samedi 19 septembre 2015

Mahler y el cachorro

Muerte en Venecia vista hace tantos años desde el tercer mundo... Impresionaba ver con qué gran clase Europa exhibía su decadencia. Y la música de Mahler, a qué distancia insalvable quedaba de  la música que salía de la radio de la cocina o de los parlantes del estadio en el medio tiempo. Me refiero a la película de Visconti, en la novela de Mann Mahler no asoma.

En Le Dernier coup de marteau hay también un muchacho que escucha a Mahler por primera vez. Y un hombre mayor que se acerca porque no puede evitarlo. Y el mismo mar y la misma muerte, que nunca anda lejos. Pero ahí se acaban los paralelos y comienzan los meridianos. En este Ultimo golpe de martillo no hay muerte en Venecia sino abundante vida en Montpellier.

Antes o después de escribir algún un comentario, suelo leer lo que dicen los críticos. A veces comparto, otras no. Esta vez me ha sorprendido el argumento del crítico del Monde: la película no es mala pero desmerece porque se parece mucho a la anterior de la misma directora... Pero si los cineastas hacen una y otra vez la misma película, que van mejorando o empeorando, según. O bien saltan de una cosa a la otra justamente para que no se diga que hacen siempre la misma película.

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samedi 30 mai 2015

Corre que te pilla Sorrentino

Vemos Mahler, de Ken Russell. Vida y obra del austriaco decoradas según los tópicos de cierta psicodelia al uso en el Londres de comienzos de los años setenta.

De Russell vi años atrás Tommy, de los Who, y una biografía de Chaikovsky. A cuál de las dos mayor mamarracho. Me temía lo peor con ésta sobre el austriaco y así no más es, mamarracho consumado. Y sin embargo, tratándose de Mahler, genio absoluto de la música fin de siècle, católico converso para alcanzar el puesto de director de la Opera de Viena, marido contrariado y padre funesto, la vemos hasta el fin. Su música, que es ilustración de sí misma, aguanta cualquier engendro visual que le caiga encima.

Tenía a Russell por el rey del kitsch cultureta. Corre que te pilla Sorrentino.

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dimanche 20 juin 2010

Adán y su padre

Hoy es el día del padre. De todos los inventos de curas y de comerciantes, mi favorito es el día de la secretaria. Pero hoy toca el día del padre.

Para conmemorarlo, el Los Angeles Times ha listado las quince mejores películas padre-hijo: El Padrino, El Rey león, and so on. No las he visto todas, ni ganas tengo. Porque todas las historias son, cuál más, cuál menos, historias padre-hijo, empezando por Adán y siguiendo por Eva.

En los días en que nació mi hijo, en cuanto encendía la tele ponían una película padre-hijo. Nos estaban dedicadas, por cierto, y lo agradecíamos, él desde la cuna y yo desde la cabecera de la mesa. Así fue como vi La selva esmeralda y Pelle el conquistador. Andando el tiempo hemos visto también Elephant, A través del espejo, y varias más. Ahora bien, la mejor historia en esta materia es Por qué me comí a mi padre, de Roy Lewis. Espero que ya hayan hecho una película con ella y, si no, que la hagan pronto.

Pero lo que quería hacer hoy es recordar a Bernhard Malher, el padre de Gustav. En su pueblo de Iglau, en Moravia, lo llamaban 'el cochero letrado', porque era cochero y leía libros, y se le notaba en la manera de conducir y conducirse. Gustav lo odiaba como corresponde, y cuando, muchos años más tarde, fue a ver al doctor Freud, le dedicó a su padre lo fundamental de la consulta, como corresponde también.

Y la imagen que quería traer aquí es la de Bernhard llevando a Gustav a Viena para que éste estudiase, se convirtiese en músico y sacase adelante la familia. Esa imagen.

La tumba de Gustav en Viena está muy bien cuidada. No creo que sea el caso de la tumba de Bernhard en Iglau, o donde quiera que esté enterrado. Si pudiera poner un clavel en una u otra hoy, lo pondría en la tumba de Bernhard Mahler. Mañana puede que ya no, pero es que hoy es el día del padre.

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vendredi 1 août 2008

El desvío a Santiago

Este blog se llama Camino de Santiago. Ahora resulta que Cees Nooteboom, cuyos libros voy leyendo con admiración, publicó uno cuyo título supera la idea de camino: El desvío a Santiago. Los libros de Nooteboom son admirables desde el título: Las montañas de Holanda. Ayer por la mañana me pasé por la librería 'hispana' de Bruselas, que se llama Punto y coma, para comprar un ejemplar del Desvío a Santiago. Salí también con uno del Pomponio Flato, de Mendoza. Y, de regreso en Lovaina, como era día de recogida de papeles, me hice con un ejemplar de una guía 100% práctica, completa y actual para trabajar en Windows. En Bruselas, un centenar de indocumentados reclaman del Gobierno papeles para poder trabajar. El Gobierno no sabe/no contesta, está de vacaciones, por lo que un puñado de entre ellos se ha encaramado a varias grúas para hacer visible su reclamo. Como el tío de Fellini en Amarcord, aquel que pedía a gritos desde lo alto de un árbol una donna.

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Hoy es primero de agosto, temible día en las carreteras donde se cruzan los que vuelven desde julio con los que parten hacia agosto. Este lunes fue mi primer día de vacaciones. Tengo para las vacaciones un par de proyectos, pintar una habitación, escribir un manual de instrucciones. Pero el lunes me di vacaciones dentro de las vacaciones. Siesta en la hamaca, paseo por el campo. Sin embargo, o por eso mismo, acabó siendo un día híperproductivo. Andando por el campo se me ocurrió la idea de un relato, que ya escribí y cuyo resultado está por debajo de lo imaginado, pero ahí queda. También, con la naturaleza subida a los sentidos, escuché la cuarta de Mahler y me propuse, con la ayuda de los germanófilos de casa, traducir el Lied. A dos arbustos que han crecido espontáneamente en el jardín los pude reconocer, a la vista de sendos ejemplares crecidos en el campo. Y recordé los paseos que daban los protagonistas de los primeros relatos de Hesse, Peter Camezind, Hans Gieberath, Knut, que yo leía cuando joven. También recordé cómo, una tarde en una típica sesión de cine-club, durante una interrupción provocada por la inepcia del encargado de la proyección, un muchacho sentado delante de mí le contaba a otro muchacho sentado detrás de mí que prefería la lectura de Sartre a la de Hesse porque, en este último, había siempre un contenido homosexual latente. El caso es que a Hesse y a Sartre los leía yo por aquel entonces, a Hesse en un ejemplar de las Obras completas publicado por Aguilar, y a Sartre en los libros publicados por Losada que iba comprando uno tras otro en las librerías de la calle San Diego. El filme que veíamos era el de Fellini. Como el encargado confundía y desordenaba los rollos, lo que terminamos viendo no fue el sino una especie de veinticinco para las cuatro o a razón de catorce siete la media, como dice mi tío Pepe, a quien también le gustan mucho los paseos por el campo.

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