lundi 28 juillet 2014

La buena, la mala y la fea

Más cine.

Las mejores intenciones, la vida de Ingmar Bergman desde que sus padres se conocen hasta que el cineasta nace. Suena raro esto de contar la vida de alguien antes de nacer, pero el resultado se consigue contando la historia de la familia. No sería simple ser el hijo de un pastor luterano iconoclasta en el norte sueco y convertirse en un gran hacedor de imágenes. Bergman escribió el guión y el filme lo dirigió el danés Bille August. El relato es lineal y su factura impecable. Las palmas de oro que se llevó en Cannes 1992 -a la mejor película y a la mejor actriz, Pernilla August, en el papel de la madre de Bergman-, parecen muy merecidas dos décadas más tarde.

Otra cosa acontecerá dentro de veinte años, creo yo, con La Gran belleza, el filme de Pablo Sorrentino, muy premiado en 2013. La propia encargada de la mediateca de mi pueblo me tendió el DVD diciendo: grand film. Y no creo que una película tan fatua aguante bien el paso del tiempo. Confieso, eso sí, que aguanté sin moverme del asiento las dos largas horas que dura, no me dormí, ni me ahogué en bostezos. Porque el filme está hecho sobre la base de una estética publicitaria y abunda en guiños culturetas, fellinismos y allenismos comprendidos. Tiene, así, todo para atrapar la atención. Y le sobra pretensión, por lo que derrocha kitsch. Le doy la razón al amigo Sámuel que hace unos meses la calificó de mejunje infumable.

Esas eran la buena y la mala. La fea es Post mortem, de Pablo Larraín. Que es, también, a su manera, buena y mala. La autopsia de Allende la firman dos médicos conocidos y una tercera persona, un tal Mario Cornejo. La pregunta del filme entonces es ésta: quién es Mario Cornejo, el funcionario de la morgue que transcribe los resultados de las autopsias. Post mortem nos lo presenta enamorado de su vecina, una bailarina del Bim Bam Bum, un cabaret del centro de Santiago. Los diálogos entre Mario y la vedette son tal vez lo mejor del filme, en el registro del cine que hacía por entonces Raúl Ruiz. Hay unas cuantas imágenes que suenan justas, también. Pero no es difícil entender que cadáveres acumulados y autopsias en cadena compongan un cuadro inevitablemente feo.

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mardi 19 novembre 2013

Una buena ocasión para ver «No»

Ayer fue día electoral en Chile, una buena ocasión para ver No.

Como se sabe, la película cuenta la campaña del plebiscito de 1988, una consulta que buscaba prolongar la dictadura de Pinochet por vías electorales.

La película está bien. Sobre todo en cuanto integra felizmente material documental de la época con la historia que cuenta, la de un publicista exitoso que se embarca en la campaña publicitaria a favor de la opción del voto No en ese plebiscito. En torno a él, varios protagonistas históricos de los hechos de 1988 se representan a sí mismos en el filme dos décadas más tarde, y sus figuras avejentadas enlazan con la época y marcan, al mismo tiempo, la distancia que media ya con ella.

El tono de las imágenes, su coloración, es la propia de la televisión de esos años, ese deslavazamiento como de polaroid. Y no sólo los colores, también el pulso de la película es el de la tele de ese entonces, la que vería Larraín cuando niño.

Y luego está la tensión argumental entre la eficacia de la comunicación publicitaria y la ineficacia del discurso ideológico, tensión que expresa otro enfrentamiento, el de una sociedad cavernaria versus una sociedad llamémosla moderna. En medio de ese tira y afloja, la circunstancia personal del publicista se juega también al sí o al no, al ser o no ser del protagonista.

Por ponerle uno, le pongo un pero y, como soy el último en ver la película no seré el primero en ponérselo: según el planteamiento inicial del filme, fue la presión internacional, encabezada por Norteamérica, la que llevó a Pinochet a convocar ese plebiscito y a correr el riesgo de perderlo, y, otra vez, fue esa misma presión internacional, y sólo ella, la que obligó a un sector del pinochetismo, representado por Matthei, a reconocer la derrota electoral en el mismo momento en que el entorno más próximo a Pinochet se disponía a negarla.

Lo que equivale a decir que los norteamericanos estuvieron detrás del golpe en el 73 y también tras la caída de Pinochet, en el 88. Lo que es innegable. La presión popular, sin embargo, que se desató de manera más o menos espontánea e inesperada a mediados de 1983, pilló desprevenido al pinochetismo y, sobre todo, le demostró que la pura represión, por violenta que fuese, no era argumento suficiente para ganar la batalla de las imágenes.

Esa batalla Pinochet la tenía perdida, pero aún hacía falta saber ganarla.

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lundi 7 octobre 2013

El fumador de Hilton

Tiempo llevo queriendo ver No, el largometraje de Pablo Larraín. El sábado pasado era un buen día para hacerlo: se cumplían 25 años desde el plebiscito que le paró los pies al pinochetismo, en 1988, que es de lo que trata la película. Como no estaba en la mediateca, me hice con Tony Manero, un filme anterior del mismo Larraín.

Cuenta la historia de Raúl Peralta, un cincuentón que, a fines de los años setenta en una barriada de Santiago de Chile, intenta parecerse a Manero, el personaje que representa John Travolta en Saturday's night fever.

La película es asfixiante, y tiene otros tantos méritos: el habla chilena, que suele resultar graciosa (como en las primeras películas de Raúl Ruiz), atosiga aquí porque en boca de estos personajes se pone en evidencia cuánta vileza acarrea. Peralta-Manero se vale de sus carencias de lenguaje para envilecer, y cuando las palabras no le alcanzan, golpea a mansalva. Es un desalmado capaz de defecar sobre el terno inmaculado de su rival, mientras fuma un Hilton tras otro. Un Pinochet de barrio, en suma. El parangón entre Manero y Pinochet es arbitrario pero no mucho. Peralta imita a Manero y Pinochet imitaba a Franco. Ambos son cretinos de segunda mano.

Ver Santiago en el horroroso año de 1979 equivale a acariciar las alas de un murciélago. No entiendo como no cogí el primer avión que despegó de Pudahuel después del Golpe.

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