samedi 20 juin 2015

Un chiste de la señora Goldstein

Consecuencia del affaire del chiste zafio de Zapata: todo quisque se pone a contar chistes de judíos y a explicar cómo hay que contarlos y dónde. Peor aun: cómo hay que entenderlos.

El chiste es la forma verbal del humor interpersonal, sostiene Freud. Es el inconsciente el que siente la necesidad de contarlos, explica, si le entiendo bien. La necesidad de reír o no, en cambio, corre por cuenta del inconsciente colectivo. No te prives de decirlo, parafraseo a Bolaño, si no quieres privarte de escuchar lo que te dirán.

Cuando éramos juveniles, cuando el corazón batía fuerte, lo cool entre nosotros era saber contar los chistes. Y lo despreciable era contarlos mal. Lo he contado otras veces: cuando me enteré de que mi amigo RF se había pegado un tiro, no pude dejar de recordar aquella vez en que se atrevió a dar un paso al frente y contar un chiste delante de la jauría. Las carcajadas que recibió de vuelta fueron tan destempladas que en seguida entendió que no se reían del chiste sino de él.

Pero bueno, no vamos a desaprovechar la ocasión de contar uno de la señora Goldstein. Va la señora Goldstein por la avenida llevando de la mano a sus dos nietecitos. Un conocido se detiene a saludarla. ¿Qué edad tienen los niños?, pregunta. Bueno, dice la señora Goldstein, el médico tiene cinco y el abogado siete.

Source: Externe

Óleo de Nathan Goldstein

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jeudi 28 février 2013

Antonio, Antonio, los adultos son imbéciles

Vila-Matas tiene recuerdos inventados. Como todos nosotros, tal vez, sólo que él los exhibe. El autor barcelonés leyó el año 83 un librito de Tabucchi. Como no le pareció suficiente saber que en el futuro conocería a su autor, quiso también conocerlo en el pasado, por lo que se inventó este recuerdo: es el año 53, Vila Matas tiene cinco años y pasa los veranos en la casa familiar de Cadaqués. A la casa del lado ha llegado una familia italiana, los Tabuchi, y, al caer las tardes, el niño Vila-Matas sale al patio, se sube a una silla junto a la tapia y en cuanto ve aparecer al niño italiano de la casa vecina, le dice: Antonio, Antonio, los adultos son imbéciles.

Un complemento a esa escena lo pone un joven Rodrigo Lira, quien, en agosto del 67, tiene 17 años y estudia psicología en la Universidad Católica. Como es bien sabido, por esas fechas los estudiantes se toman la casa central de la Universidad. Lira forma parte del grupo que controla el acceso al edificio, precisamente por la calle Lira y, para filtrar las entradas, impone la siguiente contraseña: «¿Cómo son los niños?», preguntan desde el interior. «Perversos y polimorfos», responde el que golpea, y el sésamo se abre.

BRC

Óleo de Benito Rebolledo

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dimanche 15 janvier 2012

El triángulo

La rivalidad entre Jung y Freud —el discípulo que aspira a adquirir los atributos del maestro y el maestro que los cede con parsimonia— los mueve a distanciarse y se resuelve en su caso en esta cuestión: cuál de los dos se muestra más o menos neurótico.

El niñato suizo —rico, ario, luterano— que busca llevar hacia paisajes metafísicos, heredados del romanticismo alemán, la terapia freudiana y resolver en sus propias carnes el cambalache entre norma y pulsión. O el viejo judío vienés que, tras haber enfocado con su linterna la sexualidad de la burguesía centroeuropea, dedica sus últimas fuerzas a defenderse de lo que vendrá. Y lo que vendrá, como se recordará, no es poco.

El encuentro y el posterior desencuentro entre las dos figuras mayores del psicoanálisis (de la cura por la palabra, The Talking Cure, según la feliz denominación de la obra teatral en que se apoya el filme de Cronenberg al que me refiero, Un método peligroso) cobra cuerpo bajo la forma de la joven Sabina Spielrein, a quien Jung cura de la histeria y encamina hacia su propia conversión en terapeuta.

La rivalidad mimética alcanza en este triángulo una cota sublime —como se debe, teniendo en cuenta a sus protagonistas. Jung y Spielrein se convierten en amantes, contraviniendo el abecé de la terapia analítica. Cuando Jung decide romper con ella, Spielrein responde buscando el alero de Freud. La respuesta del vienés a esta solicitud resulta ejemplar. Se puede entonces ser claro sin dejar de ser generoso —con los demás, consigo mismo—, sin siquiera dejar de ser afable.

La civilización, de haber existido alguna vez, se mudó de Viena a Londres. Está por verse si sobrevivió a la última gran Guerra.


A Dangerous Method - Freud y Jung. Maestro y aprendiz

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