samedi 13 octobre 2018

Acontece

Años buscando ese momento de un concierto de Gal Costa en que se corta una cuerda de la guitarra y ella dice «Acontece»...

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mercredi 29 août 2018

La plus jolie langue

Robert Wyatt canta «La plus jolie langue» y resulta que la letra no está en la web o yo no la encuentro. Problema solucionado.

 

Je ne suis pas capable d'écrire en anglais mes sentiments d'aujourd'hui

La plus jolie langue au monde entier est la française et je suis ici

Où chaque mot est particulièrement beau comme les nuages blancs en l'air

Collent ensemble et forment d'infinis melanges

Comme les vagues revant la souplesse de la mer

Et les arbres racontent la jeunesse de la Terre.

 

Et je n'ai pas envie de te dire en anglais mes sentiments d'aujourd'hui

La plus jolie langue au monde entier est ton français et tu es ici

Chacun de tes mots est tellement beau et a quelque chose de l'Italie

Où tout de suite de ta bouche à mon oreille tout est compliqué message

Maintenant.

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mercredi 22 août 2018

La moza que tiene piojos

En un par de viajes largos por carretera he vuelto a escuchar música brasilera.

Como todas las sensaciones, la música te pone en el presente, te recuerda quién eres, y puede que también te lleve a algún momento anterior y te recuerde quién fuiste. Lo cierto es que siguendo el balanço de Marisa Monte o el gracejo de Baby Consuelo me acordé de quién llegué a ser alguna vez escuchando música brasilera. En Brasil o lejos de Brasil. Buenos momentos la mayoría, aunque también hubo alguno agridulce. Y raro.

Un domingo por la mañana nos embarcamos en el puerto de Salvador rumbo a la isla de Itaparica. Una mañana solar, de esas en que se impone la luz y no le deja espacio a nada que no sea la luz. Eramos los únicos extranjeros en medio de una treintena de bahianos que iban a pasar el domingo en las playas y los pueblos de esa isla preciosa. En medio del silencio de la travesía y sin que mediara provocación alguna, de pronto los bahianos se echaron todos a una a cantar y bailar esta canción rijosa, La moza que tiene piojos. Señor, llévanos lejos.

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samedi 11 novembre 2017

Quién la mandaba flores por primavera

Me enteré ayer de que la canción Un ramito de violetas se escucha cada 9 de noviembre. La escucho y compruebo que cuenta una historia ambigua, cosa poco común en la canción popular.

Ahora leo esto que le dedica El País y veo que la última línea dice que la canción es dulce y, a la vez, perversa. Ya te digo.

La flor está bien escogida, porque Violeta viene de Ío, una amante de Júpiter a la que, «para protegerla», el dios del rayo convirtió en una ternera que alimentaba con flores de violeta.

Por lo demás, en la versión de su autora, Cecilia, es una buena ilustración de laísmo, ese hábito entrañable de viejos castellanos.

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samedi 3 juin 2017

La letra

Una de estas noches me puse un poco de música de la que escuchaba a los 15 años. Y luego cuando me quise dormir, no hubo manera. Venga acordarme de cosas que para qué.

Esta canción que tanto cantamos. Entonces leíamos a Hermann Hesse, sobre todo Demian y El Lobo estepario —pero a mí las que de veras me gustaban eran las primeras, Peter Camenzind y Bajo las ruedas. La canción ésta, digo, es puro Hesse, mal digerido y peor envuelto, que es como debe ser toda buena canción veinteañera. 

Contaban Los Blops que cuando la grabaron, en el dichoso año de 1970, los convocó la dirección del sello, controlada por la Jota —las juventudes comunistas— para decirles que tenían que cambiar la letra. Estaban intentando responder cuando apareció Víctor Jara y les pidió que salieran de la reunión. Se oyeron unos cuantos gritos hasta que reapareció Jara y les dijo que nada de cambiar la letra, que el disco sería publicado tal cual.

Me dormí por fin imaginando cambios de la letra al gusto de la Jota.


samedi 19 novembre 2016

Como loro en el alambre

Gira europea de Cohen en 1972. ¡1972! Se suceden las ciudades en desorden, Tel Aviv, Berlín, Copenhague, Viena, Manchester, hasta el que sería el concierto final de esa gira, en Jerusalén. El filme que registra todo aquello —los escenarios, los públicos, las bambalinas— se llama Bird on a wire y se estrenó en 1974No le gustó a Cohen en su momento, pidió que cambiaran el montaje, y tampoco. Y allí quedó, olvidado. Hasta que en 2009 el director, Tony Palmer, lo retomó e hizo esta versión. 

Un filme sobre el artista on the road, un topicazo donde los haya dentro de la topiquísima cultura rock. Lo bueno de éste es que se cuela el año 72 a borbotones y hace añicos la previsible hagiografía. También será mérito de Cohen haber abierto espacios al público —y mérito del público haberlos reclamado. «Canta», exige uno desde la platea, como quien dice «calla y canta». Oye, que yo también tengo mis derechos, reclama el cantante, como si de una asamblea se tratase.

Grouppies tratando de llevarse al ídolo a la cama. Un par de airados espectadores reclamando y obteniendo que les devuelvan el dinero de las entradas por la mala calidad del sonido (Cohen lidiando con un altoparlante chillón). Uno de los músicos confesando haberse quedado dormido mientras Cohen cantaba Suzanne. Entrevistadores que descubren en directo que no fueron capaces de retener las inspiradas respuestas del vate por no haber sabido apretar el botón. Otro, en Israel, interrogando maquinalmente a Cohen sobre su judeidad:

—¿Con qué frecuencia va a la sinagoga?

—Depende de la calidad de las canciones.

Así hasta el concierto final. La gira se hacía larga, repetitiva. A veces me siento como un loro repitiendo una canción que compuse hace muchos años, repite el cantante, like a bird on a wire, como loro en el alambre. «Sean comprensivos con el ruiseñor deprimido», le pide al público por ahí. Tanto así que sobre el escenario, en Jerusalén, resiente un súbito burn out. (La mitad de Montreal dira surmenage, la otra mitad burn out. En esos años no sé si ya se usaba el término, hoy passe partout).

El artista que reclama libertad al público que lo constriñe, otro topicazo. Pero por esas imágenes finales de Bird on a wire se cuela una forma de verdad. Vale la pena verlas. (Y si sólo quieren ver ese final, arrastren el cursor hasta 1:20).

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mercredi 3 février 2016

Una canción de Joan Baez

Fundador del Partido de los Trabajadores, que gobierna Brasil desde hace doce años, y pionero de la promoción de la idea de la renta mínima universal o ingreso ciudadano, Eduardo Suplicy recibía ayer en mi pueblo un doctorado honoris causa. Sensible a estas cuestiones tanto como al intraducible jeitinho brasilero, asistí a un encuentro informal con el flamante doctor previo a la ceremonia. 

A pesar de algunas preguntas marcadamente escolares (¿por qué los pobres votan por los ricos?), el encuentro fue ameno e interesante. Yo tengo de Suplicy un recuerdo transmitido por mi amigo JM, que acompañaba a Joan Baez en Sao Paulo en 1981, donde se reunieron con el entonces sindicalista Lula y con Suplicy. Quien no fue insensible a los encantos de la estrella, etcétera.

Joan Baez, Eduardo Suplicy, Lula, brasil 1981 foto julio moline

Me acordaba ayer de eso y me reía para mis adentros, cuando el propio Suplicy comenzó a seguirme la corriente. Respondiendo a una pregunta sobre la corrupción, o sobre la coyuntura, o sobre el coeficiente de Gini, se largó a contar cómo fue que su exmujer, Marta Suplicy, ministra de Lula y de Dilma, abandonó el PT y de paso lo abandonó a él, aunque no por las mismas razones. Y de cómo la fecha de ayer, dia dois de fevereiro, marcaba el aniversario de su relación con su actual mujer, presente en la sala.

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Digamos también para redondear la escena que Suplicy tiene aspecto de lord inglés y que lo del jeitinho brasilero es tal vez intraducible pero no necesariamante incomunicable. 

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mardi 7 juillet 2015

No tengo miedo de la muerte pero sí de olvidarme las canciones

El Palacio de congresos de París, un centro comercial al borde del Periférico, contiguo al Bois de Boulogne, construido en 1974, es muy feo. Pero cuando me entero de que la fachada la diseñó un buen arquitecto, ya no me parece tan feo. Sobre todo ahora que ya no lo veo.

Para entrar al concierto y cubir las casi cuatro mil plazas del anfiteatro, los espectadores nos alineamos en dos filas, pares e impares, circunstancia que aprovecha para manifestarse un grupo que pide a los artistas la anulación de su concierto en Tel Aviv, previsto para fines de mes. Dentro del anfiteatro, ameniza la instalación una telonera, Chiara Civello.

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Por fin están allí. Dos añosos señores tan pequeños sobre ese enorme escenario, tan solos frente a la multitud. Comienzan los acordes, suena el contrapunto de la bossa nova de las guitarras, los matices de las voces, el tempo que parece que va a desafinar y cae siempre justo.

Es un recital de canciones. Cuento 28. De cada una podría decir algo. El punto más alto tal vez sea el memento mori de Gil cantando en voz muy baja en medio de un gran silencio: No tengo miedo de la muerte pero sí miedo de morir, la muerte es después de mí pero quien va a morir soy yo.

Otro momento así, el de Caetano cantando con el auditorio el estribillo de Terra: Por más distante que esté el errante navegante, ¿cómo podría olvidarte?

Hablando de navegantes, antes del concierto y aprovechando su proximidad dimos un paseo por el Jardín botánico, que hace apenas algo más de un siglo presentaba zoológicos humanos donde exhibían africanos, patagones, lapones y cosacos en calidad de curiosidades. Así es que como estamos en París, Gil canta Touche pas à mon pote, una canción compuesta en francés en los años ochenta, en plena ola de antiracismo, y que contiene uno de los versos más involuntariamente divertidos de la música popular:  No te metas con mi amigo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el Ser que hizo pensar a Jean-Paul Sartre es el mismo que hace jugar a Yannick Noah.

Al final, saqué la cuenta: ellos celebran cien años de música al que aportan medio siglo cada uno. Yo debo de aportar otros tantos siglos, porque habré escuchado las primeras canciones de Caetano y Gil, Marinheiro só, Soy loco por ti América, Eu vim da Bahia en alguna radio siendo niño, y los he visto cantar luego en Salvador, en Rio, en Bruselas, tanto que también puedo decir que no tengo miedo de la muerte pero sí de olvidarme las canciones, algunas de estas canciones.

Al regreso, decidimos homenajear al amigo Montano y volvimos no por la autopista sino por los caminos del Tour, al revés de los corredores, con la luz de la luna sobre el pavés. Y entramos en Bélgica por una de esas fronteras que son tan discretas que no se hacen notar.

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Imágenes del concierto por Paul Charbit

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mardi 19 mai 2015

A pinares y praderas

Una revista publicó tiempo atrás una serie de textos sobre las relaciones entre cine y literatura, o eso recuerdo yo. En ese terreno, mi aporte podría ser el siguiente:

En Desayuno con diamantes, la película, la Holly Golightly —Audrey Hepburn— canta, sentada en la ventana, Moon River. Un momento bastante epifánico, la verdad.

En el libro, lo que canta es Don't wanna sleep, Don't wanna die, Just wanna go a-travelin' through the pastures of the sky, que Capote describe como «una melodía errante, dura y tierna a la vez, cuya letra olía a pinares y praderas», probablemente sacada de sus recuerdos de niño sureño, o en parte recordada y en parte inventada.

En el libro, por los días en que la moza cantaba en la ventana, Capote pone estas líneas sobre la historia de Holly que acababa de escribir: «Era una historia nueva, la había acabado el día anterior, y la invevitable sensación de incompletud aún no se presentaba». Sensación que, claro, no se advierte en la película.

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vendredi 17 avril 2015

Schubert, Schober, Schubart

Schubert cantaba en las tabernas con sus amigos. A esas alegres sesiones las llamaron luego las schubertiadas. El mejor amigo de Franz Schubert se llamaba Franz Schober. No se parecían mucho, sin embargo. Schubert era de risa fácil, al menos hasta contraer la sífilis, y fue mofletudo a partir de entonces. Schober era pintoso. 

En casa de Schober encontró Schubert refugio varias veces, la primera cuando su padre lo repudió por haber abandonado los estudios. (¡Dios!, si hubiese estudiado cuando era joven y alocado, si me hubiese bien portado, ahora estaría casado», los viejos versos de Villon vienen al caso).

Con Schober escribió Schubert Alfonso y Estrella, una ópera que quedó sin estrenar. Sobre estas cosas y otras escribe Marcel Schneider: «Es notorio que Schubert dejó muchas obras inconclusas, y esa inquietud que consiste en esbozar y abandonar en curso de elaboración denota una tendencia a los amores masculinos». Qué cosas dice Marcel. Debería releer a Steckel para contradecirle.

En cuanto a su famosa canción La Trucha —una trucha contenta, unos pescadores tristes—, Schubert la compuso sobre la base de un poema de Schubart, muerto treinta años antes.

Source: Externe

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