vendredi 2 novembre 2018

El país del que hay que huir

Cuando acaba Cold War, hay un fundido a negro y suenan las Variaciones Goldberg, de Bach. No puede haber mejor cierre para la historia de un pianista al que le retuercen los dedos y de una cantante que se ha quedado sin ganas de cantar.

La Polonia de la Guerra fría, entre 1949 y 1959, es ese país del que hay que huir y al que sin embargo hay que intentar volver porque el exilio puede ser una ventana que se abre pero es sobre todo una puerta que se cierra. El país de esos cantos y bailes regionales manipulados por el stalinismo y sin embargo añorados, como un amor perdido por la distancia.

Pawel Pawlikowski dedica Cold War a la memoria sus padres. Es un filme magnífico, que no quede sin decir.

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jeudi 1 novembre 2018

La respuesta

Al inicio de El Graduado le preguntan al protagonista, un muchacho veinteañero que acaba de terminar la carrera y está de vuelta en la casa de sus padres para celebrarlo, cómo ve su futuro, la típica pregunta que hacen los padres, los tíos y los amigos de los padres en esos casos. Y el veinteañero responde: «Diferente».

No sé si el diálogo está en la novela o es un aporte del filme, pero lo cierto es que unas cuantas vidas y toda una época se cuelan en esa respuesta. No creo que a mucha gente se le ocurriera responder eso antes y, en cambio, a cuántos no se nos vino luego a la cabeza esa respuesta y nos creímos muy originales formulándola.

Viendo esa escena pensé que cuando pretendemos ser todos iguales inevitablemente resultamos diferentes. Y al contrario cuando creemos ser todos diferentes resulta que somos todos iguales. Disculpas por la formulación atolondrada.

La película, por lo demás, muy bien, estupendamente.

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lundi 22 octobre 2018

Ah, girl...

Vengo de ver Girl.

La adolescencia es un periodo delicado en varios terrenos, el de la identidad el primero. La identidad social, existencial, eventualmente sexual. En el caso de la protagonista de Girl, la cuestión de la identidad sexual es radical.

Lo bueno de la opción del filme es que despeja los habituales obstáculos que se oponen a la voluntad de quien quiere cambiar de sexo: las instituciones, la familia, el padre. La girl del filme está en buenas manos, médicas y educativas, y su padre es un modelo de justeza, de manera que no hay más culpables frente a la complicación que representa el cambio de identidad sexual que la complicación misma, que el propio cuerpo, las propias fuerzas. Ah, girl...

Girl es la primera película de Lukas Dhondt. Ha sido recibida con premios allí por donde ha pasado y parecen merecidos. A la espera quedamos de la siguiente. Sin que se trate de eso, Bélgica es el espacio en que se despliega su filme y el retrato del país que asoma suena justo, por lo que deja con ganas de volver a verlo con más detalle.

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samedi 15 septembre 2018

El paso del tiempo

Contar es dar cuenta del paso del tiempo. No sólo eso, claro, pero sobre todo eso.

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Al final de «On Chesil Beach» hay un salto adelante en el tiempo y la película lo resuelve metiéndole un kilo de maquillaje a los actores, que de jóvenes pasan a viejos en un abrir y cerrar de ojos. El disfraz está bien conseguido pero no deja de ser un disfraz.

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«Moonlight» prefiere otra fórmula: las tres edades del protagonista —la niñez, la adolescencia, la primera edad adulta— son representadas por tres actores. Que el personaje siga siendo el mismo y sea a la vez diferente, que el cambio que llega con la edad lo refleje otra persona sin que el personaje deje de ser la misma persona, es un mérito añadido de la película.

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 «Boyhood» opta por una solución radical y acompasa el relato a la evolución natural de los actores. Tal vez sea la solución ideal para el receptor pero dificulto que lo sea para los productores.

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vendredi 11 mai 2018

El retrato

«Desde que existe la fotografía, pintar un retrato es innecesario», le dice Alberto Giacometti a James Lord al momento de comenzar el retrato que el suizo haría del norteamericano en París en 1964.  «Innecesario... e imposible», concluye.

Durante dos semanas, Giacometti se da sin embargo a esa tarea y cuando parece estar acercándose a un resultado, cual Penélope va y lo borra. El retratado, por su parte, escruta ansiosamente el avance de la obra y sufre en carne propia los retrocesos que el pintor se autoimpone.

En este caso es posible que el pintor que, gracias al reconocimiento y al dinero que recibe a manos llenas de los galeristas puede dedicarse a lo que quiere, lo que busca es prolongar el ejercicio y lo que teme es el resultado. Mientras que para el retratado la cosa es al revés: lo que teme es el ejercicio, la prolongación sine die de esos interminables momentos de inmovilidad y de rigidez forzada, con la mirada escrutadora del pintor cayendo sobre él, y lo que espera es el resultado, el retrato por fin.

Se agrade que el filme de Stanley Tucci no insista pesadamente sobre la posibilidad de que el retrato no acabe nunca porque es el marco que los protagonistas han encontrado para entrar en relación. Porque mientras haya retrato habrá contacto.

Buenos momentos dejan los paseos de Giacometti y Lord entre dos sesiones de pose, con el pintor hablando mal de sus pares. A Picasso, dice, no le quedan ideas propias y tiene que contentarse con imitar a los maestros de la historia del arte. Y sobre el fresco que Chagall inaugura en la cúpula de la Ópera de París por esos días, Giacometti sentencia, con todo el menosprecio que puede cargar en el timbre de su voz: «eso es pintura de edificios».

Cézanne es el único que tiene gracia a ojos de Giacometti: «Si Cézanne estuviese en mi lugar, con dos pinceladas resuelve este cuadro», dice. Hablando de Cézanne, Lord dice por su parte que su participación en el retrato fue activa en cierto sentido: «Al menos no me sentí una manzana, como madame Cézanne».

Sobre el formato, por último: la película se ciñe al relato que hace Lord en el libro que escribió sobre el retrato. No lo he leído pero imagino que hay situaciones que contadas por escrito pueden estar muy bien, como el episodio de esconder el dinero recibido por Giacometti por la venta de sus obras en algún rincón de su taller y, sin embargo, representadas, «mimadas», resultan pueriles.

En compensación, cuánto mejor que leer es ver las primeras líneas que deja el pincel de Giacometti sobre la tela en blanco.

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Retrato de James Lord por Giacometti, 1964

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jeudi 21 décembre 2017

El hijo de María

En el Sacrificio de Isaac, tal como lo pintó Carabacho, puede verse que el hijo resiste a la mano de Abraham, su padre o, al menos, no muestra la proverbial aceptación del relato bíblico.

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Sobre la base de esa imagen, el protagonista de El hijo de José, la película de Eugène Green, imagina una transgresión radical que consiste en invertir los papeles y poner al hijo a levantar la mano contra el padre. Como Abraham, el joven protagonista acepta acercarse al abismo y, al hacerlo, pone a Dios de su parte.

Otras referencias puntúan el relato. El Cristo muerto de Philippe de Champaigne, de 1654, en cuya posición, más o menos, el protagonista descubre la cretinez de su padre.

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Y el San José carpintero, de de La Tour, de 1642. «José no es el padre de Jesús», le dice frente a esta tela el protagonista al padre sustituto que se ha echado. «Sí —responde éste—. Es por su hijo que José se convierte en padre».

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Con su padre sustituto escucha las Lamentaciones de la madre de Euryale, de Domenico Mazzocchi, y asiste a una declamación del «Epitafio por la muerte de Honorato de Bueil, hijo del autor que murió a la edad de 16 años siendo paje de la reina el año de 1652».

Todas las referencias de este Hijo de José, como se ve, de la intención refinada y ornamentada del autor a la prosodia de los actores, vienen del barroco. El resultado es desigual y, según quien lo mire, lo sublime —la belleza de la madre del protagonista, el esfuerzo empresarial del muchacho que se mata a pajas para vender su semen en internet— puede codearse con lo ridículo, como un paseo en burro por una playa normanda.

samedi 16 décembre 2017

La otra oreja de Van Gogh

No hay más películas sobre Van Gogh que cuadros de Van Gogh, pero las habrá. Anoche volví a ver el Van Gogh de Pialat y qué gran película. A ver si me explico después.

Por ahora, esta escena sobre un cuadro menos conocido del holandés, el retrato del tonto del pueblo. De haber tenido dos céntimos, el tonto del pueblo hubiese sido el primer comprador de un cuadro de Van Gogh. Como no los tenía, se lo llevó gratis.

Más adelante en el mismo filme el hombre reaparece para preguntarle al pintor por qué no le pintó la otra oreja.

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samedi 2 décembre 2017

El condón

Vengo de ver The Square.

Es fácil para quien lo conoce por dentro burlarse del arte moderno. Y supongo que tampoco es difícil para quien la conoce bien burlarse de la sociedad sueca. The Square se burla del arte moderno y de la sociedad sueca a veces magistralmente, aunque para lograrlo tenga que activar una y otra vez el mecanismo de la disrupción de lo freak en la normalidad socialdemócrata.

Con todo, hay dos o tres cuadros muy conseguidos—el del condón es ciertamente uno. La factura es impecable. La Palma de oro no la regalan.

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mardi 15 novembre 2016

Diálogo sobre el cine asiático

Comienza la película. Desfilan las primeras escenas...

—Esta ya la vimos.

—Yo no.

—Sí la vimos.

—La verías con otro.

—La vimos juntos.

—Vimos la otra, In the mood for love.

—Esta también. Te vas a acordar en cuanto aparezca el singapurense.

—¿El japonés?

—¿Ves que la vimos? 

—Que no.

—Dices que no porque quieres verla de nuevo.

—Qué buena pinta tiene...

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mardi 1 novembre 2016

Una epifanía kazaja

Vi tiempo atrás una película kazaja, Lecciones de armonía, de Emir Baigazin. La piropeé aquí: puro darwinismo social. Incluso bromeé en Twitter sobre mi afición al cine kazajo a partir de esa única experiencia.

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 Angel herido se llama la segunda de Baigaizin. Son varias secuencias de las vidas de cuatro muchachos que intentan convertirse en adultos, obligados a salir del nido y a hacerse un sitio fuera. Es el mismo asunto del primer filme, sólo que esta vez está multiplicado o divivido por cuatro historias paralelas. Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan tienen unas madres que los cuidan, a pesar de la pobreza en una aldea kazaja en los años noventa, tras el desplome del imperio soviético, pero esos cuidados que dan fuerzas para desplegar las alas, llegado el momento también estorban. Ese intersticio es el que explora Baigazin.

Se trata de una constante universal, el rito de paso entre la infancia y la edad adulta, aquí declinado por lo particular kazajo: el mutismo del paisaje y de las interacciones. No parece haber nadie que sonría en las dos horas que dura la película, ni siquiera en las escenas cortadas, que también las vi.

Son tópicos universales y circunstancias particulares, exóticas en este caso en relación al público al que se dirigen. Porque se trata de un puro producto Arte, hecho para los festivales europeos y su público. Puedo equivocarme, pero no creo que el público kazajo se interese por estas imágenes, o lo hará sólo en la medida en que se pregunte qué les verán de bueno en Berlín.

Las de Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan son historias tristes que acaban mal. Baigazin, sin embargo, sublima esas caídas icarescas en una secuencia final de un depurado kitsch, tan demagógico como bien conseguido. Uno de ellos entona en italiano el Ave Maria de Schubert, mientras los demás se recogen en su soledad compartida. Una epifanía kazaja, ya digo.

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