samedi 25 novembre 2017

La muchacha

Leyendo La Obra, de Zola. Llegué a ella, cómo no, por el morbo consabido: Zola y Cézanne eran amigos entrañables hasta que un mal día Zola publica esta Obra, donde pinta a Cézanne como un pintor fracasado. 

Llegué al libro por eso, como digo, pero lo leo como se lee una novela. Me salto el prólogo y las notas de pie de página, o sea. Y tengo que decir que el primer capítulo funciona. A la buhardilla de un pintor más o menos misántropo llega de la provincia una muchacha perdida. El pintor la acoge, seca su ropa empapada de lluvia, le cede su cama —a la que tiene el buen cuidado de poner sábanas limpias, y él mismo duerme en un incómodo diván.

No me acuerdo ahora de cómo llama el mester de juglaría el trance de dormir junto a un cuerpo deseado y ser capaz de retener el impulso de ir hacia él para no perturbarlo.

Pues eso hace nuestro pintor cabe la muchacha, la escucha dormir y se duerme. Y a la mañana siguiente, mientras la mira dormir aún, la dibuja con fruición y luego, cuando ella despierta, la ve alejarse, sin más.

La manera de narrar de Zola es propiamente naturalista y no obstante lo que cuenta parece el argumento de un sueño o de una de esas ensoñaciones de las que se valen los solitarios para dejarse ir al sueño. ¿Y si llegara ahora a mi covacha una muchacha? Cualquier explicación para esa circunstancia resulta tirada de los pelos, y sin embargo se maravilla uno de lo inverosímil que puede ser a veces la realidad.

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Óleo de Cezanne

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dimanche 19 novembre 2017

Tango del viudo

Niveles de vida, de Julian Barnes. Tres relatos, el primero consagrado a Nadar, el autor de este autorretrato impagable que muestra que el el fotógrafo francés fue también un pionero de la navegación en globo.

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El segundo relato está dedicado a la actriz Sarah Bernhardt (la foto es de Nadar) y a su fugaz novio, Fred Burnaby. Hay un momento cumbre en el relato y es cuando Burnaby —otro aeronauta—, tras declararle su amor a la Bernhardt la ve alejarse del brazo de otro pretendiente. La melancolía que invade al británico es del nivel de la que resiente el babuino en el desierto de Karoo.

Sarah_Bernhardt,_par_Nadar,_1864

 En el tercero y último, Barnes cuenta su vida tras la muerte de su mujer, su luto, su duelo. Curiosamente, el día en que acabé de leerlo fui a un funeral. En la ceremonia me di cuenta de que todos quienes hablaban se dirigían a la única persona que no podía escucharlos. Con el texto de Barnes pasa algo semejante: está muy bien leerlo pero su verdadero destinatario es justamente quien no podrá hacerlo.

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samedi 11 novembre 2017

Quién la mandaba flores por primavera

Me enteré ayer de que la canción Un ramito de violetas se escucha cada 9 de noviembre. La escucho y compruebo que cuenta una historia ambigua, cosa poco común en la canción popular.

Ahora leo esto que le dedica El País y veo que la última línea dice que la canción es dulce y, a la vez, perversa. Ya te digo.

La flor está bien escogida, porque Violeta viene de Ío, una amante de Júpiter a la que, «para protegerla», el dios del rayo convirtió en una ternera que alimentaba con flores de violeta.

Por lo demás, en la versión de su autora, Cecilia, es una buena ilustración de laísmo, ese hábito entrañable de viejos castellanos.

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lundi 6 novembre 2017

Tres de Coetzee

Pregunté ayer en Twitter cuál de estas tres portadas es mejor:

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Este es el resultado: 47% para la australiana, 45% para la francesa y 8% para la argentina. 

El que pregunta no vota pero debo decir que comparto el resultado. Las dos primeras me gustan mucho y funcionan de diferente manera, creo yo. La australiana da por hecho que el potencial lector conoce al autor y se sentirá estimulado por el enigma que supone la presentación del título: doce signos ordenados simétricamente ocupan todo el espacio de la portada. Las nueve letras del nombre del autor y, abajo, en números romanos, la fórmula 1, 2, 3. Descomponer el nombre del autor en tres grupos de tres letras da como resultado que las iniciales aparezcan arriba. Lzs dos «palabras» que siguen connotan o significan: Zee, por ejemplo, quiere decir en neerlandés «mar».  A falta de ser unívoca semánticamente, la imagen lo es visualmente. Es ingeniosa, además.

La edición francesa echa mano a una imagen de síntesis —y viene a cuento llamarla así: una isla donde caben tres paisajes diferentes: un macizo vegetal con su palmera —la isla del náufrago, la isla de Robinson Crusoe, tal como la hemos visto mil veces representada—, rodeado por una iglesia más o menos barroca y unos rascacielos. La isla «flota» en ese espacio visual que queda a veces entre el mar y el cielo.

Cabría preguntarse frente a la imagen si se ajusta al contenido del libro. El primero de estos tres relatos de Coetzee se llama «Una casa en España» y se sitúa en Cataluña. El segundo se llama «Nietverloren» —No está perdido o abandonado— y describe una travesía por el desierto de Karoo, en Sudáfrica. El tercero, «Él y su hombre», es su discurso de aceptación del Nobel en 2003, y se sitúa, por decirlo así, en la costa sur de Inglaterra. Para refirse a sí mismo, Coetzee se apoya en uno de sus clásicos, Daniel Defoe. La isla como metáfora cabe, así, en la imagen de la portada, junto a los tres paisajes contenidos: la naturaleza más o menos intemporal, el pasado y el presente.

La edición argentina funciona sobre la misma base que la francesa, pero está menos conseguida. La fotografía muestar una casa que podríamos encontrar en Cataluña, cierto, o incluso en el Karoo, pero que no nos dice por qué tendríamos que interesarnos por ella.

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samedi 4 novembre 2017

A Van Gogh lo mató Fuenteovejuna

Vista La Pasión Van Gogh.

La película comienza por preguntar por qué se mató Van Gogh. Tras examinar algunas hipótesis —la madre, el padre, su hermano Theo, Gauguin, las mujeres, el alcohol, los amigotes, la locura, la falta de dinero y de reconocimiento—, acaba abrazando la tesis de uno de los médicos que examinó al holandés en su lecho de muerte: Van Gogh no se mató, lo mataron.

Para demostrarlo, el filme pone sobre los últimos pasos del pintor al hombre de la chaqueta amarilla, Armand Roulin, hijo del encargado del correo de Arles, a quien su padre envía a entregar a Theo Van Gogh la última carta escrita por Vincent. De entrada, el hombre de la chaqueta amarilla desprecia al holandés, al que considera un débil, pero poco a poco se va identificando con él. Un esquema de historieta, en suma.

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Empeñado en ese punto, el filme sólo aflora un detallazo. Quien se quedó con buena parte de la obra de VG, el doctor Gachet, fue copiando una a una las telas, lo que obligó luego a los expertos a discernir cuál era el original y cuál la copia. Pues bien, el doctor Gachet admiraba y probablemente envidiaba a VG porque él mismo era un pintor contrariado y el padre de la mujer que VG amaba. Además, el doctor y el pintor se parecían físicamente. Un conflicto mimético donde los haya.

En el plano formal, La Pasión Van Gogh opta por un procedimiento novedoso y celebrado que consiste en pintar la película a mano, a la manera de Van Gogh. Lo que está bien, en la medida en que permite al espectador ver los lugares filmados como si de telas del holandés se tratase. Eso sí, al cabo de un momento la fórmula satura. 

Me apuro en decir que el filme me interesó. Le doy cero almohadas, porque en ningún momento me dormí. No obstante, y teniendo en cuenta de que hay ya más de una docena de buenos filmes sobre VG —sobresale el de Pialat—, la pregunta es ésta: en los últimos ocho años de su vida VG pintó más de 800 telas que como conjunto y muchas de ellas por separado están en lo más alto de la historia de la pintura. Y sin embargo, en vida sólo pudo vender una.

Desde ya digo que la explicación al uso, según la cual el artista se adelanta a su tiempo, no me convence. [Y al decirlo estoy pensando, cómo no, en mi amigo Rodrigo Lira, de quien Roberto Careaga acaba de escribir esta biografía.]

Así es que vuelvo a la pregunta del inicio: ¿Quién mató al pintor? Fuenteovejuna, señor.

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vendredi 27 octobre 2017

Las mejores novelas de Coetzee ordenadas de mejor a mejor

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lundi 23 octobre 2017

Una casa en Lisboa

A la economía la mueve la mímesis. A Madonna se le ocurre comprarse una casa en Lisboa y todo el mundo quiere comprarse una casa en Lisboa. O cuando menos ir a darse una vuelta por Lisboa para imaginarse comprando una casa en Lisboa, como hizo mi tío hace unos días.

Así que ya para salir del aeropuerto no cabíamos por la puerta.

Merecida la atención que le prestan a Lisboa madonnas y compradores, eso sí, muy merecida. Nápoles por suizos habitada, dijo el poeta, esa mezcla está muy bien conseguida. Y esa impresión de estar pisando el borde de algo e intuir que al otro lado también hay algo.

Es comprensible también el aumento del interés por Lisboa teniendo cuenta la turismofobia rampante en Barcelona, al otro extremo de la península.

En fin, que volví a caminar por un par de lugares entrañables. Y a comer bacalao cuantas veces pude. En un restorán normalito, en un restorán de un centro comercial (de ésos donde llega la gente en un Seat Ibiza con una pegatina que dice «Espero no conocerte por accidente», según Lobo Antunes) y también en un buen restorán, digamos que en El Rey del bacalao, donde me tomé unos petiscos de bacalhau de aperitivo y luego unas pataniscas de bacalhau de postre, todo regado por agua de la sierra y vino de los llanos. 

Volví a Bélgica y al día siguiente se desataron en Portugal unos mortíferos incendios. Me ha pasado más de una vez irme de los lugares la víspera de una calamidad. No sé cómo se llama eso pero espero que dure.

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samedi 14 octobre 2017

Penélope en su isla madrileña

Justo antes de leer el desenlace de Berta Isla, cerré el libro y me dije que Marías podría haberse atrevido a terminarlo en ese punto, dejando a la protagonista sumida en la indefinición y la melancolía de la espera en su isla madrileña, como buena Penélope que es.

Cuando leí por fin el desenlace tuve que admitir que éste está bien llevado y que la novela, impecable hasta ese momento, se gana también el derecho de atar los últimos cabos y de cerrarse sobre ella misma.

Impecable conjunto, ya digo. Pero no hay que hacerme mucho caso, para mí la mejor novela de Marías suele ser, mientras la leo, la última. Con todo, he dejado pasar unos días antes de escribir esto, a ver si pasada la emoción asomaba la decepción. Y no.

Como otras veces, las abundantes citas que apoyan la historia no las malgasta Marías en epígrafes sino que las integra con bien en la propia narración. Como otras veces, también, en esta historia he vuelto a ver la vieja renuencia de los personajes masculinos de las novelas de Marías a asumir la paternidad, las vueltas que se obligan a dar para convertirse en padres.

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lundi 9 octobre 2017

El pan

El 1-O en un pueblo de la Alpujarra.

Al día siguiente por la mañana, a la hora en que pasa el panadero y los vecinos se reúnen en la placica a esperarlo, asoma una vecina escocesa y emite unas cuantas reflexiones en plan Bjork.

Los vecinos le responden copiosamente. Sin agresividad pero con contundencia. 

La escocesa se refiere a una situación en general, a una idea que ella se hace del mundo. Los alpujarreños, no. Hablan del lugar al que fueron a trabajar sus hijos y donde han nacido sus nietos.

Me despido de ellos, uno a uno. Y el pan me sabe a gloria.

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mercredi 27 septembre 2017

Ô, ma patrie

Ô, ma patrie ! que tu es encore barbare ! exclama el joven Julien Sorel en su celda de condenado. Le importa menos morir que saber que hay un cura dando voces frente a la puerta de la prisión exigiendo que lo dejen entrar a confesar al prisionero.

Lo peor, piensa Sorel, es que repite mi nombre una y otra vez.

Quisera ser un personaje discreto el joven Sorel. «Espero que en dos semanas todos me hayan olvidado», se dice camino del cadalso. Y de eso nada, al contrario, su figura se convertirá en el emblema novelesco de su tiempo.

Pero a lo que iba es a la expresión que suelta Sorel en ese trance. Quién no se la dice a veces frente a lo que nos toca vivir. Qué más quisiera uno que vivir en una patria pacificada y civilizada que nos libre de toda vergüenza bárbara.

Pero claro, luego están los que medran con esas vergüenzas. Esos hijos de puta.

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