vendredi 27 novembre 2009
El sonido del módem
Hoy se celebra el Aid el-Kebir, la fiesta del sacrificio o fiesta grande, que consiste, en suma, en sacrificar un carnero y comérselo. Hace algunos años Pepe estaba en el Magreb por estas fechas. Munim, su anfitrión, había comprado el carnero con antelación y lo había amarrado en el patio de su casa donde lo alimentaba y le daba de beber. Al principio el carnero balaba de manera muy simpática, como todo en su persona: era un carnero muy guapo. De a poco, en la medida en que se acercaba la hora señalada, la mañana del día del Aid, el balido del carnero se iba volviendo angustioso. A su balido respondían los carneros que esperaban como él su hora en los patios vecinos. La noche anterior al Aid el concierto de los carneros balando a la muerte era una tristeza.
Entretanto, Munim consultaba su correo electrónico a menudo, en tiempos en que el módem de 56K hacía ese peculiar sonido de pato escaldado en los espacios siderales. Como la conexión era precaria, Munim la intentaba innumerables veces, casi tantas como los balidos del carnero. Buscaba noticias de alguno de sus siete hijos repartidos por el mundo, con la esperanza de que al menos uno de ellos se decidiera a último momento a ir a celebrar la fiesta en casa de sus padres. Ya se sabe que el sacrificio del carnero remplaza al sacrificio del hijo bienamado. Y que los padres son pastores y viceversa. Lo cierto es que los hijos de Munim no daban señales de vida y los únicos que daban tristes e infructuosas señales eran el módem y el carnero, y Munim se iba paulatinamente ensombreciendo.
Desde entonces, Pepe asocia estrechamente el balido del carnero y el sonido del módem con la espera y la distancia.
Carabacho, El sacrificio de Isaac, c. 1598
lundi 28 septembre 2009
Dos días en Marburg
Que es una ciudad del centro de Alemania, con jardín botánico y universidad, en la que estudiaron Ortega y Gasset, Hannah Arendt y los hermanos Grimm. Como las guerras no lo han arruinado, un paseo por el casco viejo de Marburg representa un viaje desde el medievo al presente, con una larga escala en tiempos del romanticismo alemán (pero todo romanticismo es alemán).
Las autopistas alemanas están impecables y perpetuamente en reparaciones, lo que explica que por ellas se vaya simultáneamente muy rápido y algo lento, y sea mejor orientarse en ese laberinto con un GPS, que es el karaoké de la autopista.
Ayer domingo se celebraban elecciones legislativas en Alemania y, aparte los carteles con la cara de la gigante Angela y el puesto callejero del Partido Pirata, éstas pasaban casi desapercibidas para el visitante. Tal como sus resultados.
El otoño, en cambio, sí que es notorio, sobre todo para quien llega desde el oeste (el otoño anida al este). O sea que hace en Marburg por ahora un tiempo para perderse en los bosques que la rodean y en el dédalo de sus calles y escaleras de piedra, y recuperar fuerzas en un Biergarten tomándose un Auflauf, el platillo local, con una Altbier, y ya con las fuerzas recuperadas trincar un Zwiebelkuchen, una tarta de cebolla.
Y mirar cómo se mueve la gente, que recuerda a otra gente. Ese anciano recuerda a Hesse, esa muchacha a Bettina, un amor de Goethe, tal como la describe Kundera en La Inmortalidad. La bella, el anciano, la inmortalidad, todas las presencias parecen ser ideas y todas las ideas parecen ser alemanas.
jeudi 30 juillet 2009
Paisaje con hoja roja
Qué gran país, exclama Pepe. Todo es grande aquí, los paisajes, las distancias, los porcentajes, los camiones, los bosques, los lagos, las porciones en los restoranes. Los canadienses recientes, eso sí, mayormente de origen asiático, son más bien pequeños. Pero ya verás cómo irán creciendo.
Miramos Toronto desde la isla. ‘Canadá tiene muy poca historia y demasiada geografía’, repiten los canadienses, pero el tiempo los va desmintiendo. Cada día hay más historia y algo menos de geografía. El viento lima la cresta de los montes, el agua anega la tierra firme y, como dejó escrito el muchacho sobre el muro, ‘el bosque precede al hombre pero lo sigue el desierto’.
Ahora vemos caer el agua por las cataratas del Niágara. ‘La segunda decepción de la novia’, llamó Oscar Wilde a este tradicional destino para viaje de luna de miel. Imposible no pensar en lo que pueden juntos el tiempo y el agua. Time is as weak as water (El tiempo es tan feble como el agua), dice la canción. Febles son, pero juntos desplazan las cataratas varios kilómetros en unos cuantos siglos. Mientras resistimos a la tentación de lanzarnos cataratas abajo, Pepe me cuenta historias de gente que no la resistió.
Paisajes como éste los pintores del llamado Grupo de los Siete decidieron pintar ‘a la canadiense’. Para hacerlo se internaron en los bosques y acabaron descubriendo nuevos lagos. A los de agua transparente los bautizaron con nombres de pintores que admiraban y a los de agua turbia con nombres de críticos que los denigraban.
En Ottawa nos mezclamos con el gentío durante la fiesta nacional del día primero de julio, al pie de los edificios sede de las instituciones. Son canadienses recientes y se cubren con la hoja roja sobre fondo blanco. Celebran la ‘idea’ de Canadá, tienen la cara del mundo y componen una olla podrida que no huele mal.
A dos pasos de allí, del otro lado del río, comienza Quebec, donde la fiesta pasa desapercibida. La mitad menos uno de la población quebequesa votó, en el referéndum de 1995, por la separación de Quebec del resto de Canadá. Observo de reojo a mi tío, a quien estos asuntillos se la traen floja. O bien lo ponen de los nervios.
La emigración campo-ciudad durante el siglo pasado fue poblando Montreal de descendientes de los colonos franceses. Que, en cuanto se fueron haciendo un lugar en la urbe cosmopolita y ganaron poder, impusieron su lengua. Y, para mantener su sitial, no vacilan en traducir hasta las señales de la circulación: donde ponía stop, léase arrêt. El resultado es que hoy se habla francés en una gran ciudad de América del Norte sitiada por el inglés. So, voilà.
La fauna urbana se dispersa y vuelve a reunirse en torno a los escenarios del Festival de jazz. Es la hora de la cena y todo el mundo se lleva algo a la boca. Hemos de escoger entre comida libanesa, etíope y cochinchínica. Me pregunto qué comían los canadienses antes de la llegada de los extranjeros. Pepa sostiene que antes de la llegada de los extranjeros no existía Canadá. Pero ya los primeros canadienses apreciaban la comida foránea, particularmente el misionero a la olla.
vendredi 3 juillet 2009
Y viceversa
Sueño que voy a dar con mis huesos a la cárcel (y duelen). Como Yorick, el personaje del Viaje sentimental por Francia e Italia, de Steiner, quien, desde la habitación de su hotel, se ve a sí mismo engrillado en una mazmorra.
Otro personaje, pintado éste por Moroni, exhibe esta divisa: Duritiem Mollitie Frangit (Franquearse de la dureza por la suavidad). Y viceversa.
vendredi 26 juin 2009
Voy y vuelvo
Voy camino de Toronto (To ron to). Saludos.
lundi 11 mai 2009
El color del caramelo

Escribo estas notas en el Vueling que me trae de regreso a Zaventem. Me gusta el color del avión, me alegra que repartan caramelos a bordo. El sobrecargo que se dirige a los pasajeros da el nombre de cada miembro de la tripulación y también sus países y ciudades de origen. Es un detalle interesante. Ya no son sólo caras y voces, ahora son también un relato. También me gusta el nombre de la compañía, Vueling (pero preferiría que se llamara Volare), y que tenga maneras de pirata somalí. Hago el chequeo on line y Vueling me da mi asiento por aquí y el de mi vieja amiga por allá. ¿No le gusta su asiento, quiere usted cambiarlo?, me pregunta el programa. ¿No, sí? Pos, pague.
Peor es Ryanair, donde hay que pagar para ir al baño.




