lundi 18 février 2013

El pingüino que mira ponerse el sol

Los pingüinos de Xavier Gorce nacieron en la newsletter del Monde, de donde saltaron a las páginas del diario. Ahora han dado otro salto, a la imagen animada esta vez. Se trata de unos pingüinos muy franceses, muy universales. En este episodio que cuelgo se les ve muy dados a la pintura. Mi favorito es aquél que mira ponerse el sol. Cómo no compararlo con el viejo babuino que contempla el crepúsculo en el desierto de Karoo, según el libro de Marais, que cita Coetzee en Summertime, y en cuyos ojos se lee la melancolía. «Nunca más», se dice.

El pingüino de Gorce, en cambio, es muy francés, como digo, y muy moderno. De manera que en cuanto el sol se pone, él reclama: ¡Otra vez!

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lundi 27 juin 2011

Mi cuenta en Twitter

MEn 1926, Maurice Maeterlinck publicó con gran éxito, como todo lo que publicaba, uno y a veces dos libros cada año, La vida de las termitas, un tratado entomológico. Un plagio abierto y más bien descarado de Die Siel van die Mier, del escritor sudafricano Eugene Marais.

Marais había ido dando a conocer sus ideas sobre el termitero como «unidad orgánica» en la prensa sudafricana en afrikáans durante los años veinte. Maeterlinck escribía en francés pero hablaba neerlandés, lengua de la cual deriva el afrikáans, y la reproducción de artículos escritos en afrikaans en la prensa flamenca y holandesa era común en ese entonces. El plagio estaba servido, pero Maeterlinck no parecía tenerlas todas consigo porque ya en la introducción al libro intentaba justificar la ausencia de referencias por razones técnicas y para no abrumar al lector. Lo común en estos casos.

Sostenido por un grupo de amigos, Marais clamó justicia a través de la prensa sudafricana y quiso llevar el asunto ante una corte internacional.  Sólo consiguió algo de nombradía intentado transformar el agravio personal en afrenta nacional: «Me pregunto si Maeterlinck se sonroja cuando lee la aclamación de la crítica y si se para a pensar en lo que le ha hecho a un pobre trabajador boer desconocido». El escritor consagrado y mundano que fagocita al escritor provinciano y periférico, esa película ya la vimos pero sigue en cartelera.

Hay quien atribuye incluso el suicido posterior de Marais al plagio de Maeterlinck y a la falta de reparación. Lo cierto es que, tras el chascarro, Marais se internó en el desierto y se abstuvo para siempre.

De tales rivalidades entrañables está hecho el mundo en general y el mundo de los plumíferos en particular. Vi Tín me recordaba hace unos días el entuerto Burton-Speke sobre las fuentes del Nilo, que, según Ulschmidt, está a la base del Informe de Brodie.

El cuento es que, cuando apareció Twitter, abrí una cuenta a nombre de Maeterlinck y la ilustré naturalmente con una foto de Marais. También porque mi calle lleva el nombre del único premio Nobel belga (vivo al llegar a la intersección de Yourcenar con Michaux, para más señas). Y soy un simbolista de barrio, muy de hormigas coloradas y de pájaros azules, aunque espero no llegar nunca a prologar los discursos de Salazar.

En Twitter sólo tengo ocho seguidores, truchos todos, o como se diga. Y sólo sigo a ocho oradores, para estar en el mundo, por mientras.

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