mercredi 14 décembre 2016

Tema del pastor en el monte

Otro 14 de diciembre

Todos los días de Dios me acuerdo de mi padre.

Hoy ha sido escuchando un lied de Schubert, Der Hirt auf dem Felsen, El pastorín en el Pierzu, que resumo en estos versos traducidos a mi manera:

Cuando estoy en el monte, miro el valle y canto.

La primavera se acerca, la primavera me espera 

Y yo me preparo para iniciar mi camino.

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Este Corot da con la distancia justa para ilustrar lo que digo.

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lundi 12 septembre 2016

La boda

En Colombres está el Archivo de Indianos, el museo de la emigración asturiana que contiene las colecciones que dan cuenta del despliegue de Asturias por el mundo.

A inicios de este agosto se inauguró la sala Chile. En uno de sus paneles hay unas imágenes que muestran la historia del Paxarín parleru. Allí estuvieron una de sus hijas y una de sus sobrinas descorriendo el velo de esas imágenes. 

Dos palabras sobre la imagen de la boda. Eran los años de la posguerra y el material fotográfico era escaso y caro. El fotógrafo sólo contaba con tres negativos para cubrir el evento. Las fotos habían de salir bien a la primera. Y salieron bien, a la primera. Faltaría más.

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samedi 15 novembre 2014

Las calles

Cuando pasa el tiempo, lo real adopta un aspecto de ficción, y será ese el sino de nuestros retratos. Eso dice Javier Marías. Lo recuerdo viendo la foto de este hombre caminando por Santiago de Chile.

Esas son las calles por donde anduvo también Antonio después de desembarcar de un navío genovés y del tren trasandino y haber pernoctado los primeros días en el Hotel España de la calle Morandé, a dos pasos del lugar de la foto, tras un mes de travesía de la meseta castellana, el océano Atlántico, la pampa argentina y la cordillera de los Andes, de dejar atrás su pueblo, las ciudades de Oviedo, Madrid y Barcelona y los puertos de Santos y de Buenos Aires.

Mucho hablé con él, años más tarde, caminando precisamente por calles como la de la foto. Ahora que ya no puedo preguntarle nada más, cuánto me gustaría escucharlo contar algún intersticio de ese viaje, cualquiera, el que él eligiese.

Source: Externe

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lundi 14 décembre 2009

Félix y el oso

 —Qué cara traes, guaje —lo saluda Amador. Parece que hubieras visto un oso.

—No uno, dos —responde Félix. O era el mismo y lo he visto dos veces.

Félix y Amador son primos por parte de padre y tío y sobrino por parte de madre. Contra las apariencias —Félix tendrá unos trece años y Amador diecisiete—, Félix es el tío y Amador el sobrino. Una herencia mal repartida hace que las familias de ambos se detesten.

—He subido porque una vaca mía va a parir. Es primeriza. Pero no la encuentro —explica Amador.

—Está en la avellaneda —dice Félix. La he visto subiendo.

—Vamos a por ella —propone Amador.

Echan a andar hacia la avellaneda, de prisa, buscando los atajos.

­—¿Es verdad que marchas a América? —pregunta Félix.

—El mes que viene, si Dios quiere —responde Amador.

—¿A dónde vas?

—A ver si adivinas…

—¿A Cuba?

—No, muchos negros.

—¿A México?

—Tampoco. Muchos tiros.

—Entonces a Argentina.

—Menos. Demasiados italianos.

—Pues entonces no sé.

—Rapaz, piensa un poco. ¿No tenéis acaso un mapa en la escuela?

—¿A Chile?

—A Chile. Adónde iba a ser.

—A Chile quiero marchar yo también. Mira que ya me sé las ciudades: Arica, Santiago, Punta Arenas.

—Y Valparaíso.

—¿Llegarás a Valparaíso?

—A Buenos Aires. Y allí cogeré el tren que cruza unos montes más altos que el Pierzu. A Chile irás cuando le pierdas el miedo al oso. …¿De veras lo has visto? —pregunta Amador, mordido por la curiosidad.

—Lo que he visto es un petirrojo —responde Félix. Y ha comido en mi mano. Y lo he dejado ir.

Cuando llegan a la avellaneda, la vaca está pariendo. El xatu ya se sostiene sobre sus patas cuando Félix se atreve a preguntar:

—Primo, ¿me escribirás desde Chile?

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mardi 2 décembre 2008

La despedida

Atrás me lo iba dejando
J V
 


I

ME CAGO en la mar de Oviedo, nadie me dijo que aquí llovía tanto, masculla mientras atraviesa la cortinilla pringosa y penetra en el aire turbio de la sala.

Estruja la boina con las manos y se sacude los zapatos. La boina está empapada, pero el forro se mantiene seco. Nietos de Antonio Elosegui, Tolosa, lee de memoria la etiqueta sobre el raso desteñido del forro. Se apresta a colgarla del perchero y se arrepiente. Después de todo, esta es una casa de putas, se dice, doblándola y metiéndola en el bolsillo del saco.

La mujer se acerca y hace ademán de ayudarle a quitarse la chaqueta. Tiene el pelo negro y abundante, los labios encarnados y las piernas gruesas.

—Ven, le invita con voz cantarina. Tómate esta chichita con naranjas para el frío. Te demoraste. Te tengo la cama calientita. 


II

—Tendría que haberme ido a mi casa, dice. Mi mami está enferma, manda a decir que no puede seguir cuidándome la niña…

Desde hace tiempo él quiere preguntarle dónde queda su casa y cuántos años tiene la niña. Tampoco lo hace esta vez.

—Me quedé para esperarte, continúa. Fuera ladran los perros. Aquí ya no se puede ni dormir tranquila, se queja la mujer, acercando sus pies fríos a los pies del hombre.

—Nosotros vamos a dormir tranquilos, la tranquiliza él, mientras se estira para coger el paquete de Particulares. Coño, exclama, me quedé sin cerillas.

—Coño, coño... Por eso les dicen coños a ustedes, dice la mujer. Adonde van, andan con el coño en la boca.

—Con el coño en la boca, no está mal, se ríe el hombre. Anda, sé buenita, vete a buscarme cerillas… Fósforos, se corrige, vete a buscarme fósforos.

 

III

—No sé cuándo podré volver por aquí, dice el hombre de pronto, dando una pitada al cigarrillo y reteniendo el humo. Tengo que ir a Santiago, voy a demorar unos días. Luego tal vez tenga que viajar, aún no lo sé, ya veremos.

La mujer parece no comprender.

—¿Adónde te vas a ir?, le pregunta de golpe, mientras el hombre aplasta la colilla en la concha de loco que oficia de cenicero. Dime la verdad, prefiero que me digas la verdad, que no me mientas.

—No lo sé, ya te digo, balbuce. Depende…

La mujer esconde el rostro en el pecho del hombre. Cuando éste le busca la cara, descubre que ella está llorando.

—Yo no me llamo Jeannette. Me llamo Juana, dice la mujer, quitándose el cabello de la cara.

Como queriendo corresponder a la confidencia, él dice a su vez: Yo me llamo Antonio, como el abuelo de las boinas… pero eso tú ya lo sabes.

Juana se pone de pie. Espérame, ordena, y desaparece detrás de la puerta.

 

IV

Antonio consume la espera observando las manchas de humedad sobre los muros de la habitación. Una de ellas esboza las formas de un acoplamiento. Después de todo, esta es una casa de putas, piensa por segunda vez durante la noche.

Por fin se abre la puerta. Enfundada en un vestido de bailaora, Juana flamea como una bandera, con la mata de cabello negro recogida en un moño, los labios carmesíes y un lunar dibujado con descaro en la mejilla. Parece un clavelón.

Ella lo mira intensamente, muy seria. Él, por no saber qué hacer, aplaude.

—Yo sé que te vuelves a España. Llévame, a ver si te atreves.

Antonio atina a responder con una pregunta:

—¿Pero, de dónde sacas tú todas esas cosas?

—Aquí dicen que la pego de española, que hasta podría ir a bailar a la radio, responde, recogiendo el ruedo del vestido y sentándose en el borde de la cama.

—Yo quiero que me lleves, añade.

—Pero es que yo no me vuelvo a España, confiesa él finalmente. Allá adonde voy se llama Curazao.

Ella lo mira, intentando entender.

—Mi tío manda a llamarme. Las cosas le están yendo mejor. Si voy a trabajar con él, luego podríamos llevar a mi hermano pequeño, antes de que lo coja la mili. No es que no esté a gusto contigo, continúa. Es que estoy harto de dormir bajo el mostrador… Además, aquí llueve más que en mi pueblo.

Juana toma el paquete de Particulares, enciende uno y reprime un acceso de tos.

—También me ha escrito mi padre, agrega Antonio, después de un silencio. Tengo que llevarme conmigo a mi hermano, el otro, el que está en Santiago. El viejo se enteró de que vive con una mujer… mayor que él.

Ella lo mira como si él ya estuviera lejos.

—Una… ¿como yo?

—Bueno, es la dueña de una casa… como ésta.

Juana comienza a quitarse el traje de bailaora y lo deja caer a sus pies, como un desecho. Ahora es él quien la mira como si ella estuviese en el muelle de un puerto, rodeada de desconocidos.

—Vístete, le pide de pronto. Si nos damos prisa, aún podemos coger el Nocturno a Santiago. Nos vamos celebrar al Club Español. Tenemos que despedirnos como se debe.

V

Juntos atraviesan la cortinilla pringosa y asoman a la noche austral. Juana va vestida con su mejor ropa, con el pelo recogido en un moño y un lunar de gitana.

Antonio se cala la boina. Ha dejado de llover.

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