dimanche 2 mai 2010

El hombre que confundía a su amante con un violín

CT

Tras Infancia (África del Sur) y Juventud (Inglaterra), John Maxwell Coetzee describe la vida que llevaba a su regreso a Ciudad del Cabo a comienzos de la década de los setenta, cuando tenía treinta años.

Para hacerlo, se da por muerto y envía a un biógrafo a entrevistar a cinco personas importantes en su vida de entonces. Cuatro de ellas son mujeres. Todas, menos una, viven ahora en Europa y América. El propio Coetzee, como se sabe, vive desde 2002 en Australia.

El libro se llama Summertime. Se entiende que la treintena es el verano de la vida, más o menos el tiempo del ardor, del sol por todo lo alto, el tiempo de la reproducción, el que precede a la cosecha. En el que el sexo tiene un lugar cenital, el sexo o su ausencia. De las cuatro mujeres del relato, dos fueron sus amantes, la tercera se negó a serlo, y la cuarta es su prima, con quien, cuando niño, pensaba que se casaría.

Coetzee no duda en mostrarse, a través del relato de quienes lo conocieron, como un hombre disminuido o desfasado frente al embate del instinto. Desmañado en el terreno de las relaciones sociales, tironeado entre el calvinismo de sus ancestros, la ambigüedad de su generación y su propia gana y desgana. No duda en mostrase muchas veces risible. El hombre que confundía a su amante con un violín, El hombre que dejó olvidado un condón usado en la cama de su amante, El hombre que obligó a su prima a pasar la noche en el desierto de donde los rescató un viejo con un burro, El hombre que perdió la dignidad porque se enamoró podrían ser unos cuantos títulos alternativos para el libro.

Poniéndose en primer plano, Coetzee, en un calculado ejercicio literario, lleva la atención del lector hacia quienes en una biografía convencional quedarían ensombrecidos, y convierte a Summertime en un libro sobre las mujeres que lo amaron, mucho, poquito o nada, y sobre la sociedad sudafricana, que vivía por entonces el apogeo y el comienzo del fin del apartheid. Summertime es también un libro sobre su padre viudo, cuyo final, del libro y del padre, es doblemente triste.

Summertime es una obra maestra. ¿Maestra? La mayor emoción contenida dentro de la forma precisa.

Undated fragments: It is a Saturday afternoon in winter, ritual time for the game of rugby >

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dimanche 25 avril 2010

El burro

S Los libros de Coetzee no sólo son buenos o buenísimos, además suelen dedicar un par de párrafos a algún animal, lo que los mejora. En Summertime, al protagonista y su prima la camioneta los deja botados en pleno desierto de Karoo, tal como muestra la tapa del libro, de donde los rescata, a la mañana siguiente, un peón montado en un coche tirado por un burro. «No sorprende que Jesús haya tenido debilidad por los burros», escribe Coetzee.

Sólo conocía la imagen de Jesús entrando en Jerusalén, no a caballo, como un conquistador, sino a lomos de un humilde burro. Y el burro del pesebre. El mismo que lleva a su madre de Jesús camino del exilio. Busco y me entero de que esa entrada en Jerusalén ya había sido anunciada por Zacarías: «Mira a tu Rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde, y va montado sobre un burro, sobre el hijo pequeño de una burra».

El burro tiene mala prensa, pero buena literatura.

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jeudi 22 avril 2010

El babuino

Llega la noche al desierto de Karoo. Los babuinos cesan de alimentarse y observan la puesta del sol. En los ojos del mono más viejo se dibuja la melancolía. Nunca más, se dice.

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vendredi 7 août 2009

Un cuarto lleno de espejos

Cuarto

M
’Naughten había llegado a Boston procedente de NY en compañía de un camarada. Eran dos vivalavirgen, como los llama RLS en El Emigrante por gusto, y se pasaron el día de parranda hasta que dio la medianoche y comenzaron a buscar alojamiento. A eso de las dos, fatigados y abatidos, después de un largo rodeo se encontraron en la misma calle por la que habían comenzado sus pesquisas, delante del mismo hotel a cuya puerta ya habían llamado, sin resultados. Al ver que estaba abierto, volvieron a la carga. El dependiente les dio la bienvenida de modo más caluroso que la primera vez y así descubrieron complacidos que el precio de la noche había disminuido de un dólar a un cuarto.

En la estancia había un camastro, una silla y dos cuadros enmarcados, uno a la cabecera de la cama y otro enfrente, a los pies, y ambos estaban acortinados, como a veces sucede con las acuarelas de gran valor, los retratos de los difuntos o ciertas obras de arte de tema un tanto escabroso. Tal vez con la esperanza de hallar algo de esta índole, M’Naughten retiró la cortinilla del primer cuadro y se llevó una sorpresa morrocotuda al comprobar que allí no había ningún cuadro.

Lo qué había detrás de la cortinilla, el lector lo adivina, eran tres mirones. Por un instante, cuenta RLS, esas cinco personas (los tres mirones y los dos mirados) se miraron a los ojos, tras lo cual M’Naughten y su amigo cerraron púdicamente la cortinilla, salieron de la estancia, renunciaron a la idea de encontrar cama y caminaron por las calles de Boston hasta el amanecer.

De ocurrir hoy la escena, en lugar de cuadros acortinados habría un espejo de aquellos que devuelven la imagen del que mira al mismo tiempo que ocultan la mirada de quien está del otro lado del muro. Eso, o cámaras diminutas que conectan con pantallas gigantes donde se reproducen imágenes de alta definición, tal como hace una serpiente cuando se traga un huevo de paloma y defeca o devuelve un enorme huevo de avestruz.

A este respecto, MTP me cuenta una historia de su acervo. Se encontraba cierta vez recién transplantado a París, en pleno invierno, sin medios, sin esperanza casi, cuando se dio de bruces en una esquina con una rubia espléndida que lo invitó a cenar ricas viandas, le dio interesantísima conversación y, como si no bastasen tantas prendas, se lo llevó a un hotel en Pigalle. Una vez en este, y en cuanto MTP hubo cumplido con su cometido, se tendió en el cama a fumar y así pudo reparar en unos espejos que cubrían la parte alta de la estancia, detrás de los cuales creyó oír un ruido de sillas y un murmullo de espectadores que se retiraban después del espectáculo.

Qué más puede pedir el narcisismo especular al uso y la mímesis desatada: espejos transparentes que permiten simultáneamente verse y ser visto y cámaras que son pantallas e inversamente. Con todo, por más vueltas y revueltas que le demos al asunto, por más que nos adentremos por la conceptualidad de la problemática y sus múltiples recovecos, al cabo de lo andado volveremos a encontrarnos frente a la presencia inmóvil del mirón asomando fuera de la caverna.

Niño aún, JMC se preguntaba: ¿Qué más se puede hacer con las piernas, aparte de devorarlas con los ojos?

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RLS: Robert Louis Stevenson, «El Emigrante por gusto», traducción de Miguel Martínez Lage
MTP: Mi tío Pepe
JMC: John Maxwell Coetzee, «Infancia», traducción de Juan Bonilla.

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