vendredi 6 janvier 2023

Doña Flor y sus dos maridos

Saldos del Diario de Chile, 1

EL PAISAJE en el viaje de Santiago a la playa, la sucesión de valles y su aridez rocosa salpicada de flores y coronada aquí y allá por las enormes peñas de Llay Llay («viento-viento») delante de los montes imponentes. Y el aro de rigor en el restaurante caminero por amor de la cazuela y el mar que por fin asoma por Longotoma. Y la costa que dibuja un pueblo nuevo, La Ballena, que estira sus formas natatorias. Así hasta llegar a la casa que un día fue pimpante y ahora acusa el paso de los años y el jardín a medias arruinado por el agua salobre.

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SUBIMOS a la parte más alta de las rocas, a lo que llaman El Nido, a la hora que se pone el sol, y vemos fugazmente el rayo verde, le rayon vert de Rohmer. La exigencia de subir al Nido, puro yoga de la concentración, ahí te quiero ver poner el pie.

CAMINANDO por la playa se nos unen dos perros y una perra a los que bautizamos Doña Flor y sus dos maridos. Uno de ellos persevera y recorre doce kilómetros a nuestra vera como si viniésemos juntos desde muy lejos y no nos fuésemos a separar jamás. De vez en cuando nos echa una mirada e interpreta las nuestras. Cuando aparecen otros perros levanta la cola y se posiciona entre ellos y nosotros con actitud protectora y cuando los dejamos atrás nos mira preguntando: ¿cómo estuve? Qué ganas tiene de que lo adoptemos...

RELEO libros que leía hace años y encuentro las marcas que dejaba: una tira de prueba, una entrada al teatro, las huellas del tabaco que fumaba entonces... ¿Por qué insisto en querer recordar cómo vivía? Porque sé que esas señas me hablan a mí. Y ésta que les doy ahora es su última oportunidad, una oportunidad de poca cosa pero oportunidad al fin.

ENCUENTRO una imagen que me emociona, la muestro y me quedo solo con mis emociones. Es emocionante quedarse solo con sus emociones.

EN SANTIAGO, el lunes en el súper es día del descuento (menos tres por ciento) y está lleno de gente mayor. En el metro por la noche, en cambio, circula gente joven, todos formateados por la misma pantalla. El Uber lo conduce un muchacho alemán de Roskow, bisnieto de unos colonos de Paillaco, que está de vuelta en Chile donde quiere poner un hotel. Le digo que lo llame FLOR DE HOTEL y le cuento la historia del alemán de Florianópolis que en los años treinta tenía un hotel llamado ADOLF HITLER. Cuando Brasil entró en guerra contra Alemania no le quedó más remedio que cambiarle el nombre y para no incurrir en gastos reordenó las letras y lo llamó FLOR DE HOTEL. Se ve que al muchacho le hace gracia la historia porque cuando nos despedimos me pide que se la cuente de nuevo.

LA distancia que media entre cómo te ves y cómo te ven los demás suele ser grande en todos los casos y se agiganta en el caso del bocazas. Por mi parte soy filarmónico pero quitado de bulla, le dije una vez a Albert. También porque «cuántas palabras ahorra una expresión correcta», como dijo Enrique Lihn.

EL tiempo es la única dimensión en la que pueden hablarse los vivos y los muertos, dejó dicho por su parte Juan Benet. Me lo recuerda el espejo y la imagen de mi viejo en el espejo.

EN sus últimos años, ya muy anciana, su madre lo confundía con su padre e intentaba seducirlo. O tal vez era simplemente la liberación del deseo incestuoso que siempre habría estado latente. Por suerte a la mía no le ha dado por eso porque menuda incomodidad... 

ABRO este cuaderno en busca de un párrafo que copié de El Lobo Estepario y viendo cómo desfilan las páginas Merino me mira con asombro: ¿Y qué es todo eso que escribes? Intento una respuesta pero en seguida me doy cuenta de que no hay respuesta que valga porque lo que cuenta es la perplejidad que da paso a la pregunta.

EL PÁRRAFO que copié de El Lobo Estepario es éste: «¿Éramos nosotros, los viejos conocedores del mundo antiguo, de la antigua música verdadera, de la antigua poesía legítima, éramos nosotros únicamente una exigua y necia minoría de complicados neuróticos que mañana seríamos olvidados y puestos en ridículo?». Preguntarlo es responderse.

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mercredi 7 décembre 2022

Voy y vuelvo

Diario de Chile

LA FAUNA

Paso el mes de noviembre en Santiago de Chile y unos días de ese mes en una bahía frente a cuya caleta está la Isla de los Locos. En la isla aún quedan unos pocos locos, algún lobo de mar, uno que otro chungungo y unos cuantos pingüinos de Humboldt. Cuando los pescadores arrojan los restos del pescado faenado desde el muelle, los pelícanos y las gaviotas se dan un festín hasta que asoma el lobo y se acaba la diversión. Los chungungos, los mamíferos marinos más pequeños, son escurridizos y ni por ésas se asoman pero a mí me basta con saber que existen. Lo mismo con las bandurrias y los pilpilenes que anidan en esas dunas. Pondría unas fotos con huellas de pilpilenes en la arena pero tampoco quiero exagerar con el jainismo. 

Ese verso de JT: Aún quedan en el barro pequeñas huellas del queltehue que murió esta mañana.

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LA FLORA

Era la primavera en noviembre y será el verano ahora. Maravilla de ceibos, jacarandas y gravilleas en flor. El ánimo se abre, se florea, se perfuma. Reabro y releo libros que leía cuando cabrito buscando los árboles y su relación con el ánimo. En El Lobo estepario, HH se emociona cuando mira la araucaria tan bien cuidada junto a la puerta de la que imagina ser la casa que podría acogerlo. Al otro extremo, Sartre resiente ante la raíz sobresaliente de un castaño la famosa náusea.

Merino me muestra el ombú que asoma por el muro de la Quinta Montolín, ahora un liceo municipal, donde en los años treinta vivía Edwards Bello.

Releo también Negra espalda del tiempo, en cuyas páginas Marías confiesa que no hay ni una sola hoja de árbol en sus novelas. Impresiona releerlo porque, ahora lo veo, es el libro que Marías escribió para que los lectores lo releyéramos cuando él muriera.

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 LAS HISTORIAS

En el avión de ida estoy viendo Drive my car cuando asoma el azafato con el desayuno y me pregunta si quiero una omelette o algo que no entiendo. Le pido que repita lo que no entiendo y de nuevo no lo entiendo y así hasta que me sugiere que me quite los audífonos.

En el vuelo de regreso veo Un mundo para Julius, basada en la novela de Brice Echenique, que hace un cameo como invitado a su fiesta de cumpleaños cuando niño, no está mal como morisqueta al tiempo perdido. Un Upstairs, Downstairs filmado en Lima, donde los ricos son malísimos y los pobres buenérrimos, salvo el protagonista que es rico pero comunica mejor con los pobres. Visualmente es como una película de Wes Anderson, pero sufre si la comparamos con Roma, que va de lo mismo, pero va con más punch.

Veo también otra cinta argentina, Sublime, sobre una banda de rockeros adolescentes, un ejercicio à la Rohmer en tono menor sobre el bello despuntar del vello y de los sentimientos contenidos de un Principito de Saint-Ex, de un Paul McCartney aterrizado en una ciudad costera. Una variación sobre ese tema tan bonito de Chico, En la flor de la edad: Carlos amaba a Dora que amaba a Rita que amaba a Dito que amaba a Rita que amaba a Dito que amaba a Rita que amaba a toda la bandita...

En Santiago, la Flo está produciendo una película en la que el protagonista es un profesor de yoga argentino que llega a Santiago y se cae en un hoyo. Me imagino perfectamente el hoyo.

También en el avión de ida leo este librito. Cuando me lo regaló Montano me dijo que los mejores textos eran el primero y el último. El primero es de Azúa sobre Deshonra. Y sí, nada que objetar. Un detalle, sin embargo: porque Coetzee describe a la Soraya de la novela como honey-brown, Azúa entiende que es una persona de color. Pero la miel no es oscura, objeta, ni siquiera la miel de brezo. Por mi parte, no he probado todavía todas las mieles africanas pero las que sí he probado son morenas, morenazas incluso.

Torné escribe una carta que su alter ego dirige a Claudio López, editor de La Edad de hierro. Que López haya fallecido entre la escritura de la misiva y mi lectura añade extrañeza a esta carta al editor en la que se pone en duda la generosidad de la protagonista del relato de Coetzee para con un vagabundo. Tal vez Torné derribe una puerta abierta pero lo hace con gracia. Distanciarse del autor, un señor que vive lejos y tiene fama de distante, y cortacircuitarlo por la vía de dirigirse al editor es lo mejor de la fórmula.

LA GENTE

Nos tomamos unos helados de maravilla con una maravilla de persona. ¿De dónde sale tal gente?, se pregunta Caetano. Se lo pregunto a la Molly, que nos cuenta con su naturalidad desarmante y su dicción perfecta que su abuela tiene 104 años, su madre 74, ella 44 y su hija 14. Me trae de regalo el timbre que ha hecho con el Juan de Pareja de Velázquez que me pongo de sayo en Twitter. Los mejores regalos son los inmerecidos, los inesperados. El mejor regalo es el de generosidad contagiosa. Me pregunta de dónde me viene la onda con el arte. Te lo deben de haber preguntado muchas veces, añade. Y no. Es la primera vez que alguien me lo pregunta. Respondo echando mano a una historia familiar. Cuando niño mi hermana me llevó a una exposición de pintura donde vi una imagen que me impresionó, La Sensación de transformarse, un cuadro de Dalí. Me interrumpo. Voy a tratar de ponerlo por escrito, le digo. Tengo el ojo ávido. Salgo de los museos, como salgo de algunos lugares, exhausto, siempre queriendo retener una última imagen. La sensación de transformarse por obra de la imagen tal como la sentí cuando niño nunca más me abandonó.

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La perseverancia con la que mi hermana mayor me ha guardado durante estos años unas camisas y la prolijidad con que mi  hermana menor las dispone, ¿cómo se llaman en alemán, en japonés, en sánscrito?

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Mi madre me cuenta que una vez que ella llevaba luto pasó un lisonjero y le dijo: Quién pudiera poner las manos donde las puso el difunto...

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En la mitad del viaje se muere la Gal Costa. Esto es un sinvivir, no quedará nadie con vida. Gal será siempre para mí la moza a la que se le rompe un cuerda de la guitarra en 1971 y dice «acontece».

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Estoy tan moreno por el sol que si le hablo a un haitiano me responde en criollo. El gran fenómeno social en Chile hoy, más que el famoso estallido, es la llegada masiva de la inmigración caribeña. La mayoría de los trabajos de primera línea —camareros, dependientes, choferes—, los ocupan venezolanos o colombianos. Tanto así que, como a mí todavía me gusta hablar con la gente, en el ecuador del viaje dejé de preguntar: ¿usted de dónde viene? y pasé a preguntar simplemente:

—¿Cumaná o Bucaramanga?

Florilegio de respuestas: ¡Pereira!, ¡Barquisimeto!, ¡Chichiriviche!

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Encuentro con unos compañeros de colegio a los que no veía desde hace años. Hablamos de esto y lo otro y pasamos revista a los ausentes. Nos despedimos prometiéndonos que nos volveremos a ver. Y de hecho después de despedirnos nos volvemos a ver en la fila para entrar al baño. El rencuentro es cómico y da para contar un chiste, el del resumen de la vida del hombre: Cuando joven va repitiendo SEX-SEX-SEX. Cuando hombre, MONEY-MONEY-MONEY. Cuando viejo, TOILET-TOILET-TOILET.

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Es el penúltimo día del mes, el 29, y Miguel nos invita a comer ñoquis y a poner unas lucas debajo del plato, siguiendo una tradición que manda comer de esa comida barata el día en que escasea la plata justamente para que no falte.

LA DESPEDIDA

Para no llorar en el aeropuerto me digo que me gustaría llevarme la imagen de la ciudad recortada contra la cordillera no en fotos ni en imágenes mentales sino en pintura. Quién pudiera...

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Para Albert

dimanche 11 septembre 2022

Ese 11 de septiembre

Mundos habitados, y 3

«Los hechos se dieron así: mi padre se despertó cerca de las seis y percibió algo no habitual en el sonido de la ciudad. Parece que había más silencio de lo normal interrumpido por autos que aceleraban. Entonces despertó a mi madre y le dijo que prendiera la radio. En la radio se habían dado cuenta también de algo raro: estaban cortadas las comunicaciones con Valparaíso.

«Mi padre entró a mi pieza. Semi agachado sobre mi cama, sin mirarme, girando el cuerpo hacia la izquierda, como preocupado de que no se le fuera a escapar un pensamiento, me dijo muy rápido y drástico: «Parece que hay golpe de Estado». Luego emitió algunos quejidos leves, comienzos de palabras, titubeos, enarcando las cejas como cuando se hace una risa forzada, lo que recibí de inmediato como un subentendido: de aquí en adelante puede pasar cualquier cosa. Esto implicaba que debía estar alerta. No creo que me estuviera pidiendo acciones específicas, salvo no molestar. Estar alerta, a cierta edad, significa no distraer la atención de los demás.

«Me levanté de un salto, me vestí rápido. Mi padre ahora estaba en el hall, en cuclillas, pegándole una sujetada a la conexión de un timbre interno. Reclinándose contra una de las ventanas de la galería, prendió un cigarro como para hacerse un tiempo y me dijo: «Lo malo de esto es que los milicos, cuando agarran el poder, no se van nunca más. Mira el caso de Argentina».

«Mi madre me contó, mientras tomábamos desayuno, lo del silencio inusual de la ciudad y lo de las comunicaciones cortadas con Valparaíso. Imaginé ambas escenas y me transfirieron una sensación de tranquilidad. No quería que volvieran las comunicaciones. Pensaba en campos parecidos a los de Leyda, con pastos pajizos con cigarras, postes inclinados, la hora azul todavía borrosa del alba. Lo otro era el acero también azul del agua en la bruma de los muelles, siluetas de acero de barcos cargueros, y en la línea costera esos como taludes de rocas junto a pilastras de cemento encadenado. 

«¿Cómo se cortan las comunicaciones entre dos ciudades? ¿Se corre hasta una caseta con un panel de luces y se aprieta un botón? ¿Se emite una clave por telégrafo? La noche-amanecer era como una gran boca socavada del tamaño del cielo. Podía escuchar el golpe de las olas contra las rocas, la resaca, las órdenes secas y los susurros conspirativos. Valparaíso fue algo serio por primera vez. Un lugar de decisiones terribles. 

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«En mi casa no hubo gritos de júbilo ni de repudio. Más bien todos bajaron el volumen esa mañana, como para escuchar el desarrollo de los acontecimientos. Había varias radios puestas en distintas emisoras. Mi abuelo andaba con pijama y bata, medio desorientado, con ceño de preocupación. En ese tiempo la marca Old Spice era buena, no sé si a causa de la escasez general. Mi abuelo tenía una botellita de Old Spice en el velador. Le ofrecí echarle unas gotas en el pañuelo. Me sentí brindándole un gesto de confianza, tal como él, años antes, en una visita a un campo cercano le dijo al dueño que también me sirviera algo de un vino dulce que los demás estaban probando. Me parece que las personas nunca dejan de agradecer esos momentos de la infancia en que los adultos les dieron un trato directo, horizontal, sin didactismos ni payasadas ni burlas. 

«Todos los de esa casa eran medio momios, pero jamás se hubieran permitido destapar champagne o izar la bandera por la caída de Allende. Eso hubiera sido una fanfarronada fuera de nuestra realidad. No teníamos fundos ni empresas ni nadie muy involucrado en los hechos del país. O sea, fundos quedaban por ahí, en manos de parientes medianamente cercanos. Ellos tuvieron problemas con la reforma agraria, con fulanos en jeep que aparecían con instrumentos de agrimensura u otros que aleonaban a los huasos y los hacían unirse en temibles asociaciones. El fundo del abuelo de mis primos en Chillán se lo tomaron los inquilinos, que incurrieron en la brutalidad de hacer un gran asado con chanchos enfermos de triquinosis. Cuando alguno de los patrones se acercaba, le dirigían una mirada alcohólica y escupían el parásito por el costado de la boca. 

«Sonó el teléfono y era la Valeria, la amiga de mis padres. Estaba en un pequeño departamento de Providencia, entre allanamientos. Ella era de izquierda y corría peligro, pero con un conocimiento que no sé de dónde lo sacó, sentenció: «¡No pasa nada, huevón!, ¡sólo son cuatro pelotudos!». 

¿Sería así? LaValeria siempre parecía estar informada. Personas cuya compulsión consiste en dejar claro —en las primeras frases de un diálogo— que sus informaciones son superiores a las de los demás. No manejan particularmente datos, sino que saben las cosas por medio de las fuentes directas. «Acabo de hablar con el subsecretario de Defensa y me dice que a las dos de la tarde estará todo controlado».

Fragmento de «Mundos habitados», de Roberto Merino

Fotografía de Bob Borowicz

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mercredi 17 août 2022

La glicina del primer patio

Mundos habitados, 2 

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«El verde y discreto resplandor del primer patio, la transparencia de las ventanas de las galerías y los reflejos inexactos que en ellas se producían, el brillo rojizo de las maderas en el hall, los mandalas de las baldosas, las formas entrelazadas de los cuarteles de yeso.

(...)

«Las ventanas entreabiertas de los patios, la duplicación de los espejos, los vidrios opacos de las mamparas.

(...)

«El paragüero era un habitante acuoso de la entrada, una presencia insomne que duplicaba las baldosas de ajedrez, las treinta y seis ventanas del panel superior de la puerta de calle, los vidrios esmerilados de la mampara, la glicina del primer patio.

(...)

«La mampara de vidrios estriados, con la agarradera de bronce, el picaporte nominal, coronada por una galería de treinta y seis vidrios. Y la puerta de calle: esa cuestión conventual, complicada, severa, inexpugnable, que sólo se cerraba por las noches y que también encontraba cerrada si me levantaba muy temprano: era el signo del sueño de los otros, en las mañanas de la escarcha en los techos y de las ramas peladas, y de los pájaros furtivos que se paraban en los deslindes de ladrillos del fondo, y las estufas negras que había que prender en el patio».

Fragmentos de «Mundos habitados», de Roberto Merino

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lundi 15 août 2022

Los puentes y los túneles

Tiene 13 años y vive en una casa antigua en un viejo barrio. Antes de salir a la calle, se detiene frente al espejo del paragüero, se mira con seriedad y experimenta ese desdoblamiento que se produce cuando uno sostiene su propia mirada hasta que la imagen se separa del modelo.

En esa escena de Mundos habitados, el último libro de Roberto Merino, cabe al menos la mitad de la historia del arte: Borges hablando con su doble, Rembrandt registrando el paso del tiempo por su cara y todo el Bildungsroman. 

La introspección a la que se libra Merino se resume en esa imagen («quería entender qué mierda de cara era la mía») y al mismo tiempo no cabe completamente en ella. Porque no se trata de una confrontación con el vacío existencial sino más bien con la vasta profusión del mundo y sus lugares compartidos. Con las calles, con los demás, con todo lo que suena o enmudece y se mueve o está quieto: con las letras de las canciones de la radio, sin ir más lejos.

«Los niños escuchan las letras de las canciones como en un trance permanente, escribe Merino. No se las cuestionan, son receptores transparentes de cualquier cosa que se diga mediante las canciones». Las canciones que resuenan en este libro son un retrato de una época y sobre todo una caja de resonancia a la que hay que entrar para entender cómo conecta uno con el mundo, como funciona la circulación en los puentes y los túneles que abrimos con la realidad. 

Más que convertirse en personaje, Merino se apersona en Mundos habitados para sostener en su propia experiencia su indagación sobre la relación entre la intimidad y la realidad. El niño de la casa se convierte en el joven de las calles que, años más tarde, escribirá este libro. Cuya gracia, por cierto, también está en otra parte y en la manera cómo esa gracia se materializa en esa combinación de lengua culta y habla callejera, un arte en el que probablemente Merino es insuperable.

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mercredi 15 décembre 2021

Uno de turrón y otro de Málaga

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El sol y la luna salen por el mar y por el mar se ponen. En invierno al menos. El color del mar al sol y al reflejo de la luna, el placer de la luz y del calor templado en la costa mediterránea del sur de España. Buscando cómo describirlos sin abusar de los adjetivos doy con esto: «Una luz cercana a la belleza o la belleza misma».

Buscando otra cosa llegamos a una playa de hippies. Son hippies septentrionales: alemanes, suizos o franceses, rubios, bien parecidos y aún con todos los dientes. Al mediodía tocan la guitarra, cantan y se mueven melodiosamente mientras los niños pequeños bailan a su alrededor. Una imagen tomada directamente de Woodstock medio siglo después. Al atardecer volvemos a verlos y siguen en lo mismo. The dream is over dijo Lennon en su día, pero no para los hippies de la playa.

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Se hace tarde para cenar, vemos un restorán hindú abierto y entramos. Los camareros son muy parecidos entre ellos. Les pregunto de qué región de la India vienen y resulta que no son indios sino bangladesíes. El restorán se llama Taj Mahal pero ellos afirman con orgullo la diferencia entre Bangladesh y la India. Son todos de la misma ciudad, su lengua es el oraon-sadri, y el que lleva más tiempo en España llegó hace cinco años. No me atrevo a preguntarles por qué no prueban suerte proponiendo comida bangladesí. O no lo hago porque creo saberme la respuesta: la cocina hindú es un nicho de mercado y la bangladesí pas du tout y ellos necesitan que entre gente al restorante.

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Encuentro con Montano en Torremolinos.

En Los Manueles, él prefiere el pulpo frito y yo a las brasas. Hablamos de pulpos, naturalmente. Del apuro que da comérselos siendo, como son, tan listos. Monod decía que si hay una especie con buenos números para sobrevivir al apocalipsis nuclear ése es el pulpo. Vive en cuevas protegidas en los mares abisales y tiene un cerebro muy bien puesto sobre sus ocho ágiles brazos. Un solo problema se le presenta para prosperar y es que los padres mueren tras el parto. Todos los pulpos son huérfanos, lo que hace imposible cualquier acopio de experiencia.

(Luego me entero por este libro de que hace años en el acuario de Málaga hubo un pulpo llamado Epaminondas. El príncipe Miguel de Grecia vivió su infancia y juventud en la ciudad y cada vez que visitaba el acuario el pulpo Epaminondas lo reconocía. Epaminondas es un nombre griego, claro).

Una chica en bikini sale del agua en la playa e inicia lo que Montano llama El baile del frío. La veo salir del agua y dentro de unas semanas la veo salir en el Dietario que el escritor malagueño publica el último sábado del mes en diario Sur.

Nos damos una vuelta por Torremolinos y el anfitrión me va contando la historia de esos lugares. El acelerón que se dio en la segunda mitad del sXX, como toda la costa malagueña, rebautizada Costa del Sol, cuando los pueblos de pescadores sin dejar de serlo fueron convirtiéndose uno a uno en balnearios. El tardofranquismo apostó por la apertura y cuando quiso frenar ya era tarde. 

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A esta araucaria le cayó un rayo en 1930 y la copa ardió durante un mes. Durante años sólo fue un muñón quemado recortado contra el cielo. Con mucha paciencia una rama verde ha venido a acompañar al tronco negro. Mi corazón espera otro milagro de la primavera, decía Machado.

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Almuñécar, c1911, Almuñécar, 2021

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En una veintena de puentes sobre la autovía que lleva de Almería a Málaga está escrito CUSTODIA COMPARTIDA con la ese invertida. No te distraigas cuando conduzcas pero no puedo impedirme imaginar este relato: Un padre reclama la custodia compartida de sus hijos a su ex, que se la niega. Como ella vive en Nerja y trabaja en Málaga tiene que recorrer a diario esa distancia y confrontarse repetidamente con la revindicación e intenta no mirar los puentes para que no le pesen en el ánimo. Se lo comento a mi mujer. ¿Y a ti quién te dice que es un hombre el que lo ha escrito?

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Qué pueblo tan bonito, Frigiliana. Es día festivo y hay bastante gente, de modo que tardamos en encontrar mesa para comer algo. Pasamos delante de una panadería y el olor de las tortas de aceite recién salidas del horno nos mueve a comprar unas cuantas. Por fin encontramos sitio en un chiringuito atendido por una señora holandesa muy dinámica, dejamos el paquete de tortas sobre la mesa y mientras esperamos el pedido les damos algún picotazo. Cuando llega, la señora batava pregunta si cuando vamos a un bar a beber vino también llevamos el vino. Daniel le canta contundentemente las cuarenta pero cada cual tiene su fuerte y yo prefiero tomarle alegremente el pelo. Ella parece ser inmune a la ironía y tal vez lo sea. 

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Auguro que en el futuro toda playa será nudista, decíamos anteayer. También es el caso de la costa andaluza. Siempre hay una caleta donde desnudarse tranquilamente sin hacer sentir incómodo a nadie. Los desnudistas son mayormente mayores. El cuerpo joven se protege porque es deseable. El cuerpo ajado, en cambio, se siente liberado de las servidumbres del mercado.

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Al otro extremo extremo de la península también hay un Rincón Asturiano. Los camareros son él magrebí y ella eslava. Les pregunto quién es el asturiano del equipo y me dicen que la cocinera. Los chorizos a la sidra están deliciosos y les encargo que la feliciten.

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El billete de la Lotería de Navidad lo compramos en un estanco del pueblo y el turrón en el Mercadona. Hablando de supermercado queda confirmado que pagas en un pueblo andaluz por la cesta de la compra la mitad de lo que pagas en mi pueblo belga.

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Merino quiere saber por qué llamaban «de malagueña» a un helado que había en Santiago de Chile antiguamente y sabía a pasas con ron. Se lo pregunto a Montano y me dice que las pasas son malagueñas y se asocian al vino dulce, también típico de Málaga. En las heladerías malagueñas sigue existienedo ese helado, que los malagueños llaman «Málaga», sin más: «Póngame un helado de turrón y otro de Málaga». Tal vez Merino, habitué de una heladería, consiga que ésta reponga el helado de malagueña. De ser así, ya nadie podrá atreverse a decir que la literatura no sirve para nada.

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No se me escapan los problemas ni olvido mis privilegios pero a mí esta costa me sabe a pasas con vino dulce.

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Para Samuel

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jeudi 12 août 2021

Los mismos pájaros del aire pensativo

Pájaros

En el cercano más allá de las persianas
son esas sombras fatuas de los pájaros
los mismos pájaros del aire pensativo
que en el amanecer de la conciencia
contra el cielo empañado entre los árboles
dan la idea de algún ideograma.
Uno a uno en desdoradas ramas
en el silencio que el jardín decanta
entre acantos y astrales empedrados
parecen los llamados de un ausente.
Karma de los faroles encendidos
en la lluvia incipiente
y de las tapias de fondo indiferente
que ocultan lo perdido.

Birds

In the outerworld just beyond the blinds
these idle shadow-wisps of birds are
the same birds that with a pensive air
at the dawning of consciousness
against a sky blotted out between trees
bring to mind an ideogram.
One by one on tarnished branches
in the silence decanted by the garden
amid acanthuses and astral flagstones
they come like calls from the missing.
Karma of the lighted street lamps
in the rain now falling
and of the black-backed garden walls
hiding what is lost.

Des oiseaux

Dans le proche au-delà des rideaux
ce sont ces ombres infatuées des oiseaux
les mêmes oiseaux de l’air pensif
qui au réveil de la conscience
parmi les arbres contre le ciel brumeux
donnent l’idée d’un quelconque idéogramme.
Un à un sur des branches délavées
dans le silence que le jardin décante
parmi des acanthes et des pierres astrales
ont tout de l’appel d’un absent.
Karma des phares allumés
dans la première pluie
et des clôtures du fond indifférent
qui cachent ce qui a été perdu.

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Pájaros, un poema de Melancolía artificial, de Roberto Merino, traducido por Neil Davidson al inglés y al francés por mí mismo.

Sobre la experiencia de traducirlo diría que mientras se traduce todo son obstáculos. Pero si la traducción queda bien conseguida —hablo de la versión de Neil Davidson, no de la mía— tal vez permita volver al original y apreciar algún matiz.

Inútil ilustrarlo, el poema desprende sus propias imágenes. O bien se deja ilustrar por una imagen del autor junto a unas imágenes de Carlos Bogni.

(Por otra parte, tal vez de una traducción lograda se desprendan las mismas imágenes que de la versión original. Dependerá de la recepción del lector, claro, hablo de un lector que entiende ambas versiones).

De llevar banda sonora, pondría esta Rêverie de Debussy.

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samedi 9 février 2019

¿Qué será de la Beatriz Lapido?

Diario de Chile, 3

Al momento del despegue y si se da la circunstancia favorable, esto es si vas sentado al lado opuesto del sol, es bonito ver como la sombra va empequeñeciéndose sobre el suelo en la medida en que el avión gana altura.

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Trasiego de pájaros. Las gaviotas son las más numerosas y tal vez sean las auténticas pobladoras de esta bahía. Pero el vuelo de los pelícanos en formación es insuperable. Un tiuque vuela sobre mi cabeza haciendo un esfuerzo superior al de otros pájaros para recorrer la misma distancia, como si sus alas desplegadas fueran demasiado grandes con relación a su cuerpo. Más pájaros. Queltehues por todos lados, jotes en el camino. Y en la playa, compadreo con pilpilenes y bandurrias.

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Le digo que se ponga junto al cuadro de Bogni que ilustra su último libro y hago un par de fotos con el teléfono. No quedo conforme con la luz ni los detalles, pero sí con la mirada, la combinación exacta de proximidad y distancia, la misma que me dedicaba Parra.

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Sobredosis de empatía: la gente que repite el final de tus frases. También sobre el final de las frases: los germánicos esperan que el interlocutor termine sus frases no sólo porque son más educados sino porque, como el verbo va al final, hay que esperar ese final para entenderlas.

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Se supone que la gente habla como vive, pero el cineasta le da la vuelta a la teoría del lenguaje y en su película la gente vive como habla. Por si no se nota, he vuelto a ver la Palomita blanca. Y a todo esto, ¿qué será de la Beatriz Lapido?

Santiago, Edward Gennys Fanshawe

Acuarela de Edward Gennys Fanshawe, 1851

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mercredi 25 juillet 2018

La libertad del amateur

Segunda parte parte de la entrevista de Roberto Merino con Matías Rivas. Esta vez son los años de labor los que cuenta Merino, los del periodismo y el columnismo. Si el título de la primera parte es «Ese ser inexistente», ésta podría tal vez titularse «Este ser existente»

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samedi 14 juillet 2018

Ese ser inexistente

 «Ese ser inexistente» se llama esta primera parte de la entrevista de Roberto Merino con Matías Rivas, en la que Merino habla de su infancia y juventud en Santiago de Chile. Con «ese ser inexistente», Merino se refiere al niño que fue y a las pistas que la infancia contiene para entender lo que vendría.

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