Y el segundo libro?”, le pregunto.

“El segundo es una curiosidad, un cajón de sastre inglés, un álbum de toda clase de textos inéditos. Se llama Gutiérrez, como podría llamarse Gómez, o Galíndez, y está compilado por Andrés Braithwaite. En la primera página, a guisa de presentación, la imagen de un negrito endomingado invita a entrar a los lectores y los despide, en la última, a manera de epílogo. Gutiérrez presenta a treinta autores, mayores y menores. Saber que aún existen inéditos de Juan Emar, de Enrique Lihn y de Roberto Bolaño (una apostilla a Los detectives salvajes) me llena de optimismo. Tal vez un día se encuentre un manuscrito de Sócrates. Me han gustado sobremanera Browne, Donoso, Veloso”.

“Las tres son mujeres”, le digo, “¿no estará usted practicando el sexismo al revés?”.

“Dicho así, no sería una mala idea”, replica, “pero no se trata de eso.” Y pasa a describir el tercer libro, que según su criterio es espléndido. Se llama En busca del loro atrofiado. Trata de un loro que no puede volar, camina poco y mal, se tropieza en los accidentes del terreno, se enreda en las enredaderas. Trata, también, de otra serie de detalles que componen el sentido del mundo y su correspondiente sinsentido. “Ahora me gustaría leer los premios de la crítica”, continúa. “Se los han llevado Gonzalo Millán y Germán Marín (ambos, como Roberto Merino, autor de En busca del loro atrofiado, están en Gutiérrez). Como los lectores contagiosos me han contagiado”, afirma Pepe, “si no encuentro pronto estos libros en el metro o en el parque, los compro, los leo y, sólo si me gustan, los abandono en el Jardín Botánico. Aviso a los interesados”.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de mayo de 2006.

dimanche 30 avril 2006

Las contradicciones del sistema

La frase es de Boogie el aceitoso, un personaje del dibujante y escritor rosarino Roberto Fontanarrosa. Boogie es un agente al servicio del sistema o de sus contradicciones. Depende de quién pague mejor.

El presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika, se despachó hace unos días con estas declaraciones : « La colonización francesa provocó en Argelia un genocidio de nuestra identidad, de nuestra historia, de nuestra lengua y de nuestras tradiciones ». Al día siguiente Bouteflika se enfermó y corrió al hospital. A Francia, por supuesto.

Las contradicciones del sistema, hubiese dicho Boogie.

Se dan en todos los dominios. La primatóloga Dian Fosssey, la autora de Gorilas en la niebla, detestaba a los turistas y se batió para mantenerlos lejos de las montañas Virunga, en el corazón de Africa. Veinte años después de su muerte, a manos de un cazador furtivo, los turistas acuden en considerables bandadas a recogerse ante su tumba.

Las contradicciones del sistema. Ceremonia de recepción en la Casa Blanca a fines de abril, a la que comparecen George Bush y el presidente de China, Hu Jintao. En medio de la sesión, una mujer se levanta y alza la voz denunciando las condiciones de represión a las que están sometidos los adeptos de la religión Falun Gong. Los reporteros gráficos se precipitan sobre ella para obtener su imagen. Tantos son, y tanto se precipitan, que consiguen borrarla de la situación, hacerla invisible e inaudible. Y por si alguna de sus palabras hubiese quedado flotando en el aire, George Bush (¿o su doble?) se encarga de impedir que llegue a los oídos del líder chino susurrándole algo durante todo el incidente.

El sistema y sus contradicciones. Los miembros permanentes del Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, China, Rusia, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, son, al mismo tiempo, los principales países productores y vendedores de armas en el mundo.

Tras la explosión nuclear de Tchernobyl, cuyos efectos continúan, veinte años después, mandando a la tumba a miles de rusos, bielorusos y ucranianos, los lobbys de la industria nuclear están consiguiendo hacer creer a la opinión pública (esa señora tan crédula) que de la crisis energética se sale construyendo centrales nucleares.

Boogie no debe de andar lejos.

En fin, también hay quien se queda por encima o por debajo de cualquier noción de contradicción o de sistema. El coronel Chávez, mandamás venezolano, avisa que si las elecciones peruanas no las gana su candidato, no tardará media hora en retirar a su embajador en Lima. Tal vez la frase de Boogie sea demasiado compleja para describir esta secuencia chavecesca, pero lo cierto es que no por eso salimos del dominio de la historieta.

La Nación de Santiago de Chile, 4 de mayo de 2006

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dimanche 23 avril 2006

Una ardilla en Santa Laura

Semifinal de la copa europea entre Villarreal y Arsenal, en Londres, el miércoles pasado. Súbitamente el partido se detiene. Treinta mil espectadores, veintidós jugadores y tres árbitros siguen con la mirada, como hipnotizados, no ya la bruñida pelota, sino la velocidad fulgurante de una ardilla gris que corre por la cancha, moviendo graciosamente la cola.

De haber sido un espontáneo cubierto por una bandera o abiertamente en pelotas, una armada de roperos se hubiese echado a correr a su siga para taclearlo, como en el rugby, y sacarlo cuanto antes de circulación. Tratándose de la ardilla, incluso los roperos comprenden que de nada sirve correr.

Mi tío Pepe contempla la escena por el televisor, como hace la mayor parte del proletariado a esa hora, y no puede evitar recordar a Honorino Landa robándole la visera a Arturo Rodenack, guardametas del Rangers de Talca, corriendo el ropero detrás de la ardilla en el estadio Santa Laura, en una de esas programaciones dobles de los sábados, en los años sesenta, que luego repasaba interminablemente en las páginas de color verde botella de la revista Estadio.

Ahora resulta que se estrena, casualmente durante estas semanas de precalentamiento para el Mundial de fútbol de Alemania, La gran final, una película que muestra cómo las poblaciones periféricas vibran, desde sus distantes selvas o estepas, con los equipos estelares del espectáculo mundial. Así puede verse en la pantalla cómo unos emplumados amazónicos se pintan en la espalda, a cuero pelado y con pigmentos locales, el nueve de Ronaldo o el siete de Ronaldinho, o cómo unos jinetes mongoles avanzan por la monótona estepa mirando el fútbol en una tele portátil instalada sobre la montura.

El fútbol nació en Inglaterra y se difundió rápido por el mundo, a través de los puertos, en la época victoriana. El Atlethic de Bilbao, el Racing de Santander, el Wanderers de Valparaíso y el Everton de Viña del Mar dan buena fe de ello. El fútbol siempre tuvo vocación imperial y hoy está más mundializado que nunca. El gol que se mete o no se mete aquí repercute varios paralelos o meridianos más allá. En Bélgica se ha destapado hace poco el escándalo de unos partidos manipulados por la mafia de las apuestas chinas. Otra investigación reciente ha revelado cómo el gobierno inglés obtuvo para Londres la sede de los próximos Juegos Olímpicos. El primer ministro británico se instaló en un hotel de Singapur un par de días antes de la votación y decenas delegados olímpicos desfilaron por su despacho. ¿Qué puede hacer Londres para obtener su voto?, les preguntaba Blair, con su cara de yerno perfecto.

Norbert Elias postula en Deporte y civilización que la competencia deportiva y el sistema parlamentario son instituciones de una misma índole, que permiten la excitación controlada de las emociones y el control de las pulsiones violentas. Deporte y democracia nacieron en la vieja Atenas y fueron recreados, en su versión moderna, en la también vieja Inglaterra. Pero las mejores instituciones producen, a veces, los peores efectos. No puede sorprender, entonces, que las barras bravas —los hooligans son también un invención británica— se empeñen, torpe e inútilmente, en zapar el límite que separa la excitación de la violencia y hacerse con un protagonismo que el reparto social les niega.

Mi tío Pepe aseguró que no miraría nunca más un partido de fútbol después de presenciar el saqueo del que fue víctima la selección española en los cuartos de final del mundial de Corea, frente a Corea, precisamente. Unos días después estaba mirando la final, como los amazónicos, los mongoles y el último mohicano. Por estos días ya orienta su sillón hacia a la tele y la parabólica en dirección a Alemania.

La Nación de Santiago de Chile, 26 de abril de 2006


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mardi 18 avril 2006

Cuentito cortito

Para avisar que se acerca el descenlace, para mantener viva la atención del auditorio, para no abusar de la paciencia ajena, el conversador nacional contemporáneo suele pronunciar estas palabras mágicas : « cuento corto ». A continuación pone dos puntos y se lanza nuevamente al ataque.

Mi tío Pepe me recuerda un equivalente cuantitativo de esta expresión. La usa a menudo un sobrino suyo, que es contador. En cuanto se le alarga un poco la historia, va y dice : « raya pa’ la suma ». Esta sería, según Pepe, la actualización de « total » y de « en resumidas cuentas », otras expresiones contables que van cayendo en desuso.

Hay expresiones que se hacen rápidamente populares, seguramente porque se hacían necesarias. Cualquier relato, sea bueno, regular o malo, necesita, para discurrir, de unas mínimas balizas : « no sé si te conté », « como te iba contando », « eso no es nada » y el famoso « cuento corto », son algunas de las estaciones del caminito a la felicidad o del via crucis.

Un cuento no tiene por qué ser corto, ni mediano, ni largo. Depende. La percepción que tenemos de nuestra vida no cabe seguramente en un cuento corto, sino más bien en una larga, enrevesada y a menudo aburrida telenovela, o en un superventas de supermercado, como aquellos que ponemos en el velador para dedicarles por la noche quince minutos de lectura. A la hora de contarla, sin embargo, cualquier vida humana, por larga que haya sido, cabe entera en un epitafio de cuatro palabras y una coma. Como en la tumba de Melvin Jerome Blanc, el actor que ponía la voz del Conejo de la suerte : « Eso es todo, amigos ».

Como puede verse, los mejores relatos son homeopáticos y transgénicos, en el sentido que no fueron escritos como cuentos y que dejan al lector o al auditor curado en salud. Los sueños son un buen ejemplo, breves y tremendos : « En aquel breve sueño te aparece la imagen amarilla del hermano que de la dulce vida desfallece, y tú tendiendo la piadosa mano, probando a levantar el cuerpo amado, levantas solamente el aire vano », escribió Garcilaso.

Y, justamente, para ir resumiendo, véase esto que sigue :

« ¿Es un imperio esa luz que se apaga o es una luciérnaga? ».

Cuento corto : es Borges, por supuesto.

La Nación de Santiago de Chile, 20 de  abril de 2006

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mardi 11 avril 2006

Envidia de Italia y de Perú

Como todos los ciudadanos de su país, los italianos del exterior han votado en las recientes elecciones legislativas de la península. Y lo han hecho masivamente, a la altura del desafío que se les presentaba, esto era escoger entre el continuismo berlusconiano o el cambio propuesto por la alianza progresista encabezada por Romano Prodi.

Hasta aquí, nada nuevo. Hace ya muchos años que los italianos en el extranjero y sus descendientes, numerosos en el cono sur de América, en Norteamérica y en Europa, contribuyen con su voto a definir entre las opciones electorales que se presentan al parlamento romano. Dotada de una legislación inteligente en la materia, Italia organiza el voto de sus ciudadanos avecinandados o nacidos en el extranjero, muchos de los cuales poseen dos nacionalidades, la italiana y la del país en que residen, y pueden así, como es lógico, transmitir la nacionalidad italiana a sus hijos y nietos.

La novedad en estas recientes elecciones viene dada por el hecho que, por primera vez, los tres millones y medio de italianos del exterior, divididos en cuatro circunscripciones, han podido elegir a sus propios representantes al parlamento, un total de doce diputados y seis senadores. La campaña fue intensa en las grandes ciudades de la emigración italiana, Buenos Aires, Sao Paulo y Nueva York, en América, París y Bruselas en Europa, pero también llegó hasta los más remotos rincones del planeta, allí donde hay un italiano, puesto que el electorado exterior vota por correspondencia a través de los consulados italianos repartidos por el mundo.

Frente a esta muestra de madurez cívica, a los chilenos del exterior, privados de cualquier derecho a participar en la vida política y social de su país, no les queda más remedio que mirar con ojos largos y acusar la envidia que provoca lo que, por lo demás, no es otra cosa que normalidad democrática. Y ni siquiera les cabe el consuelo de pensar que estas circunstancias son sólo posibles en la Europa rica, en el mundo desarrollado. En las elecciones presidenciales realizadas este mismo domingo 9 de abril en el vecino Perú, las comunidades de peruanos expatriados, que cuentan con medio millón de electores, mayoritariamente en España y Estados Unidos, y también en Japón y Chile, han podido ejercer con normalidad su derecho a decidir los destinos del país vecino, dejando de lado algunos problemas de organización en Madrid, donde el crecimiento de la colonia peruana ha sido explosivo.

La derecha chilena se ha empecinado, con argumentos mezquinos y descaminados, en negar su concurso a cualquier proyecto de reforma constitucional presentado desde el restablecimiento de la democracia para corregir esta injusticia histórica. Sería hora que los partidos de derecha rectificaran. Si aspiran a ganar alguna vez una elección democrática (la última vez que lo consiguieron fue hace medio siglo, en el año 1958, con Jorge Alessandri), deberían comenzar por comportarse democráticamente.

En cuanto a los partidos de la Concertación y al gobierno, lo que les corresponde hacer es insistir. Ponerle empeño, porque tampoco se puede decir que se hayan, hasta ahora, extenuado en el intento. Las condiciones están reunidas para aprobar esa reforma pendiente de la Constitución y otorgar por fin el derecho a voto, en las elecciones presidenciales y parlamentarias, a los chilenos en el extranjero.

Así las cosas, un ítalo-peruano provoca envidia por partida doble. Independientemente de los resultados de las elecciones, naturalmente.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de abril de 2006

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dimanche 2 avril 2006

Gente que se cuenta por millones

Mil millones de personas de todo el mundo se relacionan sentimentalmente a través de internet. Mil millones de personas no tienen agua potable. Mil millones de personas fuman como chimeneas. A ese trote se agota pronto la entera humanidad, la multitud que conformamos seis mil millones de personas. El uso y abuso de las cifras produce un efecto contraproducente. No sorprende ni alerta, más bien atosiga. Más vale fijarse entonces en detalles en donde a penas caben las cifras, como en la imagen de un niño que cuenta las bolitas.

Fijarse, por ejemplo, en la gente que va sola al cine. Despierta simpatía la gente que va sola al cine. Y aguanta en solitario las miradas de las parejas, de las familias, de los grupos de amigotes que observan en la penumbra de la sala y se dicen : pobre. Porque igual se equivocan y al supuesto solitario lo rodean luego los amigos que se habían retrasado, lo palmotean, le piden que les cuente el principio de la película, que les detalle las sinopsis, los réclames y la cara de tontos de los mirones que lo creían un solitario perdido para el mundo.

Gente que lleva la camiseta brasileña. No son necesariamente brasileros, para nada, son una tribu transnacional, una secta tal vez, como los desvestidos de Spencer Tunick, los viejos hippies y las señoras con permanente.

Gente que vota por Berlusconi. Aparte de quienes se han enriquecido en base a cambullones, vota por Berlusconi la gente que ve demasiada tele y se ríe con los chistosos que se ríen de caiga quien caiga, es decir de cualquiera menos de Berlusconi, que les paga el sueldo.

Gente que dice que da lo mismo votar por Berlusconi o por Prodi. O por Aznar o Zapatero. O por Lavín o Bachelet. Porque la política la hacen los inversionistas, los accionistas, los gerentes, dicen. No dejan de tener razón, salvo que se equivocan en lo principal. La socialdemocracia se funda en la idea que para producir riqueza hay que comenzar por distribuirla. Y no al revés. La riqueza es como el agua, que alcanzaría para todos de estar bien distribuida. En el terreno de la distribución, el capitalismo es analfabeto. Y el resto es propaganda berlusconiana, peinetas para calvos y bailarinas al ritmo de la musicaca.

Gente que dice que todo da lo mismo. De nada sirve, dicen. No dejan de tener razón. Salvo que suele ser gente a la que le sirven a la mesa. Y luego le sacan los flatitos. Y luego le lavan los platitos.

Gente que piensa con la boca abierta, como la mamita del líder en la carrera para las elecciones presidenciales peruanas, Ollanta Humala, quien propone fusilar a los homosexuales para terminar con lo que en su opinión es un grave problema moral. O el presidente vitalicio de Turkmenistán, Saparmurat Niazov, quien declara que toda persona que lea tres veces su obra literaria, Toukhanam, “alcanzará la riqueza espiritual, se hará más inteligente, conocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso”.

Gente que no responde a los mensajes. Está ocupada, tiene tantísimo trabajo. La vida es dura, siempre hay algo más urgente que hacer que responder a un peregrino mensaje de un remoto remitente.

Gente que llora en los trenes. Con ojos que se ve que han llorado. Nada hay más triste que la gente llorando. Sobre todo si el causante del llanto es uno mismo, de tan tarado que es.

Gente que tira envases, colillas y chicles por la ventanilla, por el tubo de escape, por el desagüe. Cadáveres a la acequia, relave al río y petróleo al mar.

Gente que recoge los desechos. Sin aspavientos, sin contarlo en el blog ni llamar a los camarógrafos. Son los que más se acercan a lo que Borges llamó “los Justos”, aquellos que cultivan un jardín, como quería Voltaire, y prefieren que los otros tengan razón.

La Nación de Santiago de Chile,  4 de abril de 2006

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mercredi 15 mars 2006

¿Qué pasa en el Congo?

El lugar común dice que en cualquier lugar del mundo se encuentra un chileno. En el corazón de Africa, en la frontera entre el Congo y Ruanda, a orillas del lago Kivú, el adagio se pone al día : no se trata de un chileno sino de una chilena. Cecilia Díaz trabaja para una ONG europea. La primera pregunta cae por su peso :

­-¿Qué pasa en el Congo?

-… ¿Que a blanco que pillan lo hacen mondongo? Habría que cambiarle la letra a la cancioncita. Es a las mujeres a quienes hacen mondongo. A sus propias hermanas, madres e hijas. Como siempre, ahí donde hubo y hay explotación y dominación, aparece la violencia desenfrenada contra las mujeres. Los relatos de esa violencia son espeluznantes. Un grupo de mujeres nos recibe cantando y aplaudiendo, hasta que una de ellas levanta el brazo muerto de otra que se mantiene callada. Se lo rompieron a machetazos porque con ese brazo defendía a su hija de diez años a la que intentaban violar. Se acaban los cantos y, en un segundo, toda la rabia del mundo aparece en su rostro.

-O sea que, a pesar de que se prepara la temporada de elecciones (están previstas para junio de 2006), la temporada de los machetes no ha terminado…

-Todos quieren votar por primer vez en sus vidas, pero será difícil reparar los brazos, los cuerpos y las almas de la gente. ¿Quienes son los culpables? Seguramente los de siempre, los que roban las riquezas de ese país : diamantes, oro y coltán, el componente de base de nuestros celulares. Las multinacionales se alían con los poderes locales e imponen milicias en uniformes de todos colores (para distinguir por dónde se puede o se debe pasar, hay que ser mago). Alguna vez existieron milicias de defensa del pueblo, incluso policía, pero como el Estado no tiene recursos, al no ser pagados, los policías se convierten en parte del problema : roban, amenazan, raptan y violan.

-Un país demasiado grande, sin Estado, resulta ser presa fácil para los depredadores de todo pelaje…

-Sin Estado, un país, grande o pequeño, es presa fácil para los depredadores. Sobre todo cuando hay muchos intereses en juego, intereses que se cruzan y alianzas que se arman y se desarman según va modificándose el contexto. Un país donde los funcionarios, los profesores y los policías no ha sido pagados durante años no puede ser estable ni funcionar con cierta normalidad. A eso se suman los intereses de las grandes potencias, las influencias que éstas quieren ejercer en la zona, como en los mejores tiempos de las colonias. Y luego están los vendedores de armas. Cuando piensas en todas estas variables te preguntas: ¡cómo es posible que aún quede gente en el Congo!

-Pocos escritores chilenos han escrito sobre Africa : Poli Délano (Lo primero es un morral), Roberto Bolaño (un par de capítulos de Los detectives salvajes se sitúan en Angola). ¿Los ha leído? ¿Se necesita leer sobre el Congo para entender al Congo?

-No he leido literatura latinoamericana sobre Africa. Puede ser interesante ver la representación que tienen los latinoamericanos de un continente tan lejano, tan desconocido para ellos como es el Africa negra. ¡Tan lejos está Africa que para ir y volver del Congo a Brasil hay que pasar por Europa! Leer es siempre necesario, indispensable. Quizás me gustaría leer más literatura africana. Leo libros y artículos sobre historia del Congo para ver por dónde puedo agarrar la punta de la madeja y empezar a entender algo. Pero no es fácil.

-Un libro reciente formula esta pregunta : ¿Es gobernable el Congo ?

-Claro que lo es, si son las mujeres quienes acceden al poder. No lo digo bajo el “efecto Bachelet”, ni por demagogia ni ideología. Lo digo porque lo pienso: las mujeres tienen las manos más limpias. Durante estas últimas guerras, ellas se quedaron solas y criaron a docenas de hijos (propios o ajenos, no tiene importancia para ellas, a todos los llaman “mis hijos”), con la venta en el pequeño comercio, con la fabricación de productos caseros, con la producción en los campos. Mujeres queremos, en el gobierno, en la administración, en el comercio, en las escuelas y en el hogar. Y hay esperanzas: la nueva Constitución, aprobada y adoptada en febrero de 2006, declara la paridad entre hombres y mujeres en todas las esferas. Es una gran conquista y ahora las mujeres pelean para que haya también paridad en las listas de electorales. Ojalá lo logren. Y se están preparando a través de cursos de capacitación, de seminarios y talleres sobre cómo ejercer una buena gobernanza, cómo crear una buena administración local, como respetar los derechos de las mujeres y de los más desfavorecidos. Por supuesto, también se necesita la voluntad política de las grandes potencias para que se pueda restablecer la paz y normalizar el país. Mientras las grandes potencias sigan apoyando las incursiones de tropas extranjeras en el territorio congoleño, mientras se siga tolerando el robo de los recursos naturales del Congo, poca suerte tendrán mujeres y hombres en la reconstrucción de un país muy rico pero que hoy en día es muy pobre.

La Nación, 27 de marzo de 2006

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mercredi 8 mars 2006

Bajo las estrellas

Cine al aire libre en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, al anochecer de un sábado de febrero. Las estrellas abundan en el cielo porteño, en la pantalla instalada frente al edificio de Correos, flamante sede del Consejo nacional de la cultura y las artes, e incluso en las gradas, en las que destaca por su discreción democrática la presencia del ministro de cultura.

El ciclo “Cine bajo las estrellas” proyecta dos cortos y un largometraje. Un primer corto evoca la figura del pionero del cine chileno, Pedro Sienna. Mi tío Pepe me comenta haber visto pasear a Sienna por la calle Carmen, entre Porvenir y la Avenida Matta, vestido con una cotona y sosteniendo un libro entre las manos, en los años sesenta. Ahora, los premios nacionales de cine llevan su nombre. Alguna polémica hubo en la primera entrega, porque el jurado prefirió dejar desiertos un par de premios. Mi tío Pepe es de opinión que en materia de premios lo frondoso es más acogedor que lo desierto, sobre todo ahí donde campeó por años la intemperie.

El segundo corto, Santiago, ciudad de seres invisibles, de Cristián Martínez y Nicolás Sepúlveda, muestra el recorrido de cuatro personas sobre la tela de fondo de la ciudad de Santiago de Chile. Un señor ya mayor, con un marcado parecido a Clotario Blest, un hombre, una mujer, un travestido. Es verdad que Santiago vista a la distancia, desde arriba, a ras de suelo, a través de una cámara de cine, parece un ojo ciclópeo al que todos miran buscando la solución al problema (como quien dice la puerta de escape o el número ganador) o cuando menos un pálido reflejo. Otro reflejo dan quienes contemplan la pantalla desde las gradas de este cine bajo las estrellas al recibir la luz de los focos de los autos y microbuses que transitan por las calles aledañas. Lejos de perturbar la visión de los espectadores, esas imágenes furtivas vienen a completar la imagen cinematográfica. Como también hacen en el cielo porteño las panzas blancas de las gaviotas que sobrevuelan la plaza iluminada por los reflectores, añadiendo belleza a la escena. Además, estas gaviotas recatadas retienen su óbolo, de manera que nadie resulta condecorado ni en la pelada ni en la solapa.

El largometraje, en fin. Se trata de Salvador Allende, de Patricio Guzmán. A través de testimonios recientes y de filmaciones de la época, Guzmán repostula la figura del doctor Allende y le reafirma su fidelidad, así como al que fue su proyecto político, la Unidad Popular, y su programa, las cuarenta medidas. Dos imágenes contrapuestas de Allende surgen, sin embargo, de la pantalla, la del estadista, ovacionado en las Naciones Unidas (el público porteño se suma espontáneamente a la ovación), y la del amigo fiel de Fidel, practicando con el caribeño una incongruente sesión de tiro al ventisquero (agáchense los pingüinos).

De las imágenes propuestas por el filme, mi tío se queda con los rostros esperanzados de la gente sobre el Tren de la victoria que recorría el país durante las campañas presidenciales allendistas bajo el lema “A todo vapor, Salvador” (esas imágenes son del cineasta holandés Joris Ivens, autor del magistral A Valparaiso). Y con la humildad de Miria Contreras, la Payita, fallecida en 2002, quien minimiza la pretensión de hacer aparecer su amor con Allende como “uno de los grandes amores del siglo XX”. Y en contrapunto a las declaraciones descarnadas del embajador norteamericano de la época, Edward Korry, resulta aún más estremecedora la inversión del curso de la corriente propuesta por Gonzalo Millán en su libro La Ciudad, leída como corolario del filme : “Los muertos salen de sus tumbas / Los aviones vuelan hacia atrás / Los ‘rockets’ suben hacia los aviones / Allende dispara / Las llamas se apagan /  Se saca el casco / La Moneda se reconstituye íntegra / Su cráneo se recompone / Sale a un balcón / Allende retrocede hasta Tomás Moro / Los detenidos salen de espalda de los estadios / 11 de septiembre”.

Hacia el final del filme, el doctor Arturo Girón cuenta que, en el momento previo al ataque a La Moneda, los hombres obligan a salir a las mujeres. Treinta y tres años más tarde, lo menos que se puede decir es que están de vuelta.

La Nación de Santiago de Chile, 9 de marzo de 2006

mardi 28 février 2006

El fantástico show de la vida

Y al tercer día de su estadía en Chile le ocurre a Pepe una experiencia pasmosa: se encuentra ante un televisor encendido y no tiene coraje para huir. El aparato emite el noticiero del canal católico, que enhebra la presentación de una seguidilla de descorazonadores dramas domésticos. Ha muerto un niño de escasos años y la cámara se detiene largamente en la expresión de su madre, registrando cada uno de sus dolidos gestos y cada una de sus tristes palabras. Luego sigue con su tía y su vecina y así hasta la nausea. La nausea de Pepe, se entiende, el entrevistador y la presentadora sobrellevan el mal momento con acabada naturalidad. Después es el turno de unos accidentados, y luego el de unos desgraciados, y luego el de unos muchachos asaltados por unos carabineros, y suma y sigue.

Brindar el dolor humano en espectáculo a lo largo de días y semanas y meses provoca ciertamente estragos en el ánimo de la tribu, estragos que el acostumbramiento disfraza de indiferencia. Pepe recuerda haber visto en Brasil unos noticieros igualmente escalofriantes, llamados “El fantástico show de la vida”, en los que la exposición de los dramas de la gente violentada era amenizada por las actuaciones de artistas de variedades. En el noticiero del canal católico, la retahíla de dramas domésticos se ve interrumpida por la irrupción de la imagen sedante de un añoso señor comentarista deportivo, un señor de toda la vida, quien va explicando con entera parsimonia los invariables resultados deportivos del fin de semana.

Para recuperarse de la experiencia catódica, Pepe lleva a pasear a sus sobrinos nietos a la playa. Aquella “extensión de tierra que las olas bañan y desocupan alternativamente hasta donde llegan en las altas mareas”, como la define Andrés Bello en el Código Civil, título de los bienes nacionales, está atestada de gente semidesnuda, decorada de banderolas que publicitan coloridos productos de consumo oral y zumbada desde el cielo por una avioneta que avienta a manera de cola una larga banderola que invita a la gente semidesnuda a dirigirse después de la playa al “mall”.

Los sobrinos nietos de Pepe quieren montarse en el castillo inflable cuyo dependiente es un niño no mucho mayor que ellos (tendrá doce años) quien informa con precisión contable que la tarifa es de 500 pesos por cada diez minutos, tiempo que controla con su reloj pulsera. No se ven inspectores de la Organización Internacional del Trabajo que pongan el grito en el cielo (a la altura de la avioneta) porque un niño esté trabajando un domingo de febrero.

Mientras los niños brincan sobre el colorido plástico, el niño trabajador le cede a Pepe su colorida silla y un colorido ejemplar del periódico del día. Para su mayor pasmo, en las páginas del diario Pepe ve desfilar los mismos dramas domésticos y las calamidades locales que vio pasar la víspera por la pantalla del televisor.

Por fortuna, Pepe se da contra la columna de un escritor más bien joven pero con aspecto de añoso señor quien expone con fundada profundidad y maestría expresiva su experiencia de la soledad. Pepe suele leer esa crónica en sus lejanos domingos solitarios. Ahora descubre que le han bastado tres días en Chile para leerla en su envoltorio colorido, rodeada de la barahúnda dramática, del griterío de los productos de consumo oral y de las lustrosas rabadillas de las vedettes. Visto desde la avioneta, Chile presenta un adusto paisaje sometido a estrés hídrico y cromático. Allí donde está la gente, en cambio, el paisaje se pone colorido. El niño trabajador lo llamaría “coloriento”.

La Nación de Santiago de Chile, 22 de febrero de 2006

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