mardi 12 juin 2018

Y así fue

Teníamos 13 ó 14 años y éramos inmortales. No para E, un cura navarro muy descreído: «Estáis aquí muy contentos con vosotros mismos —nos dijo— pero dentro de pocos años algunos ya no estaréis».

Y así fue. El primero en morir fue A. Era mi amigo, aunque dejé de verlo cuando acabó el colegio. Yo estaba tan harto del colegio y tenía tanta prisa por vivir de otra manera, que apenas me enteré de que había muerto y lo habían enterrado en un cementerio distante.

Qué injusto es morir a los 19 años.

No sé por qué me he puesto a recordarlo últimamente. Tanto así que he buscado alguna referencia suya. Y no hay ninguna. Simplemente él vivió en un tiempo anterior y no dejó huellas visibles en éste.

Encuentro en cambio un par de imágenes recientes de sus hermanos y a partir de ellas imagino cómo habría sido vida.

Tal vez la vida no fue tan injusta ahorrándoselo.

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Renoir, «Retrato de dos jóvenes», c 1880

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lundi 7 janvier 2013

Renoir, el padre, el hijo y el espíritu pelirrojo

Visto Renoir, de Gilles Bourdos.

El filme cuenta la últimos días del pintor Renoir en la Costa Azul, desde la muerte de su mujer y la llegada de la que sería su última modelo, Dedée. Su hijo Jean, quien se convertiría más tarde en el célebre cineasta, es herido en el frente de los Vosgos durante la Primera Guerra y vuelve a la casa paterna para recuperarse. Ese triángulo, padre, hijo y modelo, es el ojo de la historia. 

El padre, el hijo y el espíritu colorín, que no santo, de la modelo. El viejo pintor no se interesa más que por la textura de su piel (le velouté de la peau d'une jeune femme), no está disponible para confidencias y a falta de modelo pintará manzanas o limones.

El hijo, tal vez. Además es joven y pronto dará el paso de la imagen fija de la pintura paterna a la imagen animada del arte del futuro, el cine. El viejo reserva sus ya escasas fuerzas para pintar e intenta mantener lejos el horror de la guerra y la inminencia de su propia muerte. El hijo, en cambio, en cuanto se recupera decide retomar el combate, contra la opinión del viejo. Pero el enfrentamiento entre padre e hijo se resuelve en el abrazo del adiós y, para ambos, para el viejo pintor y el joven cineasta, Dedée, la modelo, será la egeria. 

De este triángulo se queda fuera Coco (Claude), el hijo menor, adolescente, y no por falta de ganas de participar. No le falta espíritu ni lucidez al zagal. «Vives en una casa donde cuelgan las más hermosas telas del mundo y tú pegoteas en las paredes de tu cuarto horribles imágenes de la guerra», le reprocha Jean a Claude, quien le devuelve a su hermano con una descripción de su situación que resume la paradoja de la guerra: «Estás en casa porque estás herido. Si estuvieses sano, ya estarías muerto».

Conforta saber que también Claude vivió malos años pero tuvo una buena vida. Experto en la obra paterna, fue resistente durante la ocupación alemana y terminó sus días como ceramista, el primer oficio de su padre.

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