vendredi 27 décembre 2013

La piedra

Ese espacio de tiempo que media entre una herida de muerte -una bala alojada en la cabeza- y la muerte definitiva. Una mujer procura mantener con vida a su marido, herido de muerte, sacarlo del coma en que está sumido en una barriada de Kabul. En el intento, va descubriendo que, por una vez, puede decir lo que siempre ha debido callar porque el hombre está inane y no la puede interrumpir ni acallar. Se trata de una tradición, la de cargar a una piedra con los secretos inconfesables hasta hacerla estallar.

Syngué sabour (Piedra de paciencia) se llama la novela del afgano Atiq Rahimi que lo cuenta. La novela tuvo una recepción mayúscula en Francia, al punto de que ganó el Goncourt en 2008. El propio Rahimi la lleva ahora al cine, con el apoyo de Jean-Claude Carrière, con quien escribe el guión. La película, filmada entre Casablanca y Kabul, es una buena historia que tiene mucho de intemporal -el hombre es crístico, la mujer es magdalénica- y está a la vez plenamente anclada en los años sombríos que viven Afganistán y el mundo musulmán.

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jeudi 26 décembre 2013

El pronóstico del tiempo

Uno sabe dónde está cuando comienza a escuchar una pieza pero no sabe dónde estará cuando acabe. Escuchando el Andante del concierto n° 21 de Mozart, conocido como Elvira Madigan, recordé que esos acordes eran el genérico del pronóstico del tiempo en la tele y, antes, de un programa de radio que oía mi tía -la madre de mi tío-, el Magazine de la tarde.

Todo esto hace medio siglo, por los días en que mi tío dejó su pueblo y fue a vivir a la gran ciudad. Asomado a su balcón sobre la avenida veía desfilar manifestaciones -entusiastas, amenazantes-, coloridos autobuses y trolebuses grises. Desde ese balcón vio también morir por atropello a un muchacho que iba a dejar una carta al buzón del correo, el incendio del caserón que estaba entre el cine y la sinagoga, el asalto al sindicato de la salud, la bandera blanca que asomaba por esa ventana, inútil como los remordimientos.

Y luego recordé que, enfilando hacia la cordillera, más allá de donde la avenida cambia de nombre, vivía Lira, y allí fue donde se mató un día 26 de diciembre, el día en que cumplía 32 años, hace hoy mismo 32 años, los mismos que vivió. Los pormenores de ese día ya los he contado antes. Así que más bien vuelvo a la música, a ver cuál es el pronóstico del tiempo.

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mercredi 25 décembre 2013

Una imagen de Navidad

EPE

Nativité, de Ernest Pignon-Ernest, en una página de Le Monde de 1980.

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mardi 24 décembre 2013

Un cuento de Navidad

Fabiola, Paola y Matilde son tan amigas que han formado un club.

Los vecinos lo llaman El Club de las Tocatimbres. Porque la principal diversión de las amiguitas es tocar el timbre de las casas y escapar.

¡Qué mala costumbre!

En todas las casas tocan, un día sí y otro también. Pero hay un timbre que las chicas respetan. El de la casa de los Escamosos.

-Un día vamos y se lo tocamos, dicen las Tocatimbres, delante de los niños, desafiantes.

-Ni se les ocurra, responde un morenito llamado Asúcares. Una vez se nos cayó una pelota a su patio. El perro la despedazó.

-Otra vez los vi pisotear a la cría de un mirlo que había caído del nido, agrega Pimpollón.

-Son malos, suspira Chepito Mambo. Son hediondos de malos.

-Igual no les tenemos miedo, igual les vamos a tocar el timbre, concluyen las Tocatimbres.

-Debe de haber un mando para tocar timbres a distancia, se dicen. Apretamos el botón desde la acera del frente y escapamos.

-O atamos una mano de madera al extremo de un pértiga.

-O simplemente vamos, lo tocamos y ya está. ¿Acaso no somos el famoso Club de las Tocatimbres?

-Más bien son el Club de las Locas Perdidas, dicen los niños, y desaparecen.

« Rin, rin », dicen las Tocatimbres al unísono. Es la consigna que se dan para atacar.

Con el corazón apretado, se acercan a la famosa puerta.

Fabiola acerca lentamente el dedo, aprieta el botón con fuerza y se dispara una alarma, un ruido estrepitoso. Y cuando trata de despegar el dedo del timbre, no lo logra.

-Ay, se queja. Ay, mi dedo.

Paola la toma de la otra mano para liberarla, pero a ella también la coge la corriente. Las dos quedan atrapadas por la electricidad.

Es el turno de Matilde de intentarlo, pero la corriente la atrapa también.

Auuuu, auuuu, sigue aullando la alarma.

Por la ventana de la casa asoman las caras de los Escamosos, mientras el perro se frota las purulentas patas.

El cielo se oscurece. La calle está vacía. ¿Quién va a escuchar el llanto de las amigas?

Los niños miran la escena desde la esquina y no saben qué hacer. ¿Intentar salvarlas? ¿Pero, cómo, con qué?

Por el centro de la calle asoma entonces mi tío Pepe en persona. Detiene su trineo, considera la situación, se trepa al techo de la casa y baja por la chimenea.

Una vez dentro, desconecta el tablero de la luz, atrapa a los Escamosos y al perro y les propina unos cuantos bastonazos.

Sale de la casa sacudiéndose el traje rojo.

-Viva, viva, gritan los niños.

-Por hoy ya ha estado bien, les dice a los niños, que lo miran encandilados. Ahora, todos a casa, a cantar villancicos y a obedecer.

Que esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad.

C

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samedi 21 décembre 2013

En qué no se parecen Woody Allen y The Wire

No hay negros en las películas de Allen. Caigo en cuenta de este detalle viendo a esos italianos tan jocosos que aparecen en Broadway Danny Rose.

Alguien parece haberse dado cuenta de esta ausencia y la comenta en la red. Respuesta inmediata del cineasta, que incorpora a Justin y a su mamá durante unos brevísimos segundos en Si la cosa funciona.

No digo que debería haberlos. Digo que de no haberlos, no haylos.

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La espera

Espera en el aeropuerto regional. De pronto dos caras se iluminan y hay abrazos, besos, risas, y esa brevísima emoción alcanza a los que observan discretamente la escena, esperando su hora, la de ellos, la mía, que tarda también pero llega.

N

 

 

 

Óleo de Nadia Tsakova

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samedi 14 décembre 2013

Hakuna matata

Lo del gordito coreano se llama el síndrome de Simba, quien después de la muerte del padre liquida al tío. Por cabrón. Y hakuna matata. Se pregunta uno cómo se permiten contarle historias así a los niños norcoreanos. Aunque, también, mira que aplaudir con desgana...

Y quien dice Simba dice Hamlet, me recuerda el amigo Revenido. ¡Hamlet, príncipe de Dinamarca! Primero Shakespeare, segundo Dios, y el tercero es negociable, como dice NP.

Por mi parte, yo creo que la revista Time se apresuró a la hora de elegir a la personalidad del año. Si el sorteo se realizase hoy, al papa Francisco lo batirían abiertamente el tío norcoreano, el intérprete sudafricano o la primera ministra de Dinamarca.

Y a ver qué nos cuenta el fin de año.

H

Hamlet, óleo de William Morris Hunt

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mardi 10 décembre 2013

Los mosaicos

En las calles de mi pueblo, en las aceras, hay cacas de perro. Pero también mosaicos, obras artísticas, que eso quiere decir mosaico, obra de las musas. Cuando el paseante va cabizbajo, hay de qué, cuando le llueve sobre mojado, le asoman aquí y allá entre los zapatos unas isletas de colores. Tal vez le suban el ánimo. Como hacen las buddleias que crecen en los solares y combaten la pestilencia.

Los mosaicos son obra de dos socias (como dice el palíndromo: socias o mosaicos) y alguna gente de a pie intenta seguirles los pasos:

Hablando de mi barrio, ya que estamos, en esta página muestran unas cuantas fotos.

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dimanche 8 décembre 2013

El avión de la Sabena

El cine y el sueño van de la mano. Acomodarse en la oscuridad de un lugar apacible y dejarse llevar por unas imágenes que combinan lo  nuevo y lo consabido de manera inesperada..., no debe de haber nada más parecido al sueño que el cine. Así las cosas, que entre dos escenas mi tío descabece un sueñecito no tiene nada de raro. Hablando de esto recordé aquí días atrás a nuestra amiga A en el cine de mi pueblo y al niño del avión de la Sabena.

A es una sobreviviente del genocidio ruandés. Lo que vivió en Ruanda no es de contarlo, por inverosímil. Lo cierto es que a poco de encontrar refugio en Bélgica, la invitamos un domingo por la tarde al cine. Escogimos una película familiar y el cine al que fuimos era el último en conservar la modalidad antigua del entreacto entre las sinopsis y la película, entreacto que aprovechaba el acomodador para vender golosinas circulando por la sala con una bandeja colgada al cuello. Era invierno, como ahora, hacía mucho frío fuera y un agradable calorcillo reinaba en la sala, calorcillo reforzado por los abrigos que los espectadores acomodábamos en los regazos. En cuanto apagaron las luces y aparecieron las primeras imágenes en la pantalla, nuestra A se durmió como una bendita. Despertó en el entreacto al paso del vendedor de golosinas e inició el movimiento de levantarse del asiento y ponerse el abrigo. Nos miró entonces y, para agradecernos la invitación, con los ojos pesados de sueño, exclamó: ¡Pero qué película más hermosa!

El recuerdo del niño data del mismo periodo, mediados de los años noventa. El avión de la Sabena, ese pájaro blanco inmaculado posado sobre el pavimento sucio del aeropuerto de Luanda, embarcó a los pasajeros en los rangos de asientos laterales. Los rangos centrales estaban reservados para un centenar de niños heridos de guerra que una ONG alemana traía a curar a Europa. Venían del interior de ese enorme país, por lo que el viaje de esos niños había comenzado mucho antes de abordar el avión de la Sabena. En cuanto estuvieron instalados en sus asientos, el avión decoló y el pequeño que estaba sentado cerca de mí, separado sólo por el pasillo, se durmió en seguida profundamente. A poco andar, las pantallas del avión comenzaron a mostrar una película, Jumanji. En un momento de ésta, unos niños abren un baúl y, por arte de birlibirloque, ese baúl desata unas inundaciones tempestuosas que de pronto se revierten y la fuerza del agua arrastra hacia el baúl todo lo que arrambla a su paso, árboles, casas, animales y seres humanos. Unas imágenes propiamente alucinantes. Pues bien, fue ese momento el que el niño angoleño, mi vecino de asiento, escogió para abrir los ojos. Y los abrió bien grandes cuando vio lo que veía, esa tragadera tremenda. Mirándolo, pensé que, siendo como era un niño venido del interior de un pobrísimo país en guerra, esas eran tal vez las primeras imágenes animadas que veía en una pantalla. El niño mantuvo los ojos muy abiertos durante unos segundos, asombrado de ver al mundo desaparecer dentro de un baúl, de a poco fue dejando que los  ojos se cerraran y ya no volvió a abrirlos hasta Zaventem.

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lundi 2 décembre 2013

El dandy místico

Y puesto que me ha dado últimamente por consignar aquí las películas que vemos en esta temporada otoño-invierno, digamos que he visto Camille Claudel 1915. Gran película, tristísima. Duda uno entre deshacerse en elogios al autor, Bruno Dumont, y a la intérprete, Juliette Binoche, o en insultos al coprotagonista, el famoso hermano escritor de la escultora, Paul Claudel, responsable de su encierro en esa casa de locas ('dandy místico' lo llama Mandelbaum), esas pobres locas tan humanas y tan cargantes.