mercredi 14 mai 2014

La valiente cobardía de José Donoso

El total desparpajo con que José Donoso se permitía cambiar de opinión sobre tal o cual autor, su actitud reverenciosa ante a la maestría de Henry James, su valiente cobardía frente a las presiones de sus primos -sobre todo de uno de ellos, un abogado emplumado y circunspecto- para que el escritor travistiese el pasado familiar en su último libro, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, y el abuelo común no quedase retratado como un auténtico hijo de la gran Peta Ponce, en esta evocación de José Donoso, por Marcelo Maturana.

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mardi 22 janvier 2013

Cada vez que pronuncia una frase su vida se acorta

Mi amigo Marcelo Maturana ganó el Concurso de cuentos Paula 2012 con el relato Las Estaciones de la noche. Como a Maturana no le gusta hablar en público y sabiendo que en la ceremonia de premiación le pedirían que hablase, escribió este cuento cursi y le pidió que hablase por él. 

 

Buenas tardes. Yo no estaba nervioso, pero durante el día tantas veces me han preguntado si estaba nervioso, que he terminado poniéndome nervioso. Es que soy muy sensible al efecto placebo. Y estoy aún más nervioso porque vi que uno de los finalistas anda con un libro en la mano, un libro cuyo título es El funeral del señor Maturana.

Supongo que ahora tendría que hablar, decir algo, más allá de mis agradecimientos a la revista Paula por organizar el concurso, a la UDP por colaborar y publicar el libro, al jurado por su arriesgada decisión, a los amigos y parientes por venir esta tarde a acompañarnos, y también a los finalistas, por no haber ganado.

Tendría que hablar, pero a mí no me gusta hablar. Los que me conocen de cerca lo saben: no me gusta hablar. Tengo muy buenas razones para ello, razones que no es del caso explicar aquí. Traumas infantiles que ahora no puedo detallar. Piensen lo que quieran. Pero tal vez pueda arrojar un poco de luz sobre una de esas razones, contándoles un cuento bastante cursi que funciona, tal vez, como una fábula didáctica e imperiosa.

Se trata de la historia de un hombre que era un poeta natural. Este hombre no escribía nada –no sabía escribir–, pero cada vez que hablaba lo que salía de su boca eran siempre unos versos extraordinarios que dejaban a todo el mundo maravillado. Esos versos eran involuntarios, espontáneos, casi inconscientes, y se referían a cualquier cosa que el poeta natural intentara describir o explicar. Eran versos inevitables. Y eran, por lo general, versos aislados que no se organizaban en poemas, salvo especialísimas circunstancias de las que yo, al menos, no tengo una idea muy clara. Pero a veces ocurría. Eran versos de todo tipo, con métrica y sin ella, con rima y sin ella, suscitados por cualquier situación cotidiana de la aldea donde vivía este poeta natural. Éste es un cuento cursi, y por lo tanto su acción se desarrolla en una aldea, como corresponde.

Todos los habitantes de la aldea le preguntaban cosas al poeta natural, trataban en todo momento de hacerlo hablar, de conversar con él, para poder así escuchar esos versos increíbles que, por otro lado, nadie anotaba, porque ésta era una aldea donde nadie sabía leer ni escribir. Los versos, apenas dichos, desaparecían, eran olvidados. Pero los aldeanos sí podían apreciar la belleza de esas frases y esas palabras que, a pesar de sí mismo, sin proponérselo, pronunciaba el poeta natural cada vez que se veía obligado a decir algo. Y es que él no podía sino hablar de esa manera cautivante y misteriosa.

El poeta natural, sin embargo, hablaba muy poco. Lo hacía sólo cuando era absolutamente indispensable, en versos ojalá breves, como arrepentidos, y si le era posible prefería comunicarse sólo con gestos, lo que siempre causaba en los demás una profunda decepción. Él trataba de no abrir la boca. De hecho, había optado por retirarse a una cabaña en las afueras de la aldea, que es también lo que corresponde en un cuento cursi como éste. A pesar de su aislamiento, los aldeanos y las aldeanas lo perseguían y lo acosaban para que hablara, para que dijera cualquier cosa, por el puro placer de escucharlo, aunque fuese un placer olvidado enseguida. El poeta lo evitaba tanto como le era posible. Y él sí que tenía buenas razones para ello.

No me pregunten por qué, porque lo ignoro, pero el hecho es que, con cada verso, largo o corto, que salía de los labios del poeta natural, él perdía inexorablemente un día de su vida. No conozco la razón ni la mecánica de esta triste magia, pero era así. Seguramente, era debido a alguna de esas razones embrujadas que abundan en las fábulas. Ustedes pueden entretenerse imaginando los antecedentes enigmáticos de esa suerte de mala suerte, esa especie de maldición paradójica que amenazaba en todo momento al infortunado poeta natural. La verdad es que, cualquiera fuese la causa de este castigo anónimo, su vida se acortaba en un día cada vez que él pronunciaba una frase, frase que siempre, siempre, consistía en un verso originalísimo, fuera verso libre, o endecasílabo, u octosílabo, o lo que sea: de eso yo no sé ni entiendo mucho. Pero cada frase-verso significaba para él un día menos. Y él, parece que por instinto, lo sabía.

El poeta se había ido aislando cada vez más, se refugiaba en su cabaña y en su mutismo, porque adivinaba oscuramente, si no con la lógica del intelecto, al menos con la sabiduría conjunta del cuerpo y del alma, cuáles eran las peligrosas consecuencias que tenía en él un acto en apariencia tan banal e inofensivo como hablar, aunque lo hiciese en versos inimitables y efímeros... O quizás precisamente por eso.

A veces, en la más rotunda soledad, odiaba con todas sus fuerzas ese curioso don que le había sido otorgado no sabemos por qué ni por quién, y que era a la vez una espantosa condena, avivada cada vez que lo asediaban sus porfiados oyentes. Rumiaba en sus pensamientos alguna manera de descubrir un antídoto que anulara esta supuesta maldición, ideada por alguna deidad o demonio, o bien esta simple condición natural de ser eso: un poeta natural combustible al fuego de sus propias y hermosas palabras. El poeta, para sobrevivir, se parapetaba en el silencio.

Llegó el día en debía celebrarse en la aldea el advenimiento de la primavera. Las pocas calles de tierra se llenaron de cantos y de bailes y de extraños ritos desvergonzados, simbólicos, arrebatadores, que no es posible precisar aquí; por pudor, naturalmente, y también por falta de tiempo. El poeta natural oía el barullo desde su cabaña y suspiraba sin decir palabra. De pronto apareció por allí una pequeña turba, hombres y mujeres jóvenes que venían a buscarlo, y aunque se resistió como pudo lo arrastraron al centro de la aldea. «¡Háblanos, di algo, lo que sea! », le gritaban, pero él mantenía la boca cerrada.

De pronto, como suele ocurrir en los cuentos cursis, apareció la más hermosa muchacha de la aldea: siempre hay una muchacha que es la más bella de todas, y su presencia suele traer consecuencias inesperadas o terribles. Esta mujer invitó al poeta natural a bailar, y él no pudo o no quiso negarse. Y así, bailando y girando, mareados los dos por la cerveza artesanal, fueron a dar, en una carambola, envueltos en una nube de polvo, a la pequeña casa de colores de esta muchacha que, oh sorpresa, vivía completamente sola. Es que era una joven con mucho carácter, y las tradiciones patriarcales de aquella aldea paradigmática la tenían sin cuidado, le importaban un soberano pepino.

Pasaban las horas. Era ya medianoche y estaban los dos frente a frente, sin tocarse, en la habitación de la mujer más bella y seductora de la aldea. Se miraban a los ojos, por supuesto, ya que éste es un cuento cursi; se observaban el uno al otro bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Y con su mirada ardiente ella le comunicaba sentimientos que le salían del corazón mismo del deseo, y que sin duda eran percibidos por el poeta natural como ideas o proposiciones encantadoras, irresistibles, puesto que de pronto, sin poder contenerse, le respondió con un largo verso emocionado. La muchacha creyó ver allí su propia imagen, como en un espejo de palabras que la embellecían aún más. Ahora era ella la que estaba fascinada. Sus ojos irresponsables, olvidadizos o ignorantes, le pedían al poeta natural que continuase hablando, que no se detuviera nunca.

No sé si fue la famosa flecha de Cupido lo que desencadenó los acontecimientos, pero el caso es que el poeta se puso a hablar y hablar, como un enajenado que largaba versos uno tras otro, mientras su amiga lo escuchaba extasiada. Y él, viendo el efecto que tenían en ella sus palabras, no podía ya contenerse. Le decía toda clase de cosas inimaginables por nosotros, y todo en forma de versos de increíble belleza, ya fuesen oscuros o luminosos, herméticos o coloquiales, arcaicos o futuristas. No está claro si era una antigua y reprimida vanidad latente, o bien la ponzoña del peligroso amor, aquello que impulsaba en él esta verborrea exquisita, íntima, sorprendente, emotiva, filosófica incluso. Pero la verdad es que el poeta natural estuvo hablando así toda la noche.

La muchacha, inmune a la fatiga, lo oía embelesada. Llevaba, de hecho, varias horas escuchándolo, sin pausa, cuando la claridad del sol empezó a adelgazar las fibras de la oscuridad de la noche. Ese cambio de luz fue para la mujer como el encendimiento de una ampolleta dentro de su cabeza, como la mordedura iluminada del insecto de Edison cuando aún permanece vivo en su capullo no orgánico. Una ampolleta que aún no se había inventado pero que la hizo recordar esa curiosa maldición que, según rumoreaban en la aldea, pesaba sobre el poeta natural como un mortífero reloj de arena. La recorrió entonces un escalofrío, y con un grito de angustia onomatopéyica se abalanzó sobre él para acallarlo, para sellarle la boca locuaz con un beso inexpugnable. Apretó sus labios contra los del poeta como si restañase una herida letal.

Pero ahora él había cobrado una conciencia lúcida de su propio arte. Se maravillaba de ese vertiginoso talento natural que poseía. Estaba aprendiendo a escucharse a sí mismo. Y, consciente de los poderes de su voz en el preciso momento del beso, se dio cuenta de que se encontraba nada menos que en la mitad del verso más extraordinario y definitivo que jamás hubiese pronunciado. Quizás fuera eso que se llama un hemistiquio, no lo sé, pero el caso es que, pese a toda la energía centrípeta de aquel beso profiláctico y desesperado, el poeta natural logró balbucear, entre los dientes que lo mordían como quien quisiera tapar el sol con un dedo, logró, digo, balbucear las palabras finales que completaban el verso. Le pareció que con ellas podía detener el tiempo y pisar la dulce arena de la eternidad. Eso es lo que sintió el poeta natural mientras la muchacha lo besaba. Y, acto seguido, murió en sus brazos.

© Marcelo Maturana

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Milena Vodanovic, directora de Paula, y Marcelo Maturana

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dimanche 30 janvier 2011

Felicidad entre ruinas

Maturana me cuenta de la primera vez que escuchó hablar de Amberes. Fue en el Camino de Santiago. No en el camino propiamente, ni tampoco en este blog, sino en el relato de Carpentier, que le leyó su padre cuando niño. Del que recuerda estos versos que a orillas del camino cantaban unos ciegos:

Ese fin tuvo la harpía
Monstruo de natura horrendo
Ojalá todos los monstruos
Se murieran en naciendo.

Por mi parte, asocio Amberes con el famoso soneto de Plantino, Le bonheur de ce monde:

Avoir une maison commode, propre et belle
Un jardin tapissé, d'espaliers odorans
Des fruits, d'excellent vin, peu de train, peu d'enfans
Posseder seul, sans bruit, une femme fidèle

N'avoir dettes, amour, ni proces, ni querelle
Ni de partage à faire, avecque ses parens
Se contenter de peu, n'esperer rien des Grands
Régler tous ses desseins sur un juste modèle

Vivre avecque franchise et sans ambition
S'adonner sans scrupule à la dévotion
Domter ses passions, les rendre obéissantes

Conserver l'esprit libre et le jugement fort
Dire son Chapelet en cultivant ses entes
C'est attendre chez soi bien doucement la mort.

Busco una traducción al español y encuentro esta página. No me convence la traducción propuesta pero, a cambio, su autor, Laguna Mariscal, me pone al tanto de algo que ignoraba, que el soneto de Plantino es una imitación de este epigrama de Marcial (aquí hecho soneto por López de Zárate):

Estas las cosas son que hacen la vida
Agradable, Marcial, más fortunada
Hacienda por herencia, no ganada
Con afán, heredad agradecida

Hogar continuo, nunca conocida
Querella o pleyto, toga poco usada
Fuerzas, salud, el alma sossegada
Sencillez cuerda, amigos a medida

Mesa sin artificio, leve pasto
Noche sin embriaguez, ni cuidadosa
Lecho no solitario, pero casto

Sueño que abrevie la tiniebla fea
Lo que eres quieras ser, y no otra cosa
Ni morir teme, ni vivir desea.

Mejor aún, me entero de que Luis Alberto de Cuenca y Jaime Gil de Biedma escribieron sendas imitaciones de Marcial y de Plantino. Son diferentes entre ellas, las dos magníficas:

Sobre una carta de John Keats (LAC)

Un dios por quien jurar. El buen tiempo (supongo)
La salud. Muchos libros. Un paisaje de Friedrich
La mente en paz. Tu cuerpo desnudo en la terraza
Un macizo de lilas donde rezar a Flora
Dos o tres enemigos y dos o tres amigos
Todo eso junto es la felicidad.

De Vita Beata (JGB)

En un viejo país ineficiente
Algo así como España entre dos guerras
Civiles, en un pueblo junto al mar
Poseer una casa y poca hacienda
Y memoria ninguna. No leer
No sufrir, no escribir, no pagar cuentas
Y vivir como un noble arruinado
Entre las ruinas de mi inteligencia.

F

Óleo de Caspar David Friedrich

mardi 29 décembre 2009

Un día volveré, María del Paraná

La primera palabra en italiano que escuché salía de la radio. Sería Abbronzatissima. Dichoso tiempo en que la RCA Victor no traducía las canciones. Luego fueron las salas de cine y el neorrealismo truculento de I Mostri. Para qué leer los subtítulos. Se entendía la mitad, pero qué gracia de lengua chistosa.

Días atrás desperté con esta canción en la cabeza, en la que Modugno llama a María del Paraná, su amor argentino. Desde Marco y su mamá en De los Apeninos a los Andes, ningún amor ítalo-argentino me deja indiferente. Encontré la canción, pero la letra no estaba por ninguna parte. Va a ser verdad que los ítalos son algo pigri para transcribir letras de canciones. Así que con la ayuda de Maturana, ítalo de corazón, nos pusimos a faenar y aquí está el resultado. Atención, se trata de una primicia no sólo en internet.

OJALA

Domenico Modugno

Tromba cupo il vecchio fiume
Quando salta dalle cime
Nelle verdi valli di laggiù
Ma tu, chi sa
Se pensi a me
Maria del Paranà.

Un giorno tornerò
Maria del Paranà
Ojalá
Tra gli alberi di ombù
Di una riva dell'Iguazù
Verde blù
Ritornerò da te
Per non lasciarti più
Ojalá.

La mia tristezza é come
L'immenso grande fiume
Paranà
Il tuo ricordo brucia
È un'eco senza voce
Ojalá.

OJALA

Retumba oscuro el viejo río
Cuando salta desde las cimas
A los verdes valles de allá lejos.
Pero tú, quién sabe si piensas en mí
María del Paraná.

Un día volveré
María del Paraná
Ojalá.
Entre los árboles de ombú
De la ribera del Iguazú
Verdeazul
Volveré junto a ti
Para no dejarte más
Ojalá.

Mi tristeza es como
El grande, inmenso río Paraná.
Tu recuerdo quema
Es un eco sin voz
Ojalá.

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lundi 29 octobre 2007

El lugar sin límites

Donoso"Ahora está de moda algo que se denomina periodismo participativo, donde cualquier persona (o sea, las audiencias) puede escribir su crónica o su opinóloga columna. Se trata de un fenómeno no muy distinto de los diarios murales, sólo que optimizado por la tecnología, algo que alegra a los expertos, que tratan de elevar la categoría del asunto con marcos conceptuales y disquisiciones sociológicas, o sea pamplinas, un poco más de ruido a la bulla", escribe Roberto Merino en su columna de ayer domingo 27 en el diario chileno Las Últimas Noticias.

Por mi parte, no tengo nada en contra de los diarios murales. Al contrario, soy incapaz de pasar delante de uno sin leerlo. Tengo incluso que retenerme para no recoger cualquier papel escrito que se arrastra por el suelo. Suelo leer el periódico de la comuna donde vivo, me hace falta la vida de la gente siempre que esté por escrito, me viene bien saludarla y despedirla en la lista de nacimientos y en la de defunciones. La prensa es, entre otras cosas, un espacio de sociabilidad, muy útil para animales sociales e indispensable para agorafóbicos, misántropos y otras bestias peludas.

Hace unos días Jorge Bravo me envió la reseña de una novela de José Donoso, El lugar sin límites, que publicó en el diario local de Temuco en internet, La Opiñón. Le celebré la gracia, el nombre del diario, le pregunté cómo se sostiene una experiencia como ésa. Me habla de Atina Chile y del apoyo financiero de una multinacional de las telecomunicaciones, que sostiene una red de diarios locales en las ciudades chilenas, uno de los cuales El Morrocotudo, en Arica, está bastante consolidado, con 15 mil visitas diarias.

El nombre del libro, El lugar sin límites, se refiere al espacio de la hacienda rural, ilimitado antes de la reforma agraria. Y viene como anillo al dedo a este respecto. Internet es precisamente eso, un lugar aparentemente sin límites constituido por espacios tan delimitados como pueden ser los que traza un diario local.

Internet, ¿el lugar sin límites? Según y cómo y dónde.

PS: Entretengo la espera de la última entrega de la trilogía 'Tu rostro mañana', de Javier Marías, 'Veneno, sombra y adiós', escuchando a Marías presentarla en el nuevo sitio CeldaTV, que se ha inaugurado en Madrid y cuyo enlace me envía Adolfo. Marcelo Maturana está en Calaceite presentando unas líneas sobre José Donoso. También las espero para copiarlas aquí.

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mercredi 11 avril 2007

Las víctimas de la espera

Vicente Montañés

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Nadie hasta hoy, que yo sepa, ha sido sorprendido leyendo, en un paradero de buses cualquiera de Santiago, las circulares y condenadas páginas de Zama, novela alucinante que su autor ―el argentino Antonio Di Benedetto― dedicó con exasperación literal “a las víctimas de la espera”. Nadie hasta hoy, pero bien podrían los transeúntes y pasajeros que aguardan de pie, con un humor de perros sin hueso, buscar consuelo en esta narración ambientada, entre 1790 y 1799, en Asunción del Paraguay. Su protagonista es don Diego de Zama, un funcionario criollo de la Corona española, personaje a la vez paciente e impaciente, altivo y obseso, destinado a enloquecer paulatinamente mientras aguarda ―también él― una nave que lo saque de esa ciudad colonial y tediosa, hundida en sí misma.

Todos los días otea el horizonte del río, anhelando ver el barco que, a través de una orden del Virrey, debería llevarlo a Buenos Aires (pretende luego viajar a Santiago de Chile, pobre hombre). Piensa liberarse así de ese villorrio soñoliento, pero ese barco no llega, y en el río Zama se distrae mirando un mono muerto que flota y parece, como él, estar “yéndose y no”. Por las noches vacila entre el adulterio y la fiebre. La cópula con jóvenes mestizas en descampado es una forma de ahogar otras fascinaciones inconducentes, pálidos escotes de salón que no se dejan abrir y además tienen marido.

Asunción, en esta novela, parece una ciudad demorada sin remedio, adormecida, un fin de mundo olvidado en el corazón del continente. Santiago de Chile, en pleno año 2007, es una urbe histérica, envalentonada en una velocidad mentirosa, empeñada en destruir la escuálida belleza arquitectónica que le va quedando para convertirse en un hervidero de edificios y bombas de bencina. Los buses, ya se sabe: la mala idea del borrón y cuenta nueva ha significado poner la carreta de la impaciencia o el arribismo intelectual delante de los bueyes de la inteligencia. Bueyes, sí, porque una inteligencia colectiva ―como la que planifica un sistema de transporte urbano― tendría que avanzar paso a paso, apoyándose en lo que ya existe, evolucionando por etapas hacia la meta del deseo.

Pero Zama, el funcionario colonial, es apenas un individuo, y por lo tanto puede permitirse derivar hacia la locura, adentrándose en la desesperada marginalidad que le reserva su autor. De éste, Antonio Di Benedetto, digamos que nació en Mendoza en 1922 y que hoy está muerto. La dictadura argentina lo arrojó a un exilio melancólico en España (fue allí donde Roberto Bolaño lo recreó, como personaje de su cuento Sensini) y, más tarde, no sobrevivió al regreso, o no por mucho tiempo. Su personaje, el narrador y protagonista de Zama, se expresa con un paradójico, espectacular barroquismo de frases cortas y certeras, mientras acelera sus desvaríos sexuales y sus alucinados razonamientos de esperador, su rencor burocrático, su envidiosa añoranza de otros puertos. Lo hace con gracia y delicadeza, como si la aniquilación mental pudiese ser, también para nosotros ―que leemos su aventura―, una fruta mística de implacable y dulcísimo sabor.

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mercredi 7 février 2007

Malos durmientes

Quién dijo “aquí viene la aurora de rosados dedos”, si acá, en este pedazo de Santiago, la luz que se cuela por el ventanal es verdosa, anterior al sol.

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Marcelo Maturana

El verano me parece ancho y ajeno, y el mundo, ya está claro, es largo y ardiente como Valparaíso, cuyos viejos edificios ahora quemados deberían reconstruirse a la pata del ladrillo, y por dentro con fuentes y flores. De la internet, fuego frío, tan sólo aprecio poder mantener una emocionada electrocharla (la otra palabra, la usual, me suena a hospital y desechos), espontánea en su génesis, con una hija que anda en Bolivia, hermano país de cuyas tierras más altas provenía, hace ciento y más años, uno de mis bisabuelos, médico que estudió en Chile y que, de vuelta en La Paz, fue envenenado con resultado de muerte en un banquete de las también altas esferas. Al menos eso dicen.

Aprecio también intercambiar disparos de bengala mediante e-pístolas con un dilecto amigo que vive en tierras bajas, en Bélgica, y al que le decía muy temprano (hora de Santiago), el domingo pasado, que sin duda estarás desayunando, o lo habrás hecho ya, mientras yo, desvelado por una noche larga y fantasmíplena, madrugo a pesar de mí mismo y tan desorientado que evito el reflejo de la imagen propia en toda superficie pulida, más que sea un plato sin migas todavía. Ya sabes, noches hay meditativas en que el esquivo sueño cede su lugar o su transcurso a autoinducidas revelaciones de mal pronóstico sobre la circunstancia presente, certezas horrendas cuyas raíces beben del pasado, y eso se hace tremendamente claro en la tiniebla de la noche, máxime si oyes a alguien que por los pasillos arrastra sus pies hacia las catacumbas de la casa, esos infiernillos que casi nunca en una película aparecen, y que más tarde quedan sonando como un eco fisiológico de la casa misma, madera, cemento, vidrio y metal. El cuerpo de uno, mientras tanto, lucha contra sí mismo en la inmóvil pataleta insomne.

En fin, quién dijo “aquí viene la aurora de rosados dedos”, si acá, en este pedazo de Santiago, la luz que se cuela por el ventanal es verdosa, anterior al sol. Oigo a unos queltehues que son tataranietos, o más, de aquellos que oí en la adolescencia segunda, cuando esta casa era nueva y un señor Allende recibía a otro que decía que alguna cosa debía hacerse “por la moral, por la moral, por la moral, por la razón, por la razón, por la razón”, mientras el que esto iba a escribir se dormía en unos pastos creo que de la Universidad Técnica de entonces, a media tarde de esa primavera del 71, sin sacarse el uniforme secundario, incapaz de comprender nada, ni grande ni pequeño, aturdido de antemano por un sopor apolítico, insensible también a los aspavientos del amor, sentimiento revelado como “esa mentira / de la que juré ser cómplice un día”, según está escrito.

Y ahora vienen estas pesadillas en que el individuo se hace el leso ante el englobamiento calórico, ensoñaciones en que percibe con los oídos el veloz envejecimiento propio y de sus seres queridos, y en que se pregunta si sus nietos, si acaso los ha de tener un día, vivo o ya muerto, verán un mundo sin animales tridimensionales u orgánicos. En esta misma página, hace poco, alguien que andaba Camino de Santiago explicaba al revés y al derecho la expresión pictórica “el sueño de la razón produce monstruos”. Ése es mi amigo de Bélgica, que en estos días alcanza la noche cuatro horas antes que nosotros. Un ciego famoso habló de la alta noche en que cosas hay que son inevitables, cosas como sinuosidades de un intelecto -el suyo- que se permitía narrar una realidad atroz o banal, en la unánime noche, en una ruina circular, pero si tú, amigo, puedes todavía ver, ya sabrás que la noche de los malos durmientes no es alta sino tan baja como los techos de un subterráneo, un cielorraso erizado de pelados cables de alto riesgo, eso sí, y baja resistencia a los impulsos del horror. Un horror como decir, por ejemplo, que la noche no está estrellada, que los esfuerzos de la persona humana por echar a andar ferrocarriles como barcos a escala humana, y cada paso un madero, parecen inútiles, y que tengo en la barba inmerecidas canas.

El dibujo es de Vanessa Brown  ©

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