samedi 23 novembre 2013

Las envenenadoras camerunesas

No sé si escribir algo sobre las envenenadoras camerunesas o sobre la promoción del libro y la lectura.

Para no meterme en forros, me decanto por lo segundo. Abordaré la cosa a escala local. Echevarría decía hace días que la gente no lee ahora menos sino más, sólo que no lee libros sino guasapes. Que no lee no por el IVA sino porque está leyendo. Puede ser. Mi tío se acuerda de haber comprado en Buenos Aires en los primeros años ochenta un libro que se vendía en los quioscos de diarios impreso con una tapa diferente de su contenido. Ya eran ganas de leer. También, en los años que siguieron a la redemocratización se puso de moda en Chile leer libros palpitantes, por lo que cundían las ediciones piratas vendidas a pie de calle. También serían ganas de leer.

En el mundo rico y moderno se publica una cantidad asombrosa de libros y se venden otros tantos, y a los invendidos se los hace picado rápidamente para publicar otros nuevos. No así en el tercer mundo donde se publica poco y los libros se venden y revenden una y otra vez en las ferias persas. En todo ese vaivén, algo se leerá, porque en las letrinas que frecuentaba mi tío en su infancia solían colgar libros que tenían una doble función. Y yo lo veía cruzar la calle hasta el puesto de libros y revistas de la avenida, donde cambiaba por cuatro chauchas sus novelitas releídas de Silver Kane por otras aún por leer y llenas de promesas. Silver Kane, que se llamaba por cierto González Ledesma y era barcelonés («Nadie va a leer novelas del Oeste escritas por un tal González», le habrían dicho en la Editorial Bruguera).

A lo que voy. Un vecino de mi barrio ha fabricado una casina que tiene algo de buzón y algo más de pajarera, la ha pintado de verde e instalado en el soportal de su casa, en la que dispone unos cuantos libros para que se los lleve y los lea el distraído paseante. Cada vez que paso por delante, a diario, no puedo dejar de investigar el contenido y reprimir el impulso de llevármelos todos conmigo. A eso le llamo yo promover la lectura, y lo demás son tonterías. Aunque tal vez esté mi vecino llevando a cabo un experimento sociológico, como el de mí tío con las camisas, cuya descripción dejo para una de estas largas noches de invierno.

Lo de las envenenadoras camerunesas (les empoisoneuses camerounaises, en camerunés suena aún mejor) también queda para otro día. Digamos por ahora que cundieron tiempo atrás los matrimonios de maduros señores belgas con impetuosas  jóvenes camerunesas. Hasta ahí, viva la Pepa. El problema es que esos señores se han ido muriendo casi todos, uno tras otro. Envenenados, según parece. Los habrán matado a polvos y rematado a polvitos.

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mardi 19 novembre 2013

Una buena ocasión para ver «No»

Ayer fue día electoral en Chile, una buena ocasión para ver No.

Como se sabe, la película cuenta la campaña del plebiscito de 1988, una consulta que buscaba prolongar la dictadura de Pinochet por vías electorales.

La película está bien. Sobre todo en cuanto integra felizmente material documental de la época con la historia que cuenta, la de un publicista exitoso que se embarca en la campaña publicitaria a favor de la opción del voto No en ese plebiscito. En torno a él, varios protagonistas históricos de los hechos de 1988 se representan a sí mismos en el filme dos décadas más tarde, y sus figuras avejentadas enlazan con la época y marcan, al mismo tiempo, la distancia que media ya con ella.

El tono de las imágenes, su coloración, es la propia de la televisión de esos años, ese deslavazamiento como de polaroid. Y no sólo los colores, también el pulso de la película es el de la tele de ese entonces, la que vería Larraín cuando niño.

Y luego está la tensión argumental entre la eficacia de la comunicación publicitaria y la ineficacia del discurso ideológico, tensión que expresa otro enfrentamiento, el de una sociedad cavernaria versus una sociedad llamémosla moderna. En medio de ese tira y afloja, la circunstancia personal del publicista se juega también al sí o al no, al ser o no ser del protagonista.

Por ponerle uno, le pongo un pero y, como soy el último en ver la película no seré el primero en ponérselo: según el planteamiento inicial del filme, fue la presión internacional, encabezada por Norteamérica, la que llevó a Pinochet a convocar ese plebiscito y a correr el riesgo de perderlo, y, otra vez, fue esa misma presión internacional, y sólo ella, la que obligó a un sector del pinochetismo, representado por Matthei, a reconocer la derrota electoral en el mismo momento en que el entorno más próximo a Pinochet se disponía a negarla.

Lo que equivale a decir que los norteamericanos estuvieron detrás del golpe en el 73 y también tras la caída de Pinochet, en el 88. Lo que es innegable. La presión popular, sin embargo, que se desató de manera más o menos espontánea e inesperada a mediados de 1983, pilló desprevenido al pinochetismo y, sobre todo, le demostró que la pura represión, por violenta que fuese, no era argumento suficiente para ganar la batalla de las imágenes.

Esa batalla Pinochet la tenía perdida, pero aún hacía falta saber ganarla.

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vendredi 15 novembre 2013

Ampliamente, Bachelet

Elecciones presidenciales en Chile. Iba a escribir algo cuando leo este resumen en Le Monde:

«Si hay que creerle al Washington Post ni el propio Shakespeare habría imaginado una historia mejor. Dos familias amigas, separadas por el destino. Este domingo los chilenos deberán elegir entre Evelyn Matthei y Michelle Bachelet (los otros siete candidatos no tienen opciones, según los sondeos). La primera es la hija del general Fernando Matthei, uno de los pilares de la dictadura de Pinochet; la segunda, la heredera de Alberto Bachelet, un general torturado y asesinado por esa misma dictadura. Para los analistas, no caben dudas: Michelle Bachelet, presidenta entre 2006 y 2010, sucederá al millonario de centro-derecha Sebastián Piñera en La Moneda. Sólo queda por saber si lo conseguirá ya en la primera vuelta. Su programa, en todo caso, promete una orientación más cargada a la izquierda que la de su primer mandato, según el Guardian y el Wall Street Journal. Sensible al movimiento estudiantil que sacude el país, Bachelet se ha comprometido en favor de la educación gratuita -financiada por un aumento de los impuestos a las empresas- y la consolidación de la seguridad social. Intentará también cambiar la Constitución, heredada del pinochetismo. Bachelet beneficia de un alto nivel de simpatía popular, pero está por ver qué conseguirá hacer con él. Ella misma se cuida de cualquier milagrerismo, según The Economist: Se puede ser popular sin ser populista».

 Tal vez sólo quepa añadir que la propia derecha espera más o menos secretamente ser derrotada en la primera vuelta. De ser así, Bachelet conseguiría una amplia legitimidad gracias a su, digamos, 51% de los votos. De no ser así, su legitimidad sería aun mayor al resultar elegida en la segunda vuelta con una votación probablemente superior al 70%.

S

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samedi 9 novembre 2013

Déjalos destriparse entre ellos

Llueve incesantemente. No queda más que leer novelas. 

Tras escapar por los pelos al linchamiento a manos del populacho azuzado por el etarra de turno, gracias a la protección inesperada del visir de Samarcanda, Omar Jayam recibe de manos de éste un cuaderno. El regalo del visir es un cuaderno en blanco, un moleskine último modelo, como quien dice, pero es sobre todo una advertencia: cúidate de los visires tanto como de los etarras, y sigue escribiendo versos como los tuyos, pero manténlos secretos.

Jayam no desoye el consejo y ese cuaderno se convirtirá en el manuscrito de Samarcanda que, tras innombrables aventuras, naufragará con el Titanic.

Samarcanda, la novela de Amin Maalouf, tiene méritos (aunque también sabe ser cursilínea). Leerla permite entender la diferencia entre sunitas y chiítas, nueva para nosotros y tan vieja, tan gastada ya para los musulmanes. Y comprobar que el terrorismo de Al Qaeda está enraizado en el hacer de la secta de los asesinos, de Hassan Sabbah, que asoló hacia el año mil, cuando el Islam conocía su apogeo.

Lo de lo cursilíneo (no me acuerdo de quién es el hallazgo) es por las descripciones de los amores de Jayam con Dayán, su poetisa intrigante: mieles van, mieles vienen, tortas van, tortas vienen, fragancia del jazmín, lukumíes y cuernos de gacela.

El desprecio de Jayam por el poder es crístico, y aun está mejorado con relación al de Cristo, porque se asienta en los sentidos, en la materia, en el placer del vino y el calor de la mujer. Estará exagerado por quienes nos lo cuentan, pero qué no está exagerado en el terreno de la Historia, donde lo que no ha sido exagerado ya no existe.

Como se sabe, Jayam no sólo era poeta, era astrónomo y médico. Los mandamases lo necesitaban, y Jayam a ellos, así los despreciase. Pero ese desprecio, ah, ese desprecio:

«Un hijo del sultán remplaza otro hijo del sultán, un visir desplaza a otro visir. ¿Cómo puedes pasar los mejores año de tu vida en esa jaula de fieras? Déjalos destriparse entre ellos. ¿El sol brillará menos, el vino será menos fragante?».

«Los imbéciles han renunciado al poder: yo me confieso imbécil», confesaba el poeta Hinostroza. Imitando a su manera a Propercio: «Los enamorados amamos la paz. Para crueles batallas, las que tengo con mi amada».

OJ

 

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samedi 2 novembre 2013

Adèle en «plan poitrine»

La vie d'Adèle, chapitres 1 & 2, de Abdellatif Kechiche, en el cine. Por una vez, hay gente en la sala. No tanto como la que habrá al lado viendo Thor o Gravity, pero hay. Lo digo porque tenemos por costumbre ver las películas solos, con la compañía que llevamos puesta, no más.

Pero es normal que haya gente, porque esta Adèle se llevó la Palma de oro en Cannes esta primavera y los filmes de Kechiche, cuál más, cuál menos, dan siempre que hablar. Ahora que he visto el último, Adèle, me gustaría ver el primero, La faute à Voltaire, y es que el mejor momento de este Adèle es cuando los muchachos leen por turnos una pieza de Marivaux en clase de literatura, y La faute à Voltaire, por lo que veo, va de eso, de citar a los clásicos en relación a la historia que se cuenta, de suerte que la platitud de la vida coja relieve. El procedimiento mal llevado puede sonar hueco y pedante, pero Kechiche consigue traer a Sófocles, a Marivaux o a Sartre y ampliar el espacio de la historia. Que su personaje sea una liceana que tiene que bregar con libros le ayuda, claro.

Adèle es un personaje desamparado. Tiene una buena familia y un lugar en ella, estudia y encuentra un trabajo que le gusta y hace bien, vive una historia de amor apasionado con la intensidad de sus años -18 en adelante- y, sin embargo, siempre parece estar sola, desprovista, perdida en el mundo. Como todos, tal vez, como muchos, sin duda, pero es a ella a quien Kechiche enfoca muy de cerca, hasta abusar casi del famoso plan poitrine del cinéma verité.

Supongo que la duración y la febrilidad de los polvos entre Adèle y Emma no serán ajenos al éxito de público de la película. La gente querrá, querremos, hacerse una idea cabal de un contacto sexual entre chicas. Kechiche podría abreviar en ese terreno, el segundo y el tercer polvo no añaden nada en relación al primero, y la película ganaría en concisión.  ¿Qué nota me podrías?, le pregunta Adèle a Emma en la cama. Catorce, responde ésta. Te falta un poco de práctica.

Bueno, pues eso, 14.

(Un detalle de talla, el plátano oriental bajo el cual se sienta Adèle al borde del Sena, qué esplendor de árbol. Imposible filmarlo en plan poitrine.)

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vendredi 25 octobre 2013

Los adultos infantilizan a los recién nacidos (actualizado)

Creía yo que en el pueblo de mi tío Pepe éramos unos originales por eso de que cuando te asomas a la calle y gritas «Josepepe» llega todo el pueblo corriendo.

Y no. Parece que en todas partes semos iguales, como muestra el mapa éste. Que tiene un interés añadido y es que ayuda a conciliar el sueño.

Source: Externe

En Chile, ahora mismo, el nombre más dado a los niños es Agustín, informa la radio Cooperativa. Cuarenta años después del golpe de Estado, el nombre del tirano reaparece en las pilas bautismales... convertido en diminutivo. No sé yo cómo interpretarlo. Pero tal vez todo esto no sea más que la espumilla de los días y el dato duro esté en la reculada de José y María, al contrario de lo que ocurre en Texas. Por lo demás, que los tres nombres más dados a los niños chilenos (Agustín, Benjamín y Martín) sean diminutivos prueba una vez más que los adultos infantilizan a los recién nacidos.

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samedi 19 octobre 2013

El pinchazo

Confieso que pocas series de televisión he visto en mi vida. Cuando vivía en Sudamérica, a veces me ponían con el almuerzo las imágenes de una mexicana despechada que llamaba papá a su novio o novio a su papá. Y poco más. Hace algunos años, la circulación de comentarios en la Red me alertó sobre un fenómeno novedoso: la gente hacía uso de sus ordenadores ¡para ver series de televisión! Así que para estar yo también en el mundo me puse un episodio de los Tudor, pero la insoportancia de esos caracteres enfáticos me descabalgó en seguida de esa montura.

Paralelamente, mi amigo S se engachó al Pinchazo y, generoso como es, quiso compartir su entusiasmo conmigo. No es el único, por cierto. A la serie ya la enseñan en Harvard y en Nanterra y ha recibido entusiastas comentarios de Albert, de Vargas Llosa y de tantos otros. De manera que me senté anoche a ver el primer episodio.

Salgo de la experiencia con dos observaciones:

1. Parece que no estoy entrenado para captar la manera como se cuentan estas historias, y espero superar pronto esa tara. Ese pimpón constante del que está hecha la narración de la serie (o, al menos, el primer episodio) me descaminaba a medio camino, antes de que la conclusión me trajese la paz del entendimiento.

2. En Baltimore hay más morenos que en Uagadugú.

Hablando de todo esto, la Ce me recuerda a Antolín Cabrales Pellejero, alias Poca Chicha, el personaje de ese relato de Mendoza, El Malentendido, que cuando entró a una prisión a los 21 años sabía leer y escribir pero ignoraba todo lo demás y, tras leerse la biblioteca de la cárcel, descubrió la estrategia con que se disponen los elementos de los relatos -la artimaña, la llamó-, la aplicó y se convirtió en campeón.

O sea que tal vez la falta de series me estaba privando de algo que ya descubriré.

W

Personajes de The Wire, según Andy Rash

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lundi 14 octobre 2013

Derretirse en Hanoi

Un hombre viejo vuelve a Vietnam desde Norteamérica. 'Si no estuviese enfermo, no habría vuelto', sostiene su hijo.

Así es como tres generaciones se reúnen en una casa familiar de Hanoi. El viejo moribundo. El hijo, que rehúye la vida familiar y se busca la vida en la cerveza helada y las manos de las masajistas. Y el nieto, que descubre el contenido de la maleta del abuelo, el barrio, la fábrica de hielo vecina. Tres mujeres también: la vieja sirvienta, la madre del niño, que vuelca su afecto frustrado por el desdén de su marido en el viejo, y su tía, que va a casarse con un hombre de su edad mientras se derrite por un colegial.

Lo de derretirse viene al caso: hace calor en Hanoi y el hielo es omnipresente, como mercancía, juguete, remedio, materia abortiva incluso... Los líquidos, el agua, la cerveza, el barro, la lluvia son el canal de transmisión de una sensualidad fina a veces y brutal a menudo.

Años atrás vi dos buenos filmes franco-vietnamitas de Tran Anh Hung, El olor de la papaya verde y Cyclo. Este, reciente, No temas, Bi, de Phan Dang Di, es un digno sucesor. 

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samedi 12 octobre 2013

Cámara lenta

Actualizo el blog de fotos, Cámara lenta. Queda para otro día la divagación sobre porqué saco y pongo esas fotos y no otras. Observo, por ahora, que las fotos tomadas en la ciudad suelen mostrar pedazos de la intimidad de las casas que salen a la luz de las aceras en calidad de desechos. Mientras que las imágenes de la naturaleza son lo contrario, un intento de llevar a la intimidad lo que está fuera, un desecho si se tiene en cuenta la realidad de lo que representan.

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lundi 7 octobre 2013

El fumador de Hilton

Tiempo llevo queriendo ver No, el largometraje de Pablo Larraín. El sábado pasado era un buen día para hacerlo: se cumplían 25 años desde el plebiscito que le paró los pies al pinochetismo, en 1988, que es de lo que trata la película. Como no estaba en la mediateca, me hice con Tony Manero, un filme anterior del mismo Larraín.

Cuenta la historia de Raúl Peralta, un cincuentón que, a fines de los años setenta en una barriada de Santiago de Chile, intenta parecerse a Manero, el personaje que representa John Travolta en Saturday's night fever.

La película es asfixiante, y tiene otros tantos méritos: el habla chilena, que suele resultar graciosa (como en las primeras películas de Raúl Ruiz), atosiga aquí porque en boca de estos personajes se pone en evidencia cuánta vileza acarrea. Peralta-Manero se vale de sus carencias de lenguaje para envilecer, y cuando las palabras no le alcanzan, golpea a mansalva. Es un desalmado capaz de defecar sobre el terno inmaculado de su rival, mientras fuma un Hilton tras otro. Un Pinochet de barrio, en suma. El parangón entre Manero y Pinochet es arbitrario pero no mucho. Peralta imita a Manero y Pinochet imitaba a Franco. Ambos son cretinos de segunda mano.

Ver Santiago en el horroroso año de 1979 equivale a acariciar las alas de un murciélago. No entiendo como no cogí el primer avión que despegó de Pudahuel después del Golpe.

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