lundi 22 février 2016

Adso y el baobab

Lo estaba leyendo un amigo muy querido que decía divertirse mucho con esos monjes memorables. Así fue como yo también leí El Nombre de la rosa, a pesar de que por esos entonces mi religión me impedía leer best sellers. El sábado, en cuanto supe que había muerto su autor, busqué sus libros para releer alguno. La mano me guió hasta el más breve, las Apostillas al Nombre de la rosa, escrito por el flamante novelista tras el éxito monumental del Nombre, como una manera de responder de una vez a todas las preguntas con que lectores y periodistas lo acosaban.

Las buenas novelas llevan el nombre del protagonista, afirma Eco, que con buen ojo quería llamar a su novela Adso de Melk. La editorial no lo quiso así. Otra posibilidad era llamarla La Abadía del crimen. De manera que finalmente el nombre que lleva resultó ser un un compromiso que agregaba un enigma inicial al enigma de fondo: quién es el culpable y qué quiere decir el autor con ese nombre.

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Como se sabe, Adso de Melk, el protagonista de El Nombre de la rosa, narra cuando anciano una aventura vivida por él a los 18 años, a su llegada a la abadía benedictina donde siete crímenes se cometerían durante siete días y siete noches.

Mucho Borges ha sido citado a propósito del laberinto en la biblioteca de la abadía y, sobre todo, a propósito del bibliotecario ciego llamado Jorge de Burgos. Y cómo no. Pero pocos han visto otros borgeanismos de talla, como ese contrapunto del doble juego enunciativo entre el viejo y el joven narrador, una suerte de desarrollo del diálogo entre el viejo y el joven Borges en El Otro.

Eco cita como modelo en ese plano no al Otro borgeano, sino al Fausto de Goethe. De cualquier manera, esa doble enunciación le permitió lograr esconder su propia voz bajo varias máscaras: «...Cuando duplicaba a Adso volvía a duplicar la serie de espacios estancos, de pantallas, que había entre yo como personalidad biográfica, o yo como autor narrador, yo narrador, y los personajes narrados incluida la voz narrativa», escribe.

Hay más en el librito, mucho más. Es un concentrado de poética y de saber enciclopédico. Los deslices de Eco en el árido terreno de la poética no los voy a poner en evidencia porque para qué. En el otro terreno, en cambio, el selvático del saber enciclopédico, voy a señalar uno, sólo por no dejar:

«Los personajes de Salgari huyen a la selva perseguidos por los enemigos y tropiezan con una raíz de baobab, y de pronto el narrador suspende la acción para darnos una lección de botánica sobre el baobab», dice Eco a propósito de la manera de introducir el saber enciclopédico.

BenissimoQuien encuentre un baobab en una selva se va de excursión a Madagascar. A releer La Estructura ausente.

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dimanche 14 décembre 2014

Sé ver las edades al reves

Componiendo una galería de imágenes. Infancia y juventud, por ahora. Ya habrá tiempo para lo que sigue después. O no.

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 Christopher Robin Milne, dibujo de E H Shepard, 1923

Goethe en Roma, acuarela de J H W Tishbein, 1787

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mercredi 29 janvier 2014

¿Quieres oírme cantar?

¿Quieres oírme cantar?, pregunta el niño y el hombre asiente. Van en un autobús junto a otros pasajeros, pero el niño no es tímido y canta con su voz clara:

Wer reitet so spät durch Dampf und Wind?
Es ist der Vater mit seinem Kind;
Er halt den Knaben wohl in dem Arm,
Er füttert ihn Zucker, er küsst ihm warm.

[¿Quién cabalga tan tarde / Por entre la niebla y el viento? / Es un niño con su padre / Que lo carga en sus brazos / Y lo protege en su tibio regazo.]

Es inglés, dice cuando acaba. ¿Puedo aprender inglés? No quiero hablar más español. Odio el español.

La novela que describe la escena es La Infancia de Jesús. Lo que el niño canta es una estrofa, la primera, de un poema de Goethe, El rey de los alisos, musicado por Schubert. Contra lo que afirma el niño, es alemán, no inglés. Todo parece estar intencionadamente corrido de un casillero. La canción cuenta la historia de un niño al que carga su padre, como en la novela, salvo que en la novela el hombre no es el padre del niño.

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jeudi 14 mars 2013

Mi romántico alemán

Mi tío leyó cuando joven las obras completas de Hermann Hesse en uno de esos magníficos libracos que publicaba Aguilar y, cuando fue mi turno de ser joven, me lo regaló. Me lo leí de principio a fin, de Peter Camezind al Juego de abalorios, o sea. Tiempo después me regaló el Elogio de la vejez. Al principio, me resistí a leerlo. Un poco por el título y otro poco por el aire new age que Hesse había ido adoptando. Pero de esto, él no tendrá la culpa. ¿O sí?

Elogio de la vejez son poemas y apuntes escritos en sus últimos años. La mayoría de las ediciones llevan en la portada una foto del autor con su nieto, imagen que recuerda al famoso cuadro de Ghirlandaio, más por el paisaje alpino que por la nariz del anciano.

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Lo cierto es que he leído el libro y no me arrepiento. Se me ocurren dos perogrulladas. Una, que el Premio Nobel no lo regalan.

Y dos, que todos tenemos un alemán romántico de cabecera. Y el mío, por lo visto, es Hesse, a pesar de que a éste no le hubiese gustado que lo considerasen romántico y se pasó la vida tratando de ser suizo. Un romántico alemán de cabecera, esto es aquél que asoma cuando damos un paseo solitario. Vamos solos, sí, pero un romántico alemán se nos posa en el hombro y nos comenta el paisaje.

Mi romántico alemán es muy humilde y extremadamente soberbio. De Nina, una vieja campesina del Tessino, escribe: Con aire burlón de camarada me observa. Conoce al lobo estepario, sabe que soy un signore, un artista, pero sabe también que en mi vida ya no pasa casi nada interesante. Hesse, el humilde. Y el arrogante, más adelante: Sólo hay jóvenes y viejos entre los mediocres. Los seres bien dotados son al mismo tiempo jóvenes y viejos.

Y esto: Los jóvenes a quienes uno puede imaginar como viejos serán precisamente los viejos más interesantes. Esta afirmación está traducida completamente al revés en la versión española publicada por El Aleph, lo que confirma una vez más la evidencia de que la humanidad va a la izquierda o a la derecha según le pete al traductor.

Ser joven es estrechar contra su pecho a una hermosa muchacha, escribe Hesse. Ser viejo consiste en estrechar contra su pecho una obra de Goethe.

Por lo visto, su romántico alemán era Goethe.

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lundi 28 septembre 2009

Dos días en Marburg

Que es una ciudad del centro de Alemania, con jardín botánico y universidad, en la que estudiaron Ortega y Gasset, Hannah Arendt, los hermanos Grimm y mi murciano favorito. Como las guerras no lo han arruinado, un paseo por el casco viejo de Marburg representa un viaje desde el medievo al presente, con una larga escala en tiempos del romanticismo alemán (pero todo romanticismo es alemán).

Las autopistas alemanas están impecables y perpetuamente en reparaciones, lo que explica que por ellas se vaya simultáneamente muy rápido y algo lento, y sea mejor orientarse en ese laberinto con un GPS, que es el karaoké de la autopista.

Ayer domingo se celebraban elecciones legislativas en Alemania y, aparte los carteles con la cara de la gigante Angela y el puesto callejero del Partido Pirata, éstas pasaban casi desapercibidas para el visitante. Tal como sus resultados.

El otoño, en cambio, sí que es notorio, sobre todo para quien llega desde el oeste (el otoño anida al este). O sea que hace en Marburg por ahora un tiempo para perderse en los bosques que la rodean y en el dédalo de sus calles y escaleras de piedra, y recuperar fuerzas en un Biergarten tomándose un Auflauf, el platillo local, con una Altbier, y ya con las fuerzas recuperadas trincar un Zwiebelkuchen, una tarta de cebolla.

Y mirar cómo se mueve la gente, que recuerda a otra gente. Ese anciano recuerda a Hesse, esa muchacha a Bettina, un amor de Goethe, tal como la describe Kundera en La Inmortalidad. La bella, el anciano, la inmortalidad, todas las presencias parecen ser ideas y todas las ideas parecen ser alemanas.

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