vendredi 2 août 2013

La música del agua

(Saldos de Cangas de Onís)

Estábamos días atrás con S sobre el Puente Romano. Miramos al Sella, abajo, y dictaminamos: De aquí no se lanza nadie. A continuación, como si nos hubiese oído, se trepó un rapaz sobre la barandilla y se lanzó al río, como muestra la secuencia.

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Cuento esto porque me entero de que Haendal, el compositor de la Música del agua, se sentía un día tan desesperado que se lanzó al Támesis. Schumann, por su parte, se lanzó al Rin. En pantuflas. Una cosa no tiene que ver con la otra, ya lo sé. Unos saltan por el oro, otros por la plata y otros por el bronce.

Será la música del agua. Yo he visto en los lechos de los ríos magrebíes florecer los laureles de tan secos que están en estos meses en que quema el aire. El señor que contaba lo de Haendel acabó citando a Walter Benjamin cuando decía que la esperanza la traen de vuelta los que la han perdido.

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mercredi 31 juillet 2013

La liquidación

El ser humano es una entidad muy curiosa. Hay en Bruselas una atracción turística llamada Mini Europa, que reproduce a pequeña escala los monumentos característicos del continente, de la torre Eiffel a la de Pisa, de la puerta de Brandenburgo a la catedral de Santiago. El sitio ya tiene sus años y había perdido tirón. Tanto así que anunciaron su cierre. Pues bien, bastó el anuncio para que se llenase a diario. Allí donde antes no había nadie, no cabe ahora un turista más, de manera que ésta, que iba a ser la última, se ha convertido en su mejor temporada.

Mi tío, que ha sido tendero y no se maneja mal en las cuestiones de género, me contaba que cuando las ventas iban mal chamuscaban unas telas, les subían un poco el precio y las sacaban a la acera con un cartel que decía: Liquidación por incendio.

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Óleo de Gustave Caillebotte

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dimanche 28 juillet 2013

El balcón

Ha hecho calor y apenas ha llovido en las últimas semanas y el resultado está a la vista, no hay nada más triste que unas plantas moribundas en ese balcón donde una mujer intenta reanimarlas. Se ve que está de vuelta de las vacaciones y confió en que llovería como suele llover bajo estos cielos, o bien no conocía a nadie a quien pedirle que regase sus plantas, o no confiaba en nadie tanto como para dejarle la llave de su casa.

La imagen me recuerda otra, del viejo barrio del Trastevere, en Roma, donde una asociación vecinal exhibía con orgullo el resultado de su accionar durante la canícula que golpeó Europa en el verano de 2003, hace justo diez años: ni un solo muerto entre los ancianos del barrio, allí donde en otros barrios y en otras ciudades el calor unido a la soledad había hecho estragos. La fórmula es simple y no cuesta un euro: cada persona mayor se hace cargo de visitar una vez al día a otra persona mayor para ver como le van las cosas.

Por cierto, el sentimiento de anonimato y de autarcía que proporciona la ciudad es una conquista de la civilización y no se trata de renunciar a ella, no estoy predicando el regreso a formas de gregarismo tribal valiéndome de unas flores mustias. Sólo que la desazón en la mirada de la jardinera en su balcón me ha recordado a los viejos sobrevientes del Trastevere y he querido saludarlos en esta noche de verano.

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Óleo de Gustave Caillebotte

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samedi 27 juillet 2013

Hablar de política

(Saldos de Cangas de Onís)

Cada vez escribo menos de política. No lo hago por dos motivos. El primero es el principal, porque no me pagan por hacerlo. El segundo es secundario, porque no tengo nada que decir. Nada nuevo, quiero decir, nada propio. Y no estoy yo para ir por ahí repitiendo lo que ya se sabe, lo muy redicho. Otra cosa, claro, es cuando me piden mi opinión. Ahí sí la doy, sin más, aun sabiendo que puede no ser ni tan mía, ni tan nueva. Me refiero a avanzar argumentos sin que me lo pidan sobre asuntos de actualidad, sobre la gestión del Estado, sobre la guerra de las Termopilas.

Digo esto porque días atrás, en Cangas, saludé a un señor al que conocía de niño. Eras hablantín, me recordó, y muy de derechas.

Para existir, sobre todo para existir para y entre los adultos, un niño como yo debía emitir opiniones. La realidad por ese entonces estaba muy politizada. Y las opiniones de mi medio, las que estaban a mi alcance, eran opiniones de derecha. No es que no conociera yo las opiniones de izquierda, no. Las conocía en tanto que dianas a las que darle y platos con los que podía aprender a mejorar la puntería.

De manera que cuando niño emitía opiniones de derecha. Luego, algunos de esos proyectiles comenzaron a rebotarme. Cambié de lecturas, comencé a frecuentar izquierdistas que se comían a las guaguas con buenos modales, y así fue como quise cambiar de hemisferio, destruir los puentes, quemar las naves y dejarme crecer los bigotes.

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Óleo de José de Ribera

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vendredi 26 juillet 2013

El jinete

(Diario de Cangas de Onís, 2)

El valle es muy verde y a la distancia asoman siete líneas de cerros y montañas que cierran el horizonte, cada una con su particular color azul, del añil al marino. Lo atraviesa un jinete sobre un alazán, al trote, una mano en la rienda. Con la otra va tuiteando.

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jeudi 25 juillet 2013

Santiago

«No sé si voy o vuelvo de Santiago». Ese verso de Millán. Y el de Lorca: «Iré a Santiago en un coche de agua negra». Palabras que se desprenden de la calamidad, sonidos. Como ese vecino que les habla a las víctimas para mantenerlas con vida, mientras suenan los teléfonos móviles en los bolsillos de los muertos.

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vendredi 19 juillet 2013

Andar por el pueblo

(Diario de Cangas de Onís)

Contaba el escritor Escanlar, uno que oficiaba de maldito en la televisión uruguaya, que cuando llegó al pueblo de su padre en Galicia los paisanos gritaban a su paso: ¡Ha vuelto el hijo de Demetrio, ha vuelto el hijo de Demetrio! Lo decía enumerando las rarezas de su rarísima vida.

Hay quienes no ponemos el episodio en la lista de rarezas sino todo lo contrario. Cuando fue su turno de llegar al pueblo de padre, mi hermana con naturalidad fue enumerando el nombre de cada uno de los vecinos. Se recuerda entre risas cuando la pusieron delante de uno y le preguntaron: ¿Y éste, quién es? Luis, respondió. Pero, ¿cómo lo sabes? Por lo feo...

Por mi parte, estaba una vez curioseando por el campo, a unas cuantas leguas del pueblo de mi padre, y me detuve a observar a unos jatos. No tarda en asomar un paisano y nos ponemos a pegar la hebra. En un momento me pregunta: ¿Pero tú quién eres? Soy Josepepe, el hijo de Josepepe. Podría haber añadido: el que marchó a Chile en el año 29, pero para qué. Se me queda mirando y sin pestañear me dice: Pero tú tienes una prima muy guapina...

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dimanche 14 juillet 2013

El 131

La leyenda cuenta que en las últimas horas de Franz Schubert, que murió a los 31 años, sus amigos tocaron para él el cuarteto n° 14, opus 131, de Beethoven. Se trata del penúltimo cuarteto que el maestro de Bonn compuso y para muchos representa la cima del arte de la música de cámara y tal vez de la música tout court. Como Beethoven quiso que el 131 sonase de una sola vez, sin intervalos entre los movimientos, los cuatro instrumentos van forzosamente desacordándose durante los cuarenta minutos que dura su interpretación, y los instrumentistas deben componer con esa dificultad añadida.

Con ese predicamento, una historia sobre la súbita discordia entre los miembros de un afamado y afiatado cuarteto de cuerdas está servida. Es lo que presenta A Late Quatuor, de Yaron Zilbermann. Las dificultades que amenazan la existencia de un cuarteto se presentan por partida cuádruple. ¿Se romperá la cuerda que une desde hace un cuarto de siglo a los cuatro instrumentistas? La cuestión es tópica y la respuesta redundante: ¿qué hace que los miembros de un cuarteto, tanto como los de un dúo o los de una orquesta sinfónica, superen la entropía que amenaza cualquier micromundo, compuesta por sus propias miserias, y perseveren en su propósito? ¿La música?

Previendo esa conclusión, mi vecina de asiento tiene la buena idea de soplarme al oído una interpretación mejor: el arte, me dice, para alcanzar la excelencia necesita de la armonía tanto como del ramalazo del conflicto. A partir de ahí, los rollos de celos cruzados pasan a  interesarme tanto como la música de Beethoven.

Tiempo atrás me hice con la serie completa de los cuartetos de Beethoven, en la versión del cuarteto Alban Berg, y desde entonces los he venido escuchado a diario. Y ayer, antes de ir al cine, sin saber que vería A Late Quatuor, comencé a leer Musicofilia, de Oliver Sacks. Estas sincronicidades no tienen mayor importancia. Por eso hay que contarlas.

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vendredi 12 juillet 2013

Summertime

Mañanas teñidas de amarillo y anocheceres que se estiran por el poniente. Tiempo de verano. Nos sentamos a la fresca, como veíamos que hacía la gente mayor cuando éramos niños, a mirar el cielo. A veces lo surcan pájaros y aviones, o nubes y estrellas. Pero lo que miramos es propiamente el cielo, y lo miramos precisamente porque no hay nada que mirar. Admirables cielos de los altiplanos y las hondonadas. Ay Marieke, Marieke, le ciel flamand, cantaba Brel.

Se parecen a la alegría estos días. No la empaña saber que, como un cielo de verano, toda alegría es provisoria.

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Óleo de François-Joseph Navez

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mardi 2 juillet 2013

El destete

Hay que conceder a las Femen el mérito de haber puesto la teta sobre la mesa. Las sociedades occidentales han cambiado rápido en las últimas décadas en materia sexual, más bien de los años sesenta en adelante -aunque el Berlín de la preguerra fue pionero, por lo que se cuenta. Como sea, cualquier avance en cualquier materia nunca es definitivo.

La prueba por esta situación que cuenta el diario. La familia de un diplomático belga comía en el restorán de un club de golf neoyorkino. A la hora de los postres, la mujer se puso al seno al niño menor, de pocos meses. Hasta ahí todo bien. De imágenes como ésa están llenas las mejores pinacotecas. No le gustó la escena, sin embargo, al encargado del local quien les llamó la atención y, ante el poco caso que los belgas le hicieron, llamó a la policía. Las fuerzas de orden llegaron, en efecto, armas a la mano, y sólo la presentación de las credenciales diplomáticas del hombre pudo calmar los ánimos.

No habrá para qué soltar una campanudez (para usar un término en boga) frente a la anécdota. Sobre todo si no se me ocurre ninguna.

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Óleo de Mary Cassatt

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