mercredi 5 octobre 2016

Siete días en Portugal

No cabe un turista más en Lisboa. Exagero apenas, siempre caben unos cuantos más. Como en Barcelona. Hay que ser comprensivos: Túnez, Egipto, el Magreb, están cerrados al turismo. ¿Dónde van a ir de citytrip los jubilados septentrionales si no es a las ventiladas ciudades de las costas ibéricas, dónde van a sentirse más cómodos y estar mejor atendidos?

La mejor manera de seguir siendo comprensivos es alejarse un poco, y eso es lo que hacemos. Bordeando la costa hacia el sur, hacia el Cabo de San Vicente, hacia el punto extremo donde el océano se convierte en una realidad total.

Enfrente tenemos el paisaje de las sierras del Alentejo y a las espaldas los acantilados de la Costa Vicentina, en cuyas hendiduras se forman playas. O al revés, según nos giremos. Allí todavía pueden verse casas campesinas que dan la espalda a la mar mientras abren puertas y ventanas al campo. Blancas, con los dinteles azules, uniformadas y bien dispuestas.

Así fue como fuimos de una playa de naturistas a una playa de surfistas, de una playa de añosos alemanes a un playa de alemanes bisoños. Ya es octubre y aunque el verano sea extensible o interminable, esa costa debe de ser la menos frecuentada de Portugal. 

Así que todo bien. Tanto, que pasar varios días desconectados resulta llevadero, como seguir el curso del canal de riego y llevar la atención de los sapos a las garcetas y observar luego en la caleta cómo se asa una lubina.

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Y después de estas consideraciones geoculturales, una consideración geopolítica: los portugueses llaman «geringonça» al gobierno socialdemócrata de Costa apoyado por la izquierda. No daban por él dos días y lleva ya diez meses. La «jerigonza» de Costa era el horizonte o el espejismo de Pedro Sánchez. Desde donde cayó al abismo oceánico o a la piscina sin agua ya por el interminable verano.

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mercredi 7 septembre 2016

Volverse a mirar

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La sierra de Cameros. Las vacas en la sierra de Cameros. Las cabras en la sierra de Cameros. El habla de Vicente en San Román. El agua del Ebro bajando a Castilla. La catedral de Burgos. La judería de Hervás. Las tablas del Divino Morales en San Martín. Una mata de hortensias en San Martín. El agua corriendo por las calles de San Martín. El viento soplando en la plaza de San Martín. El agua corriendo entre las piedras, en Acebo. Una familia en Acebo. La sierra de Gata. La sierra de Malcata. Los castaños «abuelos» en el castañar de San Martín. El helicóptero apagando el fuego. Los azulejos y vitrales ingenuos en Portugal. La muralla de Sortelha, en Portugal. La iglesia de Santiago, en Belmonte, en Portugal. El dintel de una ventana en Robledillo. Las ventanas. Las puertas. Las puertas-ventanas. El color del aceite en Robledillo. El color de la miel en Robledillo. El color del vino en Chinchón. Las tinajas de vino en Chinchón. La Asunción de la Virgen, por Goya, en Chinchón. La plaza de Chinchón. Los piños de ovejas en el campo extremeño. El atardecer desde el mirador de Llerena. El amanecer desde el mirador de Llerena. El Cristo en la cruz, de Zurbarán, en Llerena. La escultura del «tumbaíto» en Llerena. La sombra de las palmeras en Llerena. La capilla de San Blas en Santa Olalla. La meseta desde arriba. Las montañas desde arriba. 

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samedi 3 septembre 2016

El chapurráu

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Extremadura es grande, conviene abordarla por los extremos. La Extremadura alta, por San Martín de Trevejo. La baja, por Llerena.

En San Martín se habla mañegu. Y lagarteiro en el vecino pueblo de Eljas, y chapurráu en Valverde. Los gallegos dicen que el mañegu es galego. Por mi parte, yo creo que España es Asturias y el resto tierra conquistada.

Desde San Martín entramos en Portugal. En un momento de necesidad vimos un castillo medieval muy bien mantenido. Fue construido por «los leoneses» de Don Alfonso para defenderse de «los portugueses» de Don Diniz, rezaba el panel. La historia puede contarse de muchas maneras, y así la prosa patriótica flamea como la bandera en lo alto de la torre.

Como sea, acceso gratuito y baños en excelente estado. Portugal, esa esquina de Portugal, deja una impresión de orden y concierto. Salvo que te descuidas y se te aparece la cara de CR7. Más adelante, en Belmonte, apareció el túmulo de Pedro Álvares Cabral, el «descubridor» de Brasil o, como dicen los brasileros, aquel que se despistó en el camino y llegó a Brasil cargado de espejos, para espanto de la gente fea.

Al regreso, espléndida soledad de las sierras. Recorrer treinta kilómetros sin ver un alma. O una sola, doble: un solitario pescador frente a su imagen. Y en el fondo de la imagen, un pez mirándole.

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Pelourinho y campanario en Sortelha

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vendredi 3 avril 2015

Más adelante

Diario de Faro

Viajar puede ser considerado una manera de perder el tiempo. O de cambiar de tiempo, malo por bueno de preferencia. Esta semana ha habido por momentos veinte grados de diferencia entre el Algarve y el Brabante. El anticiclón se estira a veces pero a menudo no alcanza para todos.

Viajar consiste también a menudo en perder algo. La Cenicienta perdió un zapato y mi tío perderá probablemente unos cuantos leuros por rayar la pintura del coche de alquiler contra uno de esos famosos postes de la realidad.

Por mi parte, cada vez que voy a Portugal hago lo mismo: primero voy a los sitios y después leo lo que escribió sobre ellos Saramago en un libro que se llama justamente Viaje a PortugalDonde el Nobel portugués se llama a sí mismo «el viajante». Hostiga Saramago, campanudea y exagera con las comas.

Morra o viajante, mas morra mais adiante (muera el viajero, pero muera más adelante) escribe el portugués al final de su viaje, entre Tavira y Lagos (el pueblo del poste), lo que suena como un buen refrán conocido, aunque se trate de un giro de su cosecha. Bueno, además, porque está entre paréntesis y sólo tiene una coma.

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dimanche 29 décembre 2013

El cocodrilo

La cosa comienza así: el explorador portugués está tan triste que, tras comérselo, el cocodrilo se queda tristísimo. Después de algunos sobresaltos, la cosa termina peor. Todos tristes, no sólo el cocodrilo.

El filme, Tabú, de Miguel Gomes, comienza por donde acaba: en Lisboa, una ciudad envejecida, donde una mujer avejentada dilapida en el casino de Estoril el último dinero que le queda de lo que la fue la fortuna familiar colonial.

Pura saudade portuguesa de un África de cine de aventuras.

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lundi 29 octobre 2012

La macacaria

(Diario de Madera, y 10)

Último elogio al Jardín de Monte, esta vez a su colección de azulejos.

La azulejería, como se sabe, arte hispano-morisco puesto al servicio de la decoración y la ilustración, se expandió por la península y el Mediterráneo adoptando también los nombres de alicatado y mayólica. La colección del Jardín de Monte cubre seis siglos de azulejos portugueses, conteniendo las tradiciones geométricas, vegetalistas y figurativas.

Se dice que los árabes combatían el horror vacui saturando de formas los interiores de sus edificaciones. Cuando niño la contemplación de los baldosas de los corredores de las casas, que imitan esos patrones geométricos, podía llegar a marearme. En Monte la coleccion está al aire libre y no se marea uno. Los museos, como las baldosas de los pasillos, son mareadores. El Jardín de Monte no, además porque las plantas emiten oxígeno (creo).

Sobresale un panel del s XVII, la Macacaria. Una ciudad poblada por animales, macacos mayormente. Sólo un personaje tiene trazas humanas, el Rey, que está al centro de la imagen y parece estar acogotando a un soldado. Los demás, la nobleza, el clero, el ejército y el pueblo son todos micos, o por ahí. La interpretación canónica es que el panel ridiculiza, por la vía de lo grotesco, la ocupación española y sus valedores. Tal vez. Está datado en la época del Portugal español, en efecto.

Es imposible ver un mono y no mirarlo. Y la mejor manera de apuntar con el dedo una conducta humana es animalizarla. Así, la macacaria funciona independientemente de su referente -lo propio del arte, por lo demás-, a la manera de los proverbios flamencos de Bruegel. Cualquier época es un tiempo de macacos cubriendo a medias sus vergüenzas y dejando ver la principal.

La firma está en el quinto azulejo, abajo por la izquierda, y un animal la está meando encima. La lucidez del autor es elocuente.

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vendredi 26 octobre 2012

La tentación de la isla

(Diario de Madera, 9)

Estoy de regreso de Madera desde hace unos días pero me temo que a este diario le falten aún un par de páginas. Me gustaría pasar cuanto antes a otra cosa-mariposa, pero me conozco-mosco. Por otra parte, lejos de la isla quiero decir, el otoño continental aprieta con su cohorte de paro y de reparos, de hojas muertas y de agravios vivaces. La vieja tentación de la isla reaparece y asume unas formas recientes.

Antes de la llegada de los europeos, la mayoría de las islas que rodean África estaban desiertas. Salvo Canarias y sus bereberes guanches, Madagascar y sus malgaches y alguna que se me escapa. Kapú refiere en Ébano la importancia que cobraron esas islas durante la colonización europea, sirviendo como avanzadilla y refugio a la internacional de marineros, comerciantes y atracadores, como la llama el polaco, que se hizo con el control del continente negro. La cara más fea de esa empresa fue, por cierto, la de la esclavitud. En el caso de la expansión portuguesa, fueron las islas del Cabo Verde las que sirvieron principalmente de plataforma para el negrerismo.

A Madera le correspondió un papel más amable, el de plataforma botánica. Las especies que los portugueses consideraban interesantes en África, América y Oriente eran llevadas hasta la isla para que se aclimatasen en ella antes de dar el salto a Portugal. Y al revés, las plantas que querían introducir en los nuevos territorios pasaban en Madera un periodo de adaptación, habida cuenta de que la isla es geográficamente un punto de encuentro entre el trópico y las regiones temperadas, como lo muestra bien su flora autóctona, la laurisilva.

Mendes Ferrão (A Aventura das plantas e os descobrimentos portugueses) presenta un repertorio de 24 plantas útiles americanas, 17 asiáticas y ocho africanas que fueron implantadas durante esa época en el resto del mundo. Este trasiego botánico está a la base de los monocultivos sucesivos sobre las que se asentó la economía insular, el trigo, la caña de azúcar, la viña y la banana. Subsidiariamente, ese mismo trapicheo convirtió a la isla en una especie de jardín botánico a gran escala, empresa a la que contribuyó de manera significativa la llegada de los comerciantes en vino ingleses, aficionados a la jardinería, a partir del s XVIII, para solaz del más reciente monocultivo isleño, el turismo. La mejor ilustración de esto que digo está en el Jardín de Monte. Si la isla entera es trópico domesticado, Monte es el broche, allí donde el jardinero ha conseguido crear la perfecta ilusión de una Europa tropical. Me inflamo, cómo no.

A la tentación de la isla la atempera, sin embargo, la estadística. Hay más maderenses por el mundo que en la propia isla de Madera. Pescadores en Perth, albañiles en Zurich, funcionarios en Jersey, comerciantes en Maracaibo. Gente de buena madera.

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lundi 22 octobre 2012

BEFORE / AFTER

(Diario de Madera, 8)

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jeudi 18 octobre 2012

A Oriente por Occidente

(Diario de Madera, 5)

Colón tenía olfato y una gran nariz. Murió, sin embargo, desposeído de su hazaña que, por cierto, él creía otra. No llegó a enterarse de lo de América. Lo suyo, según él, había sido abrir una nueva ruta a Oriente, la ruta occidental. Descubrió América, sí, pero, sin desmerecerlo, tal vez sea más exacto decir que descubrió el Caribe.

Los maderenses pretenden que fue este archipiélago de Madera donde redondeó su idea de ir a Oriente por Occidente. Tal vez. Lo cierto es que no logró convencer de ello al rey de Portugal y tuvo que esperar a que los Reyes católicos conquistasen Granada, en lo que se distraían por ese entonces, para que le prestasen atención.

Tras su muerte, de a poco la Corona fue revindicando la figura de Colón. Revindicándola se revindicaba. Así fue como algunos retratos del almirante comenzaron a ver la luz. En la casa museo de Porto Santo hay una pequeña colección de diez pinturas y grabados en los que el genovés aparece con barbilla, con flequillo, con sombrero, con cuello acanalado. En algunos parece mediterráneo, en otros holandés. En lo único que parece haber consenso es que era narizón.

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Estatua de Colón en Porto Santo

(Diario de Madera, 4)

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lundi 15 octobre 2012

Ah, meu fado, meu fado

(Diario de Madera, 3)

Sol en la costa, lluvia en el monte. Este diario se moja con esa lluvia y se seca con este sol. El resultado es que se ha borrado un tercio de lo escrito. Lo medular. Queda la calderilla. Lo que sigue:

La diosa de los viajeros evitó enviarme a Madera durante los aluviones mortíferos del invierno de 2010. Ahora, en este otoño, la isla parece estar tranquila, a salvo de cualquier intemperancia. Entran en el puerto los cruceros, se despliegan por las calles y los parques los viajeros, y luego siguiendo la misma cadencia se recogen y los barcos se alejan. Todo parece estar pautado.

Los isleños trabajan para que los visitantes descansen. Y viceversa. No es difícil distinguir a unos de otros. Los maderenses son pequeños, morenos, llevan pantalón largo y fuman abundantemente. Los visitantes son grandes, rubicundos y visten ostensibles calcetines. Las señoras septentrionales en la medida en que envejecen se vuelven canosas. Las señoras meridionales en esa misma medida se van volviendo rubias.

La unidad de medida del turismo son las camas. El progreso de una isla como ésta se cuenta en número de camas. El turismo tiene estas cosas. Te paras a escuchar las explicaciones de una guía sobre la floración de la jacarandá y están en finlandés.

Tanto ajetreo sosegado cansa y despierta la gana. Así que al ponerse el sol en el Atlántico hay que recogerse en un restorán regional que propone cena regional amenizada por un grupo de cantos y bailes regionales. Lo mejor de la noche es que no cantan fados.

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