dimanche 1 novembre 2015

La mano muerta

Trasiego de niños disfrazados de inocentes monstruos. Recuerdan otros halloweenes, las jugarretas y ritos de iniciación macabros, esos sí, de los estudiantes de medicina. Rolando Toro —aprendiz de galeno en Concepción— se robaba un brazo del muerto en las autopsias, se lo ponía en la manga de la camisa y saludaba con esa mano muerta a quienes le presentaban.

Como en el juego de la mano muerta, en el que te arriesgabas que te dieran un cachuchazo.

Toro, a cuya escuela de biodanza concurría Lira mucho años después, era amigo del joven Jodorowsky, otro que bien bailaba. Subido al tejado de una casona de la calle Lira en Santiago de Chile, Jodo observaba a los locos de una casa de orates vecina vestido con una capa roja para impresionar a los orates tanto como estos impresionaban al titiritero, al psicomago en ciernes. En los conventillos de Matucana, allá por donde su padre tenía su negocio de calcetines, contaba Jodo, a las viejas taciturnas les salían escamas en los ojos de tanto sustraerlos a la luz. 

El joven Jodo se inventaba estas historias entre dos lecturas de sus escritores favoritos, Borges y Kafka, a quienes por entonces aún no leía casi nadie. De Borges decía Jodo que era un edipo aferrado a las faldas de su madre, un masturbador compulsivo.

Lo cuenta Jorge Edwards en sus memorias, Circulos morados. Edwards se piñerizó durante la campaña presidencial de 2010 y el electo Piñera lo recompensó con la embajada en París durante su ridículo mandato. Para quien se contente con el costumbrismo y el anecdotario, como mi tío, sus memorias son un festival.

Jodorowsky4ysumadresara

Jodorowsky

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vendredi 16 décembre 2011

Los años

Diario de Chile (3)

Le pregunto a mi amigo E, que tuvo la suerte de cenar con ellos, que cómo están los veteranos del 71. (Esa cena que debió llamarse 'Los veteranos del 71 vuelven a los 17'). ¿Que cómo estamos? En avanzado estado de descomposición, me advierte. Uno de ellos, M, se da tiempo para recordar, sin embargo, que en esta materia la última palabra la tiene Leonardo, según contaba un libro que leímos en la escuela primaria y todos olvidamos menos él. Le preguntaban al maestro toscano qué edad tenía. Tengo quince años, respondió. Porque hay dos maneras de contar los años, y yo cuento los que me quedan por vivir.

De los años hablan a su manera un grupo de añosas señoras durante una cura de rejuvenecimiento en un recinto termal. Las oigo contar que, según Jodorowsky, así como la edad de un árbol se lee en los anillos del tronco, la edad del ser humano se cuenta en las arrugas del ano.

No me extraña. Yo era cliente de Jodo en Twitter pero lo abandoné. Su capacidad para emitir boutades y paradojos es muy superior a mi capacidad para encajarlos. No le resto méritos, claro que no. Que estas matronas se expresen de esa suerte es santo y seña de que vamos avanzando. Añosos somos, pero ya no nos arrugamos a la hora de decir culo en público.

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PS/ Por otra parte leo que un estudio de la Universidad de Milán habría dado con el misterio de la sonrisa de la Jocosa: mientras Leonardo la pintaba, el maestro le exhibía la diuca (contraviniendo el palíndromo de Maturana: A la diuca, cúidala). // Cómo quieren las ancianas que respetemos sus canas si las pintan de tonos subidos, decía Lira.

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