samedi 25 novembre 2017

La muchacha

Leyendo La Obra, de Zola. Llegué a ella, cómo no, por el morbo consabido: Zola y Cézanne eran amigos entrañables hasta que un mal día Zola publica esta Obra, donde pinta a Cézanne como un pintor fracasado. 

Llegué al libro por eso, como digo, pero lo leo como se lee una novela. Me salto el prólogo y las notas de pie de página, o sea. Y tengo que decir que el primer capítulo funciona. A la buhardilla de un pintor más o menos misántropo llega de la provincia una muchacha perdida. El pintor la acoge, seca su ropa empapada de lluvia, le cede su cama —a la que tiene el buen cuidado de poner sábanas limpias, y él mismo duerme en un incómodo diván.

No me acuerdo ahora de cómo llama el mester de juglaría el trance de dormir junto a un cuerpo deseado y ser capaz de retener el impulso de ir hacia él para no perturbarlo.

Pues eso hace nuestro pintor cabe la muchacha, la escucha dormir y se duerme. Y a la mañana siguiente, mientras la mira dormir aún, la dibuja con fruición y luego, cuando ella despierta, la ve alejarse, sin más.

La manera de narrar de Zola es propiamente naturalista y no obstante lo que cuenta parece el argumento de un sueño o de una de esas ensoñaciones de las que se valen los solitarios para dejarse ir al sueño. ¿Y si llegara ahora a mi covacha una muchacha? Cualquier explicación para esa circunstancia resulta tirada de los pelos, y sin embargo se maravilla uno de lo inverosímil que puede ser a veces la realidad.

Hortense-Breast-Feeding-Paul-by-Paul-Cézanne

Óleo de Cezanne

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dimanche 8 novembre 2015

Unas putas parisinas

Orsay tal vez sea la primera estación de trenes reconvertida en museo. Es un lugar magnífico y parece aun mejor cuando te enteras de que a punto estuvieron de echarlo abajo en los demoledores años del desarrollismo. Los trenes, además, continúan resonando allí dentro. Los de la línea Paris-Versailles, que siguen el borde derecho del río, rozan los muros exteriores del museo y su retumbancia hace las veces de mar de fondo dentro de esa concha urbana. 

Tras dar la vuelta ritual por entre los Carpeaux y los Courbet de la planta baja y beberme un té entre señoras japonesas con la cara cubierta de polvo de arroz, entré en la exposición sobre la prostitución durante el periodo que cubre el museo, la segunda mitad del XIX y los inicios del XX. 

La exhibición desconcertará a quien busque de entrada meretrices en posición favorable. Las primeras salas llevan por título «Ambigüedad» y, en efecto, las imágenes muestran señoras que no siempre tienen pinta de prostitutas y señores que no siempre parecen ser clientes. En Bruselas circulo a veces por la rue d'Aerschoot y me fijo en las caras de los transeúntes: algunos se comen a las eslavas con la mirada mientras que otros parecen ignorarlas. O tal vez practiquen el arte dragonesco del orgasmo para dentro. 

En Orsay la primera coyunda, una tinta china de Degas, Sur le lit, asoma casi a la mitad del recorrido. A partir de ese momento, no tarda en surgir materia para mironcillos bajo la forma de fotos de vulvas acogedoras y falos enhiestos en la intimidad de los burdeles, de las maisons closes, cerradas en principio a la mirada exterior.

De las varias centenas de imágenes, me sobraron algunos Toulouse-Lautrec pero me detuve largamente frente a cada Manet, La Prune, Irma Brunet... El mayor, en todos los terrenos, esta Olympia:

Source: Externe

Este cuadro, formidable por donde se mire, escandalera del Salón de 1865, es probablemente una reinterpretación prostibular de la Venus de Urbino de Tintoretto, de la Maja desnuda de Goya, de la Venus de Cabanel y quizá de cuáles más. A ese juego se sumó explícitamente Cezanne pintando, veinte años más tarde, su Olympia moderna:

Source: Externe

El pintor provenzal, como puede verse, cambia el ángulo de aproximación a la modelo, desnuda a la sirvienta, despliega el ramo en un florero, transmuta al gato atroz en un perrillo curioso, dispone un memento mori sobre la mesa y, sobre todo, mete al espectador —al propio pintor— dentro de la escena. Dónde mejor podría estar.

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