mercredi 12 août 2015

El grafitero es un ser sentimental

Pasó por el pueblo el Kosmopolite Tour, un festival de grafiteros.

Un festival de grafiteros autorizados. Supongo que las autoridades hacen el cálculo siguiente: puesto que los muros acabarán pintados de todas maneras, mejor mejorar el resultado dentro de lo posible y darle un halo positivo a la actividad. Un procedimiento propiamente socialdemócrata.

Vaya por delante que no me suelen gustar los grafitis. Por infantiloides, adocenados y las más de las veces mamarráchicos. Pero por alguna razón me apego a las figuras, a las imágenes fijas. Los grafitis están al paso y yo los miro, qué remedio. Más aun durante el festival del que hablo, con los grafiteros manos a la obra.

Visto lo que ha quedado, parece que los murales se presentan como historietas cuyo relato es inmanente y más o menos informulable. Comentando su obra, el grafitero se defiende de la obligación de contenido. Lo que es  entendible, porque la pregunta sobre qué quiso decir el autor es cansina e inconducente. La respuesta del grafitero a esta cuestión suele ser sentimenal: los colores y las formas son sentimientos y lo que el autor siente no se explica, pero con un poco de empatía puede llegar a entenderse.

Otra manera de entender la relación del grafitero con el muro será que lo ve como una prolongación ya no sólo de su mano sino de su brazo tatuado. Y de su cara. Porque el autorretrato, el famoso selfie, aparece a menudo en estas pinturas cuando no es abiertamente el asunto principal. 

Es el caso de este mural pintado sobre un muro en el que yo imaginaba al cuadrado Sator. Lo pintaron dos chicas argentinas, Ajras y Corretch. Se diría que se pintaron a sí mismas, aunque ellas dicen que se trata de dos amigas. 

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Es el caso también del siguiente, pintado éste por un grafitero suizo, Nadib Bandi, en el andén de la estación ferroviaria. 

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El suizo se pintó a sí mismo y también pintó a su amigo grafitero, muerto recientemente. Este Bandi me cayó bien por eso de pintar a su amigo muerto y porque aceptó como aprendiz a un muchacho del pueblo de al lado, una actitud de maestro. Al pie de la pintura del amigo muerto firmaron finalemente muchos de los grafiteros participantes en el festival. Yo no sé si estas cosas se dan así consciente o inconscientemente, pero el resultado es lo que cuenta.

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También hablé con el Pelucas. Es vigués y ahora vive en Valladolid. En el Valladolid del caribe mexicano. Me dijo que quiso pintar las estrellas de Europa pero no se acordaba de cuántas eran, así que pintando, pintando, las convirtió en personas. Y al final, incluso se autorretrató llevándose a la estrella del festival al petate.

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Posté par Josepepe à 15:30 - Commentaires [0] - Permalien [#]
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