jeudi 7 juillet 2011

Ars longa Visa brevis

(Voy vuelvo 5)

Si te gusta la miel, aguanta a las abejas, escribió una vez Erasmo. Tal vez dijo aguanta como quien dice soporta, en el sentido anglo-deportivo del término. Así es como vamos probando mieles por estas serranías de España y Portugal, en imitación de Unamuno, y sin embargo aún no vemos a la primera abeja. Mariposas sí, a tutiplén.

O el que quiera celeste que le cueste. Al precio que está el combustible -Ars longa Visa brevis, según la fórmula de Vi Tin- , lo que cuesta el celeste en la mitad superior del cuadro y el verde en la mitad inferior son los atascos en los anillos de circunvalación -puto París-, las noticias de la radio, la famosa crisis greco-romana.

Yo no escribo de eso aquí, me contento con contar historietillas como quien toca su campanilla, pero en los largos trayectos entre dos puntos mi Erasmus personal me lleva a esos asuntos, el sentido de la existencia, la arbitrariedad del arte contemporáneo, el desajuste perpetuo de la economía mundial, sin perder de vista la flora y fauna de la cordillera, el sabor de la guinda y la molleja, los olores del pino, del cloro y del poleo, típicos tópicos turísticos.

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vendredi 27 novembre 2009

El sonido del módem

Hoy se celebra el Aid el-Kebir, la fiesta del sacrificio o fiesta grande, que consiste, en suma, en sacrificar un carnero y comérselo. Hace algunos años Pepe estaba en el Magreb por estas fechas. Munim, su anfitrión, había comprado el carnero con antelación y lo había amarrado en el patio de su casa donde lo alimentaba y le daba de beber. Al principio el carnero balaba de manera muy simpática, como todo en su persona: era un carnero muy guapo. De a poco, en la medida en que se acercaba la hora señalada, la mañana del día del Aid, el balido del carnero se iba volviendo angustioso. A su balido respondían los carneros que esperaban como él su hora en los patios vecinos. La noche anterior al Aid el concierto de los carneros balando a la muerte era una tristeza.

Entretanto, Munim consultaba su correo electrónico a menudo, en tiempos en que el módem de 56K hacía ese peculiar sonido de pato escaldado en los espacios siderales. Como la conexión era precaria, Munim la intentaba innumerables veces, casi tantas como los balidos del carnero. Buscaba noticias de alguno de sus siete hijos repartidos por el mundo, con la esperanza de que al menos uno de ellos se decidiera a último momento a ir a celebrar la fiesta en casa de sus padres. Ya se sabe que el sacrificio del carnero remplaza al sacrificio del hijo bienamado. Y que los padres son pastores y viceversa. Lo cierto es que los hijos de Munim no daban señales de vida y los únicos que daban tristes e infructuosas señales eran el módem y el carnero, y Munim se iba paulatinamente ensombreciendo.

Desde entonces, Pepe asocia estrechamente el balido del carnero y el sonido del módem con la espera y la distancia.

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Carabacho, El sacrificio de Isaac, c. 1598

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lundi 28 septembre 2009

Dos días en Marburg

Que es una ciudad del centro de Alemania, con jardín botánico y universidad, en la que estudiaron Ortega y Gasset, Hannah Arendt, los hermanos Grimm y mi murciano favorito. Como las guerras no lo han arruinado, un paseo por el casco viejo de Marburg representa un viaje desde el medievo al presente, con una larga escala en tiempos del romanticismo alemán (pero todo romanticismo es alemán).

Las autopistas alemanas están impecables y perpetuamente en reparaciones, lo que explica que por ellas se vaya simultáneamente muy rápido y algo lento, y sea mejor orientarse en ese laberinto con un GPS, que es el karaoké de la autopista.

Ayer domingo se celebraban elecciones legislativas en Alemania y, aparte los carteles con la cara de la gigante Angela y el puesto callejero del Partido Pirata, éstas pasaban casi desapercibidas para el visitante. Tal como sus resultados.

El otoño, en cambio, sí que es notorio, sobre todo para quien llega desde el oeste (el otoño anida al este). O sea que hace en Marburg por ahora un tiempo para perderse en los bosques que la rodean y en el dédalo de sus calles y escaleras de piedra, y recuperar fuerzas en un Biergarten tomándose un Auflauf, el platillo local, con una Altbier, y ya con las fuerzas recuperadas trincar un Zwiebelkuchen, una tarta de cebolla.

Y mirar cómo se mueve la gente, que recuerda a otra gente. Ese anciano recuerda a Hesse, esa muchacha a Bettina, un amor de Goethe, tal como la describe Kundera en La Inmortalidad. La bella, el anciano, la inmortalidad, todas las presencias parecen ser ideas y todas las ideas parecen ser alemanas.

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jeudi 30 juillet 2009

Paisaje con hoja roja

Qué gran país, exclama Pepe. Todo es grande aquí, los paisajes, las distancias, los porcentajes, los camiones, los bosques, los lagos, las porciones en los restoranes. Los canadienses recientes, eso sí, mayormente de origen asiático, son más bien pequeños. Pero ya verás cómo irán creciendo.

Miramos Toronto desde la isla. ‘Canadá tiene muy poca historia y demasiada geografía’, repiten los canadienses, pero el tiempo los va desmintiendo. Cada día hay más historia y algo menos de geografía. El viento lima la cresta de los montes, el agua anega la tierra firme y, como dejó escrito el muchacho sobre el muro, ‘el bosque precede al hombre pero lo sigue el desierto’.

Ahora vemos caer el agua por las cataratas del Niágara. ‘La segunda decepción de la novia’, llamó Oscar Wilde a este tradicional destino para viaje de luna de miel. Imposible no pensar en lo que pueden juntos el tiempo y el agua. Time is as weak as water (El tiempo es tan feble como el agua), dice la canción. Febles son, pero juntos desplazan las cataratas varios kilómetros en unos cuantos siglos. Mientras resistimos a la tentación de lanzarnos cataratas abajo, Pepe me cuenta historias de gente que no la resistió.

Paisajes como éste los pintores del llamado Grupo de los Siete decidieron pintar ‘a la canadiense’. Para hacerlo se internaron en los bosques y acabaron descubriendo nuevos lagos. A los de agua transparente los bautizaron con nombres de pintores que admiraban y a los de agua turbia con nombres de críticos que los denigraban.

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En Ottawa nos mezclamos con el gentío durante la fiesta nacional del día primero de julio, al pie de los edificios sede de las instituciones. Son canadienses recientes y se cubren con la hoja roja sobre fondo blanco. Celebran la ‘idea’ de Canadá, tienen la cara del mundo y componen una olla podrida que no huele mal.

A dos pasos de allí, del otro lado del río, comienza Quebec, donde la fiesta pasa desapercibida. La mitad menos uno de la población quebequesa votó, en el referéndum de 1995, por la separación de Quebec del resto de Canadá. Observo de reojo a mi tío, a quien estos asuntillos se la traen floja. O bien lo ponen de los nervios.

La emigración campo-ciudad durante el siglo pasado fue poblando Montreal de descendientes de los colonos franceses. Que, en cuanto se fueron haciendo un lugar en la urbe cosmopolita y ganaron poder, impusieron su lengua. Y, para mantener su sitial, no vacilan en traducir hasta las señales de la circulación: donde ponía stop, léase arrêt. El resultado es que hoy se habla francés en una gran ciudad de América del Norte sitiada por el inglés. So, voilà.

La fauna urbana se dispersa y vuelve a reunirse en torno a los escenarios del Festival de jazz. Es la hora de la cena y todo el mundo se lleva algo a la boca. Hemos de escoger entre comida libanesa, etíope y cochinchínica. Me pregunto qué comían los canadienses antes de la llegada de los extranjeros. Pepa sostiene que antes de la llegada de los extranjeros no existía Canadá. Pero ya los primeros canadienses apreciaban la comida foránea, particularmente el misionero a la olla.

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vendredi 3 juillet 2009

Y viceversa

Sueño que voy a dar con mis huesos a la cárcel (y duelen). Como Yorick, el personaje del Viaje sentimental por Francia e Italia, de Sterne, quien, desde la habitación de su hotel, se ve a sí mismo engrillado en una mazmorra.

Otro personaje, pintado éste por Moroni, exhibe esta divisa: Duritiem Mollitie Frangit (Franquearse de la dureza por la suavidad). Y viceversa.

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vendredi 26 juin 2009

Voy y vuelvo

Voy camino de Toronto (To ron to). Saludos.

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lundi 11 mai 2009

El color del caramelo

Vueling

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scribo estas notas en el Vueling que me trae de regreso a Zaventem. Me gusta el color del avión, me alegra que repartan caramelos a bordo. El sobrecargo que se dirige a los pasajeros da el nombre de cada miembro de la tripulación y también sus países y ciudades de origen. Es un detalle interesante. Ya no son sólo caras y voces, ahora son también un relato. También me gusta el nombre de la compañía, Vueling (pero preferiría que se llamara Volare), y que tenga maneras de pirata somalí. Hago el chequeo on line y Vueling me da mi asiento por aquí y el de mi vieja amiga por allá. ¿No le gusta su asiento, quiere usted cambiarlo?, me pregunta el programa. ¿No, sí? Pos, pague.

Peor es Ryanair, donde hay que pagar para ir al baño.

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mardi 6 février 2007

De Mequenez a Rabat

A la hora del calor, sentados en el quicio de la tienda de Hassan, en Bab Mansour, en Mequenez, vemos pasar una comitiva fúnebre con un cadáver, envuelto en su lienzo, dentro de su caja abierta. Lo portan en andas seis hombres, a quienes acompañan un centenar de otros hombres de todas las edades, a pie, cantando en honor de Alá.

Se trata de alguien que ha muerto de enfermedad o de accidente, afirma Hassan. El caracter exclusivamente masculino de la comitiva impide pensar que el cadáver pueda ser el de una mujer, por lo extraño que resulte imaginar a una mujer llevada hasta su tumba sólo por hombres. Hassan me explica la secuencia: al entierro van los hombres pero la primera visita a la tumba tras el entierro está reservada a las mujeres.

Al día siguiente, dulcísimo jugo de naranjas al desayuno. La camarera es calamitosa, chilla constantemente y estornuda sobre los platos. Tren para Rabat. Hace años, cómo me gustaba subirme al tren, a cualquier tren, donde quiera que hubiese un tren y como fuese. Ahora presiento que no está tan lejano el día que diga: de aquí no me muevo.

La risa, remedio infalible, se llamaba la sección de tiras cómicas del Reader's Digest. Es fácil reírse del prójimo, es divertido reírse con el prójimo, sobre todo si el prójimo le ríe a uno las gracias. Pero es incómodo comprobar que es el prójimo el que se ríe de uno. El botones del hotel en Mequenez no pudo reprimir un acceso de risa cuando le pregunté, hacia las ocho de la tarde, cuál era el horario de la piscina. A la entrada a los andenes, en la estación, el controlador me avisa que el primer tren va a Fez y el segundo a Rabat. Ah, le digo, el primero no me sirve y el segundo sí. Detrás mío, escucho carcajearse a un grupo mientras repiten mi frase. La risa, remedio infalible. Se me ocurre una caricatura. Dos puertas, la primera para hombres, la segunda también.

La risa es contagiosa, ya se sabe, y seguramente libidinosa. Ninguna risa como la de los personajes ingenuos de la Trilogía de la vida de PPP. En el compartimiento del tren van tres parejas: dos muchachas muy jóvenes no paran de reír. Dos mujeres adultas, ríen a veces. Una pareja mayor no ríe ni por asomo. En la segunda parte del viaje, brusca inversión de tendencia: las jovencitas se quedan serias y los mayores no paran de carcajearse.

Al borde de la trocha ferroviaria, ricinos, cardos, bolsas de plástico destripadas, natres, buganvilias.

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Rabat, la medina, al atardecer. Enfrente, Salé, su playa, su cementerio, antiguo refugio de piratas, tal como Chauén fue antes española y Volubilis romana, todo fue antiguo alguna vez, con perro, con fauno, con efebo, y acabó perdido y desintegrado o encapsulado en el Museo de arqueología, donde campa por sus reales un enorme gato negro que atrae a un loco que sabe acariciarlo, un loco que se deja ir miméticamente a adoptar las posiciones de los luchadores romanos hechos estatuillas. 'Este hombre no está normal', me dice el vigilante, 'se tapa la cara y me hace morisquetas'.

Alí, el viejo taxista, es policía jubilado. Me lleva a los Jardines exóticos de Buknadel, cerrado por reparaciones. Camino hasta el museio Bezghati, tradiciones marroquíes, puertas y ventanas, salones, fogones, imprentas, alfombras, aldabas. Vuelvo a la torre Hassan y a la magnífica columnada y al Café Moro, al anochecer. Un hombre solitario bebe zumo de manzana Pom's, impregnado de solemnidad. De regreso, es inútil preguntar por el camino a seguir. No es que los rabatíes no tengan un plano en la cabeza, es que tienen el plano de una medina.

De noche, tras la pastilla y el Gerrouane gris en la terraza de la Clef, a un costado de la estación, gordas daturas y madreselvas perfuman el corazón batiente de la urbe capital del reino, y fragantes molles, y despeinadas palmeras, y gomeros tan podados que parecen bonsáis. Las familias se han echado a la calle en esta noche de sábado. Frente a las mujeres, cubiertas o descubiertas, frente a los mozos, barbudos o peinados a lo futbolista, da por pensar que en los tiempos del rey Juba, el rey bereber cuyo busto está en el museo arqueológico, las opciones eran más variadas.

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