vendredi 26 octobre 2012

La tentación de la isla

(Diario de Madera, 9)

Estoy de regreso de Madera desde hace unos días pero me temo que a este diario le falten aún un par de páginas. Me gustaría pasar cuanto antes a otra cosa-mariposa, pero me conozco-mosco. Por otra parte, lejos de la isla quiero decir, el otoño continental aprieta con su cohorte de paro y de reparos, de hojas muertas y de agravios vivaces. La vieja tentación de la isla reaparece y asume unas formas recientes.

Antes de la llegada de los europeos, la mayoría de las islas que rodean África estaban desiertas. Salvo Canarias y sus bereberes guanches, Madagascar y sus malgaches y alguna que se me escapa. Kapú refiere en Ébano la importancia que cobraron esas islas durante la colonización europea, sirviendo como avanzadilla y refugio a la internacional de marineros, comerciantes y atracadores, como la llama el polaco, que se hizo con el control del continente negro. La cara más fea de esa empresa fue, por cierto, la de la esclavitud. En el caso de la expansión portuguesa, fueron las islas del Cabo Verde las que sirvieron principalmente de plataforma para el negrerismo.

A Madera le correspondió un papel más amable, el de plataforma botánica. Las especies que los portugueses consideraban interesantes en África, América y Oriente eran llevadas hasta la isla para que se aclimatasen en ella antes de dar el salto a Portugal. Y al revés, las plantas que querían introducir en los nuevos territorios pasaban en Madera un periodo de adaptación, habida cuenta de que la isla es geográficamente un punto de encuentro entre el trópico y las regiones temperadas, como lo muestra bien su flora autóctona, la laurisilva.

Mendes Ferrão (A Aventura das plantas e os descobrimentos portugueses) presenta un repertorio de 24 plantas útiles americanas, 17 asiáticas y ocho africanas que fueron implantadas durante esa época en el resto del mundo. Este trasiego botánico está a la base de los monocultivos sucesivos sobre las que se asentó la economía insular, el trigo, la caña de azúcar, la viña y la banana. Subsidiariamente, ese mismo trapicheo convirtió a la isla en una especie de jardín botánico a gran escala, empresa a la que contribuyó de manera significativa la llegada de los comerciantes en vino ingleses, aficionados a la jardinería, a partir del s XVIII, para solaz del más reciente monocultivo isleño, el turismo. La mejor ilustración de esto que digo está en el Jardín de Monte. Si la isla entera es trópico domesticado, Monte es el broche, allí donde el jardinero ha conseguido crear la perfecta ilusión de una Europa tropical. Me inflamo, cómo no.

A la tentación de la isla la atempera, sin embargo, la estadística. Hay más maderenses por el mundo que en la propia isla de Madera. Pescadores en Perth, albañiles en Zurich, funcionarios en Jersey, comerciantes en Maracaibo. Gente de buena madera.

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mercredi 26 septembre 2012

Los trausos y los tracios

Los trausos tienen las mismas costumbres que el resto de los tracios, escribe Heródoto. Salvo en lo que se refiere a los nacimientos y a las defunciones. Cuando nace un niño, la familia se reúne y se lamenta de los males que deberá sufrir la criatura, a causa de todas las calamidades que recaen sobre los mortales. Un difunto, en cambio, es enterrado en medio de bromas y risas. Su felicidad será eterna, se dicen.

Del inconveniente de haber nacido, que diría Cioran. Quien, por cierto, no nació lejos de esas tierras.

Sobre el conjunto de los tracios, Heródoto se apunta con esta consideración de amplio espectro: Si los tracios pensaran todos de la misma manera, en mi opinión serían irreductibles y, con mucho, los más potentes. Pero es impensable que eso ocurra. Tienen muchos nombres, que dependen de cada una de las tribus. Y son débiles por este motivo.

H

Estatua de Heródoto en la Biblioteca del Congreso, en Washington, por Daniel Chester French

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samedi 22 septembre 2012

El minarete

Se suele decir de los clásicos que siempren están en fase con la actualidad. Apegado a Heródoto, Kapuscinski no anda lejos. En Viajes con Heródoto describe dos realidades paralelas, el mundo antiguo, valiéndose del relato del griego, y el de los años sesenta, el de sus primeros viajes como corresponsal, y en ambos relatos resuena la actualidad, las trifulcas de los salafistas y las movidas de los mandamases. Todo recuerdo es presente, dice Novalis.

La hegemonía del mundo antiguo se la disputan griegos y persas. Heródoto cuenta de un rey griego que malinterpreta el oráculo y es derrotado por los persas, a los que acaba contagiando. Heródoto miraba con escepticismo la supuesta superioridad de su propio pueblo griego, que llamaba bárbaros a todos los que no hablaban su lengua. Y a su vez, miraba con interés declarado a los pueblos sometidos por los griegos. Al punto que demuestra que los griegos tomaron sus dioses de los egipcios, a los que despreciaban, transformándolos apenas.

Kapú va leyendo a Heródoto mientras se encuentra en El Cairo o en Jartum, que están a orillas del mismo río Nilo. En ese entonces, en 1960, tras sacudirse el poder colonial franco-británico, el ejército egipcio había constituido junto a Siria, apuntalado por las nuevas potencias hegemónicas, Norteamérica y la Unión Soviética, la República Árabe unida, al mando del coronel Nasser. Pacato, el poder nasserista combatía entre otros vicios nefandos el consumo de alcohol.

Así es como Kapú cuenta un jocoso recorrido por las calles del Cairo intentando desembarazarse de un envase vacío de cerveza. Frente a cada basurero se lo impiden los ojos de algún miembro de ese ejército de reserva de esbirros ociosos en búsqueda de protagonismo que pueblan las capitales de las dictaduras.

Y cuenta también el atraco más ingenioso que alguien haya padecido y contado. O para qué sirve un minarete:

Un día, cuando salgo del hotel a la calle, uno de esos hombres (supuse que era de ésos porque siempre estaba apostado en el mismo lugar, debía de tener asignada una zona) me para y me dice que lo siga, que me enseñará una mezquita antigua. Soy crédulo por naturaleza, y la desconfianza la considero no como señal de sentido común sino como un defecto de carácter, y, en aquella ocasión, el hecho de que un secreta me proponga ir a una mezquita en vez de ordenarme comparecer en una comisaría me causa tal sensación de alivio —incluso de alegría— que acepto sin pensármelo un segundo. Es un hombre de trato correcto, llevaba puesto un traje pulcro y hablaba en un inglés bastante bueno. Me dice que se llama Ahmed. Y yo, Ryszard, le contesto, pero te resultará más fácil llamarme Richard.

Primero caminamos. Luego subimos a un autobús y viajamos un rato largo. Nos bajamos. Nos encontramos en un barrio viejo: callejones estrechos, rincones recónditos, plazoletas diminutas, pasajes sin salida, fachadas torcidas, pasos angostísimos, paredes de barro gris oscuro, tejados de hojalata ondulada. Quien entre aquí sin un guía, no sale. Sólo aquí y allá se divisan unas puertas en las paredes, pero están clausuradas, cerradas a cal y canto. Todo parece desierto. De vez en cuando se ve deslizarse como una sombra a una mujer o a una pandilla de niños, pero los pequeños, asustados por el grito de Ahmed, desaparecen enseguida. Así llegamos ante un macizo portalón de metal sobre el cual Ahmed golpea con los nudillos un código. Desde el interior llega el susurro de unas sandalias arrastrándose y luego se oye el ruidoso chirrido de una llave girando en la cerradura. Nos abre la puerta un hombre de edad y aspecto indefinidos e intercambia con Ahmed unas palabras. Nos guía a través de un pequeño patio cerrado hasta una puerta hundida en la tierra que conduce a un minarete. Está abierta, los dos me indicanque la franquee. Dentro reina una espesa oscuridad, pero se divisan los contornos de una escalera de caracol que sube por la pared interior del minarete, que, a su vez, recuerda una gran chimenea de fábrica. Quien dirija la vista hacia arriba verá que en lo alto, muy alto, brilla un punto de luz difuminada que desde este lugar parece una estrella remota y pálida: es el cielo.

—We go! —me dice con voz entre imperativa y alentadora Ahmed, que antes me había dicho que desde la cumbre veré toda la ciudad de El Cairo. Great view! —me asegura. Así que en marcha. La cosa se presenta mal desde el principio. La escalera es estrechísima y resbaladiza pues está cubierta de arena y polvo de argamasa. Pero lo peor es que no tiene ningún pasamanos, ni agarraderos, ni mangos, ni siquiera una cuerda, nada a lo que asirse.

Pues nada, allá vamos. Sube que te sube. Lo más importante es no mirar hacia abajo. Ni hacia abajo ni hacia arriba. Clavar la vista en el punto más cercano que se tiene delante, en ese peldaño que está a la altura de los ojos. Desconectar la imaginación, la imaginación siempre magnifica el miedo. Irían de perlas cosas como el yoga, el nirvana y los tantras, o como el karma y el moksha ,algo que permitiera dejar de pensar, de sentir, de ser.

Pues nada, allá vamos. Sube que te sube. Estrechez y oscuridad. Vértigo en círculos. Desde la cumbre del minarete, cuando la mezquita está abierta, el almuédano llama a los fieles a oración cinco veces al día. Los exhorta con una especie de cánticos monótonos, a veces bellísimos, solemnes, cautivadores, románticos. Sin embargo, nada parece indicar que nuestro minarete sea usado por alguien. Es un lugar abandonado desde hace años, huele a rancio, a polvo estadizo.

No sé si es debido al esfuerzo o a la creciente sensación de miedo, pero lo cierto es que empiezo a acusar cansancio y a todas luces ralentizo la subida pues Ahmed se pone a apurarme.

—Up, up! —insiste, y puesto que va detrás de mí me corta toda posibilidad de retroceder, dar media vuelta, huir. No puedo girar sobre mis talones y sortearlo: a un lado se abre el abismo. Pues nada, pienso, vamos allá. Sube que te sube. Nos encontramos ya tan alto y la situación se presenta tan peliaguda en aquella escalera sin pasamanos ni asideros que un movimiento brusco de cualquiera de nosotros significaría una caída libre de los dos desde una altura de varios pisos. Estamos unidos por un absurdo lazo de «intocabilidad»: el que toca al otro también se precipita al vacío.

Pero esta simétrica configuración no tarda en cambiar en mi contra. Al final de la escalera, en la misma cumbre, hay una terracita diminuta y angosta en torno al minarete: el lugar para el almuédano. Por lo general, estas plataformas suelen exhibir una baranda de piedra o de metal. Pero aquélla, que seguramente había sido metálica al cabo de tantos siglos se había caído, comida por la herrumbre, y brilla por su ausencia: el estrecho saliente de piedra no tiene protección alguna. Ahmed me empuja suavemente hacia el exterior y él mismo se queda en la escalera. Y, apoyado con toda la seguridad del mundo contra un vano en la pared, me dice:

—Give me your money.

M

Foto de Michel Setboun

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mercredi 12 septembre 2012

El camarada Li

Las dos primeros viajes de Kapú al extranjero a fines de los años cincuenta tuvieron como destino la India y China. En ese orden. Ambos países eran por entonces pobres y superpoblados. Y lo siguen siendo, sólo que ahora, además, son potencias emergentes, signifique esto lo que signifique. La comparación entre ambas realidades, la india y la china, se hace así inevitable y Kapú no se priva de hacerla:

'El indio es relajado, el chino es crispado y vigilante. La multitud en India es informal, fluida y lenta. La multitud en China, en cambio, es ordenada y marcial: parece evidente que está dominada por un guía, por una autoridad suprema. En revancha, flota sobre la multitud en India un areópago de divinidades indulgentes. Si la multitud en India descubre algo curioso, se detiene, observa con detención y se echa a discutir. En la misma situación, en China, la multitud sigue su camino, compacta, obediente, la mirada fija en frente. Los rostros de unos y otros son también diferentes: el rostro del indio reserva sorpresas, mientras que la cara del chino nos dice que esconde algo que ignoramos para siempre jamás'.

Hasta aquí muy bien, pero lo que le pide el cuerpo a uno es saber si ya por ese entonces había, tanto en India como en China, signos anunciadores de lo que vendría luego, medio siglo más tarde, el famoso boom económico chino (e indio, ya que estamos, y también del presente decaimiento del repunte, para ser completos), y si Kapú los vio venir.

No sabría decir. Habrá que seguir leyendo Mis viajes con Heródoto. A veces la mejor respuesta es dejar la respuesta pendiente, como hizo el chaperón de Kapú en China, el camarada Li. Perplejo frente una lectura, Kapú le pide al camarada Li que le explique su sentido: 

'Un día Zuanzi sueña ser una alegre mariposa que vuela libremente sin saber que él es Zuanzi. De pronto despierta. Ha vuelto a ser Zuanzi. Ahora ya no sabe si la mariposa es el sueño de Zuanzi o si Zuanzi es el sueño de la mariposa'.

El camarada Li lo escucha, sonríe, toma notas y responde que le responderá más adelante.

Ch

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mardi 4 septembre 2012

Los tres pilares de la civilización

Ebano es un librito de crónicas sobre África, un compendio de periodismo Kapú en formato de bolsillo. Con todo, fornece unas cuantas ilustraciones morrocotudas. Cómo nace una religión, el mercado, la guerra. Nada menos que los tres pilares de la civilización.

Sobre la religión, esto que cuenta Kapú será un equívoco tropical, pero no se diferencia mucho del que fundó el cristianismo. Me parece a mí, que de niño fui sacristán:

«Leshina vivía en Zambia. Tenía unos cuarenta años. Era vendedora en la pequeña ciudad de Serenje. No se distinguía por nada especial. Corrían los años sesenta y entonces se topaba uno con gramófonos de manivela por aquí o por allá. Leshina tenía un gramófono de aquellos y un disco, uno solo, muy gastado y muy rayado. El disco contenía la grabación de un discurso de Churchill, de 1940, en el que el orador exhortaba a los ingleses a aceptar las privaciones y los sacrificios de la guerra. La mujer instalaba el gramófono en su patio y daba vueltas a la manivela. Del altavoz metálico y pintado de verde salían roncos gruñidos en los que se podían adivinar los ecos de una voz patética e incomprensible. A los miserables que allí acudían, cada vez más numerosos, Leshina les explicaba que era la voz de Dios, que la nombraba su mensajera y ordenaba obediencia ciega. Auténticas muchedumbres empezaron a acudir a su casa. Sus fieles, por lo general pobres de solemnidad, con un esfuerzo sobrehumano construyeron un templo y comenzaron a decir allí sus oraciones. Al principio de cada ceremonia el bajo estrepitoso de Churchill los sumía en estado de trance y éxtasis. Pero las autoridades se avergonzaron de tales manifestaciones y el presidente Kenneth Kaunda mandó contra Leshina a la tropa, que hizo polvo el templo y asesinó a varios cientos de inocentes».

Sobre el comercio, el intercambio impersonal que funda el mercado, Kapú transcribe el relato que hace Alvise da Cada Mosto, un mercader veneciano del siglo XV, de un trapicheo al borde del río Níger:

«Cuando los negros alcanzan las aguas del río, cada uno de ellos hace un montículo con la sal que ha traído y lo marca, tras lo cual se alejan todos de la ordenada fila de esos montículos, retrocediendo a una distancia de mediodía, en la misma dirección de donde han venido. Entonces llegan unos hombres de otra tribu negra, hombres que nunca enseñan nada a nadie y con nadie hablan: llegan a bordo de grandes barcas, seguramente desde alguna isla, desembarcan en la orilla y, al ver la sal, ponen junto a cada montículo una cantidad de oro, tras lo cual se marchan, dejando la sal y el oro. Una vez se han ido, regresan los que han traído la sal y si consideran suficiente la cantidad de oro, se lo llevan, dejando la sal; si no, dejan sin tocar la sal y el oro, y vuelven a marcharse. Entonces los otros vienen de nuevo y se llevan la sal de aquellos montículos junto a los cuales no hay oro; junto a otros, si lo consideran justo, dejan más oro o no se llevan la sal. Comercian precisamente de esta manera, sin verse las caras y sin hablar unos con otros. Tal cosa dura ya desde hace mucho tiempo, y aunque todo el asunto parece inverosímil, os aseguro que es verdad».

Esta última consideración de Alvise da Cada Mosto, «aunque todo el asunto parece inverosímil, os aseguro que es verdad», podría hacerla el propio Kapú en cada una de sus crónicas. Sobre todo en el relato de los lances de guerra, el tercer pilar que iba a ilustrar y dejo para la próxima.

N

Foto de Lionel Pupin

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samedi 25 août 2012

Monrovia, fundido a negro

A la mitad de un duro invierno tan bueno enero como febrero, mi tío fantasea con un personaje que compra el diario, lo abre en la página del tiempo, busca el lugar del mundo con la temperatura más alta, se va al aeropuerto y se sube en el primer avión que vuela en esa dirección.

Ese lugar podría ser Monrovia, Liberia, si ésta apareciera en la lista del diario. Debería aparecer, debería ser Monrovia. El capullo ése, el personaje que quiere huir del invierno, se merece aterrizar en Monrovia y recibir la vaharada de humedad caliente del aire de Monrovia en plena cara, se merece entregar los papeles a unos mangantes al pie del avión, dejarse arrastrar en un taxi trucho hasta un hotel podrido y caro, refugiarse en una habitación (la 107) tomada por las cucarachas e, incapaz de dormir, leer El Infierno de piedra, el capítulo que Kapú dedica en Liberia en Ébano

Liberia, claro, el país que fundaron los esclavos liberados por un grupo de bienintenciados, que no tardaron en reproducir el esclavismo del que huían. El país con mayor número de huérfanos, de viudas, de descuartizados y de warlords por kilómetro cuadrado.

Qué fácil es escribir sobre Florencia, dice Kapú, basta con darse un garbeo por sus calles y sus plazas y el mundo que te rodea se desliza solo bajo tu pluma.

En Monrovia, en cambio, todo está trabado, impedido, descompuesto. Salvo que seas tú Kapú y escribas un capítulo como El infierno de piedra.

Monrovia, fundido a negro. Aléjate del aeropuerto.

D

 El Infierno de Dante, según Botticelli

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mardi 7 août 2012

El periodismo Kapú

De Alepo a Luanda (y 2)

Se decía que Kapuscinski llevaba dos cuadernos estancos. Uno para el periodismo-periodismo, los despachos para la agencia polaca PAP, para la que trabajaba, y otro para el periodismo literario, para sus libros. Pero también sus libros, contra lo que se ha llegado a decir, son periodismo-periodismo, así sea en diferido. Tanto como sus despachos urgentes mantienen la gracia treinta años después. El día de la independencia angoleña, el 11 de noviembre de 1975, Kapú despacha desde una Luanda sitiada y exangüe: No hay agua desde hace dos días en la capital, situación que provoca ásperos combates por conseguir una invitación a la recepción que el presidente ofrece en el palacio de Gobierno porque, según los rumores, en ella se podrá beber agua fresca.

Luanda, la primera ciudad africana fundada por europeos y el principal puerto negrero, está por esos días a punto de caer en las zarpas de la facción bacongo, sostenida por Mobutu, o de la facción ombundu, apoyada por la Sudáfrica racista. Si provocan un baño de sangre, todo el mundo se lo reprocharía, sostiene un combatiente. Que luego añade: Aunque no sé. El mundo está tan lejos de aquí.

Con todo, el mundo intenta seguir la actualidad angoleña y los enviados especiales aterrizan en Luanda para cubrir la declaración de independencia en una ciudad sitiada por la guerra. Me pongo en el lugar de mis colegas, escribe Kapú. El viaje les cuesta a los periódicos los ojos de la cara, por lo que esperan de sus enviados reportajes siderantes, scoops, historias sensacionales escritas bajo una lluvia de balas.

Tras varios intentos infructuosos, sin embargo, los corresponsales internacionales deben volver al hotel con la cola entre las piernas. En el hotel, la mucama está ocupada y el recepcionista responde con eslóganes. El gerente del hotel, en cambio, les da el concepto que define mejor la situación: confusão. Ahora bien, ¿cómo traducirlo? Los hombres han provocado ellos mismos una situación de la que han perdido el control. Los intentos por explicarla, tanto como la incapacidad para hacerlo, forman parte de la propia confusión y la amplifican.

Salvo para el periodismo Kapú.

M

Monolito maconde

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vendredi 3 août 2012

De Alepo a Luanda

La guerra no es transmisible, dice K, ni por la pluma, ni por la voz, ni por la cámara. La guerra es una realidad sólo para aquellos que están atrapados en sus entrañas repugnantes. K habla de la guerra de Angola, en 1975. Imposible, sin embargo, no ir de una guerra a otra y pensar ahora en Siria.

Queda por descontado que Siria no es Angola. Una guerra, en cambio, siempre es una guerra. Como el miedo que siente un recluta es el mismo miedo que otro recluta sintió. En el frente, el recluta cree que la muerte está en todas partes y todas las balas le están destinadas, afirma K. Incapaz de apreciar la distancia a la que se encuentra el enemigo, ametralla a lo tonto. Porque en lugar de apuntar al enemigo, intenta acabar con el terror que lo paraliza y le impide pensar en la manera de ganar la batalla. Batalla que nunca ganará del todo mientras no gane la guerra.

Esa guerra eterna que incuba desde siempre porque, para el pueblo oscurantista, el pueblo de al lado está habitado por no-hombres de los que hay que desconfiar porque son numerosos y hablan una lengua ininteligible, lo que les permite disimular sus malas intenciones. Y porque entre pueblo y pueblo, o a la distancia, circulan salvajes que viven desnudos porque perdieron todas las guerras hace tiempo y saben que ya no ganarán ninguna.

La de Angola fue una guerra de emboscadas, donde el frente no era lineal sino puntual y móvil. En plena guerra, se podía recorrer el país entero, enorme y casi despoblado, sin sufrir un rasguno, tanto como se podía caer tras el primer paso. Una guerra de guerrillas. Eso, hasta que el ejército sudafricano invadió el país desde la frontera sur y la guerra cambió de registro y se convirtió en una enfrentamiento convencional entre dos ejércitos armados con material pesado.

K

La guerra en Siria es diferente, es una insurrección popular, activa en el corazón de las ciudades, que se enfrenta a un ejército bien apertrechado. Insisto en que no comparo una guerra con otra. Lo que digo es que para acercarme a la realidad de la guerra, puesto que está ahí otra vez, como siempre, he abierto el primer libro de Kapuscinski, escrito durante la guerra de Angola, en el 75. No me acordaba de que fuese tan bueno. En las versiones española e inglesa se llama Un día más de vida, frase que suelta al alba el angoleño de la imagen tras haber conducido durante la noche, sorteando toda clase de peligros, porque sabe que en el día que despunta podrá avanzar sin obstáculos gracias al sol del paralelo 16 que, cuando está en el cénit, detiene cualquier guerra. O esa guerra, cuando menos. La versión francesa se llama D'une Guerre l'autre, y fue ese título el que me movió a abrir el libro y a hacer la asociación con la guerra en Siria.

Me entero de que la historia de K en Angola la lleva ahora al cine de animación el navarro Raúl de la Fuente -de allí está tomada la imagen- y el estreno está previsto para mediados de 2014. Esperemos que Siria haya sido liberada mucho antes de eso y sea por ese entonces una democracia modélica que combine crecimiento económico y preservación del medio ambiente. En materia de propaganda bélica hay que hacer como el comandante Juju en la radio de Luanda. Cuando la situación no puede ser peor, hay que encadenar victoria tras victoria con un lenguaje florido.

No se puede escribir sobre la gente sin compartir mínimamente su experiencia, sostiene K. Por esa razón los periodistas intentaban llegar hasta Benguela o Lubango, en Angola, como hoy lo intentan con Alepo u Homs, en Siria. Ahora bien, lo que llegan a escribir una vez allí ya es otra cosa, que continuará...

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jeudi 1 février 2007

La Enormecita por la Alameda

En Perdidos en la noche, Rizzo, un vagabundo neoyorquino, enfermo de pulmonía, se abrigaba el pecho con hojas de diario. Mientras lo hacía, no podía evitar leer las añejas noticias. O quizá se contentaba con “revisar los titulares”. Más o menos por la misma época de esa película los diarios viejos se vendían al kilo a las carnicerías y, los que sobraban, se usaban para limpiar los ventanales con una mezcla de agua y parafina. Ocasiones múltiples para descubrir algún suceso olvidado o repasar un gol de Honorino Landa.

Se necesitaban entonces un par de semanas para juntar un kilo de periódicos. Ahora, algunos periódicos dominicales pesan directamente un kilo, a partes iguales la publicidad y algunos comentarios. Antes el papel era el papel, una materia prestigiosa, lo que no impedía colgarlo en el retrete. También es verdad que en el sur no se cosechaba el pino insigne a la velocidad con que se hace ahora. “En los ratos de ocio pasta sin cesar. Hay inmensos predios de periódicos” recomienda Octavio Paz al aprendiz del teclado. Y Kapuscinski, maestro reportero: “Para escribir una sola página de diario hay que haber leído mil”.

Los periódicos de este fin de semana se rindieron a los pies de la Pequeña gigante. Es comprensible el entusiasmo de la multitud (y de la multitud de reporteros) detrás de la marioneta. Representa una figura de estilo de varios metros de altura, una prolongada contradicción en los términos. Es grande siendo pequeña y a pesar de ser pequeña es grande. Parece filosofía a lo Mario Moreno, pero se entiende. También podría llamarse la Enormecita, la Gigantita o incluso la Interminablecita.

Desde siempre la multitud ha ido detrás de lo grande o de lo enaltecido, de la estatua sobre el pedestal, del líder en andas, de los monigotes carnavalescos. La energía de la multitud es capaz de engrandecer lo pequeño y Santiago no se resigna a la prohibición de su carnaval dictada por Bernardo O’Higgins y busca desde entonces un sucedáneo.

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Pero no sólo a la Pequeña gigante se rinden los diarios, sino también a la fuerza de penetración del inglés, otro gigantito. Es decir, a éste no necesitan rendirse, están rendidos de antemano. Dicen playoff en lugar de desempate, dicen retail en vez de venta al detalle, repiten como clones la palabra clon, dicen enduro por aguante, llaman Miss Reff a la Reina de la Rabadilla. Ahora dicen bizarro queriendo decir raro, siendo que bizarro quiere decir valiente, lucido (lúcido es otra cosa, para eso están las tildes). Qué fly los habrá picado. Y dónde. Blest Gana llamaba “afrancesadas” a las elites del siglo diecinueve, pero hoy nadie se atreve a llamar esnobs, o derechamente tontines, a estos cañahuecas. Cuando Kapuscinski afirma que un periodista debería poder comunicar en varias lenguas no es precisamente a esa jerigonza a la que se refiere.

Los soldados norteamericanos que combaten en Irak van equipados con un programa de traducción oral y simultánea del inglés al árabe que les permite comunicar con sus homólogos iraquíes. Se sabe que toda la tecnología que utilizamos, hasta el más humilde anafe, hizo parte en su día del aparataje militar que, una vez desclasificado, se puso, vía la industria, al alcance de la gente común. No está así lejano el día en que para leer los diarios, en la carnicería o para limpiar los vidrios, haya que equiparse del aparatito bélico. Me temo que hace ya tiempo que el Diccionario de chilenismos que publicó don Zorobabel Rodríguez hace más de un siglo no sirva de mucho a la hora de entender la jerga candorosa de cierta prensa.

Al otro extremo de esa mezcolanza grumosa de la lengua vernácula con el chapurreo televisivo se situaba Violeta Parra, de cuya muerte se cumplen por estos días cuarenta años. Lejos de cualquier esnobismo y de toda engañifa, Violeta Parra recreó el habla de Chile y dejó escritas en sus Décimas y en sus Últimas composiciones algunas de las mejores páginas de nuestra literatura. Como dice su hermano Nicanor en su Defensa, de su voz salían rayos “hacia los cuatro puntos cardinales”. Que son, según Huidobro, tres: el norte y el sur.

¿Cuándo vuelve la Gigantita?

 

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1 de febrero de 2007

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PS: Sobre el origen y el destino de la Pequeña gigante, para los santiaguinos huelgan las explicaciones, que quedan para los foráneos. "Pequeña gigante" es un oxímoron (como fuego helado, luz oscura, realidad virtual), lo contrario de un pleonasmo. Por el estilo, Octavio Paz, quien, según Nicanor, fue un surrealista diplomático, a no confundir con un diplomático surrealista.

Dudé frente al plural de cañahueca. Pedí opinión al maestro Echegoyen, quien se mostró también lleno de dudas. Zorobabel Rodríguez no lo repertoría, no es chilenismo. A Zorobabel, que además de lingüista era político, sus detractores lo llamaban Zorrobabel. A la sombra de su estatua, en el bandejón central de la Alameda, leía yo novelas hace treinta años. Qué lugar para leer novelas. El ejemplar del Diccionario de chilenismos que tengo conmigo me lo envió por correo en el año 87 Manolo Canales. Gracias Manolo.

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