dimanche 29 avril 2018

Todo Coetzee o nada

Tiempo atrás, Montano me dijo que debería escribir unas instrucciones para leer a Coetzee. Eché las cuentas y como me faltaba por leer Vida y época de Michael K le dije que para eso primero tendría que leer todo Coetzee.  

Supongo que para no ponerme en el brete de tener que escribir las instrucciones para leer a Coetzee, no leí Vida y época de Michael K durante todos estos años. Hasta hace unos días.

La novela es de 1984 y es la cuarta de las 16 escritas por Coetzee. Pero parece la última, la más reciente, la que habla de hoy. Copio la descripción que hace , porque me parece insuperable: «La novela trata de Michael K, un jardinero de raza no identificada que puede o no tener problemas mentales». Pues eso.

Tanto me ha gustado que me pongo a releerla. Wilde decía que si al releer un libro no le ves la gracia, quiere decir que no era necesario leerlo la primera vez. Voy a comprobarlo.

Por lo demás, prometido, escribiré la instruccciones para leer a Coetzee en cuanto haya releído todo Coetzee. No hay para qué precipitarse.

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Contrariamente a la novela, ninguna portada de las muchas ediciones de «Michael K» me convence. Así que pongo esta imagen de la sexta de las nueve versiones de la novela que Coetzee escribió en 1983 sobre cuadernos hechos por él mismo en base a papel reciclado de la Universidad del Cabo. Como puede verse, la novela se llamaba para él simplemente «#4», la cuarta.

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lundi 29 janvier 2018

El joven John

Una tarde acabé de leer un libro, lo cerré, y puede ser que para combatir esa especie de pena que asoma cuando uno se separa de un buen libro, encendí la tele. Una película comenzaba, de la que ya habían quedado atrás los créditos. Reconocí en seguida el relato que yo acababa de leer, a pesar de que no eran imágenes descriptivas ni tampoco eran exactamente las imágenes que yo había «visto» mientras leía el libro.

Viene esto a cuento de que Coetzee cuenta en Infancia cómo eran sus padres, su casa y sus compañeros de curso, y sus lectores pusimos unas formas visuales a ese relato echando mano a imágenes de nuestro propio repertorio. Así hasta hace poco, porque últimamente alguien encontró en Ciudad del Cabo una caja con viejas fotos que tomó Coetzee cuando adolescente y en ellas podemos ver ahora esas escenas de una vida de provincias que el novelista había puesto por escrito.

Debo decir que no son muy diferentes a como las había imaginado. El colegio es tal como supuse —y en esto no tengo mérito ninguno, porque es igual a como era mi propio colegio—, el desierto de Karoo y la playa de Strandfontein, también. Sus padres, en cambio, eran más guapos y el niño John parece más triste y menos agraciado que la figura que yo me representé. Esto último se explicará por el cariño que le tengo.

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mercredi 6 décembre 2017

Cincuenta cosas por hacer antes de morir

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En un programa de radio en 1981, el admirable Perec propuso una lista de cincuenta cosas por hacer antes de morir. Cruzar el meridiano cero en el Pacífico para cambiar de día en pleno día. Ir de Uarzazate a Tombuctú en 52 días montado en un camello, el tiempo que tardó Stendhal en escribir La cartuja de Parma. Beber ron rescatado de un naufragio —como hizo uno de mi pueblo, el capitán Haddock.

Supongo que estos desafíos buscan retardar la inminencia del viaje definitivo. Perec moriría pocos meses después, a los 45 años, y no lo sabía al momento de establecer la lista.

Así que me pongo desde ya a hacer mi propia lista. O más bien me propongo ir haciéndola y deshaciéndola, a ver si así dura algo más la entretención. 

1. Jugar en la selección y marcar el gol decisivo.

2. Estudiar historia del arte y saltarme los capítulos malos.

3. Volver a vivir una hora de un día sábado de hace muchos años.

4. Caminar entre Conques y Cahors y luego entre Cahors y Rocamadour o Montauban. 

5. Entrevistar a John Maxwell Coetzee y preguntarle por qué va cada año a Chile.

6. Navegar desde Valparaíso a Montevideo y vice versa.

7. Avistar la isla de Delos desde la cubierta de una embarcación.

8. Ir del Cabo de Gata al Finisterre andando.

9. Ordenar la bodega y encontrar algo perdido y olvidado y muy querido.

10. Ir desde mi casa hasta la boca del Guadalquivir por la línea divisoria de las aguas.

11. Subir al Pierzu y ver el mar.

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lundi 6 novembre 2017

Tres de Coetzee

Pregunté ayer en Twitter cuál de estas tres portadas es mejor:

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Este es el resultado: 47% para la australiana, 45% para la francesa y 8% para la argentina. 

El que pregunta no vota pero debo decir que comparto el resultado. Las dos primeras me gustan mucho y funcionan de diferente manera, creo yo. La australiana da por hecho que el potencial lector conoce al autor y se sentirá estimulado por el enigma que supone la presentación del título: doce signos ordenados simétricamente ocupan todo el espacio de la portada. Las nueve letras del nombre del autor y, abajo, en números romanos, la fórmula 1, 2, 3. Descomponer el nombre del autor en tres grupos de tres letras da como resultado que las iniciales aparezcan arriba. Lzs dos «palabras» que siguen connotan o significan: Zee, por ejemplo, quiere decir en neerlandés «mar».  A falta de ser unívoca semánticamente, la imagen lo es visualmente. Es ingeniosa, además.

La edición francesa echa mano a una imagen de síntesis —y viene a cuento llamarla así: una isla donde caben tres paisajes diferentes: un macizo vegetal con su palmera —la isla del náufrago, la isla de Robinson Crusoe, tal como la hemos visto mil veces representada—, rodeado por una iglesia más o menos barroca y unos rascacielos. La isla «flota» en ese espacio visual que queda a veces entre el mar y el cielo.

Cabría preguntarse frente a la imagen si se ajusta al contenido del libro. El primero de estos tres relatos de Coetzee se llama «Una casa en España» y se sitúa en Cataluña. El segundo se llama «Nietverloren» —No está perdido o abandonado— y describe una travesía por el desierto de Karoo, en Sudáfrica. El tercero, «Él y su hombre», es su discurso de aceptación del Nobel en 2003, y se sitúa, por decirlo así, en la costa sur de Inglaterra. Para refirse a sí mismo, Coetzee se apoya en uno de sus clásicos, Daniel Defoe. La isla como metáfora cabe, así, en la imagen de la portada, junto a los tres paisajes contenidos: la naturaleza más o menos intemporal, el pasado y el presente.

La edición argentina funciona sobre la misma base que la francesa, pero está menos conseguida. La fotografía muestar una casa que podríamos encontrar en Cataluña, cierto, o incluso en el Karoo, pero que no nos dice por qué tendríamos que interesarnos por ella.

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vendredi 27 octobre 2017

Las mejores novelas de Coetzee ordenadas de mejor a mejor

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vendredi 31 mars 2017

Los días de Davíd en la escuela

Le pregunto a la persona a la que tengo por responsable de las constantes escapadas de Coetzee al Cono Sur qué le ha parecido la novela y me dice que le ha parecido que no.

Que no debería Coetzee ir por allí sino por allá. Pero como es precisamente por allí que Coetzee ha ido creo incluso que  perseverará y espero que alcance a contarnos la pasión del protagonista, David, cuando cumpla 33. Por ahora, el niño tiene cinco años en la primera entrega, La infancia de Jesús, y siete en esta segunda, Los días de Jesús en la escuela.

En ambas novelas la vida de David transcurre en un país en donde se habla español. El niño aprende a leer con un ejemplar del Quijote y así por delante. Incluso algún crítico sostiene que la sentenciosa prosa que utiliza Coetzee parece un inglés traducido del español. Y sobre eso hay un detalle que me encanta porque yo por esos detalles vivo y es que en su empeño por hispanizar seres y cosas el nombre del niño, David, Coetzee lo escribe así: 

Davíd.

Te lo juro.

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dimanche 19 mars 2017

Voy y vuelvo

Días de idas y venidas.

Mi castellano favorito me ha traído ésta, que espero leer en la larga travesía. Este último tiempo había estado releyendo Infancia y Juventud. Tanto así que se me escapó esta publicación y me la encuentro ahora ya traducida. 

Segundas partes nunca fueron buenas, cita con coña Coetzee al Quijote en el epígrafe. Es verdad que es la primera vez —descontando los dos primeros tomos de la autobiografía, a los que me refiero— que un libro suyo prolonga explícitamente el precedente. Al anterior, La infancia de Jesús, cierta crítica adicta al énfasis lo vapuleó. 

Releyendo Juventud me decía que tal vez será una característica de los grandes ser capaces de mirarse a sí mismos sin condescendencia. En él, Coetzee se presenta como un pusilánime que merced a unos meros vaivenes se codea un día en Cambridge con los más brillantes matemáticos en el empeño por crear los ordenadores que vendrían pocos años más tarde a cambiar el signo de los tiempos. Cualquier mediocre con un papel infinitamente más pequeño que el suyo contará más tarde la importancia de su participación en esa hazaña. Coetzee, en cambio, en su empeño por mirarse de cerca se permite hacer lo contrario y disminuirse. 

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jeudi 1 décembre 2016

Gran Hotel Othelo

Hoy comienza el invierno que ya comenzó y que en cierta medida no termina nunca bajo estos cielos. El solsticio de invierno llegará dentro de veinte días marcando el fin de la reculada de la luz y su lento retorno. Un par de veces, de regreso del verano austral, borracho de sol en pleno enero, viendo al avión adentrarse en la fría oscuridad del noreste me he preguntado si estoy bien de la cabeza. 

El cuento es que una de estas noches vi Winter sleep. En pleno invierno, en medio del paisaje roto de la Anatolia central, un hombre avejentado escribe columnas que no leerá nadie. Alguna vez creímos que serías mucho más de lo que has sido, le dice su hermana, con esa crueldad fría que la tibia familiaridad consiente. Su mujer, por su parte, intenta paliar la pobreza ambiente a través de una especie de ONG informal. Hasta ahí llegan los parecidos porque nuestro hombre es rico y su mujer joven.

Cuando me levanté del sillón habían pasado más de tres horas, ya era más de medianoche y yo estaba hambriento porque no había cenado. Hacía tiempo que el cine no me jugaba una pasada así. Cuando niño, entraba al mediodía a la función cuádruple del cine Avenida Matta y salía hacia las ocho sin saber  cómo me llamaba. Ahora uno cree tener las ficciones bajo control y, sin embargo, cualquier noche una historia turca le altera el programa.

Winter sleep se apoya en tres relatos de Chéjov y en un descenlace de Dovstoyevski para contar no mucho más que el lento discurrir de los días en un sitio remoto. Y entreabrir el alma de sus personajes. No suelo permitirme frases así pero a ratos creía estar leyendo un libro de Coetzee. En un momento de tensión aguda, dos personajes, a punto de irse a las manos, resuelven la situación soltando sendas citas de Shakespeare. A lo Marías, o sea, y con música de Schubert.

En fin, para no embalarme más ni largar destripes, acabo con una simpleza. Nuestro personaje, que fue actor cuando joven y es un celoso de cuidado, de esos que están seguros de no serlo, posee y atiende un pequeño hotel rural: el Hotel Othelo.

Palma de oro en Cannes. Qué menos.

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samedi 30 avril 2016

As cold as the spaces between the stars

Leo los obituarios de las víctimas de Bruselas y me digo que no debería nadie morir joven. Los obituarios acaban en una línea que intenta ser optimista. Allí donde estés, estarás bien.

Releo el Maestro de Petesburgo: «He has lost his right to stay in this world, but the next world is cold, as cold as the spaces between the stars, and without welcome», escribe el hombre, desconsolado por haber perdido a su hijo joven.

Me decía también que tarde o temprano resultará que conozco a una de las víctimas. Ayer me enteré de que así es. Un buen amigo iba en el vagón que explotó en Maelbeek. Dice que salvó la vida, con quemaduras superficiales, gracias a que iba junto a él, de pie, un fornido muchacho. Mi amigo acababa de sentarse, se había movido hacia esa parte del vagón en pos de un asiento libre. El cuerpo de ese muchacho operó como protección.

Que no tenga que leer su obituario, me dice.

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dimanche 28 septembre 2014

Voy y vuelvo

Vengo de comprar una guía de la isla donde me iré a leer Así empieza lo malo, que también compré, así como un libro de Coetzee, el único que aún no he leìdo. Cuando acabe El Maestro de Petersburgo tal vez escriba unas líneas que llame Para leer a Coetzee, o Leer a Coetzee, o Coetzee. El primer capítulo del Maestro... debe de estar entre lo más triste que he leído en mi vida, y esto último es un elogio. Para alegrías, ya tenemos suficientes con las que nos trae el día a día. 

De paso me detuve a observar a la gente que, como dice Marías, así, en general, está loca.

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