mercredi 26 octobre 2016

El campo de batalla

El teatro al que fuimos anoche a ver Battlefield me invita hoy a dar a conocer mis impresiones. 

Capture d’écran 2016-10-25 à 23

Que lo haga por las redes sociales o por mail, me propone. OK, pero será por el blog. 

Battlefield, el campo de batalla final del Mahabharata, la epopeya de la India ancestralJean-Claude Carrière, santo de mi devoción, cuenta en su Diccionario de la India que un lector tarda un año en leer el libro. La versión adaptadada al teatro, hecha por Carrière y Peter Brook, comenzaba en Avignon a la puesta del sol y acababa a la salida. La versión que vimos ayer dura sólo una hora, durante la cual se suceden las historias de los últimos protagonistas de la saga frente al campo de batalla, cansados ya de dar guerra. 

(Carrière cuenta también que al comienzo del Mahabharata dos reyes jóvenes mueren dejando dos princesas viudas y sin hijos. Vyasa, el autor, se queda sin personajes. ¿Cómo hará para continuar el poema anunciado? La única solución es que entre en su propio relato, vaya hasta el lecho de las princesas viudas y las fecunde. Sus hijos se disputarán luego el imperio del mundo y el autor será doblemente el padre de sus personajes. Una primicia en la historia de las palabras).

El Battlefield que vimos ayer es una puesta en escena minimalista para unas historias potentes. La serpiente mata a un inocente. ¿Quién es el culpable? La serpiente culpa a la muerte. La muerte culpa al tiempo. El tiempo culpa al destino. 

Un rey se despoja de sus atributos para internarse en la selva, que es a donde va un rey cuando ya no reina. Entrégaselos a los pobres, intima a su segundo. Este se vuelve hacia nosotros, los de la platea, los de las toses. ¿Es usted pobre?, pregunta, mirando a uno. Es evidente que no hay pobres en la sala. Los pobres no van al teatro a ver sagas hindúes. No, responde el primero. Tampoco, el segundo. El tercero tiene alma de actor y dice que sí.

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vendredi 27 décembre 2013

La piedra

Ese espacio de tiempo que media entre una herida de muerte -una bala alojada en la cabeza- y la muerte definitiva. Una mujer procura mantener con vida a su marido, herido de muerte, sacarlo del coma en que está sumido en una barriada de Kabul. En el intento, va descubriendo que, por una vez, puede decir lo que siempre ha debido callar porque el hombre está inane y no la puede interrumpir ni acallar. Se trata de una tradición, la de cargar a una piedra con los secretos inconfesables hasta hacerla estallar.

Syngué sabour (Piedra de paciencia) se llama la novela del afgano Atiq Rahimi que lo cuenta. La novela tuvo una recepción mayúscula en Francia, al punto de que ganó el Goncourt en 2008. El propio Rahimi la lleva ahora al cine, con el apoyo de Jean-Claude Carrière, con quien escribe el guión. La película, filmada entre Casablanca y Kabul, es una buena historia que tiene mucho de intemporal -el hombre es crístico, la mujer es magdalénica- y está a la vez plenamente anclada en los años sombríos que viven Afganistán y el mundo musulmán.

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samedi 28 juillet 2012

El Toreador inglés (La ceremonia inaugural)

Despeñavírgenes (3)

Viendo anoche la ceremonia inaugural de los JJOO de Londres, me acordé de Georges Bizet, de cuando debió reescribir su famosa ópera Carmen, hoy la más representada en el mundo. Una primera versión de la ópera, sin embargo, había sido un fracaso, disgusto del que el francés nunca se repuso del todo y lo llevó a la tumba a los 36 años. Bizet tuvo que trabajar duro, no está claro si para mejorarla o para empeorarla, hasta conseguir que triunfara.

Así fue como le agregó el célébre preludio del ToreadorCuando se presentó con él a la Opéra-Comique parisina, Bizet lanzó los folios sobre el escritorio del director y exclamó: «Vous vouliez de la merde, en voilà !».

B

Bizet por Paul Helm

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mardi 17 juillet 2012

El morcillismo

(Despeñavírgenes, 2)

Con todo, el mejor chiste de Mémoire espagnole no es el de las vacas. En la cumbre de las Azores, para agradecer la participación de España a la invasión de Irak, Bush presentó a Aznar como presidente de la República española. Enterado de esto, el Rey le habría dicho al embajador norteamericano: Give my best to King George.

Lo que busca Carrière es dar con el alma española, a través de la descripción de sus contactos con la gente y los lugares de España, intento que tiene ilustres predecesores, Potocki, Andersen, Nooteboom, entre los septentrionales. El alma de un país se muestra en sus grandezas y sobre todo en sus pequeñeces. A una de éstas, Buñuel la bautizó como el morcillismo.

Morcillismo por el pintor Morcillo, al que van a visitar De Falla y Lorca en tiempos de la Residencia de Estudiantes. El pintor recibe amablemente al músico y al poeta y les muestra sus obras, que estos juzgan admirables. Cuando ya se van, observan que hay otros tantos cuadros apilados contra un muro y quieren saber de qué se trata. No son nada, dice Morcillo, no valen la pena. De Falla y Lorca insisten y cuando por fin pueden verlos, exclaman: Pero si son muy buenos, también. No, no, protesta Morcillo, no valen nada. Puede ser que la composición no esté mal, pero los fondos no están logrados. Bueno, tal vez tenga razón, dice De Falla, tal vez los fondos no estén bien acabados, y Lorca asiente. En cuanto los escucha decir esto, el pintor Morcillo se encoleriza, los trata de ignorantes y los echa de su casa con un portazo.

La actitud de Morcillo tiene un precedente notable en una novela francesa que transcurre en España, Gil Blas de Alain-René Lesage. Gil Blas es un joven cántabro pobre que se convierte en secretario del arzobispo de Granada. Este, ya mayor, le pide un día a Blas que si nota que sus facultades decaen a causa de la edad, se lo haga saber. Es su deber hacerlo, le dice, vivo rodeado de aduladores y sólo puedo confiar en usted. Un día que la prédica del arzobispo ha sido particularmente deficiente, se queja éste frente a Gil Blas en la sacristía. No debería predicar más, mire qué mal lo he hecho. Gil Blas lo reconforta diciéndole que su prédica ha sido estupenda. Tal vez al inicio, dice el arzobispo, pero la conclusión ha resultado un desastre. Bueno, dice Gil Blas, para llevarle la corriente, tal vez la conclusión ha sido inferior que el inicio pero el conjunto ha estado muy bien. Imbécil, responde el arzobispo, estás despedido, desaparece de mi vista.

El morcillismo, o su sombra, asoma también en este último chiste: Dos muchachos comienzan a insultarse. Tu madre es una puta, grita uno. Y tu padre un cornudo, responde el otro. Así, hasta que se van a las manos. Pasa entonces un francés e intenta separarlos. Déjelos, interviene un vecino, que no ve que son hermanos.

G                                 

Goya, Niños trepando a un árbol

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samedi 14 juillet 2012

Despeñavírgenes

España es un país raro. Todos los países son raros, de cerca nadie es normal. Pero España exagera a veces, o a menudo. Yo no me atrevería a decir esto, así como así. Si lo pongo aquí con todas sus letras es porque lo he leído en un libro. El libro es Mémoire espagnole, de Jean-Claude Carrière, quien fue guionista de Buñuel.

¿Y en qué radica el exceso español? Buñuel decía que el sueño de todo español es mantener un harén, con efebos y todo, lo que origina mil y una sordas decepciones. Sin hablar del regionalismo exacerbado, que es lo mismo que querer tener un harén, a otra escala. Todo esto a ojos de un francés, como Carrière, que aplica a España una mirada distanciada de vecino inmediato, puesto que es occitano. Tan frecuente e intenso ha sido mi contacto con España, dice Carrière, que me he convertido en español. Español, sí, ¿pero de qué parte del estado español?, como diría un regionalista.

El exceso español (Spain is different se decía durante el franquismo) linda con el fanatismo. En el camino hacia el fanatismo ordinario no hay nada peor que un converso, decía también Buñuel. Y peor que un converso es un converso con tribuna. ¿Cómo puede ser que un país que en sólo una generación dejó atrás la dictadura y la pobreza a través de un ejercicio de equilibrio preste tanta atención a un puñado de desequilibrados? ¿O, tal vez, son esos excesos verbales la expresión catártica que permite el equilibrio?

Pero, bueno, ¿cómo no va a ser raro un país que venera a tantas vírgenes, cuando no las despeña, como hacen los habitantes de Calanda, tras sacar en procesión a la Virgen del Pilar para que llueva? Y como después de la procesión no llueve, despeñan a la virgen. Tal vez sea eso lo que hacen los conversos que pontifican en los medios: despeñan vírgenes, las mismas que idolatran.

Y si España, la madre patria, se permite estas rarezas, ¿qué queda para los churumbeles?, pregunta mi tío, que es ultramarino.

En fin, para que no quede mal sabor de boca con tanta rareza, acabo con un chiste que le cuenta Jesús Franco a Carrière. Está un pastor cuidando dos vacas. Pasa un francés y le pregunta: ¿Comen bien? ¿Cuál?, responde el pastor. La blanca, dice el francés. La blanca come bien, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

Se queda un rato el francés mirando las vacas y vuelve a preguntar: ¿Dan buena leche? ¿Cuál?, responde el el pastor. La blanca, dice el francés. La blanca da buena leche, sí, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

¿Por qué me preguntas cada vez a cuál me refiero?, pregunta el francés. Te lo pregunto porque la blanca es mía, responde el pastor. ¿Y la negra? La negra también.

P

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