jeudi 7 juin 2007

Edwards Bello descabezando mitos

En un país donde el arribismo es la autopista por donde vamos todos, en jeep o en citroneta, alguien que como Edwards Bello iba en la dirección contraria provocaba perturbaciones y accidentes.

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Joaquín Edwards Bello fue un escritor prolífico, un buen novelista y un mejor cronista. Publicó más de treinta libros y escribió una columna, la más leída y comentada de este diario, Los jueves de Edwards Bello, cuando la gente leía el diario día tras día y no sólo el fin de semana. Fue también un personaje controvertido, bohemio, jugador, brillante casi siempre, opaco cuando quería. En un país donde el arribismo es la autopista por donde vamos todos, en jeep o en citroneta, alguien que iba, como él, en la dirección contraria provocaba perturbaciones y accidentes.

Tras su muerte, en 1968, los ecos de su obra quedaron sonando en el limbo hasta que, en los últimos años, una magnífica novela, El inútil de la familia, de Jorge Edwards, lo trajo de vuelta a la letra impresa. También ha escrito sobre él Salvador Benadava (Faltaban sólo unas horas…) y me entero por este diario que Roberto Brodsky le ha dedicado un capítulo de la obra El asilo contra la opresión a su inveterado antisemitismo. Guy Bajoit, sociólogo belga, autor de obras leídas y estudiadas en Europa, se ha valido, en un ensayo reciente, Joaquin ou le jeu avec la marginalité, de la figura de Edwards Bello para ilustrar sus teorías. Esperemos que se traduzca cuanto antes y se difunda porque resulta notable la reunión de historia personal y colectiva que logra Bajoit apoyándose en la vida del novelista, en su calidad de contradicción viviente y en sus personajes novelescos, Esmeraldo, el Azafrán, la Chica del Crillón.

Impulsado por esa lectura, releo de una sentada Mitópolis, selección de crónicas de Edwards Bello publicadas en La Nación en los años cincuenta y sesenta, precedidas de una entrevista al autor, conjunto editado por Alfonso Calderón en 1973. Impresiona la libertad de tono y la acerada crítica a Chile, a sus mañas y manías. ¿Quién se expresa hoy con la mitad de la pertinencia y la carga crítica con la que arremetía Edwards Bello en contra de la sociedad chilena hace medio siglo? La Mistral dijo de él que Chile tenía en su persona a su “hijo más reprendedor”. Para no contradecirla, Edwards Bello afirmaba que los chilenos vivimos en las zonas más oscuras de la imprevisión: « Después de las cuchipandas: ¡Déme bicarbonato! Al caer de la primera lluvia: ¿Dónde quedaría el paraguas? ».

Alegra reencontrarse, por otra parte, con su cosmopolitismo. Se supone que Chile entonces era provincialismo puro, y el propio Edwards Bello se encarga de recordarlo cada dos líneas, pero su escritura resulta abierta y sin complejos, tanto así que el ancho mundo parece su calle y su casa. Ya en sus lecturas de infancia, Edwards Bello se muestra como un criollo mundano, tan de España y de Inglaterra -o de Brasil o de México- como lo era del entrañable Chile. No sé si hoy se pueda decir otro tanto de los letrados en boga. Algo de Norteamérica reivindican, pero en su variante Miami, y paremos de contar.

Jueves con jueves, Edwards Bello se daba a la tarea de descabezar la mitología nacional. No se salvaban ni Caupolicán empalado, ni Colo Colo insurrecto, ni siquiera Prat, ni tampoco Murieta. Ni la Quintrala, ni Manuel Rodríguez,  ni Portales, ni menos José Miguel Carrera, cuyo cráneo todavía algunos buscan y otros veneran. Nuestro cronista de los jueves no dejaba prócer con cabeza. Tenía, por suerte, buenos lectores, que respondían con bien calibradas cartas a sus columnas. E incluso contaban chistes. Doña Eugenia Urquieta, en octubre de 1956: « Un yanqui andaba buscando reliquias del pasado chileno. Un huaso diablo fue a ofrecerle una calavera de O’Higgins. El yanqui, entusiasmado, le pasó veinte dólares. El huaso pretendió repetir y llevó otra calavera chica, de niño. El gringo le preguntó: ¿Y ésa? Es la calavera de O’Higgins, cuando era guaguita ».

logocl 7 de junio de 2007

PS: Por si alguien se asoma a leer el PDF con la versión impresa de este texto, aclaro que la palabra 'poetisa' con la que el editor engalana a la Mistral no es mía, no acostumbro ofender a las señoritas.

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mardi 16 mai 2006

La reina de Gualeguaychú

Resulta que la reina del carnaval de Gualeguaychú se paseó en traje regional durante la sesión de fotografías de la cumbre euroamericana de Viena, la semana pasada, y consiguió una sonrisa benévola de parte de los mandatarios y la portada de los diarios del mundo. Protestaba por la construcción de unas papeleras en la frontera uruguayo-argentina. Por su parte, la mujer que protestaba, frente a Bush y Hu, en Washington, por la represión a la religión Falun Gong en China, a la que hacía referencia hace un par de semanas esta columna, tuvo muy distinta suerte. Fue sacada de foco por los propios fotógrafos. Cierto es que la pobre señora estaba completamente vestida.

Una lectora me escribe para que le ayude a sacar a luz esta verdad : Para salir en el diario, hay que enseñar la rabadilla. O mostrar el culo, o como se diga. Me parece que la señora tiene razón. No sé bien qué se puede añadir a esta evidencia, aparte de que a lo que hoy se llama « top » cabe mirarlo por el reverso. « Top » es, palindrómicamente, de atrás pa' delante, « pot ». Lo decía Octavio Paz, analizando la « Venus frente al espejo », de Velásquez : Cara es culo. La bella mira en el espejo su retrato, pero lo que de verdad observa es la cara del espectador que contempla su posterior. Nadie ha dejado tan clara esta materia cuanto Brigitte Bardot, quien en las primerísimas escenas de « El desprecio », de Godard, le preguntaba al espectador: « Y mis nalgas, ¿qué te parecen mis nalgas? ». Por menos que eso, Raúl Hasbún, un presbítero que hablaba modosamente por la tele en los años del terrorismo de Estado, se declaró a sí mismo « víctima del terrorismo anal ».

Otra lectora muy querida me escribe a propósito de los « lectores contagiosos », aquéllos que cuando les gusta un libro lo abandonan en el banco de una plaza para que otra persona lo lea y lo disfrute. Me dice textualmente : « Esperaba que su tío Pepe hubiese encontrado en algún banco de su pueblo a Harry Potter 7 ; reconozco que fue algo ingenuo de mi parte ». Le traslado la inquietud a mi tío. Éste se echa a hablar como un poseso de Harry Potter, de su amiga Hermione y de la señora Rowling, que ha escrito ya seis libros, de los que se han hecho cuatro películas y media. Reparo en que Pepe ha integrado a su léxico algunas expresiones de la saga adolescente. Por ejemplo, a las personas que suelen acarrear problemas las nombra « Voldemort », para no llamarlas, precisamente. Me confiesa que, sin embargo, no ha leído ni una sola línea de las aventuras del aprendiz de brujo y, por no ver, no ha visto ni siquiera las sinopsis de sus películas. Según Pepe, a los best sellers no vale la pena leerlos, porque de cualquier manera uno se entera de todo y así se ahorra el tiempo de la lectura y puede dedicarlo a asuntos más interesantes. Esto vale también para el « Código da Vinci », que sale todos los días en los diarios, y esto sin necesidad de que el Opus Dei se desnude. Al menos, que se sepa.

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Otro lector se interesa por la fotografía que ilustró esta columna la semana pasada, una reunión del Consejo de redacción de La Nación en los años cuarenta o cincuenta, presidida por Joaquín Edwards Bello. Aparecen en ella quince señores perfectamente vestidos y una solitaria señora. ¿Quién será la señora, bendita sea entre todos los hombres?, se interroga mi corresponsal. ¿Una pionera del periodismo escrito? ¿La señora de uno de esos periodistas, que solía pasar a buscarlo al diario los días jueves? Afortunada ella, que no tuvo que desvestirse para salir en el diario.

La Nación de Santiago de Chile, 31 de mayo de 2006.

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vendredi 5 mai 2006

Lectores contagiosos

Ahora resulta que hay un nuevo movimiento. Sus miembros, cuando leen un libro y les gusta, lo abandonan en el banco de una plaza o en un vagón del metro, de manera que otra persona lo encuentre y lo disfrute. Esto, en lugar de quejarse porque nadie lee. Se les conoce como los “lectores contagiosos”. Si cada ejemplar de un periódico lo leen cuatro o cinco personas, ¿por qué no los libros? Mi tío Pepe, que es amigo de frecuentar parques y jardines públicos, se ha beneficiado así con tres estupendos impresos.

“El primero de ellos, El inútil de la familia, es una historia de tío y sobrino”, me cuenta. “El sobrino se llama Jorge y el tío, Joaquín. Joaquín fue un personaje rocambolesco, un gran tarambana y un buen escritor. Escribía en La Nación, donde le pagaban "tarde y mal", pero aun así prefería eso a escribir en el diario de sus tíos ricos. Era la época en que dirigía La Nación Eliodoro Yáñez, quien era tío de otro sobrino, José Donoso. Aquí cabe abrir un paréntesis: cuando Donoso quiso publicar su versión de la historia de su familia, como hoy hace Jorge Edwards con la suya, se le vino encima un sobrino catón que lo amenazó con las penas de los tribunales. El libro de Donoso, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, se publicó finalmente expurgado, o espulgado, que no es lo mismo, pero es igual. Volviendo a El inútil de la familia, el libro resulta ser un suntuoso paseo por la primera mitad del siglo 20, desde Valparaíso a París, pasando por Santiago, Rio y Madrid, siguiendo los pasos de Joaquín Edwards Bello. Suntuoso se dice de algo que resalta y arruina. Éste fue el sino del tío Joaquín, un hombre rico “venido a menos” y, al mismo tiempo, enaltecido. Por la escritura, en ambos casos”.

“¿Y el segundo libro?”, le pregunto.

“El segundo es una curiosidad, un cajón de sastre inglés, un álbum de toda clase de textos inéditos. Se llama Gutiérrez, como podría llamarse Gómez, o Galíndez, y está compilado por Andrés Braithwaite. En la primera página, a guisa de presentación, la imagen de un negrito endomingado invita a entrar a los lectores y los despide, en la última, a manera de epílogo. Gutiérrez presenta a treinta autores, mayores y menores. Saber que aún existen inéditos de Juan Emar, de Enrique Lihn y de Roberto Bolaño (una apostilla a Los detectives salvajes) me llena de optimismo. Tal vez un día se encuentre un manuscrito de Sócrates. Me han gustado sobremanera Browne, Donoso, Veloso”.

“Las tres son mujeres”, le digo, “¿no estará usted practicando el sexismo al revés?”.

“Dicho así, no sería una mala idea”, replica, “pero no se trata de eso.” Y pasa a describir el tercer libro, que según su criterio es espléndido. Se llama En busca del loro atrofiado. Trata de un loro que no puede volar, camina poco y mal, se tropieza en los accidentes del terreno, se enreda en las enredaderas. Trata, también, de otra serie de detalles que componen el sentido del mundo y su correspondiente sinsentido. “Ahora me gustaría leer los premios de la crítica”, continúa. “Se los han llevado Gonzalo Millán y Germán Marín (ambos, como Roberto Merino, autor de En busca del loro atrofiado, están en Gutiérrez). Como los lectores contagiosos me han contagiado”, afirma Pepe, “si no encuentro pronto estos libros en el metro o en el parque, los compro, los leo y, sólo si me gustan, los abandono en el Jardín Botánico. Aviso a los interesados”.

La Nación de Santiago de Chile, 11 de mayo de 2006.