dimanche 26 janvier 2014

El plátano

El amigo Sámuel recuerda un reportaje donde Millás contaba cómo Zapatero se comía un plátano con cuchillo y tenedor.

Yo también me acuerdo. Y es más, me acuerdo de mi tío, que se comió su primer plátano en el barco que lo llevaba a América. Lo miró, lo olió y, antes de llevárselo a la boca, tuvo el buen gusto de esperar a ver qué hacían los otros comensales. Como muchos de ellos tenían el estómago revuelto a causa de la mar salada, dejaron su plátano en el plato y mi tío se comió un racimo. Para ser la primera vez, no estuvo mal.

Y me acuerdo de mí mismo, subido a un camión que transportaba bananas en la región platanera de un país bananero, comiendo racimos de plátanos y mirando el paisaje cubierto de plátanos. Durante años no pude ver un plátano ni en pintura.

Y hablando de pintura, me pregunto cuándo asomaría el primer plátano en un bodegón.

AGrande

Óleo de Arcimboldo

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dimanche 11 novembre 2012

Una historia personal del chorizo

R

Hoy es once de noviembre, San Martín. Hay quien por estas fechas se pone una amapola en la solapa y quien se pone a hablar de chorizos. Es lo que me propongo hacer aquí, sin ir más lejos, a cuento de esta frase de Mendoza que trajo Sámuel: El cosmopolitismo es proporcional a la lejanía del chorizo.

Yo nací en un pueblo en un valle central de Chile, con su plaza, su iglesia, el cine, un club social, dos o tres casas comerciales y la zapatería La Reina, donde los comerciantes eran todos asturianos. Bueno, todos no, también había un santanderino.

Aparte de la compra al por mayor y de la venta al detalle, la principal ocupación de esos trabajadores consistía en reproducir una Asturias en miniatura, con su bolera, su hórreo, su Santina, sus cantos de la Pastorina y de Juanín de Mieres, su sidra, su lagar y su gaita. Y su samartín. Samartín es el nombre que se da en Asturias a los embutidos de cerdo, por mor de la fecha de la matanza, hacia el 11 de noviembre, a las puertas del invierno.

El ser humano engorda al cerdo cuando sobra la comida, en verano, y come de él durante el invierno. De manera que los astures de ese valle chileno cumplían con el ritual en condiciones locales y, en sus mesas, el puchero, la fabada y el pote llevaban samartín casero. Mi padre se comía primero lo demás y dejaba el samartín para el final. Yo no.

Pero si el chorizo chileno estaba bueno, no podía compararse ni material ni espiritualmente con el que llegaba de la lejana tierrina. En ese tiempo los viajes eran esporádicos y lentos, lo que disminuía el alcance material del chorizo y aumentaba su valor espiritual. El chorizo asturiano sabía a gloria. Sabía a manos de madre lejana.

A ese trasiego bendito se oponía un adversario de talla, que obedecía al mayúsculo nombre de SAG. Chile es una suerte de isla a gran escala, donde la cordillera de los Andes, el océano Pacífico, el desierto de Atacama y el Polo Sur oponen unas gigantescas barreras naturales y protegen de las variadas pestes que asuelan el ancho mundo, la mosca de la fruta, la mosca tse tse y la mosca cojonera. Y lo que el mar y la montaña dejan pasar lo atrapa el estricto Servicio Agrícola y Ganadero, ágil frente a toda clase de bacterias y bichos, incluido el chorizo. O sea que si llevas una amapola en la solapa o un chorizo en el neceser cuando bajas del avión, te los quitan. En rigor, sólo los retienen. Al revés, no hay problema. Puedes salir de Chile vestido a lo Arcimboldo, o a lo David Byrne, o tocado como una musa griega, y el SAG te azota con el látigo de la indiferencia.

Entre mis astures el deporte favorito, además de los bolos, consistía en desafiar al SAG. Cualquier estrategia era buena para pasar por la aduana chilena los chorizos que te daban en el pueblo a la hora de la despedida de Asturias. Los chorizos y el queso. El queso de los Beyos, pase. ¡Pero el Cabrales! ¡Lo que puede apestar el Cabrales tras una travesía transoceánica! Así es la distancia, sin embargo, como el viento que apaga el fuego pequeño y enciende el grande, como cantaba Modugno, que tenía el defecto de no ser asturiano.

Podría agregar un último pormenor a esta historia personal del chorizo y es que mis hermanas aseguran que, en la mesa familiar, cuando ar niño no le gustaba la cena la madre iba y le freía un chorizo. No sé yo si era para tanto. O será que las madres saben que los hijos nacen para alejarse un día del chorizo y los pertrechan para ese largo viaje.

Así fue como me alejé yo también un día. Sin acercarme, hélas, al cosmopolitismo.

C

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