dimanche 22 mai 2011

Los de Sol

Hace unos meses, alguien le pidió a Guy Bajoit que escribiera un retrato de los jóvenes belgas. A la hora de hacerlo, Bajoit decidió concentrarse en los jóvenes franceses, sobre la base de los resultados de una reciente encuesta europea. El protagonismo lo tienen hoy los jóvenes españoles, esos ciudadanos acampados (oxímoron) que reclaman democracia real  (otro). Fronteras aparte, el retrato que escribió Bajoit, y que resumo a continuación, me parece que viene al caso:

Los jóvenes esperan mucho del Estado, pero no creen que el Estado sea capaz de resolver sus problemas (tampoco confían en las instituciones europeas), por lo que son pesimistas en cuanto al porvenir de la sociedad, a causa de las lagunas del sistema político, del Gobierno, del Parlamento. Creen en la democracia, pero la critican duramente. No creen en los partidos políticos ni en el sistema electoral y prefieren implicarse en acciones puntuales, como peticiones y manifestaciones.

Su pesimismo con respecto al futuro de la sociedad no les impide, sin embargo, ser optimistas en cuanto a su destino personal. La mayoría están razonablemente contentos y se sienten capaces de sacar adelante sus vidas en un mundo que creen, no obstante, a la deriva.

Con relación a sí mismos, los jóvenes aspiran, más que en el pasado, a escoger y controlar su vida personal en todos los campos relacionales, la familia, los estudios, el trabajo, la política. Son realistas, pero creen en su derecho a desarrollarse como individuos. Razón por la que esperan que las instituciones sociales, económicas y políticas se lo permitan.

Con relación a los demás, prefieren las relaciones más fácilmente controlables, las que pueden manejar a través de sus propias opciones -la esfera privada, aquellas que son más auténticas, menos mediatizadas por las instituciones -los lazos familiares y de amistad, aquellas que contribuyen a la autorrealización personal, aquellas que procuran, a un tiempo, placer y seguridad.

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jeudi 7 juin 2007

Edwards Bello descabezando mitos

En un país donde el arribismo es la autopista por donde vamos todos, en jeep o en citroneta, alguien que como Edwards Bello iba en la dirección contraria provocaba perturbaciones y accidentes.

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Joaquín Edwards Bello fue un escritor prolífico, un buen novelista y un mejor cronista. Publicó más de treinta libros y escribió una columna, la más leída y comentada de este diario, Los jueves de Edwards Bello, cuando la gente leía el diario día tras día y no sólo el fin de semana. Fue también un personaje controvertido, bohemio, jugador, brillante casi siempre, opaco cuando quería. En un país donde el arribismo es la autopista por donde vamos todos, en jeep o en citroneta, alguien que iba, como él, en la dirección contraria provocaba perturbaciones y accidentes.

Tras su muerte, en 1968, los ecos de su obra quedaron sonando en el limbo hasta que, en los últimos años, una magnífica novela, El inútil de la familia, de Jorge Edwards, lo trajo de vuelta a la letra impresa. También ha escrito sobre él Salvador Benadava (Faltaban sólo unas horas…) y me entero por este diario que Roberto Brodsky le ha dedicado un capítulo de la obra El asilo contra la opresión a su inveterado antisemitismo. Guy Bajoit, sociólogo belga, autor de obras leídas y estudiadas en Europa, se ha valido, en un ensayo reciente, Joaquin ou le jeu avec la marginalité, de la figura de Edwards Bello para ilustrar sus teorías. Esperemos que se traduzca cuanto antes y se difunda porque resulta notable la reunión de historia personal y colectiva que logra Bajoit apoyándose en la vida del novelista, en su calidad de contradicción viviente y en sus personajes novelescos, Esmeraldo, el Azafrán, la Chica del Crillón.

Impulsado por esa lectura, releo de una sentada Mitópolis, selección de crónicas de Edwards Bello publicadas en La Nación en los años cincuenta y sesenta, precedidas de una entrevista al autor, conjunto editado por Alfonso Calderón en 1973. Impresiona la libertad de tono y la acerada crítica a Chile, a sus mañas y manías. ¿Quién se expresa hoy con la mitad de la pertinencia y la carga crítica con la que arremetía Edwards Bello en contra de la sociedad chilena hace medio siglo? La Mistral dijo de él que Chile tenía en su persona a su “hijo más reprendedor”. Para no contradecirla, Edwards Bello afirmaba que los chilenos vivimos en las zonas más oscuras de la imprevisión: « Después de las cuchipandas: ¡Déme bicarbonato! Al caer de la primera lluvia: ¿Dónde quedaría el paraguas? ».

Alegra reencontrarse, por otra parte, con su cosmopolitismo. Se supone que Chile entonces era provincialismo puro, y el propio Edwards Bello se encarga de recordarlo cada dos líneas, pero su escritura resulta abierta y sin complejos, tanto así que el ancho mundo parece su calle y su casa. Ya en sus lecturas de infancia, Edwards Bello se muestra como un criollo mundano, tan de España y de Inglaterra -o de Brasil o de México- como lo era del entrañable Chile. No sé si hoy se pueda decir otro tanto de los letrados en boga. Algo de Norteamérica reivindican, pero en su variante Miami, y paremos de contar.

Jueves con jueves, Edwards Bello se daba a la tarea de descabezar la mitología nacional. No se salvaban ni Caupolicán empalado, ni Colo Colo insurrecto, ni siquiera Prat, ni tampoco Murieta. Ni la Quintrala, ni Manuel Rodríguez,  ni Portales, ni menos José Miguel Carrera, cuyo cráneo todavía algunos buscan y otros veneran. Nuestro cronista de los jueves no dejaba prócer con cabeza. Tenía, por suerte, buenos lectores, que respondían con bien calibradas cartas a sus columnas. E incluso contaban chistes. Doña Eugenia Urquieta, en octubre de 1956: « Un yanqui andaba buscando reliquias del pasado chileno. Un huaso diablo fue a ofrecerle una calavera de O’Higgins. El yanqui, entusiasmado, le pasó veinte dólares. El huaso pretendió repetir y llevó otra calavera chica, de niño. El gringo le preguntó: ¿Y ésa? Es la calavera de O’Higgins, cuando era guaguita ».

logocl 7 de junio de 2007

PS: Por si alguien se asoma a leer el PDF con la versión impresa de este texto, aclaro que la palabra 'poetisa' con la que el editor engalana a la Mistral no es mía, no acostumbro ofender a las señoritas.

Posté par Josepepe à 07:07 - - Commentaires [4] - Permalien [#]
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