mardi 25 octobre 2005

Qué Pasa

Durante el viaje, el vecino de asiento de mi tío Pepe va leyendo varios ejemplares de la revista Qué Pasa. Lo que pasa por la revista son retratos de todos los tamaños de mandamases locales, todos de la misma edad o algo mayores que el señor que lee la revista, que andará por los cuarenta. Los señores retratados son quienes sostienen por el mango la sartén, la sartén financiera, política, empresarial, culturosa.

El vecino se lo lee todo, las elecciones, la tele, el comportamiento de los mercados, el vino, los autos. Todo, a través de hombres maduros. Desde su sitio, mi tío Pepe sólo puede ver las fotografías. Es como ver la tele sin sonido. Los políticos parecen actores, los empresarios parecen actores y los actores parecen actores. Todos parecen intercambiables, todos se parecen, el lector se les parece.

Cuando su mujer le habla (puede llegar a ocurrir), el vecino levanta la cabeza del semanario y pregunta : ¿Qué pasa? Pasa que a la señora no le llama la atención que en la revista que lee su marido sólo aparezcan hombres de su edad o algo mayores. Tal vez porque en la revista que lee la señora sólo aparecen señoras de su edad o algo menores. Pura lógica, elocuente simetría.

Las únicas mujeres que aparecen en la revista del señor vienen en envoltorio de galletas, en masa de queque, moldeadas y horneadas, con color de trigo candeal.

Me parece que mi tío Pepe está tratando con excesiva ironía a sus congéneres. Entonces, tío, le pregunto, en las revistas que usted lee, ¿quiénes aparecen?

—La revista que yo leo desapareció hace muchos años, responde, y tardará en volver a publicarse. Se llamaba « En viaje » y la publicaba Ferrocarriles del Estado. Me tiende un ejemplar. Este es el sumario : « Don Juan Tenorio estuvo en Chile », « Excursión al Tupungatito », « El whisky sour es de origen iquiqueño », « Las brujas que se robaron a Teresita Armijo », « Vida y atractivos de Licantén ».

—Qué tiempos aquéllos, le digo, arrastrando el poncho. La nostalgia ya no es lo que era.

—La nostalgia es un sentimiento en vías de extinción, responde, y hay que protegerlo. Pienso en el sumario de « En viaje », cuando se reedite : « Todas íbamos a ser ministras », « Nueva pomada contra la calvicie », « Talca, París y Londres », « Cancionero : Gloria Aguirre ».

—¿Y quién será el director?, le digo, para seguirle la corriente.

Víctor Pey, naturalmente. Yo sólo aspiro a que me nombren corresponsal en Jauja.

Nuestra facundia no parece perturbar al lector de Qué Pasa. Pero, curiosamente, ahora sostiene la revista al revés. Los mandamases aparecen cabeza abajo.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 25 de octubre de 2005

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samedi 15 octobre 2005

Cachetón

-El mes pasado estuve en Singapur -dice el señor a la señora.

El señor es muy alto, la señora es pequeñita. Están sentados el uno frente al otro.

-Singapur me encanta… El próximo mes voy a Bangkok, también me encanta. Mi mujer reclama un poco. Tú siempre con tus viajes, me dice.

La señora parece ser una persona de condición modesta.

-¿Usted tiene celular? -pregunta él.

-Tengo un Nokia -responde ella.

-Ah, qué bien -dice el señor.

-Están baratos ahora- dice ella. Me parece que me costó cincuenta euros.

-Ah, el mío me costó 800 -dice él, sacándolo del bolsillo. Es buenísimo. Incluso sirve para navegar por internet.

-¿Y sirve para mandar un fax? -pregunta la señora.

-Sí. Incluso puedo ir a ver los resultados de la bolsa de Nueva York. Es excelente.

-Qué bien, estima ella.

La señora parece cada vez más humilde.

-Mire -dice él, tendiéndole una foto. Esta es mi casa… El barrio es muy tranquilo. Y este es mi auto, el rojo. Uno de mis autos… Es el mismo que tiene Michael Schumacher.

-Qué bien -dice la señora.

-Sí, muy bien -confirma el señor. Y esta es la casa que tengo en la costa. Desde aquí se ve el mar (indica la terraza). Tiene jardines por los cuatro costados.

-Magnífico -dice la señora.

-Sí, sí, magnífico -aprueba el señor.

El señor lleva varios anillos en sus numerosos dedos. Los anillos del señor brillan al ritmo de sus palabras.

-Me bajo en la próxima -dice el señor.

-Yo en la siguiente -dice ella.

-Muy bien -dice el señor. Será hasta la próxima.

-Hasta luego -dice la señora -que le vaya bien.

A mi tío Pepe, que ha seguido el diálogo, le gustaría poder ofrecer un gesto de complicidad a la señora. Qué cachetón el hombre, decirle con la mirada. Qué cargante. Qué insoportable. Pero la señora se queda subsumida en su humildad. Se baja en la estación siguiente, más pequeña que nunca.

Antonio de la Fuente, La Nación de Santiago de Chile, 15 de octubre de 2005

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mercredi 5 octobre 2005

Bagdad

Mi tío Pepe suele ir a pasear por las mañanas al Jardín botánico. El paraíso no existe, y él lo sabe, pero cuando hay que imaginarlo, a nadie se le ha ocurrido nada mejor que un jardín. Además, en este jardín no cobran entrada. Tras la puerta del jardín, quince pies de boj prolijamente tallados forman las palabras « Hortus botanicus ».

Esa mañana ha amanecido despejada y fresca. El rocío cubre la vegetación, las gotas bailan sobre las hojas de las capuchinas, como si fuesen bailarinas chinas. Pepe se distrae mirándolas. Enseguida repara en el forcejeo de un mirlo que atrapa una lombriz. ¿O es la lombriz la que atrapa al mirlo? A Pepe, que tiene su cultura, la escena le recuerda la bandera mexicana, la lucha del águila con la serpiente.

Entonces ve llegar a un grupo de niños pequeños, muy bien dispuestos dentro de un carricoche de madera tirado por dos profesoras. Estas hablan a los niños con frases claras y breves, que los niños escuchan atentamente y algunos repiten. Cuando llegan al huerto, donde hay jugosas peras, manzanas coloradas y uvas en apretados racimos, las profesoras abren la puerta del carrito, los niños se toman de las manos y echan a caminar, de dos en dos, decididamente, hacia la media docena de gallinas francolinas y el gallo correspondiente.

Como todo jardín que se precie, este Hortus botanicus tiene una fuente en su centro. Ahí está, contemplando el agua, una pareja de enamorados. No hablan, o hablan a su manera. Estos enamorados putamadre, diría Nicanor Parra.

Un jardinero pica la tierra con una azadilla al pie de unos rosales y luego se instala detrás de un tupido acebo para telefonear. Más atrás, por el camino que lleva al jardín de rododendros y azaleas, un par de jardineros jóvenes acarrea turba. Uno de ellos es muy alto, muy rubio y muy tímido. El otro es moreno, bajo, con los ojos vivos y conversadores. En esta época del año las dificultades para los jardineros son un hongo llamado oídio y los caracoles. Van juntos. El oídio aparece a causa de la humedad, en las hojas bajas, justamente allí donde duermen los caracoles, esos seres babosos que acaban con los mejores brotes del jardín.

Pepe comienza a sentir hambre, y decide ponerse en marcha. En el camino de regreso, comprará un pan de centeno para almorzar.

En ese momento, se produce la explosión.

La barahúnda provoca una estampida entre quienes no han perdido las vísceras ni las extremidades. Tras una explosión como ésa, bien puede seguir otra explosión aún peor. Aturdidos, con los tímpanos rotos, horrorizados, los heridos corren, se arrastran o agonizan.

Pepe llega a su casa con el pan de centeno tibio aún en la bolsa de la compra. Enciende la radio, que confirma el mal presentimiento. Al mando ahora de Bush el Peor (« como el padre no era bueno, no hay otra forma de distinguirlos » dice Javier Marías), Bagdad cuenta sus muertos por decenas.

Al día siguiente, mi tío Pepe vuelve al Jardín botánico. En la triste y distante Bagdad, tras los funerales, recrudecen las explosiones.

La Nación de Santiago de Chile, 5 octubre de 2005

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jeudi 22 septembre 2005

Madre que estás

Madre que estás en los cielos, primera novela de Pablo Simonetti, es uno de los relatos más leídos en Chile en los últimos años. Se trata de la historia de una familia de industriosos inmigrantes italianos, cuyos hijos componen la primera generación de profesionales universitarios nacidos en el desahogo y la prosperidad. El relato sobrevuela la manera como la familia se enriquece. Ese parece ser un asunto de hombres y la vida de una madre es su familia. También la realidad social del país viene poco a cuento, la narradora confiesa que siempre ha preferido correr un velo sobre esa vida de puertas afuera, fuente de sobresaltos e incomprensiones, para concentrarse en su terreno, las relaciones entre los miembros de la familia, territorio apenas extensivo a algunos parientes y amigos y al personal doméstico.

La madre quiere crear una familia razonablemente feliz, que abra las puertas al mundo a unos hijos de los que pueda sentirse orgullosa, y a esa tarea se da en cuerpo y alma. Andando la vida, y sobre todo la vida de sus hijos, comprende, a costa de una depresión y de la consiguiente terapia, que a la felicidad razonable se llega, contra lo que ella creía, no por una vía cuartelera, de ordeno y mando, sino más bien por una vía « concertacionista », hecha de diálogo y de empatía.

El crítico literario Vicente Montañés afirma que a Madre le falta inconsciente, que la narradora lo « sabe » todo sobre sí misma. Tal vez sea así, pero a la novela le sobra « inconsciente colectivo », así sea cierto que esa realidad exista. El destino de la protagonista se emparenta al destino de tantas y tantos que deben componer con la familia real y la familia idealizada, y se emparenta también con un cierto estado de ánimo de la sociedad chilena, o al menos de sus clases medias y superiores que, habiendo hecho suya más o menos conscientemente la represión, no puede continuar negando sus efectos perversos e intenta reconciliarse con el pasado buscando unas vías de superación.

Estas vías de superación están en el aire de los tiempos, son emotivas, y se resumen en el concepto sésamo de nuestros días, la comunicación. Todo parece poder la comunicación, incluso la « sanación », como se dice de tan cursi manera, la « resilianza » (la capacidad que tiene la tierra quemada de reverdecer), todo cuanto pasa por decir, hacerse oír y que la escucha se prolongue, por hacer circular el aire, la luz y la palabra, por ventilar e iluminar los asuntos oscuros, que son mayormente, cómo no, relacionales.

La manera tendrá sus límites y no tardarán en mostrarse. Por lo pronto, Madre que estás en los cielos entra por esa avenida y se mueve a gusto en ella. No está mal escrita, es clara, es « comunicativa » incluso en sus defectos, su fototropismo, su « marianismo ». Que la novela sea « comunicativa » es una categoría antes periodística que literaria, y cabría precisarla. Lo cierto es que Madre enuncia realidades que el cuerpo social estaba quierendo verbalizar. La preeminencia de la familia, el reconocimiento del poder de las mujeres, de la masculinidad femenina e inversamente, la contrición soft frente a la que fue una represión hard, un trasfondo redencionista (sufrimos « para mejor »), un paralelismo telesérico con su interés cotilla por la burguesía industriosa. La sociedad chilena estaba queriendo libar de esas mieles. Y esas mieles están, por Madre, bien servidas.

El entramado social que sostiene la candidatura presidencial de Michelle Bachelet representa, sin duda, muchísimo más. A otra escala, sin embargo, con otras gradas y soportes, ¿se emparenta el éxito de Madre que estás en los cielos a la presentida decisión mayoritaria del electorado chileno de votar por Michelle Bachelet, madre y mandataria?

La Nación de Santiago de Chile, 22 de septiembre de 2005

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mardi 6 septembre 2005

Maravilla

Pepe, mi tío, me cuenta algo que le ocurrió en el tren. Según su costumbre, sube al tren por el vagón de segunda clase, contiguo al vagón de primera, porque piensa que ahí se va más cómodo, sobre todo si consigue mantener abierta la puerta que comunica con la primera clase. Busca un asiento en el sentido de la marcha del tren, del lado de la sombra. Justamente encuentra uno disponible. Se instala y tarda unos segundos en reparar que enfrente suyo va sentada una muchacha morena. También según su costumbre, la saluda cortésmente. La morena responde al saludo con una semisonrisa.

La morena es una maravilla, una flor de los jardines del Kilimanjaro, según aprecia mi tío Pepe, tanto así que decide llamarla para sí  “la Maravilla detenida”, una paradoja teniendo en cuenta que el tren se mueve. La Maravilla apoya el brillo natural de sus labios con un ligero pinte y cada una de sus prendas tiene un detalle que tira a brillar, como el broche en el pelo y las correas de los zapatos. Lo más particular de su indumentaria son las mangas de su camiseta, que dependen de la parte superior a través de unos agarres como de portaligas. Unas falsas mangas cortas que comunican con unas falsas mangas largas por un falso portaligas, me aclara mi tío al ver mi cara de incomprensión. En fin, por lo visto el conjunto no tiene desperdicio.

La Maravilla detenida reclina su cabeza contra la ventana y entrecierra los ojos en actitud pensativa. Maravillado como está, a mi tío Pepe se le viene un poema a la memoria, “Arrabal de las maravillas”, de Alejandro Romualdo: “Si Júpiter hubiese poseído cisnemente negro a la negra Leda, y la leche negra de la loba sombría hubiese negramente amamantado a los negros Rómulo y Remo, Alicia, la oscura muchacha del viejo barrio de las Maravillas, sería una diosa alabada perfecta, sus nalgas: universales. Pero ni Ochún, ni Tlaloc, ni Viracocha alcanzaron el Olimpo, su áurea cresta. Alicia como ellos también fue preterida. Rodó, como la quinta rueda del carro de Zeus, hacia el olvido, al margen de la mitología, en el arrabal de las Maravillas. Oscura diosa increíble, sin poder y sin gloria”.

La Maravilla, como si nada.

De pronto comienza a sonar la Sonora Matancera, la Sonora Cubanacán y la Sonora Palacios, todas a una. Pepe se sobresalta. Lejos de sobresaltarse, la Maravilla hace un ligero gesto de la mano, atrapa el teléfono celular y pulsa delicadamente un botón que acalla esa bullanga.

“Aló”, dice. Sigue un largo silencio. “Pero sí tú sabías”, añade, “además, por qué no me llamaste”. Habla manifiestamente con su novio. Intercambian reproches. La Maravilla acompaña las frases con un mohín que indica que está contenta de hacerlos (los reprochitos) y descontenta de oírlos. Finalmente cuelga, pero mantiene el celular pegado al oído durante un par de estaciones.

Cuando por fin guarda el celular y retoma su postura detenida, mi tío cree descubir un nuevo esbozo de sonrisa en sus comisuras. Las estaciones desfilan por la ventanilla. Pepe comienza a temer el momento en que la Maravilla detenida se ponga en movimiento y desaparezca. En su cabeza comienzan a rondarle unas palabras para ofrecérselas. No para despedirla, no para decirle que le tenga paciencia al novio o que no le tenga ninguna, no, unas palabras más bien para decirle algo sincero. El vagón sa ha ido vaciando, buena cosa, nadie más escuchará estas palabras que están destinadas exclusivamente a la Maravilla.

En el mismo momento en que está formulando la primera palabrita, de alguna parte de la Maravilla, de su celular, de su iPod, de sus brillitos, de su falso portaligas o portamangas, una voz echa a cantar : “Yo no quiero hombre casado, i-ô, i-ô, porque huele a matadura, i-ô, i-ô, yo lo quiero solterito, que huele a piña madura, i-ô, i-ô…”.

Pepe se sobresalta nuevamente, se trata de un gesto reflejo. Esta Maravilla es puro realismo mágico, se dice, esta Maravilla es de macumba, candomble y vudú reunidos, exclama para callado. La Maravilla detenida se pone en movimento, para callado también, camina hacia la puerta y desciende del tren en una estación desierta, donde no hace ni frío ni calor.

Mi tío Pepe la mira alejarse y piensa que no todo está perdido, que podría enviarle un mensaje a través de la sección “Kiss & Ride” del diario gratuito que se lee en esos trenes: “A ti, Maravilla detenida, que hablaste por celular con tu novio y cantaste una canción para menoscabo de mi persona…”.

En lugar de eso, decide entonar, al recuerdo de la Maravilla, un verso del “Hombre viejo”, de Veloso: “La tarde cae, el arte arde en el abismo de las esquinas. La brisa leve trae el olor fugaz del sexo de las meninas”.

La Nación de Santiago de Chile, 6 de septiembre de 2005

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dimanche 4 septembre 2005

Son quince minutos

A Andy Warhol, que pintaba mamarrachos pero tenía olfato para los asuntos de la fama, se le debe la fórmula siguiente : En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos.

Algunos encuentran que el famoso cuarto de hora tarda demasiado en llegar y se hacen « proactivos », como se dice ahora. No bien un avión chipriota se estrelló contra un monte al norte de Atenas, el 14 de agosto, Nektarios-Sotirios Voutas se inventó un primo, lo llamó Kostas Petridis y lo instaló en el avión siniestrado viviendo sus últimos instantes y enviándole un mensaje : « Adiós, primo, aquí estamos congelados ». Enseguida llamó a los canales de televisión y se cubrió de fama efímera : su historia dio la vuelta al mundo en menos de quince minutos, hasta que la policía descubrió la patraña y lo arrestó. Es de suponer que estuvo enchironado más de un cuarto de hora.

Mitómanos siempre han existido, lo novedoso es la velocidad de su reacción y los canales por los que se perfilan.

Hay quien consigue hacer durar la celebridad rodeándola de misterio. En el famoso Hombre del Piano la prensa y el público creyeron ver a un Mozart salvado de las aguas, tan concentrado en su teclado que lo habría olvidado todo, incluso sus señas. Ahora resulta que se llama Andreas Grassl y trabajaba en Saarbrucken. Nadie sabe todavía por qué apareció a centenares de kilómetros de allí en las costas británicas en calidad de náufrago, con las etiquetas de su ropa minuciosamente descosidas y dibujando pianos cuando le preguntaban por su nombre.

Enric Marco, un barcelonés octogenario, le contó a todo el que quiso oírlo durante décadas su horrible estadía en el campo de concentración de Mauthausen. Incluso llegó a presidir la asociación que regrupa a los antiguos prisioneros españoles de campos de concentración nazis. Tuvieron que pasar larguísimos años hasta que un historiador busquilla consiguiese develar la superchería : Marco trabajó en Alemania durante la guerra pero nunca estuvo en Mauthausen.

La literatura y el cine abundan en mitómanos de todos los anchos y largos, lo extraordinario es que la mayoría de ellos están tomados de la realidad. En materia de mitomanía la realidad parece ser insuperable. Mentirosos, mitómanos, cuenteros, culebreros, figuritas y roba-cámaras que se alimentan de luces de colores, la fauna es variopinta. Todos somos iguales a la hora de soñar con una vida intensa y unas aventuras extraordinarias, con lograr nombradía y captar y retener la atención ajena, pero algunos son más iguales que otros.

También es verdad que la televisión « a la Miami » ha multiplicado las oportunidades para que los cazadores del cuarto de hora de celebridad se abran como flores de un día. Incluso para aquellos que aspiran a repetirse el cuarto de hora. Como decía el poeta, es tan corto el amor y es tan largo el olvido.

La Nación de Santiago de Chile, 26 de agosto de 2005

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vendredi 19 août 2005

Nacer y votar

Por fin una modificación constitucional viene a reparar una injusticia para con los chilenos nacidos en el extranjero : éstos últimos sólo podían ser considerados ciudadanos chilenos después de vivir en Chile por más de un año y haber solicitado expresamente la nacionalidad chilena. Como algunos de ellos habían nacido en países que no otorgan la nacionalidad por el mero expediente de nacer sobre su suelo, han debido permanecer en una suerte de limbo jurídico, sin beneficiar de nacionalidad alguna, reducidos al indeseable estatuto de apátridas. « Todo individuo tiene derecho a una nacionalidad » establece, sin embargo, el artículo 15 de la Declaración universal de los derechos humanos, proclamada por las Naciones unidas hace ya más de cincuenta años.

Resulta difícil comprender cómo un despropósito tal perduró interminables años, sorteando gobiernos y parlamentos sucesivos. Los argumentos invocados por quienes se oponían a su modificación durante la larguísima tramitación de la iniciativa ofenden aún al entendimiento. Un miembro de la Comisión de Constitución de la Cámara de diputados, Francisco Bartolucci, le opuso públicamente su « total desacuerdo » porque exagera el elemento de la consanguinidad llevándolo a un extremo, sin establecer límites a la posibilidad de que las generaciones futuras de emigrados beneficien de la nacionalidad chilena en una suerte de cadena sin fin (LUN, 14 de mayo del 2001).

Es bien sabido que la nacionalidad se adquiere y se transmite. Considerar un « extremo » la transmisión de la nacionalidad de los progenitores a sus hijos, ya consagrada hace más de dos mil años por el viejo derecho romano, es un dislate manifiesto. En cuanto a la cadena sin fin de las generaciones, negar a una persona un derecho elemental so pretexto del abuso que harán de él sus eventuales descendientes es un argumento que no resiste ningun análisis jurídico ni ético.

La iniciativa que simplifica hoy el trámite de adquisición de la nacionalidad para los chilenos nacidos en el extranjero llega, pues, tarde pero, tratándose de los derechos elementales de las personas, cabe decir que más vale tarde que nunca.

Es de esperar que sea también finalmente el caso del tramitado derecho a voto de los más de ochocientos mil chilenos que viven en el extranjero, y que componen lo que imaginativamente se ha llamado la XIV Región. También el reconocimento de este derecho ciudadano elemental ha encontrado porfiados opositores. El propio diputado Bartolucci : « Si se les permite votar a los chilenos que viven en el exterior, estaremos permitiendo que decida gente que vive fuera de Chile y (a la) que no le afecta en nada lo que ocurre acá ».

Dejando de lado por gratuita la afirmación que a los chilenos del exterior no les afectaría « en nada » lo que ocurre en su tierra y entre su gente, conviene recordar que el derecho a tomar parte en la dirección de los asuntos de su país, directamente o a través de representantes libremente escogidos, es un derecho humano inalienable, recogido también por la Declaración universal de los derechos humanos, y una condición de la democracia, llevada a la práctica, en lo que corresponde al voto de sus ciudadanos en el exterior, por la inmensa mayoría de las democracias representativas en el mundo, las que acogen el voto de sus a veces numerosos colectivos de emigrados y más recientemente también de sus inmigrantes, sin que ello ponga en peligro los equilibrios sociales, antes por el contrario.

En estas materias también a una cierta derecha le falla el cálculo electoral y no le salen las cuentas. Los estudios de ciencia política muestran cómo el voto, tanto de emigrantes como de inmigrados, sigue en lo grueso las tendencias y fluctuaciones del conjunto del electorado y se reparte así de manera relativamente semejante al voto interior y autóctono por todo el arco de las opciones electorales.

La Nación de Santiago de Chile, 18 de agosto de 2005

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mardi 2 août 2005

Socorro

En el futuro, los diarios serán escritos para analfabetos, dijo en su día Lord Salisbury. Vamos bastante bien encaminados.

En esa misma dirección apunta Darío Ossés en La Nación, de Santiago de Chile : « Si en cuatrocientos años más algún lector ocioso entrara a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y abriera los diarios faranduleros de nuestro tiempo, no entendería nada ».

No resulta necesario ir tan lejos en el tiempo, basta con moverse en el espacio y el resultado es el mismo. A menos de cuatrocientos kilómetros de Santiago, los mendocinos no entenderán por cierto ni una sola palabra de los titulares santiaguinos. Les pasa también a los chilenos del extranjero. Además de no tener derecho a voto ni transmitir la nacionalidad a sus hijos (desfilan los gobiernos y las reformas constitucionales, pero ellos siguen donde mismo), no entienden los titulares de los diarios.

Y no los entienden, porque no ven la tele. O no ven la misma tele. Porque los titulares de los diarios faranduleros hacen referencia mayormente a lo que muestra la pantalla chica, la caja tonta, la loca de la casa, llámese como se quiera.

Un primer titular avisa que según el estudio « Chilescopio 2005 », lo que más hacen los chilenos es ver televisión y ésta es la actividad que prefieren. El sondeo revela también que la lectura y las manualidades son las actividades que los encuestados realizan con menor frecuencia. En un contexto más amplio, el 57% asegura que se siente feliz o muy feliz.

Felices mirando la tele. Y comiendo cecinas. Porque nos enteramos por otro titular que el consumo per cápita de cecinas llegará este año a 13 kilos, lo que representa un total de 210 mil toneladas, según la encuesta semestral del Instituto Nacional de Estadísticas.

Es decir que los chilenos gastan buena parte de su tiempo viendo la tele y se comen cada año un cuarto de su peso en salchichas. Claro que, como dijo Le Tellier, el 63,7 % de las estadísticas son falsas.

En el caso de la tele, el adagio aplicable sería « Ojos que ven, corazón que siente ». En el caso de las cecinas, la cosa es al revés.

Tres titulares, para ir redondeando :

« Subastan en internet parche de ojo de Moshe Dayan ». Este titular se entiende a medias pero da un asco absoluto.

« Sujeto muere en labores de aseo en edificio ». Se desprende que el « sujeto » era aseador. De haber sido animador de televisión, otro gallo le cantaría.

Y el último : « Longueira: "Si yo no gano en la senaturía por Santiago Oriente me voy para la casa" ». No tengo idea de quién será este señor pero, por mor de sus declaraciones, comprendo que su señora, los niños y el servicio doméstico voten por él e incluso que hagan intensa campaña en su favor. Que lo elijan para el Senado de la República, cuanto antes, o bien que desreformen la Constitución y lo designen senador de por vida. De lo contrario, se nos viene para la casa... Por el desdén con que lo dice, afírmense el perro y el gato, el hamster, el pez de la pecera y las alegrías del hogar que cultiva el jardinero para la señora. Si pierde, el caballero se nos viene para la casa. Socorro.

La Nación de Santiago de Chile, 12 de agosto de 2005

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lundi 1 août 2005

Blair

La pregunta es ésta: ¿hay o no relación entre los atentados de Londres y la guerra en Irak? Tony Blair barre la pregunta con un manotazo, descalificando a quien la formula porque tan sólo formularla equivaldría a justificar a los terroristas, quienes, afirma, si no tuviesen ese argumento encontrarían otro. Y se alinea una vez más detrás de Bush, invocando como causa de esa masacre la presencia del “mal”, sin más, sin otras razones ni otra lógica que la maldad intrínseca.

En septiembre de 2002, Tony Blair afirmaba ante el Parlamento británico que el régimen de Saddam Hussein podía desplegar sus armas de destrucción masiva en tan sólo 45 segundos. Tras la invasión de Irak y la búsqueda infructuosa de tales armas, quedó más que patente que Blair y Bush mintieron descaradamente. Con todo, los electorados norteamericanos y británicos no tuvieron escrúpulos en reelegirlos a ambos. O si los tuvieron, los contuvieron. Tras sus éxitos electorales, olímpicos y como enterrador del modelo social europeo, Blair miente nuevamente negando las evidencias. Y dos tercios de los británicos así lo entienden cuando afirman claramente que ellos sí ven una relación entre los atentados de Londres y la presencia británica en Irak.

Miente Blair, como hizo Aznar frente a los atentados de Madrid, en marzo de 2004, imputándoselos a ETA y negando o intentando relativizar luego las pruebas que exhibía la policía y que indicaban la autoría de un grupo de terroristas de origen magrebí. El electorado español no se equivocó, sin embargo, votando a quien había prometido, mucho antes de los bombazos en los trenes madrileños, retirar a las tropas españolas de allí donde nunca debieron ir. Escribo estas líneas desde Marruecos. La gente en el mundo árabe-musulmán se muestra sensible al dolor de los londinenses y no justifica el terror. Pero no por eso deja de prestar oídos al sufrimento indecible de los civiles iraquíes, condenados a los bombazos liberadores de las fuerzas del bien.

Desde el inicio de la guerra, 25 mil civiles han perdido la vida, uno de cada mil iraquíes, más de 30 víctimas cada día, muchos de entre ellos a manos de las fuerzas norteamericano-británicas. No son estas cifras una invención del maligno. Son el resultado del cómputo paciente llevado a cabo por Iraq Body Count y el Oxford Research Group, y sólo reflejan las víctimas conocidas, repertoriadas por los medios. El gobierno británico se ha apresurado a negarlas y el norteamericano ni siquiera se da el trabajo de comentarlas.

Nada puede justificar el terror, la matanza bestial de civiles indefensos, cualquier causa que sirva el terror queda enseguida envilecida por éste. Y eso vale para Londres, para Madrid y para Casablanca, pero también para Bagdad, para Faluja, para Gaza, para Cisjordania, para Kabul. Vale para el muchachito tontorrón a quien le lavaron el cerebro en una barriada inglesa hasta hacerlo vagar por las calles de Londres cargado de explosivos buscando un transporte público para saltar por los aires. Pero vale también para Bush y Blair, su eje del mal, sus invencibles ejércitos y su avidez de petróleo.

La Nación de Santiago de Chile, 3 de agosto de 2005

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dimanche 31 juillet 2005

Pantalón

Pantalón -Pantalone- era un comerciante jubilado, rácano, rezongón, libidinoso. Perfecto comediante -personaje de la commedia dell’arte, veneciano, como su valet Arlequín, como Bufón-, Pantalón entró en nuestras vidas por los pies, habiendo dado su nombre a la prenda que abriga piernas y cubre rabos y a las farsas burlescas y algo salaces que protagonizaba, las famosas pantalonadas. Mi tío Pepe me explica todo esto y cuando le pregunto a pito de qué, me enseña el modelo de pantalones que gasta un grupo de rapaces que han ido pasando. Todos ellos llevan los pantalones por debajo del culo. Y el “tiro”, la unión de las perneras, a la altura de las rodillas. Como es de esperar, los mozos se desplazan con cierta dificultad. No sé qué ocurriría si tuviesen que echar a correr.

Le comento que este afán ahora unánime de los adolescentes por enseñar el coxis ya le costó el puesto a un funcionario que inició en Chile una campaña publicitaria llamada “La raya”. No recuerdo si su propósito era prevenir contra el sida o contrarrestar el consumo de drogas. O ambos. Mi tío me dice que antes se podía adivinar la nacionalidad de las personas en cualquier aeropuerto del mundo según el modelo de sus pantalones. Cree recordar haber leído algo semejante en una novela de Javier Marías. Los pantalones le sientan bien a Marías como digresión novelesca, casi todo le sienta bien a Marías por lo demás, podría permitirse incluso llevarlos a los títulos de sus magníficas novelas: “Pantalón tan blanco”. “Negro pantalón del tiempo”. “Mañana en la batalla piensa en mi pantalón”. “Tu pantalón mañana”. Pero ahora, con esto de la mundialización, continúa mi tío, los pantalones tiroleses son cortados en Turquía y cosidos en China, y ya no resulta nada fácil adivinar, hay que observar otros detalles.

Nótese que mi tío Pepe sólo observa detalles. Observar es más prudente que mirar, más imparcial. Los europeos no miran el culo de las personas. Por no mirar, tampoco miran a las personas. Tiene razón mi tío Pepón, la relación pantalón-nacionalidad puede llevarnos lejos en el tiempo y en el espacio. El ministro Puccio ha contado alguna vez su dificultad para encontrar pantalones de su talla en Alemania. Cara de alemán tiene, pero cuerpo de chileno. En Arabia, me alerta mi tío, puedes llevar faldón pero nunca pantalones subidos. No se enseñan allí las rodillas impunemente.

Pasa otro grupo de personas. Las mujeres van vestidas justamente a la usanza árabe, veladas y cubiertas, pero sus hijos a la usanza tejana, con pantalones abultados y cortados a media pantorrilla. Se llaman éstos boggy trousers, informa mi tío Pepe, un experto, lo que viene significando pantalones pantanosos, cenagosos, palustres. Pantalones para ir a pescar cangrejos, vamos. Es verdad que con tanto pringue que hay por las calles, es mejor llevarlos recogidos para que no se arruinen. No hay otra prendra que sufra tanto con la moda, concluye. Hoy deben ser anchos y cortos, mañana angostos y largos. Y todavía quiere hablarme de los pantalones bombachos, de los pantalones de jinete y de los pantalones de señora, pero le digo que ya está bien, que cambiemos de tema. Insiste con que hubo un tiempo, su tiempo, en que los pantalones fueron símbolo de virilidad. Ahora se ha celebrado en mi pueblo una boda entre una lesbiana y un lesbiano. Cero problema en cuanto a la pareja, me advierte. ¡Pero había que ver el modelo de los pantalones!

La Nación, Santiago de Chile, 25 de julio de 2005

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