samedi 30 avril 2016

As cold as the spaces between the stars

Leo los obituarios de las víctimas de Bruselas y me digo que no debería nadie morir joven. Los obituarios acaban en una línea que intenta ser optimista. Allí donde estés, estarás bien.

Releo el Maestro de Petesburgo: «He has lost his right to stay in this world, but the next world is cold, as cold as the spaces between the stars, and without welcome», escribe el hombre, desconsolado por haber perdido a su hijo joven.

Me decía también que tarde o temprano resultará que conozco a una de las víctimas. Ayer me enteré de que así es. Un buen amigo iba en el vagón que explotó en Maelbeek. Dice que salvó la vida, con quemaduras superficiales, gracias a que iba junto a él, de pie, un fornido muchacho. Mi amigo acababa de sentarse, se había movido hacia esa parte del vagón en pos de un asiento libre. El cuerpo de ese muchacho operó como protección.

Que no tenga que leer su obituario, me dice.

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lundi 11 avril 2016

El sombrero

Integro como puedo los datos que circulan sobre la matanza de Bruselas.

Cómo no intentarlo al menos, si pasamos a unos cuantos minutos de la explosión de Maelbeek y luego a un par de calles del hombre del sombrero. El tiempo y el espacio, las coordenadas son siempre ésas.

Y aunque no hubiese sido así, cómo no intentarlo.

Un dato mayor y uno menor. Primero el mayor.

Los yihadistas belgas preparaban un atentado en Francia. Como la policía belga los arrinconó, decidieron atentar en Bruselas. Eso se llamará eficacia paradójica.

El menor es que, tras huir del aeropuerto, el terrorista del sombrero arrojó la chaqueta a un basurero. El sombrero, en cambio, dice haberlo vendido.

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samedi 2 avril 2016

El hombre del primer tuit

La primera bomba explotó a su derecha, a unos veinte metros de donde se encontraba. La segunda, tres segundos más tarde, a su izquierda, algo más lejos. Mucha gente cayó. Los que quedaron en pie, echaron a correr. El sacó el móvil y filmó una secuencia de un minuto. Luego envió un tuit que decía escuetamente: «2 explosions à bxl airport». Eran las ocho de la mañana del martes 22 de marzo de 2016.

Sorteando heridos, en medio de humo, polvo y cascotes, salió a la calle. David Crunelle, así se llama nuestro hombre, es publicista y esa mañana iba a tomar un avión a Tokyo.

En una hora tenía más de diez mil notificaciones. Diarios y televisiones pidiéndole entrevistas y autorización para utilizar sus imágenes. No consigue responder a todos. Cuando responde, no siempre le preguntan cómo está. Algunos van directamente al grano: las imágenes, cuánto. 

Tras varias peripecias, acaba vendiendo una secuencia de treinta segundos por 1 500 euros a CNN.

En el aeropuerto dice haber visto con asombro que los niños no lloraban y muchos adultos sí. Que algunos policías estaban fuera de control.

Dice también haber conocido el entablado que está detrás del noticiario. Esa noche publicó un tuit en el que afirma que usará la suma ganada para ir en ayuda de las víctimas.

De poder hacer algo de otra manera, dice ahora, volvería al hall del aeropuerto a rescatar heridos.

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mardi 29 mars 2016

El basurero

Un tipo decidió una noche matarse. Y se mató, abrazado al ordenador. En el ordenador fue dejando el historial de sus decisiones: A la medianoche arrojó su vida profesional al papelero. A las dos, sus vida administrativa. A las cuatro, su vida sentimental. Al alba, arrojó lo que quedaba por la ventana.

Le dije a un amigo que tenía que escribir una novela con esta historia pero no me hizo caso. Así que tengo que contarla yo, aprovechando que la he recordado con el cuento del kamikaze del aeropuerto de Bruselas, ése que escribió su testamento en el ordenador y, antes de partir al aeropuerto o a al metro para matar y matarse, lo arrojó al basurero.

Qué basura.

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samedi 26 mars 2016

El terrorista runner

Salah Abdeslam asoma al quicio de la puerta de la casa en que se esconde, ve al grupo de policías a su derecha y echa entonces a correr hacia la izquierda. No es la suya una carrera desbocada, sino un trote vivo, a ritmo de runner.

La escena tiene un punto absurdo, cómo no. Tras cuatro meses de persecución, el terrorista más buscado de Bélgica se da de cara con sus perseguidores y se aleja al trote. Como si estos fueran a consentírselo. Como si a la vuelta de la esquina se le abriesen las puertas de la libertad. Su carrera es probablemente un movimiento reflejo, como el de un ave de corral decapitada. Como sea, no dura casi nada, dos o tres pasos apenas, hasta que una detonación la corta en seco.

En las horas que siguieron a los atentados terroristas de París, la hipótesis de que uno de los hechores no cumplió con su parte prevista en la masacre fue abriéndose paso. Cuando se confirmó que Abdeslam con la ayuda de un par de cómplices regresó a Bruselas, a su propio barrio, la noche misma de los hechos, esa idea cobró más fuerza. 

La expusimos aquí, cruzando varios elementos: los términos de la reivindicación del Estado islámico, las imágenes de Abdeslam en una gasolinera camino de Bruselas, la aparición de un cinturón de explosivos en un basurero en París. Contrariamente a su hermano Brahim, hombre-bomba consumado en París, Salah Abdeslam se había arrepentido, en el sentido de que había llegado a París cargado de explosivos a saltar por los aires y había salido de París huyendo con la cola entre las piernas. 

Tras cuatro meses en los que probablemente se vio obligado a cambiar de escondite varias veces —al menos de dos de ellos parece haber podido huir en el momento de la llegada de la policía, por los techos en un caso, aprovechando una mudanza, en otro—, su detención con vida y su posterior confrontación a la justicia podría permitir alcanzar el establecimiento de la verdad: qué pasó con él en París, qué hizo y qué dejó de hacer. 

Una vez detenido e interrogado, sin embargo, resulta evidente para el observador ,tanto como para el propio Abdelsam y su abogado, que esa versión, la del arrepentido, pasa a ser también su mejor línea de defensa. Si se arrepintió antes de pasar al acto, su culpabilidad se limitaría a una eventual participación en la preparación de los atentados.

Así, incluso si la hipótesis del arrepentimiento es verdadera, esa verdad, convertida en estrategia procesal, se convierte en una verdad espuria.

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jeudi 24 mars 2016

El taxista

«Los terroristas llegaron ayer al aeropuerto en taxi. La policía ya habrá entrevistado al chofer. A ver qué medio será el primero en hacerlo», escribí ayer en Twitter.

Luego me enteré de que el taxista en cuanto vio las fotos de los presuntos terroristas en la web, un par de horas después de los bombazos, los reconoció y corrió a hablar con la policía. Su testimonio permitió encontrar rápidamente una maleta que los yihadistas había dejado cargada de explosivos en el aeropuerto y hacerla explotar bajo control, sin causar más víctimas.

El taxista explicó que había sido enviado por su empresa a recoger a unos pasajeros que querían ir al aeropuerto temprano por la mañana del martes 22. Habían pedido una combi porque eran tres y llevaban equipaje. La empresa de taxis no tenía en ese momento una disponible y envió un auto estándar. Los pasajeros intentaron meter las cinco maletas que querían transportar en el maletero. Sólo cupieron tres y optaron por dejar las otras dos. 

«Dice el taxista que llevó a los kamikazes al aeropuerto que estos querían llevar cinco maletas. Por suerte en el maletero sólo cupieron tres», escribí un poco más tarde, también en Twitter. «Y que como iban justos de pasta, no pudieron coger otro taxi para llevar las otras dos maletas», respondió un lector.

No es fácil en Bruselas coger un taxi, más aun en un barrio periférico. Los taxis se llaman, salvo que se esté en una estación, en cuyo caso se hace la fila. Ante la eventualidad de volver a llamar para tratar de obtener otro y esperar media hora más, los yihadistas optaron por dejar de lado dos maletas cargadas de explosivos y contentarse con llevar tres.

El taxista también explicó que una vez en el aeropuerto quiso ayudar a sacar el equipaje del maletero, pero los pasajeros se lo impidieron. No le dio más importancia al detalle. Tampoco a que ellos llevaran una mano enguantada

El taxista quiere mantener el anonimato. No habrá, por ahora —hay que confiar en la perseverancia del gremio— entrevista de prensa. La mayoría de los taxistas de Bruselas son extranjeros o de origen extranjero. Muchos son iraníes. 

La colaboración del taxista en la identifición de la maleta abandonada probablemente haya salvado unas cuantas vidas. Y es posible incluso que alguna vida se haya salvado por el tamaño del maletero.

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samedi 19 décembre 2015

Conversaciones con la diputada

Corría el año 99 y la lista del partido verde belga al Parlamento europeo presentaba una novedad: una candidatura europea no belga, en la persona de la italiana Monica Frassoni. Un amigo me invitó a un debate en el que ella participaba, la escuché atentamente, me leí el programa, decidí apoyarla.

No era cabeza de lista, sus opciones de ser elegida eran bajas. Una oleada de voto ecologista, sin embargo, en gran medida debida a la crisis de la dioxina en Bélgica —introducción ilegal de aceites industriales contaminados en la alimentación animal, escándalo que el gobierno belga de mayoría democristiana intentó ocultar, lo que hizo que los democristianos perdieran ese año las elecciones y quedaran por primera vez desde la Guerra fuera del gobierno— hizo que los verdes aumentaran votos y mi candidata fuera elegida.

Poco después supe que los diputados verdes habían formado en Bruselas un grupo parlamentario con nacionalistas de variado pelaje, flamencos, vascos y tutti quanti. Me inquieté por el asunto, lo consulté con un par de amigos conocedores del percal verde, que me tranquilizaron diciendo que se trataba de un acuerdo meramente técnico, indispensable para existir políticamente en Bruselas, acuerdo al que los empujaba el sectarismo de las tres grandes coaliciones europeas: conservadores, socialistas y liberales.

Así hasta el año siguiente, en que me enteré de que el Parlamento europeo había acordado la entrega del Premio Sájarov, en pro de los derechos humanos, al colectivo vasco Basta Ya por su defensa de las libertades en Euskadi a través de una valiente denuncia de los métodos mafiosos de ETA. A nombre de Basta Ya fue a Estrasburgo a recibir el premio Fernando Savater.

Entonces leí en la prensa que en el momento en que Savater se dirigía a los diputados europeos para agradecer el reconocimiento mi diputada, junto a sus aliados nacionalistas, se levantó de su silla y abandonó el hemiciclo en señal de repudio.

Mi diputada. Hay que joderse, como diría mi tío. Volví a leerme el programa, a ver si me había saltado la línea en que explicítamente los verdes apoyaban al terrorismo y denigraban a quienes le plantaban cara. De nuevo no la encontré.

Así que le escribí a mi diputada, haciéndole ver mi estupefacción. Creía haber votado ecologista y resultó que voté nacionalista, le decía. Con copia a los dos presidentes del Grupo verde, la belga Isabelle Durant y el franco-alemán Daniel Cohn-Bendit. Con copia también a Savater.

Savater fue el primero en responder. Un cordial mensaje agradeciendo la preocupación y diciéndome que esta gente actuaba así porque estaba mal informada.

Ni Durant ni Cohn-Bendit se dignaron responder. Monica Frassoni, sí. Sobre la forma, me decía que mi tono era muy duro. Y sobre el fondo, que, en suma, el nacionalismo español era peor que el nacionalismo vasco. Al cabo de un par de mensajes y viendo que de ahí no nos movíamos, me dijo que lo mejor sería que me pasara un día por el Parlamento y nos tomábamos un café con Gorka, que me lo explicaría mejor. Le dije que me disgustaba el café. 

Así que hace unos días, viendo que este año el Premio Sájarov le era concedido al saudí Raif Badawi, le envié un tuit a la diputada —que sigue siéndolo, no sé si ahora por Italia o por dónde— diciéndole que imaginaba que esta vez también se había levantado del asiento. Los dejo con el diálogo subsiguiente:

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samedi 8 août 2015

El cholescuincle dormido

Museo de los impecunes, gratuito el primer miércoles del mes. Turno del Museo de arte e historia en Bruselas. Un paseo de 90 minutos por las salas griegas y americanas con brevísima siesta incluida.

Inevitable comparación entre la manera de griegos de la Antigüedad y americanos precolombinos de representar la anatomía humana: los europeos tienden a la proporción en relación a lo real y los americanos a la desproporción: exagerando, como en las cabezas olmecas, y a menudo empequeñeciendo, como en las cabezas jibarizadas.

Ocurre también con los animales. Notable proporción de las formas animales y humanas —salvo tal vez en el culo espiralado del cazador— en el mosaico de caza de la ciudad grecorromana de Apamea, en Siria. Notable no sólo por eso, desde luego. Apamea que, por cierto, ha sido bombardeada, saqueada y vuelta a saquear durante la guerra siria en curso.

Source: Externe

Inevitable para un tintinófilo como mi tío detenerse a rezarles al fetiche arumbaya de La Oreja rota y a la momia despeinada de Las Siete bolas de cristal. La estatuilla no es amazónica, como la presenta Hergé, ni nazca, como la presentó inicialmente el museo, sino chimú, de la árida costa norte peruana. Errores de atribución debidos en parte a lo lejos que les caía Iberoamérica a los arqueólogos belgas. Y al propio Hergé que, por imperativos narrativos, necesitaba presentar un continente sincrético, un revoltijo azteca-quechua-mapuche, una suerte de sueño bolivariano cumplido en la historieta.

Todo eso y más, pero el sentimiento que prevalece es la incomprensión por no encontrar encabezando la lista de las 84 obras maestras del museo al perrillo mejicano en forma de cántaro, al precioso cholescuincle dormido.

Source: Externe

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dimanche 30 mars 2014

También entendemos un poquito español

Escuchar a unos nacionalistas catalanes hablando en español esta mañana en una radio belga a propósito de su manifestación de hoy en Bruselas me ha recordado una escena que cuenta Ignacio Vidal-Folch en su libro, una situación muy reconocible por lo demás, al menos para mí, porque la he vivido de manera similar a cómo la describe Vidal-Folch:

Encuentro [en Praga] con una pareja de turistas tratando de descifrar el mapa bajo una farola. En el inglés macarrónico que solemos hablar los españoles me preguntan dónde está la boca del metro...
-Please! Do you know where is the Underground station?
-Yes, sure.
Y con ánimo de bromear, prosigo en español con acento checo:
-Sí, yo saber dónde estar metro. Incluso hablo poquito español.
-Ah, but we are not Spanish, we are Catalans -dice él. Y con una sonrisita pícara agrega-: But we do understand spanish also, a little bit.
-También entendemos un poquito español -confirma la mujer.
Me los quedo mirando un instante, y reanudando la marcha mascullo:
-I'm sorry, I don't understand your language.
La pareja estaba bastante perdida y las calles del barrio muy desiertas a esas horas. Tendrían trabajo en orientarse pero espero que todo lo den por bueno con tal de ir por el mundo pregonando su identidad, tan importante.

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vendredi 28 février 2014

Un paseo por Bruselas

Esta mañana me di un garbeo por Bruselas para celebrar que se acaba febrero. Me detuve en tres lugares. Delante del primer edificio, un viejo arsenal, influido probablemente por las Preguntas de un obrero ante un libro, pensé en la gente que levantó ese mazacote.

Frente al segundo, un hospital reciente, construido sin gracia ninguna, pensé, cómo no, en la gente que esta allí dentro, en el taller de reparaciones.

En el tercero no había nadie, ni dentro ni fuera, ni siquiera estaba ese auto que afea la foto. Es la iglesia ortodoxa de San Job, erigida en memoria del último zar de Rusia y que contiene reliquias de esa gente. Un lugar propiamente reaccionario. Un alivio tenerla ahí en calidad de torta de novios en medio del paisaje urbano y de mi propio paisaje.

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