mercredi 11 avril 2007

Las víctimas de la espera

Vicente Montañés

matadero_palma

Nadie hasta hoy, que yo sepa, ha sido sorprendido leyendo, en un paradero de buses cualquiera de Santiago, las circulares y condenadas páginas de Zama, novela alucinante que su autor ―el argentino Antonio Di Benedetto― dedicó con exasperación literal “a las víctimas de la espera”. Nadie hasta hoy, pero bien podrían los transeúntes y pasajeros que aguardan de pie, con un humor de perros sin hueso, buscar consuelo en esta narración ambientada, entre 1790 y 1799, en Asunción del Paraguay. Su protagonista es don Diego de Zama, un funcionario criollo de la Corona española, personaje a la vez paciente e impaciente, altivo y obseso, destinado a enloquecer paulatinamente mientras aguarda ―también él― una nave que lo saque de esa ciudad colonial y tediosa, hundida en sí misma.

Todos los días otea el horizonte del río, anhelando ver el barco que, a través de una orden del Virrey, debería llevarlo a Buenos Aires (pretende luego viajar a Santiago de Chile, pobre hombre). Piensa liberarse así de ese villorrio soñoliento, pero ese barco no llega, y en el río Zama se distrae mirando un mono muerto que flota y parece, como él, estar “yéndose y no”. Por las noches vacila entre el adulterio y la fiebre. La cópula con jóvenes mestizas en descampado es una forma de ahogar otras fascinaciones inconducentes, pálidos escotes de salón que no se dejan abrir y además tienen marido.

Asunción, en esta novela, parece una ciudad demorada sin remedio, adormecida, un fin de mundo olvidado en el corazón del continente. Santiago de Chile, en pleno año 2007, es una urbe histérica, envalentonada en una velocidad mentirosa, empeñada en destruir la escuálida belleza arquitectónica que le va quedando para convertirse en un hervidero de edificios y bombas de bencina. Los buses, ya se sabe: la mala idea del borrón y cuenta nueva ha significado poner la carreta de la impaciencia o el arribismo intelectual delante de los bueyes de la inteligencia. Bueyes, sí, porque una inteligencia colectiva ―como la que planifica un sistema de transporte urbano― tendría que avanzar paso a paso, apoyándose en lo que ya existe, evolucionando por etapas hacia la meta del deseo.

Pero Zama, el funcionario colonial, es apenas un individuo, y por lo tanto puede permitirse derivar hacia la locura, adentrándose en la desesperada marginalidad que le reserva su autor. De éste, Antonio Di Benedetto, digamos que nació en Mendoza en 1922 y que hoy está muerto. La dictadura argentina lo arrojó a un exilio melancólico en España (fue allí donde Roberto Bolaño lo recreó, como personaje de su cuento Sensini) y, más tarde, no sobrevivió al regreso, o no por mucho tiempo. Su personaje, el narrador y protagonista de Zama, se expresa con un paradójico, espectacular barroquismo de frases cortas y certeras, mientras acelera sus desvaríos sexuales y sus alucinados razonamientos de esperador, su rencor burocrático, su envidiosa añoranza de otros puertos. Lo hace con gracia y delicadeza, como si la aniquilación mental pudiese ser, también para nosotros ―que leemos su aventura―, una fruta mística de implacable y dulcísimo sabor.

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