mercredi 14 mai 2014

La valiente cobardía de José Donoso

El total desparpajo con que José Donoso se permitía cambiar de opinión sobre tal o cual autor, su actitud reverenciosa ante a la maestría de Henry James, su valiente cobardía frente a las presiones de sus primos -sobre todo de uno de ellos, un abogado emplumado y circunspecto- para que el escritor travistiese el pasado familiar en su último libro, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, y el abuelo común no quedase retratado como un auténtico hijo de la gran Peta Ponce, en esta evocación de José Donoso, por Marcelo Maturana.

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samedi 8 février 2014

Otra vuelta de tuerca

Tardo en leer Otra vuelta de tuerca. No me atraen los fantasmas ni los misterios, menos aun si hay niños de por medio. La tuve en mis manos muchas veces sin decidirme a leerla. Esta vez llego a ella por la ópera de Britten. Antes de verla, para entenderla.

El lector se pregunta si de verdad hay fantasmas merodeando por la casa o sólo son figuraciones del alma atormentada de la joven institutriz recién llegada a ella. Si los niños son inocentes o fingen serlo de tan bien educados que están. Si hubo o no un crimen sexual (¿habrá un crimen que no sea sexual?) que tuerce el recto hacer victoriano de sus habitantes.

La ambigüedad que planea es total. James fue hombre de dos mundos, ambiguo él mismo, que contuvo y combinó una cierta inocencia americana con la fantasmagoría británica en un único punto de vista. El lector sabrá perdonarle la verbosidad decimonónica; la época la pedía.

Borges admiraba esta novela. Y puntilloso como era en materia de traducciones (véase el caso de La Metamorfosis), admitió que la traducción de su amigo Bianco mejoró el título. Si A Turn of Screw es magistral, Otra vuelta de tuerca le da una vuelta más y lo supera.

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Óleo de John Singer Sargent

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samedi 5 octobre 2013

Venecia sin mí

«Le rendez-vous le plus vulgaire des gens de goût» la llama Debray en su Contre Venise, y la mete en la misma ceste de la compra del adocenado gusto burgués, junto al Himno a la alegría, Las bodas de Caná y Las flores del mal.

(Pase por los dos primeros. En cuanto a Carlitos, ça se discute.)

Lo cierto es que Venecia está para ser adulada (y para ser pintada, agregaba Henry James), lo que no se priva de hacer Debray, para luego injuriarla mejor, tal como hace Rimbaud con la belleza (J'ai assis la Beauté sur mes genoux. - Et je l'ai trouvée amère. - Et je l'ai injuriée).

Para completar la faena, Debray la compara con Nápoles, su antípoda, el extremo opuesto de la misma bota: Quite a los visitantes de Nápoles y Nápoles sigue siendo la misma. Quite a los espectadores de Venecia y Venecia se desploma como una prima donna obligada a exhibirse en un teatro vacío.

Debía estar por estas días en Venecia. Como no ha podido ser, bienvenidas son las guías antiturísticas. Es otoño y las uvas están verdes para el zorro.

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Óleo de Canaletto

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samedi 7 mai 2011

Los vascos

Henry James visitó España en 1876. Tenía 33 años, había leído El Quijote y, camino de San Sebastián, desde Biarritz, tenía la impresión de conocer de antemano el recorrido, de repetir un viaje anterior. La facultad de imaginación es contagiosa y, así como James se imagina a sí mismo de regreso allí donde nunca había estado antes, nos lo imaginamos nosotros también, orondo y modoso rumbo a la frontera en un landó conducido por un cochero copetudo. La imagen resulta inevitablemente jocosa, como casi todo lo que tiene que ver con James, novelista serio donde los hubo.

Sus observaciones sobre el paisaje y los pueblos vascos son, a su imagen y semejanza, inteligentes y muy bien formuladas, orondas y modosas también. Si las casas de Biarritz le habían parecido muy españolas, las mansiones donostiarras le parecerán, simétricamente, muy francesas. Donostia es el Biarritz español y viceversa, y ambas ciudades se parecen a Brighton, concluye James, para equilibrar. Como admite que soñaba desde hacía años con España, comienza a verla dibujarse antes de poner un pie en ella, aún en Biarritz. Además de por el color de las casas y la atmósfera meridional, España se le muestra en la cara y en los modos de los habitantes del lugar. Su descripción de la población local no tiene desperdicio y merece la pena copiarla íntegramente (tomada de De París a los Pirineos y traducida por Miguel Ángel Martínez-Cabeza):

‘Lo más pictórico de Biarritz es la población vasca, que rebosa de las provincias españolas adyacentes e inunda las sinuosas calles. Pasan todo el día en los lugares públicos, se sientan en los bordillos de las aceras, se aferran a la pared de los acantilados y vociferan continuamente en una lengua estridente y extraña que no tiene afinidad identificable con ninguna otra. Los vascos parecen lazzaroni napolitanos más robustos y ahorrativos; si bien el parecido superficial es considerable, la diferencia los favorece ampliamente. Aunque los sujetos que observé en Biarritz parecían disfrutar de un exceso de tiempo libre, no tenían ningún aire perezoso ni indigente, y parecían tan poco dispuestos a pedir favores como a concederlos. Las carreteras que conducen a España estaban salpicadas de ellos y aquí iban y venían como con una importante misión –la misión del mismo y abominable Don Carlos'.

‘Me pareció una raza muy hermosa, prosigue James. Los hombres van invariablemente bien afeitados; las barbillas suaves parecen una práctica verdaderamente religiosa. Llevan unas gorras pequeñas de color granate, parecidas a las de los marinos, camisas de tejidos oscuros y unos curiosos zapatos blancos hechos de trozos de cuerda unidos –un artículo de arreglo personal que los hace parecer miembros honorarios de un club de béisbol. Llevan la chaqueta como una capa, colgada de un hombro, van con la cabeza muy alta, balancean los brazos con decisión, caminan muy ligeros, y cuando uno se los encuentra en el campo al anochecer, cargando colina abajo en grupos de media docena, tienen una apariencia del todo impresionante. Con sus tersas barbillas y sus gorras infantiles, de lejos pueden confundirse con un montón de chiquillos muy traviesos; pues siempre tiene un cigarrillo en los labios’.

En San Sebastián, James se siente como si estuviese en Sevilla. Entra a una iglesia y se permite un tête à tête jocundo con una Virgen de tamaño natural. ‘Me pareció una heroína, una española de pies a cabeza’. ‘Era evidente que respondería a su nombre si se le hablara’, afirma, por lo que procede a llamarla Doña María del Santo Oficio. La estatua corresponde a su llamado y le tiende la mano para que James se la bese. ‘Al instante, me dio miedo y me escabullí’, confiesa nuestro autor.

Para pasar el susto, se va a los toros, espectáculo que le resulta tan repugnante como placentero. Consciente de la paradoja, se pregunta: ¿Cómo se puede exponer con elegancia que uno ha disfrutado de algo repugnante? La respuesta está en la pregunta, o en la manera de formularla.

En San Sebastián, como en Biarritz y en Londres, James resulta transparente, a menudo entrañable y casi siempre gracioso.

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