lundi 17 décembre 2012

Depardieu, la leyenda

Cuenta la leyenda que un domingo Gérard Depardieu quería comer langosta, por lo que bajó a la pescadería de su barrio parisino y, como no la había, compró la pescadería.

De lo que se desprende que Depardieu es un emprendedor.

Cuenta otra leyenda que un día Depardieu volvía de Dublín (o iba, sobre ese punto las leyendas divergen) en un avión de línea. El avión estaba a punto de decolar y Gégé (así lo llamamos sus seguidores) quiso ir al baño. Como la azafata lo conminó a volver a sentarse, Depardieu extrajo el petit Obelix y meó sobre la moqueta. Sus amigos refutan esta versión y observan que Gégé tuvo la precaución de mear en una botella. Que la botella rebalsase prueba tanto sus ganas de ir al baño como el hecho de que la estrella esa día no llevaba pañales.

Cuenta otra leyenda que cuando Depardieu se pasea por París en scooter lo hace en profundo estado de sobriedad y nunca golpea a los conductores con los que interactúa

Circulan otras leyendas sobre la vida de Depardieu intramuros, sobre su vida familiar, o sea, pero son todas mentiras peludas. Mejores son las leyendas venidas de Oriente, como ésa que dice que Gérard es copain-copain con el dictador checheno y con el dictador uzbeko. Con la hija de éste último, sin ir más lejos, Depardieu pergeñó esta obra capital del arte recitativo (Atención al síndrome de Stendhal).

En fin, la última leyenda, de hoy mismo, dice que si Depardieu vende su casa de París y se ha comprado otra en el pueblo belga de Néchin, que si amenaza con devolver el pasaporte francés y comprar a cambio un carnet de identidad belga (hoy han subido justamente de precio, de 15 a 18 euros, en la vivienda del pobre la casa siempre es enorme), no es por la pela sino por el amor casi físico que Depardieu siente por Sarkozy y la correspondiente repugnancia, física y metafísica, que experimenta por Hollande. 

Por mi parte, sigo creyendo que se hace belga por puro afán de protagonismo. Para salir en los chistes.

D

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mercredi 8 mars 2006

Bajo las estrellas

Cine al aire libre en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, al anochecer de un sábado de febrero. Las estrellas abundan en el cielo porteño, en la pantalla instalada frente al edificio de Correos, flamante sede del Consejo nacional de la cultura y las artes, e incluso en las gradas, en las que destaca por su discreción democrática la presencia del ministro de cultura.

El ciclo “Cine bajo las estrellas” proyecta dos cortos y un largometraje. Un primer corto evoca la figura del pionero del cine chileno, Pedro Sienna. Mi tío Pepe me comenta haber visto pasear a Sienna por la calle Carmen, entre Porvenir y la Avenida Matta, vestido con una cotona y sosteniendo un libro entre las manos, en los años sesenta. Ahora, los premios nacionales de cine llevan su nombre. Alguna polémica hubo en la primera entrega, porque el jurado prefirió dejar desiertos un par de premios. Mi tío Pepe es de opinión que en materia de premios lo frondoso es más acogedor que lo desierto, sobre todo ahí donde campeó por años la intemperie.

El segundo corto, Santiago, ciudad de seres invisibles, de Cristián Martínez y Nicolás Sepúlveda, muestra el recorrido de cuatro personas sobre la tela de fondo de la ciudad de Santiago de Chile. Un señor ya mayor, con un marcado parecido a Clotario Blest, un hombre, una mujer, un travestido. Es verdad que Santiago vista a la distancia, desde arriba, a ras de suelo, a través de una cámara de cine, parece un ojo ciclópeo al que todos miran buscando la solución al problema (como quien dice la puerta de escape o el número ganador) o cuando menos un pálido reflejo. Otro reflejo dan quienes contemplan la pantalla desde las gradas de este cine bajo las estrellas al recibir la luz de los focos de los autos y microbuses que transitan por las calles aledañas. Lejos de perturbar la visión de los espectadores, esas imágenes furtivas vienen a completar la imagen cinematográfica. Como también hacen en el cielo porteño las panzas blancas de las gaviotas que sobrevuelan la plaza iluminada por los reflectores, añadiendo belleza a la escena. Además, estas gaviotas recatadas retienen su óbolo, de manera que nadie resulta condecorado ni en la pelada ni en la solapa.

El largometraje, en fin. Se trata de Salvador Allende, de Patricio Guzmán. A través de testimonios recientes y de filmaciones de la época, Guzmán repostula la figura del doctor Allende y le reafirma su fidelidad, así como al que fue su proyecto político, la Unidad Popular, y su programa, las cuarenta medidas. Dos imágenes contrapuestas de Allende surgen, sin embargo, de la pantalla, la del estadista, ovacionado en las Naciones Unidas (el público porteño se suma espontáneamente a la ovación), y la del amigo fiel de Fidel, practicando con el caribeño una incongruente sesión de tiro al ventisquero (agáchense los pingüinos).

De las imágenes propuestas por el filme, mi tío se queda con los rostros esperanzados de la gente sobre el Tren de la victoria que recorría el país durante las campañas presidenciales allendistas bajo el lema “A todo vapor, Salvador” (esas imágenes son del cineasta holandés Joris Ivens, autor del magistral A Valparaiso). Y con la humildad de Miria Contreras, la Payita, fallecida en 2002, quien minimiza la pretensión de hacer aparecer su amor con Allende como “uno de los grandes amores del siglo XX”. Y en contrapunto a las declaraciones descarnadas del embajador norteamericano de la época, Edward Korry, resulta aún más estremecedora la inversión del curso de la corriente propuesta por Gonzalo Millán en su libro La Ciudad, leída como corolario del filme : “Los muertos salen de sus tumbas / Los aviones vuelan hacia atrás / Los ‘rockets’ suben hacia los aviones / Allende dispara / Las llamas se apagan /  Se saca el casco / La Moneda se reconstituye íntegra / Su cráneo se recompone / Sale a un balcón / Allende retrocede hasta Tomás Moro / Los detenidos salen de espalda de los estadios / 11 de septiembre”.

Hacia el final del filme, el doctor Arturo Girón cuenta que, en el momento previo al ataque a La Moneda, los hombres obligan a salir a las mujeres. Treinta y tres años más tarde, lo menos que se puede decir es que están de vuelta.

La Nación de Santiago de Chile, 9 de marzo de 2006