dimanche 11 mars 2018

Dos niños caminando por Santiago

Un mediodía de domingo de 1960 dos niños caminan por una calle de Santiago de Chile. Tienen once años. Ese día participaban en un paseo al campo organizado por los scouts de su colegio. Pero se portaron mal y como castigo los animadores los enviaron de regreso en un autobús. Están de vuelta y caminan en dirección a sus casas, resignados a tener que contar a medias lo sucedido.

Son Rodrigo Lira y Sebastián Piñera. Andando la vida el primero se convertiría según su propia definición en un hábil manipulador del lenguaje. El otro, en el empresario que introdujo en Chile las tarjetas de crédito y más tarde en presidente de la républica. Hoy asume su segundo mandato.

Lo cuenta Roberto Careaga en su Vida de Rodrigo Lira.

lira

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mardi 26 décembre 2017

Otro 26 de diciembre

Los años se suceden y no siempre son iguales y así es como hoy se cumplen 68 años del nacimiento de Rodrigo Lira y 36 de su muerte. Treinta y seis en francés coloquial quiere decir «ene», cualquier cantidad.

Este 2017 ha traído la novedad de la publicación de una biografía de Lira, escrita por Roberto Careaga. Lira no escribía propiamente libros sino textos con formato variable en función de la circunstancia. Pero es comprensible que para dar a conocer su obra y su vida el libro pase a ser el formato socorrido.

Sobre Lira también se escriben textos académicos, sesudos engrudos que a veces incluso resultan ser plagios de textos académicos anteriores. 

Lira se burlaba de los formatólogos y demás cuadrilla de impostados loros, caterva que incluye naturalemente a los plagiarios, quienes se pliegan al formato de la peor de las maneras, reproduciéndolo acríticamente para obtener una mera ventaja instrumental.

Este texto poco conocido de Lira, de 1979 ó 1980, publicado en La Bicicleta, va por esa vía y se llama justamente LA VÍA UNIVERSITARIA PARA RESOLVER LOS PROBLEMAS.

La vía universitaria para resolver los problemas Rodrigo Lira

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samedi 4 novembre 2017

A Van Gogh lo mató Fuenteovejuna

Vista La Pasión Van Gogh.

La película comienza por preguntar por qué se mató Van Gogh. Tras examinar algunas hipótesis —la madre, el padre, su hermano Theo, Gauguin, las mujeres, el alcohol, los amigotes, la locura, la falta de dinero y de reconocimiento—, acaba abrazando la tesis de uno de los médicos que examinó al holandés en su lecho de muerte: Van Gogh no se mató, lo mataron.

Para demostrarlo, el filme pone sobre los últimos pasos del pintor al hombre de la chaqueta amarilla, Armand Roulin, hijo del encargado del correo de Arles, a quien su padre envía a entregar a Theo Van Gogh la última carta escrita por Vincent. De entrada, el hombre de la chaqueta amarilla desprecia al holandés, al que considera un débil, pero poco a poco se va identificando con él. Un esquema de historieta, en suma.

800px-VincentVanGoghArmandRoulin1888 

Empeñado en ese punto, el filme sólo aflora un detallazo. Quien se quedó con buena parte de la obra de VG, el doctor Gachet, fue copiando una a una las telas, lo que obligó luego a los expertos a discernir cuál era el original y cuál la copia. Pues bien, el doctor Gachet admiraba y probablemente envidiaba a VG porque él mismo era un pintor contrariado y el padre de la mujer que VG amaba. Además, el doctor y el pintor se parecían físicamente. Un conflicto mimético donde los haya.

En el plano formal, La Pasión Van Gogh opta por un procedimiento novedoso y celebrado que consiste en pintar la película a mano, a la manera de Van Gogh. Lo que está bien, en la medida en que permite al espectador ver los lugares filmados como si de telas del holandés se tratase. Eso sí, al cabo de un momento la fórmula satura. 

Me apuro en decir que el filme me interesó. Le doy cero almohadas, porque en ningún momento me dormí. No obstante, y teniendo en cuenta de que hay ya más de una docena de buenos filmes sobre VG —sobresale el de Pialat—, la pregunta es ésta: en los últimos ocho años de su vida VG pintó más de 800 telas que como conjunto y muchas de ellas por separado están en lo más alto de la historia de la pintura. Y sin embargo, en vida sólo pudo vender una.

Desde ya digo que la explicación al uso, según la cual el artista se adelanta a su tiempo, no me convence. [Y al decirlo estoy pensando, cómo no, en mi amigo Rodrigo Lira, de quien Roberto Careaga acaba de escribir esta biografía.]

Así es que vuelvo a la pregunta del inicio: ¿Quién mató al pintor? Fuenteovejuna, señor.

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