lundi 3 novembre 2014

Bien saper, bien coiffer, bien parfumer

Esta mañana en Zaventem, el aeropuerto de Bruselas, una pasajera proveniente de Freetown, Sierra Leona, y camino de Londres, debió ser trasladada al hospital, donde los exámenes han mostrado finalmente que no está enferma de ébola.

El ébola parece nuevo pero lleva años incrustado en Africa. El sucedido de hoy me recuerda que en mayo de 1995 fui controlado ocularmente en el mismo Zaventem en similares circunstancias. Volvía de Angola en un vuelo de la entonces Sabena que hacía escala en Kinshasa. Por esos días se había desatado una epidemia de ébola en la ciudad congoleña de Kikwit, lo que hacía dudar si habría vuelo, si éste haría escala en Kinshasa, si nos dejarían en fin desembarcar en Bélgica.

Finalmente hubo vuelo y escala. Los pasajeros que venían desde Luanda temerían que en Kinshasa el avión se llenase de enfermos terminales. Lo que subió al avion, en cambio, fue un desfile de modelos. En Kinshasa está bien implantada la tradicion de los sapeurs (por Société africaine des personnes élégantes), personajes que cuando viajan a Europa redoblan su elegancia. Bien saper, bien coiffer, bien parfumer es su divisa. Así, por los pasillos del avión avanzaban los colores vibrantes de los trópicos portados por unas morenonas con traseros descomunales y unos filiformes ejemplares de la estirpe bantú.

Source: Externe

El avión llegó a Bruselas de madrugada y fue estacionado en un extremo lejano de la pista. Una hora después subió a bordo un médico pequeño y desangelado en bata blanca. Sin mucha fe en lo que hacía, recorrió los pasillos del avión dando miradas furtivas a los adormilados pasajeros. Ese día también fuimos una falsa alarma.

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dimanche 8 décembre 2013

El avión de la Sabena

El cine y el sueño van de la mano. Acomodarse en la oscuridad de un lugar apacible y dejarse llevar por unas imágenes que combinan lo  nuevo y lo consabido de manera inesperada..., no debe de haber nada más parecido al sueño que el cine. Así las cosas, que entre dos escenas mi tío descabece un sueñecito no tiene nada de raro. Hablando de esto recordé aquí días atrás a nuestra amiga A en el cine de mi pueblo y al niño del avión de la Sabena.

A es una sobreviviente del genocidio ruandés. Lo que vivió en Ruanda no es de contarlo, por inverosímil. Lo cierto es que a poco de encontrar refugio en Bélgica, la invitamos un domingo por la tarde al cine. Escogimos una película familiar y el cine al que fuimos era el último en conservar la modalidad antigua del entreacto entre las sinopsis y la película, entreacto que aprovechaba el acomodador para vender golosinas circulando por la sala con una bandeja colgada al cuello. Era invierno, como ahora, hacía mucho frío fuera y un agradable calorcillo reinaba en la sala, calorcillo reforzado por los abrigos que los espectadores acomodábamos en los regazos. En cuanto apagaron las luces y aparecieron las primeras imágenes en la pantalla, nuestra A se durmió como una bendita. Despertó en el entreacto al paso del vendedor de golosinas e inició el movimiento de levantarse del asiento y ponerse el abrigo. Nos miró entonces y, para agradecernos la invitación, con los ojos pesados de sueño, exclamó: ¡Pero qué película más hermosa!

El recuerdo del niño data del mismo periodo, mediados de los años noventa. El avión de la Sabena, ese pájaro blanco inmaculado posado sobre el pavimento sucio del aeropuerto de Luanda, embarcó a los pasajeros en los rangos de asientos laterales. Los rangos centrales estaban reservados para un centenar de niños heridos de guerra que una ONG alemana traía a curar a Europa. Venían del interior de ese enorme país, por lo que el viaje de esos niños había comenzado mucho antes de abordar el avión de la Sabena. En cuanto estuvieron instalados en sus asientos, el avión decoló y el pequeño que estaba sentado cerca de mí, separado sólo por el pasillo, se durmió en seguida profundamente. A poco andar, las pantallas del avión comenzaron a mostrar una película, Jumanji. En un momento de ésta, unos niños abren un baúl y, por arte de birlibirloque, ese baúl desata unas inundaciones tempestuosas que de pronto se revierten y la fuerza del agua arrastra hacia el baúl todo lo que arrambla a su paso, árboles, casas, animales y seres humanos. Unas imágenes propiamente alucinantes. Pues bien, fue ese momento el que el niño angoleño, mi vecino de asiento, escogió para abrir los ojos. Y los abrió bien grandes cuando vio lo que veía, esa tragadera tremenda. Mirándolo, pensé que, siendo como era un niño venido del interior de un pobrísimo país en guerra, esas eran tal vez las primeras imágenes animadas que veía en una pantalla. El niño mantuvo los ojos muy abiertos durante unos segundos, asombrado de ver al mundo desaparecer dentro de un baúl, de a poco fue dejando que los  ojos se cerraran y ya no volvió a abrirlos hasta Zaventem.

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mardi 4 septembre 2012

Los tres pilares de la civilización

Ebano es un librito de crónicas sobre África, un compendio de periodismo Kapú en formato de bolsillo. Con todo, fornece unas cuantas ilustraciones morrocotudas. Cómo nace una religión, el mercado, la guerra. Nada menos que los tres pilares de la civilización.

Sobre la religión, esto que cuenta Kapú será un equívoco tropical, pero no se diferencia mucho del que fundó el cristianismo. Me parece a mí, que de niño fui sacristán:

«Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y entonces se topaba uno con gramófonos de manivela por aquí o por allá. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, muy gastado y muy rayado. El disco contenía la grabación de un discurso de Churchill, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer instalaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz metálico y pintado de verde salían roncos gruñidos en los que se podían adivinar los ecos de una voz patética e incomprensible. A los miserables que allí acudían, cada vez más numerosos, Leshina les explicaba que era la voz de Dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada ceremonia el bajo estrepitoso de Churchill los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero las autoridades se avergonzaron de tales manifestaciones y el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina a la tropa, que hizo polvo el templo y asesinó a varios cientos de inocentes».

Sobre el comercio, el intercambio impersonal que funda el mercado, Kapú transcribe el relato que hace Alvise da Cada Mosto, un mercader veneciano del siglo XV, de un trapicheo al borde del río Níger:

«Cuando los negros alcanzan las aguas del río, cada uno de ellos hace un montículo con la sal que ha traído y lo marca, tras lo cual se alejan todos de la ordenada fila de esos montículos, retrocediendo a una distancia de mediodía, en la misma dirección de donde han venido. Entonces llegan unos hombres de otra tribu negra, hombres que nunca enseñan nada a nadie y con nadie hablan: llegan a bordo de grandes barcas, seguramente desde alguna isla, desembarcan en la orilla y, al ver la sal, ponen junto a cada montículo una cantidad de oro, tras lo cual se marchan, dejando la sal y el oro. Una vez se han ido, regresan los que han traído la sal y si consideran suficiente la cantidad de oro, se lo llevan, dejando la sal; si no, dejan sin tocar la sal y el oro, y vuelven a marcharse. Entonces los otros vienen de nuevo y se llevan la sal de aquellos montículos junto a los cuales no hay oro; junto a otros, si lo consideran justo, dejan más oro o no se llevan la sal. Comercian precisamente de esta manera, sin verse las caras y sin hablar unos con otros. Tal cosa dura ya desde hace mucho tiempo, y aunque todo el asunto parece inverosímil, os aseguro que es verdad».

Esta última consideración de Alvise da Cada Mosto, «aunque todo el asunto parece inverosímil, os aseguro que es verdad», podría hacerla el propio Kapú en cada una de sus crónicas. Sobre todo en el relato de los lances de guerra, el tercer pilar que iba a ilustrar y dejo para la próxima.

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Foto de Lionel Pupin

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samedi 25 août 2012

Monrovia, fundido a negro

A la mitad de un duro invierno tan bueno enero como febrero, mi tío fantasea con un personaje que compra el diario, lo abre en la página del tiempo, busca el lugar del mundo con la temperatura más alta, se va al aeropuerto y se sube en el primer avión que vuela en esa dirección.

Ese lugar podría ser Monrovia, Liberia, si ésta apareciera en la lista del diario. Debería aparecer, debería ser Monrovia. El capullo ése, el personaje que quiere huir del invierno, se merece aterrizar en Monrovia y recibir la vaharada de humedad caliente del aire de Monrovia en plena cara, se merece entregar los papeles a unos mangantes al pie del avión, dejarse arrastrar en un taxi trucho hasta un hotel podrido y caro, refugiarse en una habitación (la 107) tomada por las cucarachas e, incapaz de dormir, leer El Infierno de piedra, el capítulo que Kapú dedica en Liberia en Ébano

Liberia, claro, el país que fundaron los esclavos liberados por un grupo de bienintenciados, que no tardaron en reproducir el esclavismo del que huían. El país con mayor número de huérfanos, de viudas, de descuartizados y de warlords por kilómetro cuadrado.

Qué fácil es escribir sobre Florencia, dice Kapú, basta con darse un garbeo por sus calles y sus plazas y el mundo que te rodea se desliza solo bajo tu pluma.

En Monrovia, en cambio, todo está trabado, impedido, descompuesto. Salvo que seas tú Kapú y escribas un capítulo como El infierno de piedra.

Monrovia, fundido a negro. Aléjate del aeropuerto.

D

 El Infierno de Dante, según Botticelli

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samedi 16 avril 2011

Todos los burkineses

Hace meses que se mueve el piso del Gobierno en Burkina Faso. Pero ha tenido que amotinarse el Ejército y ser incendiada la sede del partido oficial para que la información aparezca en la prensa. Me engancho a la dinámica y repongo el diario que fui escribiendo hace un año desde Uagadugú: Todos los burkineses se llaman Uedraogó, salvo un comentarista de la tele que se llama Bah.

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vendredi 16 avril 2010

El río

'Avistado en territorio rebelde el médico secuestrado en Congo', titulaba EP el lunes 12 de abril 2010. (Buen título, por lo demás, asaz sinóptico).

Unos días antes el médico español Mario Sarsa había sido secuestrado por insurgentes mientras navegaba por el río Congo, al norte del país, y al día siguiente del avistamiento fue liberado. Indemne y depilado. Porque, según el ministro de Información del Gobierno congoleño, Lambert Mende, no hubo pago de por medio para conseguir su liberación: el médico habría sido secuestrado por los pelos y, por lo tanto, completamente afeitado por un dirigente rebelde que cree en amuletos mágicos hechos con pelo de blanco para protegerse en el combate.

Los secuestradores han estado sembrando el pánico entre los habitantes de la región y de la ciudad de Mbamdaka (cuna del extinto tirano Mobutu). El 4 de abril, un ataque en Mbamdaka se saldó con 36 muertos. En Congo River, la película de Thierry Michel, puede vérseles en acción (minuto 1).

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vendredi 29 janvier 2010

Último día (nadie se enoja)

Diario de Uagadugú (y 6)

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Anoche el guardián de estas casas nos recibió eufórico. El país de los hombres íntegros (que eso significa Burkina Faso, nombre que le dio Tomás Sankara) será cada vez más grande, decía, levantado los brazos al cielo. El motivo de tanta efusión radicaba en que me había visto en el telediario. Pensé que los equívocos aumentan con la temperatura. Pero, por qué no, tal vez tenga razón. No lo digo por mí, sino por Burkina Faso.

En medio de la noche me despierta un zancudo (otro). La bestia comete un error (zumba), y deja flotando el desasosiego. Abro el libro y me sosiega seguir la historia. Para eso sirven las novelas, para desplazar la atención de sí a los demás. Esa ventana entreabierta sirve para quitarse el peso de encima, para ensimismarse. Así son también las horas que paso mirando por la ventana. Luego creí oír al muecín, pero era una mujer a la que le atizaban al alba.

Del museo mossi de Manéga, lo mejor es la sala con las lápidas, que los murciélagos han ido cubriendo con su rancio olor. Por lo demás, y a la vista de los cepos, no debería venir uno a África a riesgo de volverse feministo. Me cuenta I que en Senegal al momento del matrimonio civil preguntan a los contrayentes si van a casarse por la vía monógama o polígama, en cuyo segundo caso hay nueva pregunta: si restrictiva (dos mujeres como máximo) o abierta (entre cuatro y treintaiséis).

El y su novia no se habían concertado sobre el asunto y, a la hora de los quiubos, I optó por la opción 2b. Me explica la cuestión en sus grandes líneas, lo que me lleva a pensar que la poligamia y el divorcio son fórmulas similares: Cuando el asunto resulta insoportable, en tierras monógamas la gente se divorcia, mientras que en tierras polígamas el marido se busca una segunda mujer. La fórmula le interesa a I, que aprovecha para proponer otra, en forma de triángulo: Cuando un hombre toma una segunda mujer, que suele ser más joven que la primera, la primera ama al hombre, quien ama a la segunda. Y así sucesivamente.

De regreso de Manéga, la luz del atardecer enciende el paisaje. Unas horas antes, bajo el sol del mediodía, la tierra parecía maldita de tan árida, pero por la tarde los colores de la luz bendicen a los árboles esparcidos, a los ramos secos de mijo, a los zebus, a los burros pequeños que se mueven perezosamente y a los niños que saludan el paso del jeep con unos pasos de baile.

Último día, nadie se enoja. Ni siquiera me enfado al comprobar que he perdido el estuche de las gafas. En cada viaje me dejo algo atrás. Imagino la escena del niño que lo encuentra y lo guarda entre sus tesoros. O tal vez lo venda el lunes.

Los pasajeros del avión que me devuelve a Europa se han dormido y las películas corren mudas en las pantallas sin que nadie las siga. Debo de ser el penúltimo despierto a estas horas.

Hasta que me vence el sueño y me dejo llevar por el túnel que me trae de vuelta a través de la niebla.

 

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jeudi 28 janvier 2010

Ragú de perro rubio

Diario de Uagadugú (5)

Escucho en la radio la noticia de la muerte en un incendio de una de las esposas de un joven rey aldeano. El fuego se declara en unos pastizales y se viene sobre la corte de este rey. Mientras todos intentan proteger la arboleda sagrada, la mujer, madre de tres niñas y embarazada de seis meses, queda atrapada por las llamas. Cuando el joven rey es puesto al tanto del drama intenta matarse, pero se lo impiden. Pobre rey aldeano, ya no decide ni si vive ni si muere.

Hablando de poder de decisión, ayer estuve en el despacho de la máxima autoridad del Estado en una provincia. Qué comediante, qué zalamero. Cuánto debe de detestarnos por tener que conformarse con nuestra visita, él que se sabe ministrable y se sentirá relegado en aquel agujero. Cuando entrábamos a su despacho, en fila india y saludando como escolares obedientes, corrió muro arriba una salamanquesa (otra), se metió detrás de un mapa administrativo y se puso a dar chasquidos a su curiosa manera.

Ahora es el crepúsculo, asoma la luna creciente y vuelan los murciélagos. Mis vecinas cocinan: en el patio las pobres, las pudientes en la cocina. Huele a leña y a puré de mijo.

Le pregunto a E a qué sabían las presas de perro que se almorzó ayer. Dice que a carne de caza. Que es un sabor fuerte, que no necesita salsa, sólo un poco de sal y de picante. Le pregunto si se trata de cachorros o de perros viejos, y dice que todo perro en buen estado vale para un ragú, que del perro se come todo, que no se lo desuella sino que se lo pela al fuego, porque también la piel está muy buena. Los perros africanos son de talla media y rubios. No todos los burkineses los comen, hay que descontar a los musulmanes y a algún que otro tabú, e incluso a algún  renuente al plato. Me olvidé de preguntarle cómo anda el perro de precio.

También pude preguntarle si come también ratas, culebras u otros bichos por el estilo, contenidos en la rúbrica carne de caza. Lo dejé para más tarde porque se acercaba la hora de la comida. Pusieron conejo, y estaba bueno, mejor que la carne de esos pollos atletas que corren moviendo las patas como si pedalearan, y aquí llaman ciclistas.

Por cierto, si la vida de la gente es dura, hay que ver cómo es la vida de los animales. De un camión cuelgan por todo el borde exterior de la carrocería decenas de gallinas vivas, cabeza abajo. En otro camión se aprietan las vacas, y como sobran patas y cuernos, sus celadores las apisonan. Así con todo. Los animales corren libres por calles y caminos en plena divagation, provocando sustos y trastazos. Pero cuando les llega la hora, la peor es la hora previa. Suerte que tienen las salamanquesas de ser intragables.

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Haikús burkineses

Diario de Uagadugú (4)

Sopla el harmatán
Polvo eres
Y polvo tragarás

Sopla el harmatán
Vuelan las gallinas
¿O son bolsas de plástico?

Sopla el harmatán
El bombero pirómano
El meningococo

Sopla el harmatán
Lleva polvo
Deja arena

C'est le vent qui souffle
Les nouvelles viennent
Proverbe mooré

Sopla el harmatán
Cuando se calma
El baobab todavía está ahí.

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mercredi 27 janvier 2010

Todos los burkineses se llaman Ouedraogo

Diario de Uagadugú (3)

Uagá 2000 llaman a la ciudad moderna, un conjunto espacioso de edificios nuevos y en construcción, ministerios, embajadas, residencias. A su entrada campa una versión patosa y vagamente africanizante de la torre Eiffel. Y a su centro, el palacio presidencial. Muy cerca del cual vive ahora Dadis Camara, el ex mandamás guineano, a quien su rival le metió en diciembre pasado una bala en la cabeza. Camara convalece en Uagadugú, mientras el presidente burkinés, Blaise Campaoré, presume de mediar en la crisis guineana.

Después del almuerzo en casa de L, me asomo a la calle a dar un vistazo. En la acera de enfrente juegan unos cuantos niños. La niña más pequeña se echa a llorar desconsoladamente y los más grandes dicen que llora porque tiene miedo del blanco. Me acerco para decirle que no tiene que temerme (caigo en la trampa) y la niña sube el volumen de los gritos. Asoman unos cuantos vecinos a divertirse con la escena. Una de las niñas coge entonces a la pequeña y corre con ella hasta que ambas se van de bruces al suelo. Carcajadas, lloros, regañina. Algo he oído sobre el caracter burkinés, algo he leído. No sé cómo decirlo, ahora lo entiendo.

Ayuda al servicio una muchacha joven, casi una niña. Por sus formas se adivina que ya es madre. Mientras friega, toma a su hijo sobre la espalda. Asoma P, el chofer, y se embarcan en una conversación en moré. Para resultar seductora la niña enfatiza lo infantil de sus gestos y del tono de su voz. Tal vez la niña-madre sea sobrina de L o de su mujer. Con los debidos respetos, también la mujer de L parece su criada.

Por la noche, ceno con B y M, mientras los zancudos cenan en mis tobillos. B dirige un periódico de investigación. No es necesario ir a investigar muy lejos, dice, los casos flotan en la superficie, como la mierda. Al regreso, larga vuelta por esta enorme aldea, que tiene sin embargo un centro con hoteles, bancos y trabajadoras del sexo. No deja de ser notable poder caminar a oscuras sin que te asalten. Ya sé que no debería decirlo, que no hay que provocar a Murphy, pero en fin, lo celebro comprando una papaya a la vendedora callejera y poniéndola en el refrigerador para tomarla muy helada al desayuno.

Por la mañana, el despacho de Radio Francia Internacional es lacónico: en Chile ha ganado el millonario. Lo sospeché desde un principio. Veré si más tarde la capto nuevamente, a ver si dan los porcentajes. A quién le importa saber eso en Uagadugú. A mí.

Unas horas después, la luna nueva se empina en el poniente. De lo que me alegro. No sólo de eso me alegro. En cualquier lugar en que uno esté debería alegrarse, particularmente en África. Lo digo porque he estado mirando por el balcón a mis vecinos cómo comen, cómo se lavan, cómo viven. Y he recordado a M, el médico, quien rehúsa venir a buscar enfermos a África por miedo a contagiarse. (En fin, lo hizo una vez, y quedó curado de espanto). M debe de estar celebrando la victoria de su candidato en la remota Santiago. Ha trabajado duro para vivir en el mismo barrio que el candidato electo.

Antes, debatimos brevemente sobre la cuestión del laicismo. B, viejo pastor peul, me cuenta de la opción salomónica de su padre, quien tuvo diez hijos y una hija. Dividió a los niños, a la mitad los mandó a la escuela de los blancos, a la otra mitad a la escuela coránica. ¿Y a la niña?, le pregunto. Por cierto que no entiende la pregunta.

Los senegaleses cuestionan el concepto. Los Estados laicos han conseguido evitar unas cuantas matanzas, dice alguien. En fin, no sé por qué hablo de esto, habiendo tanto de qué hablar. Del equipo de fútbol local, los corceles de Burkina Faso, que ha sido  derrotado por el de Ghana, en la Copa africana que se juega en Angola. Muy justamente, por lo demás.

Todos los burkineses se llaman Uedraogó, salvo un comentarista de la tele que se llama Bah.

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