jeudi 9 mai 2013

El Gran Nick del Gran Gatsby

No se crea que he releído El Gran Gatsby por el inminente estreno de una nueva película (la cuarta, creo) basada en la novela de Scott Fitzgerald. Lo he releído por el precio: tres euros por la edición de Penguin y 2, 90 por la traducción al francés de J-F Merle, publicada por Pocket; la traducción al español la dan de yapa en la Red pero es una chapuza impresentable. 5,90 en total, más barato de lo que me costará la entrada al cine, de donde saldré diciendo, como la cabra de Wilder, que me gustó más el libro.

Una tía mía en cuanto te pone un plato en la mesa exclama: ¡Espero que te guste, al precio que está la carne! Por lo visto, me parezco más a ella que a Gatsby, que daba fiestas ostentosas en su mansión de Long Island como si no le costara lo más mínimo darlas, como si las diese por casualidad, mero hábito, o ejercicio natural de confraternidad. Gatsby, que no hubiese caído jamás en la ordinariez de hacer cuentas delante de sus invitados.

Iba a señalar un par de detalles sobre la novela pero antes se me ha ocurrido releer la excelente crítica del cura Valente -la mejor novela norteamericana la llama Valente, a coro con Harold Bloom- y veo que me deja poco por añadir. Tal vez sólo mencionar que he seguido más de cerca al narrador, Nick Carraway, que al triángulo mimético que componen Gatsby y su rival, Tom Buchanan, y su Daisy querida de ambos. Nick Carraway, el que ve y cuenta la aventura de su amigo, que va de lo ligero a lo trágico, y se deja en ella lo mejor de su juventud, me parece el personaje mejor delineado, entre otras cosas porque se delinea él mismo.

«En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. 'Cuando sientas deseos de criticar a alguien', fueron sus palabras, 'recuerda que no todo el mundo ha tenido las oportunidades que tú has tenido'», cuenta Carraway al inicio de la novela, y cumple con esta propuesta en su tarea de transmitirnos la historia. Se apega a los hechos pero no se esconde tras de ellos, no renuncia a su punto de vista. Su implicación en los hechos es total pero su manera de narrarlos está cargada de perplejidad y de distanciamiento.

Y dos detalles más. Por la novela me entero de que los gringos juegan al escondite (a la escondida) al revés, juego al que llaman Sardines in the box: uno se esconde, el primero que lo encuentra se esconde con él, el tercero también y así hasta el último.

También me pregunto si a un personaje como Wolfsheim, el socio hebreo de Gatsby, que dice Oggsford en lugar de Oxford y gonnection por connection, se le podría pintar así en una novela de hoy, de qué otros trucos habrá que valerse ahora para caracterizarlo.

G

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mardi 30 avril 2013

Victor Hugo y Victor Joly en Luxemburgo

 El 14 de julio de 1870, días antes de la declaración de guerra de Francia a Prusia, Victor Hugo plantó en su jardín de su casa de la isla de Guernesey, donde vivía exiliado, una bellota de la que nacería un roble, en pie todavía, al que bautizó como el Gran roble de los Estados Unidos de Europa.

«De esta guerra no puede venir más que el final de las guerras y la fundación de los Estados Unidos de Europa», escribió entonces el francés. No sería después de esa guerra ni de la siguiente, sino de la tercera, que la paz entre Francia y Alemania sellaría el nacimiento de Europa.

Me entero de esto en Vianden, pequeña ciudad luxemburguesa, en la frontera con Alemania, donde pernoctó Victor Hugo en sus viajes por Bélgica y Luxemburgo durante su largo exilio. En la casa-museo donde se instalaba Hugo a escribir y dibujar, desde donde miraba el río y el castillo, que fue románico, gótico, romántico y ahora es turístico.

Hugo, por su parte, tras haber sido de joven monárquico y luego bonapartista, en la madurez rompió con los conservadores del Partido del Órden, y se dirá liberal-socialista-demócrata-republicano. Todo en él era campanudo y esdrújulo. Pero no sólo. Hugo era capaz de escribirlo todo, del panfleto y la gran novela a la guía de París y los poemas para los nietos.

A propósito de guías, la de Victor Joly que seguía Hugo en sus viajes por las Ardenas entrega una bien jolie descripción del viajero que atraviesa la calle principal de una ciudad de provincias al alba, como si cruzase un inmenso dormitorio con dos filas de camas, una a cada lado de la calle.

En Vianden, una ciudad pequeña en el centro de Europa, el tiempo que fue se confunde con el que viene. Entretanto, el presente es apacible.

VH

Bronce de Rodin sobre Victor Hugo, con el castillo de Vianden al fondo

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El enemigo del aduanero

Luxemburgo es un país tan pequeño que su superficie sólo puede medirse en campos de fútbol.

Es un país rico, dispone del PIB por habitante más alto del mundo. En la clasificación del PNUD en materia de desarrollo humano, sin embargo, sólo ocupa el número 26, tres lugares por debajo de España. Un contrasentido por donde se lo mire. Pasa que hasta hace pocos años (2003), Luxemburgo no disponía de una universidad. Lo que no impedía a los luxemburgueses formarse profesionalmente en París, Bruselas o Berlín, pero le bajaba el pelo al país en estas comparativas internacionales.

En Luxemburgo vive medio millón de personas y casi la mitad (42.9) son extranjeros. En Rumania, por ejemplo, hay un 0,12 de extranjeros y en Bulgaria un 0,33, mientras que en Suiza hay un 21,2. A la luz de estas cifras, uno tiende a interpretar que las sociedades ricas son atractivas para los extranjeros. Lo que es cierto. Pero olvida que las condiciones de acceso a la nacionalidad suelen ser en esos países más restrictivas.

En materia de idiomas, en Luxemburgo la gente practica un trilingüismo rélax. En vez del bilingüismo impositivo que impera en Bruselas, donde cualquier minucia debe estar forzosamente en flamenco y francés, los luxemburgueses combinan el uso del francés y el alemán con cierta naturalidad. Los carteles están a veces en una, a veces en otra. Lo mismo pasa con la comunicación oral: la gente suele hablar en luxemburgués, pero responden en francés o alemán de buen grado si es necesario, sin hacer mayor cuestión del asunto.

En fin, Luxemburgo, es el país del Tío Eustaquio, aquél que lo pintaba todo uno y otra vez. Las casas lucen siempre recién pintadas de colores pastel. Una curiosidad, eso sí: no hay casi casas pintadas de verde. Tal vez porque el paisaje ya es suficientemente verde, o por otra razón que se me escapa.

Escribo estas líneas desde Schengen, en la confluencia entre Francia, Alemania y Luxemburgo, donde se firmó (sobre una barcaza en medio del río Mosela, en cuyas ribas se cultivan vinillos muy alegres) el tratado de libre circulación de personas que lleva el nombre del pueblo, tratado que dejó sin trabajo a una generación de aduaneros.

Lux

Quepis de aduaneros en el Museo europeo de Schengen

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mercredi 24 avril 2013

Las cosas no andan muy bien en la Colonia

DANS UNE GRANDE COLONIE GRECQUE, 200 AVANT JÉSUS-CHRIST

Que les choses marchent assez mal dans la colonie, nul n'en doute. Et bien que nous continuions incontestablement à  progresser petit à petit, il faudrait peut-être (certains le pensent) faire venir un administrateur capable de réformes.

L'ennui, la difficulté, c'est que ces gens-là  font des histoires à propos de tout. (Ah ! Comme on voudrait pouvoir toujours se passer d'eux !)  Ils s'informent de chaque détail, même du moindre ; ils l'examinent, et tout de suite ils proposent des transformations radicales, et prétendent les réaliser sans retard.

De plus, ils sont portés à conseiller des sacrifices : « Abandonnez ces territoires, disent-ils, votre pouvoir y est mal assuré. Leur possession nuit à la colonie. Renoncez à ce revenu, et à cet autre, qui en découle, et à ce troisième, qui en est la conséquence directe. Ils sont considérables, mais qu'y faire ? Ils vous créent des responsabilités néfastes ».

Et plus ils avancent dans leur enquête, plus ils découvrent de dépenses à retrancher. Mais ce sont là des réformes peu commodes à accomplir.

Et quand enfin ils ont fini leur travail, après avoir tout apuré et tout revu avec le plus grand soin, ils s'en vont, empochant leur juste salaire. Et il faut voir ce qui reste après cette intervention chirurgicale si bien faite !

Ne nous pressons pas : l'heure n'en est peut-être pas venue, et les mesures prématurées sont toujours dangereuses. Notre colonie n'est certes point parfaite, mais où trouver une institution humaine sans défaut ? Enfin, nous continuons incontestablement à progresser petit à petit.

[Constantin Cavafy. Traduction de Marguerite Yourcenar et Constantin Dimaras].

 C

En una gran colonia griega, 200 a. C.

De que las cosas no andan muy bien en la Colonia
no cabe la menor duda,
y aunque vamos tirando más o menos,
tal vez llegó, según opinan no pocos, el momento
de traer a un Reformador político.

Pero el inconveniente y el fastidio
está en que hacen toda una historia
con cualquier cosa, esos Reformadores.
(¡Qué bendición sería
que nadie los necesitara!) Por nada,
por un detalle, preguntan e investigan,
y enseguida se les ocurren reformas radicales,
con la pretensión de que se ejecuten sin demora.

Sienten también cierta inclinación por los sacrificios.
«Renunciad a esa posesión vuestra;
su ocupación es precaria;
esa clase de posesiones, justamente, perjudica a las colonias.
Renunciad a este ingreso,
y a ese otro que es un anejo
y a ese tercero: como consecuencia natural.
Son substanciales, pero ¿qué remedio?
Os crean una responsabilidad funesta.»

Y a medida que adelantan en su crítica,
encuentran más y más cosas superfluas, y tratan de acabar con ellas,
cosas que, de todas maneras, no se eliminan fácilmente.

Y cuando, Dios mediante, han acabado la tarea
y, habiéndolo revisado y cercenado todo hasta el menor detalle,
se van, cobrándose también su justo salario,
hay que ver lo que aún queda,
después de tan maravillosa operación quirúrgica.

Tal vez no haya llegado todavía el momento.
No nos apresuremos; la prisa es cosa peligrosa.
Las medidas prematuras pueden traer pesar.
Tiene muchos absurdos, seguramente y por desgracia, la Colonia.
Pero ¿hay algo humano sin defectos?
Y después de todo, ya veis, vamos tirando.

[Constantino Cavafis. Traducción de J. Ferraté].

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dimanche 21 avril 2013

El hermanito y el hermanote

Entre las razones que vienen a explicar el famoso recado del joven Bieber a Ana Frank (Con un poco de suerte, ella hubiese sido admiradora mía), mi favorita es ésta: ...es que es joven.

La tontuna se cura con años, se cree, el candor juvenil aminora las culpas. Días atrás, el sosias belga de Bieber (18) salió a festejar su fan n° 140 mil en Facebook en el Porsche de su manager con su hermano (10) con resultado de muerte para el pequeño.

También el enrolamiento de algunos jóvenes en el yihadismo tiende a explicarse, en parte, por su pertenencia a esa franja etaria. El cerebro juvenil es lavable. En el caso de los hermanos Tsarnaev, un mes antes de pasar al acto el menor colgó en su cuenta Twitter este mensaje: Never try to fork a mini tomato while wearing a white shirt, it will explode.

Su condición juvenil es insoslayable: el menor, el sobreviviente, sólo tiene 19 años. Así, el relato sobre los Boston bombers sigue el modelo del mayor que arrastra al pequeño.

Modelo del que no escapan los yihadistas que van a combatir a Siria, aunque no tengan hermanos: si no los tienen, se buscan uno de sustitución con quien generar un lazo de sangre, una mancha de tomate en la camisa blanca.

B

Óleo de Runcie Tatnall

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jeudi 18 avril 2013

La otra Bruselas

Te alejas dos o tres estaciones de metro de tus recorridos habituales y todo te parece nuevo o por lo menos raro. Misterio de la transustanciación de las calles. En mi caso, me asomo a unos viejos barrios desertados por los bruselenses y colonizados por la inmigración marroquí. A Bruselas llegan ahora muchos jóvenes españoles, portugueses, italianos, en búsqueda de trabajo. Llegan cargados de realismo y ligeros de esperanza. Si consiguen echar raíces, tal vez colonicen a su turno esas calles, porque esos espacios que albergaron otras formas de vida estarán incubando ahora vaya uno a saber qué. Tiempo atrás leí un libro, Elogio de Bruselas, que describe con gracia la Bruselas de los funcionarios europeos, la que ha sido hasta ahora la cara de exportación de la ciudad. Hay otra ciudad, contigua con ésa, que espera a ver si algún día le cae también algún elogio.

M

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samedi 13 avril 2013

Como si fuera la primavera

Se dice que los humanos somos iguales ante la muerte. La fatalidad, su resultado, nos iguala una única vez y para siempre. «Así que hay cosa fuerte que a papas y emperadores y perlados, así los trata la muerte, como a los pobres pastores de ganado», dice Manrique.

Es verdad. Pero luego está la manera. No es lo mismo acabar crucificado sobre una colina, expuesto a los cuatro vientos, al escarnio de unos y a la secreta -y culposa- veneración de otros, que expirar al fondo de una mazmorra ignorado y huérfano de todo. Hay muertes escénicas y muertes hors-champ. Así Jean-Baptiste Poquelin, que puso a todo el teatro por testigo, o Federico, de cuya muerte sólo podemos hacernos una idea.

No es lo mismo guardar fila y pedir hora para una socialdemócrata eutanasia que haber adquirido por anticipado el derecho a la eternidad entre los vivos, como Ariel Sharon o el príncipe Juan Friso de Holanda. Por otra parte, sospecho que algunos suicidas, estoy pensando en uno, no pudiendo más con el presente dieron un paso al frente a ver cuánto da de sí la posteridad.

Escribo esto porque por fin es primavera, la que siempre recuerda dos versos manidos, el de abril, el mes más cruel, y el del caribeño aquél que decía que esto era como si fuese la primavera y yo muriendo.

Y también porque me entero de que el presidente Roosevelt, FDR, murió posando para el cuadro que iba a inmortalizarlo. La muerte exacta del prohombre que ha ganado la guerra. Y, a la vez, una muerte como otra cualquiera. Corría abril, la primavera.

FDR

FDR en 1893, a los once años

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samedi 6 avril 2013

A Josepepe, soja

El tal Josepepe es un hombre discreto y huye de la letra impresa. Caramba, c'est encore raté !

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La novela de Anya

Esperando su último libro, The Childhood of Jesus, releo Diario de un mal año, de JM Coetzee. Se me agolpan los términos que quisiera dedicarle, tanto así que al final no digo nada.

O apenas esto, que se trata de un ensayo, que su autor llama Opiniones contundentes, y a la vez de una novela, con tres personajes, intriga y desenlace, que yo llamo La novela de Anya, y ambos textos están contenidos en un formato de diario, tal como señala su título.

Para ilustrar la relación entre Anya y el autor (el  señor C, o Juan, como lo llaman Anya y su novio), escojo dos extractos. El primero da cuenta de las impresiones del autor cuando conoce a la joven Anya, al inicio de la historia. En el segundo, la voz de la joven cierra el libro.

«Mientras la miraba me invadió un dolor, un dolor metafísico, que no traté de reprimir. Y de una manera intuitiva ella lo supo, supo que al viejo sentado en una silla de plástico en el rincón le ocurría algo personal, algo relacionado con la edad, el pesar y la tristeza de las cosas. Algo que a ella no le gustaba en particular, que no quería recordar, aunque era un tributo a ella, a su belleza y frescura, así como a la brevedad de su vestido. De haber procedido de otro hombre, de haber tenido un significado más sencillo y directo, podría haber estado más dispuesta a aceptarlo de buen grado; pero viniendo de un viejo su significado era demasiado difuso y melancólico para un bonito día en el que tienes prisa por terminar las tareas».

«Volaré a Sidney. Haré eso. Le sostendré la mano. No puedo irme con usted, le diré, va contra las reglas. No puedo irme con usted pero le sostendré la mano hasta que llegue a la puerta. En la puerta podrá soltarme y sonreírme para demostrar que es un chico valiente y subir a bordo de la barca o lo que sea que deba hacer. Le sostendré la mano hasta la misma puerta, estaré orgullosa de hacerlo. Y luego haré la limpieza».

Como se ve, se trata de La Muerte y la doncella. Sólo que, a diferencia de la obra de Schubert, en este Diario de un mal año no es de la muerte de la joven de lo que se trata, sino de la muerte del narrador.

JMC

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lundi 1 avril 2013

La monja joven

Hablando yo de las carmelitas y hete aquí que en el cine dan La Religieuse.

A fines del siglo XVIII, a los 16 años, Suzanne Simonin entra al convento forzada por su familia hasta que, habiendo desafiado la prohibición y escrito su historia en unas hojas que consigue sacar del convento, un desconocido la rescata.

Diderot tuvo una hermana monja que murió loca, en la que se inspiró, entre otros casos, para escribir La Religieuse. El estacazo que propina el enciclopedista a la institución conventual es tanto más eficaz que se encarna en el esplendor de una joven.

El filme, de Guillaume Nicloux, muestra la plasticidad del culto católico sobre el que se sobreimpone la dominación, el chantaje emocional y la tortura, representados por las superioras de los dos conventos por los que pasa la joven novicia y monja, una sádica, la otra histérica. De ambas escapa Suzanne para que Diderot la propulse a la posteridad.

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