jeudi 5 février 2015

La vitrina del Ateneo

Para ir acabando ya con Buenos Aires, esta foto de la vitrina de una de las librerías más bonitas del mundo, el Ateneo Grand Splendid, una imagen demagógica à souhait, tomada directamente de la realidad.

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Diario del Cono Sur, 11

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Una familia

Narcocorrido

El hijo va vestido con una camiseta de la seleccion argentina, un bluyín raído y una visera de marca. El padre es feo como un cacique que se ha llevado todo a la boca y no acaba de digerirlo. La madre, en cambio, es guapa como una peninsular que a la salida de misa no lleva mantilla de tan discreta. El hijo apoya la cabeza en el hombro del cacique, quien le acaricia la melena, debajo de la cual asoma una joya en la oreja -no es un aro ni un pendiente- que muestra que ya no es un niño o que aún lo es. El cacique se eclipsa hacia el baño, donde se mira largamente en el espejo, se arroja agua a la cara y emite unos ruidos sordos. Manifiestamente se ha metido un par de rayas que le han sentado de puta madre. Fuera lo esperan el niño curioso y la mujer discreta. Sale del baño y hace un par de llamadas desde el móvil. Ahora toca ir a recoger el equipaje.

Diario del Cono Sur, 10

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Retazos porteños

Diario del Cono Sur, 9

Mira que ir a Buenos Aires y, en lugar de escribir sobre Nisman y Kitschner, ponerse a hablar de zorzales y de fetos en formol. Y luego quieres tener lectores. ¿Y quién te dijo que yo quiero tener lectores?

Al despegar, Buenos Aires es un sinfín de luces de colores junto al río chocolatero. Al aterrizar, Santiago por la mismas, si cambias al río por la cordillera. El avión ha venido buscando la última luz del poniente. No sé si será posible un viaje aéreo que haga durar el crepúsculo largas horas, un día entero. Por lo pronto, esa será mi fantasía erótica a la hora de buscar el sueño. Y como plan B, una navegación por mar entre Montevideo y Valparaíso vía el Cabo de Hornos.

Quién supiera leer la ciudad por sus luces. Entiendo que las luces rojas indican a los pilotos la altura de los edificios, mientras que las demás componen el entramado del tráfico entre los volúmenes edificados. Por otra parte, y para reforzar la sensación de continuidad entre una y otra capital, estos últimos años la cotorra argentina ha venido colonizando Santiago. Menudos cotorreos que hay que oír entre los árboles y los postes de la luz. Lo mismo con los locutores deportivos chilenos, que imitan descaradamente a los argentinos.

También sobre cotorreos, el uso porteño del indefinido en lugar del compuesto es cortocircuitante: «Todavía no almorcé», dicen. «A la Argentina se la robaron tres veces y todavía no murió». Y la señora, concentrada en la cinta giratoria buscando su maleta: «Y, no la vi la maleta». 

El taxista que nos lleva hasta el Gran Rex al espectáculo de Les Luthiers -Viejos hazmerreíres se llama- dice que él no iría a verlo. «Todos los que vienen de fuera, Los Beatles, bueno, Los Beatles, no, Youtube (Youtube dice, queriendo decir U2, supongo), vienen de última». Pero Les Luthiers juegan de locales, replico. «Bueno, igual no iría».

El Gran Rex, sin embargo, está lleno. Un placer ver un teatro lleno de gente sencilla que sabe disfrutar de un espectáculo. Se reconcilia uno no sé con qué, con los porteños puede ser, que andan algo cabizbajos, como asustados frente a lo que viene y a lo que va. El de Les Luthiers es un humor popular inteligente, si eso existe. Y buena música, hecha con califones y bidets. Están viejos y se ríen de su propia vejez con chistes bien hechos. Tal vez demasiado hechos. No sé si olvidan eso de que primero hay que escribir y luego borrar los chistes.

No es que los taxistas sean iguales en todas partes, sólo lo parecen. Los bonaerenses son muy de Macri, y algunos le echan la culpa de todo a los ladrones y a los extranjeros. Y creen que Macri no robará, porque ya tiene. 

Lo dejo por ahora. Mañana digo algo sobre el Ateneo o pongo un autorretrato, si eso.

Source: Externe

Del libro «Santiago desde el aire»

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mardi 3 février 2015

El cementerio transparente

Diario del Cono Sur, 8

Epifanía de la mañana en Buenos Aires. Suena una sonata bien sonante mientras compartimos un alfajor de maicena dos cuculíes, un zorzal sabiá y este viejo zopilote.

Apuramos las últimas horas yendo del Museo de patologías al de Aguas corrientes, siguiendo el consejo del amigo V.

La Facultad de medicina de la Universidad de Buenos Aires, que abriga al Museo de patologías, se ve venida a menos. El museo exhibe los estragos de la lepra, la sífilis, los cánceres, enfisemas y otros enemigos de la lozanía. Se alinean pobrecillos nonatos y tristes seres que debieron encarar la vida cubiertos de defectos. Y manos y pechos tatuados con imágenes circenses, que en su día habrán sido exhibidas con disimulo o desparpajo. Un cementerio transparente detenido en la eternidad provisoria del formol.  

A propósito de mi amigo el taxista checo, un tablero muestra las autopsias realizadas en 1920 -el museo tiene cien años- ordenadas por nacionalidades: 56% de argentinos, 20% de italianos, 14% de españoles, 10% de rusos y unos cuantos uruguayos. Redondeo, claro.

Le pregunto al encargado si, descontando estudiantes y profesores, viene algún visitante. «Y, alguno viene… como es gratis». Nosotros somos los primeros visitantes de este 2015. El ultimo de 2014, antes de las vacaciones de enero, dejó escrito en el libro de visitas: «Qué cagaso (sic). Buenísimo».

En el taxi, de regreso, como el iPad ha quedado mal apagado, vuelve a sonar la sonata. Le celebro el buen gusto musical al taxista. «Y, no es la radio del coche, me dice. Es su teléfono. Conteste».

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samedi 23 novembre 2013

Las envenenadoras camerunesas

No sé si escribir algo sobre las envenenadoras camerunesas o sobre la promoción del libro y la lectura.

Para no meterme en forros, me decanto por lo segundo. Abordaré la cosa a escala local. Echevarría decía hace días que la gente no lee ahora menos sino más, sólo que no lee libros sino guasapes. Que no lee no por el IVA sino porque está leyendo. Puede ser. Mi tío se acuerda de haber comprado en Buenos Aires en los primeros años ochenta un libro que se vendía en los quioscos de diarios impreso con una tapa diferente de su contenido. Ya eran ganas de leer. También, en los años que siguieron a la redemocratización se puso de moda en Chile leer libros palpitantes, por lo que cundían las ediciones piratas vendidas a pie de calle. También serían ganas de leer.

En el mundo rico y moderno se publica una cantidad asombrosa de libros y se venden otros tantos, y a los invendidos se los hace picado rápidamente para publicar otros nuevos. No así en el tercer mundo donde se publica poco y los libros se venden y revenden una y otra vez en las ferias persas. En todo ese vaivén, algo se leerá, porque en las letrinas que frecuentaba mi tío en su infancia solían colgar libros que tenían una doble función. Y yo lo veía cruzar la calle hasta el puesto de libros y revistas de la avenida, donde cambiaba por cuatro chauchas sus novelitas releídas de Silver Kane por otras aún por leer y llenas de promesas. Silver Kane, que se llamaba por cierto González Ledesma y era barcelonés («Nadie va a leer novelas del Oeste escritas por un tal González», le habrían dicho en la Editorial Bruguera).

A lo que voy. Un vecino de mi barrio ha fabricado una casina que tiene algo de buzón y algo más de pajarera, la ha pintado de verde e instalado en el soportal de su casa, en la que dispone unos cuantos libros para que se los lleve y los lea el distraído paseante. Cada vez que paso por delante, a diario, no puedo dejar de investigar el contenido y reprimir el impulso de llevármelos todos conmigo. A eso le llamo yo promover la lectura, y lo demás son tonterías. Aunque tal vez esté mi vecino llevando a cabo un experimento sociológico, como el de mí tío con las camisas, cuya descripción dejo para una de estas largas noches de invierno.

Lo de las envenenadoras camerunesas (les empoisoneuses camerounaises, en camerunés suena aún mejor) también queda para otro día. Digamos por ahora que cundieron tiempo atrás los matrimonios de maduros señores belgas con impetuosas  jóvenes camerunesas. Hasta ahí, viva la Pepa. El problema es que esos señores se han ido muriendo casi todos, uno tras otro. Envenenados, según parece. Los habrán matado a polvos y rematado a polvitos.

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mercredi 26 juillet 2006

Swissair

Esto que se cuenta ocurre hace veinte años, día por día. Se trata de un vuelo Swissair, que une Buenos Aires a Ginebra, con uno de esos enormes aviones en los que la multitud reunida parece ser anónima aun para sí misma durante una larga noche sobre el Atlántico.

Un niño de unos catorce años ocupa un asiento del lado de la ventana desde donde contempla el océano que se despliega sin medida. A su lado, viaja una mujer mayor. Podrían ser abuela y nieto, pero no lo son. Viajan solos, cada uno en su espacio, cada uno en su dirección, que son el mismo el tiempo de esta travesía.

A la hora de la cena (azafatas y sobrecargos), se les ve intercambiar una sonrisa y, tras el estímulo de la comida, se les oye entablar conversación. Hablan, en francés y en castellano, de ambas ciudades, de los barrios de Palermo y Plainpalais. El niño tiene unos rasgos que, para quien lo ha conocido de mayor, no pasan desapercibidos. La mujer lo mira con simpatía y lo escucha con una punta de asombro.

Tras la cena, la mujer bebe té y luego un whisky. El muchacho no tarda en reabrir su libro. Se trata, como se sabrá más tarde, de El doble. (Ha dejado escondido en el armario de su cuarto un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos). La mujer abre su cuaderno de notas y escribe unas líneas que se parecen a éstas.

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