dimanche 12 mars 2017

La resurrección

El Reino, y 10

El Reino son muchas historias. 

La historia de Marcos el evangelista que, según Carrère, podría ser el hijo de la mujer en cuya casa Cristo se reúne con sus discípulos la noche de su arrestación y presencia la llegada de los soldados a detener a Jesus, y es el único que no huye y los sigue a buena distancia hasta que lo descubren y le tiran de la capa que lo cubre, y huye desnudo y vuelve a su casa y se duerme y al dia siguiente no sabe si lo que vio lo vivio o lo soñó.

La historia del hijo pródigo, que sólo está en el evangelio de Lucas, como varias otras que serían, según sugiere Carrère, un aporte personal del evangelista griego. Tal como la cuenta Carrère, el énfasis recae sobre el hermano bien portado del hijo pródigo, el que nunca había fallado en su lealtad al padre y acaba por no entender las larguezas de éste con el hijo disipado al que acoge con banquetes y bailes, y se reconcome por ello, como se reconcomió Caín por parecidas razones.

La historia de la comunidad de griegos convertidos por Pablo por la vía de la promesa de la resurrección y, cuando muere el primero de esos conversos, lo velan impacientes por verlo resucitar. Y, en contra de lo esperable, a pesar de que el muerto no resucita no pierden la fe. Tal vez al alba que siguió a ese largo velatorio comenzó a caer el Imperio romano.

Tantas historias son las que cuenta El Reino que otro que intentó contarlas,  George Stevens, a la hora de titular su película la llamó «La más grande historia jamás contada». Carrère, por su parte, fue a buscar en Lucas el atajo que necesitaba para poder seguir contando historias, para mantenerse vivo como narrador.

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mardi 24 janvier 2017

Eutiquio y la resurrección

El Reino, 9

Esas pequeñas historias que otorgan verosimilitud al Evangelio, según Carrère. La historia de Eutiquio y la resurrección.

La resurrección, por cierto, no es ningún detalle. Al contrario, es la piedra angular del mensaje de Pablo y en gran medida en ella descansa el interés que los fieles ponen en la nueva religión: «La resurreccion es imposible y hete aquí que un Hombre resucitó», afirma Pablo. Esta es la gran cuestión y al lado de ella la historia de Eutiquio es un detalle. Pero es un detalle que contribuye a hacer del Evangelio algo más que el libro en que se funda una nueva fe, un relato de relatos.

La cuento como la recuerdo, sin releer.

Pablo llega a Tróade, la patria de Lucas, tras uno de sus numerosos viajes, y la comunidad se reúne excitada a escucharlo en la casa de la familia que lo alberga. Eutiquio, el hijo menor de la casa, por pura timidez se sienta en el alfeizar de una ventana a escuchar las palabras de Pablo, infatigable orador. Y se duerme. Y se cae de la ventana al duro suelo. Y muere. O eso creen los espantados cristianos primitivos de Tróade. Porque cuando Pablo los calma y toma a Eutiquio en sus brazos, el muchacho revive.

No resucita, como todos quieren creer, porque no ha muerto, sino que se recupera de haberse malherido y haber rozado la muerte. Y el problema de Pablo, que hasta entonces había sido convencer a los incrédulos del misterio de la resurrección, pasa a ser convencer a esos fieles crédulos que en este caso, en el caso de Eutiquio, lo que han presenciado no ha sido un prodigio sino el despliegue de la pedestre realidad.

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Lucas, Vladimir Borovikovski

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mercredi 4 janvier 2017

El rey que llegó tarde

El Reino, 8

Mateo es el único evangelista que habla de ellos: «De Oriente vinieron a Jerusalén unos magos preguntando por el rey de los judíos que acababa de nacer».

El evangelista no dice que fueran reyes. Tampoco dice Mateo que fueran tres ni que se llamaran Gaspar, Melchor y Baltazar. Son las imágenes, fueron los pintores quienes los coronaron.

Lo cierto es que venían de lejos, de Oriente, y no eran judíos. Esos nombres les fueron dados en el siglo V cuando el número tres pasó a ser canónico para hacerlo coincidir con los regalos que traían, oro, mirra e incienso. 

En los relatos legendarios los reyes magos llegaban a ser doce o más y en la Edad media era común la historia del cuarto rey que llega tarde a la cita con el Mesías. Michel Tournier cuenta que ese cuarto rey venía de Mangalore y quería regarle a Jesús el mejor dulce turco de pistacho y se había perdido buscando la receta. Así fue como llegó 33 años tarde a la cita, en el propio momento en que Jesús y sus apóstoles se acababan de levantar de la última cena, y como traía hambre y sed bebió del vino y tomó del pan que sobraba en la mesa y fue así sin saberlo el primer cristiano que comulgó. 

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Andrea Mantegna, La adoración de los magos, fines del s. XV. Texto adaptado del Dictionnaire amoureux de la Bible, de Didier Decoin.

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mercredi 28 décembre 2016

Una imagen de cine antes del cine

El Reino, 7

A pesar de la profusión de imágenes sacras y en particular sacadas de los evangelios, a pesar del impulso que dio a la iconofilia cristiana la contrarreforma, no todas las escenas de los evangelios están representadas en la pintura, viene a decir Carrère, que echa de menos alguna tela sobre la circuncisión de Timoteo a manos de Pablo, o el exorcismo de la pitonisa, también por Pablo, o la conversión del carcelero de Filipas. Ni un puto pompeux pintó a los tesalonicences velando a sus primeros muertos, convencidos de su resurrección inminente, o la primera letra dictada por Pablo a Timoteo —apunta.

Al otro extremo, unas pocas líneas en sólo uno de los cuatro evangelios han provocado un atasco de imágenes. Es el caso de los masacre de los inocentes y también de los magos que llegan a Belén siguiendo una estrella. De los magos diremos algo el día de la Epifanía, si todo va bien, y de los Inocentes lo decimos hoy, porque toca.

Como se sabe, temiendo el anunciado nacimiento del Mesías, Herodes ordenó la masacre de todos los niños varones menores de dos años, los Santos Inocentes. Unas pocas líneas en el evangelio de Mateo no convencieron a Voltaire ni a muchos historiadores, pero sí entusiasmaron a grandes pintores. Se dice incluso que el Guernica de Picasso le debe mucho a la representación de esta masacre. El Bosco, Bruegel, Reni, Rubens, Poussin, la lista es larga, pintaron imágenes que muestran la violencia ejercida contra los inocentes y la fascinación que ésta provoca. En 1824, Léon Cogniet, por su parte, cambió la perspectiva y no enfocó a los verdugos sino a una madre protegiendo a su hijo, en una imagen de cine antes del cine.

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Los Inocentes son más imagen que texto. Lo anterior lo escribí más o menos así en Twitter. «Ahora di algo sobre la película de Delibes y lo petas», me retó una lectora. Milana bonita, respondí.

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Otros inocentes: En la nouvelle de Valery Larbaud Fermina Márquez, el entrañable Lenoit consigue llevar a la protagonista hasta el dormitorio del internado donde él estudia. Al entrar, viendo el crucifijo que preside el austero lugar, Fermina se persigna.

«Esta es mi cama», dice el muchacho, sintiendo que se ruboriza y odiándose por ello. «Una cama estrecha y dura», añade. Fermina indica por su parte el crucifijo y responde: «Piense que la cruz era un lecho aun más estrecho y duro».

La estupefacción del muchacho es total. La presencia de la chica en el dormitorio es para él una circunstancia cargada de erotismo y lo último que habría esperado es que en ese momento ella se dejase llevar por la pasión mística.

Si hubiese sobrevivido a la Gran Guerra, Lenoit habría aprendido que misticismo y erotismo pueden ir de la mano.

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No se me escapa que la relación entre esto último y El Reino puede resultar peregrina. Qué remedio. Sólo escribo en este blog y la lectura de Larbaud se ha convertido en mi afición de fin de año. En alguna parte tenía que contar el placer que siento leyéndolo.

dimanche 18 décembre 2016

El espejo

El Reino, 6

«La cacatúa no se escapa cuando la abuela abre la puerta de la jaula. En lugar de volar, se queda donde está. La abuela explica el truco: basta con poner un espejo al fondo de la jaula. La cacatúa está tan contenta mirando su reflejo que no ve la puerta abierta hacia la libertad, no se percata de que para ser libre sólo tiene que mover las alas».

Pasa con las buenas historias, como ésta que cuenta Carrère en El Reino, que uno está tentado de sobrecargarlas con una metáfora sobre la realidad que las envuelve. Si la cacatúa es la gente, el espejo serán las redes sociales, la ideología, la ficción, la posverdad o lo que se ponga.

Sean estas buenas historias de la abuela de un amigo o del padre del propio Carrère, quien prefería las misas de antes porque «en latín no te dabas cuenta de la idiotez que es», la que ha pasado a ser mi fórmula reaccionaria favorita.

Mi ejemplar está de vuelta, por otra parte, así que, a falta de una imagen de la cacatúa, o de la abuela, ya puedo al menos poner la foto de la jetilla.

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vendredi 25 novembre 2016

¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?

El Reino, 5

En un relato de Robert Callois, Cristo es conducido ante Poncio Pilatos. El prefecto romano duda y finalmente decide liberarlo. Cristo vuelve a predicar entre los suyos y muchos años más tarde muere convertido en un sabio. A la generación siguiente ya nadie lo recuerda.

Las cosas podrían haber sido de otra manera, claro, y muchas veces es nimio el detalle que las carga hacia la luz o hacia la sombra. ¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?, glosa Carrère en El Reino

Imposible no leer la ucronía de Callois sin pensar en el presente. ¿Qué habría ocurrido si Al Gore hubiese ganado en Florida en el 2000? Es lo que tiene un hecho mayor como la intronización de Faisán Dorado y su peinado a la cabeza del mundo, que sobredetermina (qui coiffe) cualquier consideración.

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Gebhard Fugel, Primera estación del calvario

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Me queden dos o tres detalles sobre los que podría decir algo a propósito del Reino pero mi ejemplar del libro se va de viaje hasta mediados de diciembre (y yo no me muevo), de modo que suspendo hasta entonces esta serie. No sin antes levantar esta cuestión que sí me parece central y sobre la que pido la colaboración de los amigos lectores. En décimo párrafo del versículo 20 del capítulo IV, el dedicado a Lucas, cuando se describe el Apocalipsis de San Juan, Carrère cuela una jetilla :) O bien se trata de un error en el orden de los signos ortográficos, que debió ser éste ): Está en la página 490 de la edición de bolsillo Folio. Ya sé que cambiará la página según las ediciones pero, si dan con el detalle, gracias por verificar si es una errata en mi edición (lo que creo) o una voluntad expresiva del autor. Sería muy gracioso si así fuese, y pondría al Reino en la lista de libros precursores en la legitimación de las jetillas en la literatura, como hizo Elvira Lindo con el uso del jajaja como palabra en Lo que me queda por vivir

samedi 12 novembre 2016

Cristo, ¿era populista?

El Reino, 4

Cristo, ¿era populista? Es una pregunta de temporada. Que, formulada así, de buenas a primeras, resulta algo populista.

«Los agudos reproches que Jesús formula a las elites de su tiempo harían conque hoy se lo llamase populista», escribe Carrère en una de las últimas páginas de El Reino. Vaya en su descargo el hecho de haberse leído una ingente biblioteca bíblica y haber escrito un resumen de 600 páginas antes de deslizar la afirmación ésa. Lo dice a propósito de un cristo que monta Jesús donde un fariseo, tras aceptar la invitación a su mesa y ponerlo de vuleta y media. No es la única vez que el líder las emprende violentamente contra los fariseos. «Cargáis a la gente con un peso que vosotros mismos no portáis», los acusa.

Liderazgo carismático, antielitismo y oportunismo son característicos del populismo. Eso, y todo lo que permita remplazar una elite por otra. Se desploma el Foro mientras del otro lado del Tíber se levanta San Pedro. Nada nuevo. O todo de nuevo.

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 Van Dyck, Cristo y los fariseos, c. 1620

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dimanche 6 novembre 2016

El prepucio

El Reino, 3

Pedro y Pablo firmaron en su momento un particular tratado de Tordesillas. Pedro se ocuparía de los judíos, el punto de salida del cristianismo, y Pablo de los gentiles, su punto de llegada. Tal vez estaban de acuerdo en que el cristianismo transformaría a la cultura grecorromana penetrándola. La cuestión que los separaba era si esa penetración debía hacerse con o sin prepucio.

La alianza entre Dios y los hombres, corazón del judaísmo, fue sellada bajo la condición de la circuncisión. Abraham debió circuncidarse a sí mismo para luego circuncidar a su descendencia. Griegos y romanos, en cambio, juzgaban esta práctica bárbara. Antíoco Epífanes, rey griego de Siria, llegó a prohibirla, y el emperador Adriano hizo lo propio tres siglos después.

La circuncisión pasó así a ser una piedra de toque. Para los judíos, sojuzgados por Roma y rodeados de griegos, la circuncisión era la condición que les evitaba, creían ellos, ser asimilados por el paganismo grecorromano. Tanto más que algunos judíos romanizados se descircuncidaban. 

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Bellini, Circuncisión de Jesús, c. 1500

Timoteo, lugarteniente de Pablo, era un judío de padre griego y no estaba circuncidado. Cuando se convirtió, bajo la presión de los judíos del lugar, Pablo debió circuncidarlo con sus propias manos. Luego Pablo ya pasó de esas presiones e impuso en el seno del primer cristianismo la no obligación de la circuncisión para los conversos. Cómo es que nadie ha pintado esa escena, se pregunta Carrère. Vamos a suponer que Carabacho la pintó y un cretino, de los que abundan, quemó la tela. Por cierto, la pintura tiene mucho que mostrar —cómo no— sobre este doloroso asunto. Ribera, por ejemplo, pinta al apóstol Bartolomé con dos atributos en las manos: un libro y un cuchillo, o sea.

Y la escultura. No hay una pieza de mármol que encarne mejor el espíritu del Renacimiento que el David de Miguel Ángel. Sin embargo que cuando la estatua monumental dejaba el taller del escultor florentino para ocupar el sitio que le estaba destinado en la plaza de la Señoría le llovieron piedras. Un desnudo, pase, pero ¡uno de cinco metros! Y eso que, contra la verdad histórica, el joven rey hebreo no aparece circunciso. La explicación corriente para este contrasentido es que el canon de la representación en la época era ése.

Probablemente. Arriesgo otra, complementaria. Así como, en recuerdo de la destrucción del templo de Jerusalén, los judíos suelen dejar una esquina de cualquier obra inconclusa, Miguel Ángel, por otras razones, practicaba también la estética de lo inacabado —non finito. En este caso su manera de no acabar del todo el David fue dejarle en su lugar el prepucio.

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samedi 29 octobre 2016

El museo imaginario del Nuevo Testamento

El Reino, 2

La imagen que ilustra la portada de la versión de bolsillo du Royaume es un fragmento de La llamada de Pedro y Andrés, de Duccio di Buoninsegna, pintor toscano gótico. Una opción curiosa, porque es destacable el escaso protagonismo de Pedro en el libro, dedicado como está éste a Pablo y a Lucas.

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Según ha expuesto el propio Carrère, hay un momento en la historia de la pintura en que los personajes dejan de ser figuras idealizadas, prototipos, y pasan a ser reales, a ser retratados sobre la base de personas existentes, se entiende. Puede ser el caso de estos dos pescadores de Galilea, los hermanos Pedro y Andrés, por el gesto de perplejidad con el que acusan la llamada de Cristo, éste último sí prototípico.

La edición española opta por ilustrar con Los Cuatro evangelistas, de Jordaens, flamenco y barroco por donde lo mires.

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Se trata de una obra de juventud del flamenco que de mayor se convertió en protestante, en «evangélico» justamente, como se dice en Sudamérica (los mapuches mejoran el calificativo llamándolos «angélicos»). Donde se ve a los cuatro evangelistas leyendo y tomando apuntes, añosos ya Lucas, Mateo y Marcos rodeando a un jovencísimo Juan. Rotundos y algo empastados todos, «jordaneanos» a más no poder. Agrando el cuadro para señalar dos detalles, dos tonterías.

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 Me fijo en las manos, muy vivas e inquietas, expresando la concentración en la labor. Incluso hay una, arriba a la izquierda, que se estira para que la luz llegue sobre las escrituras. Quién es el del gesto, Lucas o Marcos, está difícil establecerlo, tanto más que para ahorrarse un modelo Jordaens los pinta casi iguales.

Carrère hace en El Reino alguna que otra referencia a la pintura e inevitablemente señala el hecho de que Lucas es el patrono de los pintores, tanto así que a la hora de pintarlo Van der Weyden se autorretrató. Pero lo más notable al respecto es que a pesar de la profusión de imágenes sacras y en particular sacadas de los evangelios, a pesar del impulso que dio a la iconofilia cristiana la contrarreforma, no todas las escenas de los evangelios están representadas.

No hay ni un Carabacho ni un Rembrandt que muestren la circuncisión de Timoteo a manos de Pablo, el exorcismo de la pitonisa, también por Pablo, o la conversión del carcelero de Filipas —apunta Carrère. Ni un puto pompeux pintó a los tesalonicences velando a sus primeros muertos, convencidos de su resurrección inminente. O la primera letra dictada por Pablo a Timoteo, que sería el momento inicial de las Escrituras. 

Una imagen que no existe es una imagen imaginaria. En alguna parte nos espera el museo imaginario del Nuevo Testamento. 

dimanche 23 octobre 2016

El rumor de mi nombre en la conciencia de los demás

El Reino, 1

Cantábamos con la guitarrita Por la calzada de Emaús en un momento de la misa. La canción era todo lo que había hecho por nosotros Vaticano II, el aggiornamento. Algo era, claro, pero no era lo esencial. No había sabido contarnos La más grande historia jamás contada, que era como se llamaba la película. Pero ni siquiera la película, por larga que fuese (duraba cuatro horas), había conseguido contarnos bien la historia, es decir hacer que nosotros quisiésemos contarla a nuestra vez. No sé de qué se quejan si abandonamos primero las iglesias. Y luego abandonamos los cines.

La canción decía así: Por la calzada de Emaús un peregrino iba conmigo. No le conocí al caminar. Ahora sí, en la fracción del pan. Y ahora sí, sólo ahora, no sin un poco de emoción, lo entiendo. Ese peregrino no decía ser quién era, le bastaba mostrarlo con un gesto.

Se conoce que he estado leyendo El Reino. Que es, en dos palabras, la historia de Pablo contada por Emmanuel Carrère. Yo a Pablo me lo imaginaba el Sancho Panza de Pedro, el Laurel de Hardy, el inseparable segundón. Y de eso, nada, al contrario. El primer mérito de Carrère es informativo y es que al traducir la vieja historia a la narrativa al uso en el París de hoy nos la pone en bandeja, como hacían el cura con la hostia y el monaguillo con el platillo.

Tiene otros méritos. Y algún demérito, también. He sabido de buenos lectores que abandonaron el libro en la fatídica página 33 por culpa del narcisismo desatado del autor. Haberlo comenzado por el segundo capítulo. Además que el narcisismo las da malas y buenas.

Malas, muy malas: «Hubiese querido dialogar con ese pequeño yo de hace unas semanas, que se aleja», escribe Carrère a propósito de su intríngulis existencial. Pero también las da buenas:  «Lo que (Dios) nos pide, todos los místicos concordarán, es lo que menos deseamos dar (...). Para Abraham, su hijo Isaac. Para mí, la obra, la gloria, el rumor de mi nombre en la conciencia de los demás», escribe también.

El dulce rumor de mi nombre en la conciencia de los demás. El peregrino que iba a Emaús, en cambio, ni siquiera decía quién era.

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