mercredi 1 octobre 2008
La tromba
El comedor es grande y está casi vacío. De pronto y sin previo aviso entra en tromba un grupo de muchachas y muchachos, que se van instalando en las mesas y despachando con hambre y entre risas y animadas conversaciones la cena. A los de un lado los declaramos holandeses y a los del otro lado italianos. En cuanto nos llega el sonido de sus voces, los holandeses quedan confirmados como tales. Los otros, en cambio, no parecen hablar italiano sino otra lengua que resulta ser serbio. A partir de ese momento, los supuestos italianos comienzan a parecernos marcadamente serbios. No es que uno crea que es lo mismo ser lo uno o lo otro, es que esta gente hace todo cuanto puede por parecerse y sólo la separa ya, y apenas, el nivel de ingresos.
lundi 29 septembre 2008
Roma amoR (y 7)
En el tren, un señor trabaja en su ordenador portátil. Su trabajo consiste en medir patas de arañas. En el baño de la estación de trenes, otro señor se obstina en mirar cómo mean los pasajeros.
Almuerzo en el Transtevere, en un restaurante que, con buen ojo, cuelga el siguiente anuncio: 'In this bar we are against the war and the tourist menu'. Con lo que consiguen llenar las mesas, al menos las cuatro mesas sobre la acera.
Del otro lado del río, las termas de Caracalla, aquella grandiosidad venida abajo.
En Ladispoli, fiesta del Partido Demócrata. Música pop, animadores de ambiente televisivo, comercio justo, paneles solares, peticiones, agricultura local, productos naturales, trolls, banderas europeas, de la Paz, del Tíbet. Gente, la justa. Los jóvenes se mantienen fieles a los videojuegos, al grupo en la calle. Las familias, a la elección de Miss Italia en la tele.
Por su parte, entre los almuces y los tilos, los estorninos se mantienen excitados hasta bien entrada la noche.
Arrivederte, Roma amoR.
dimanche 28 septembre 2008
Roma amoR (6)
Roma y las imágenes, cuántas más mejor.
En el triángulo en que caben Italia, España y Flandes, miro a los viejos usureros de Quentin Messys que he dejado de ver hace una nada en una calle de Lovaina y rencuentro colgados en el Doria Phamphilj, a los que voy pareciéndome.
Y los animales, que son a los que más me llama mirar.
Miro los Caravaggio y veo al niño que fue San Juan y al viejo que fue San Mateo, que son uno y el mismo: imagen, ese barro que asombra y engaña. Y a la madre de Dios.
Y a Dios padre, que es el rey del mundo y aquí está la prueba, en el techo del Gesù. Porque supo animar las imágenes y casi consigue ponerlas a bailar. De haber sabido hacerlo, el cine habría sido apostólico y romano y a punto estuvo de serlo pero ahí, por ese intersticio, se le escapó a la Iglesia el futuro y se convirtió en museo.
Roma amoR (5)
'Carmela, cuánto cuesta, España'. Así da la bienvenida a la isla Tiberina a la Tita un senegalés que vende bisutería.
Años atrás, coincidí en Luxemburgo con una tropa de comediantes senegaleses. Tenían humor. Su manera de manifestarme su simpatía consistía en rodearme y cantar, batiendo palmas: 'Oh-oh-oh, Fernández, oh-oh-oh'.
De lo que se desprende que en buen wolof la Tita se llama Carmela Fernández.
jeudi 25 septembre 2008
Roma amoR (4)
Hoy toca descanso. (Y mañana, muchas afotos).
mercredi 24 septembre 2008
Roma amoR (3)
Berlusconi ha desplegado el Ejército por la ciudad. Incluso un soñoliento domingo por la tarde se da uno de cara con una patrulla militar que monta guardia frente a una iglesia medieval, unas ruinas clásicas o unos feos edificios. Roma, sin embargo, parece ser una ciudad apacible, a pesar de que cualquier calificativo se queda siempre por encima o por debajo de la realidad romana. Lo cierto es que la única zozobra que vivimos durante nuestros cortos días romanos la pone un 'fulmine', un relámpago, que cae con una tormenta de verano sobre nuestro tren en marcha. Todos abajo, anuncian con estrépito, con abundancia de interjecciones y de gesticulaciones. Una vez que estamos en el andén llega la contraorden: Todos arriba, que el tren parte. Y cuando estamos en el tren, vuelven a advertirnos: Todos abajo. Todos arriba. Todos abajo. Las señoras dueñas de casa son las primeras en estar arriba o en estar abajo, valiéndose de las bolsas de la compra para abrirse camino y cerrárselo al prójimo. Todas tienen cara (y peinado) de votantes de Berlusconi. Y de necesitar urgentemente la protección del Ejército.
mardi 23 septembre 2008
Roma amoR (2)
Cuando por fin encuentro la Storia di Roma, de Montanelli, me entero de que fue publicada originalmente en forma de crónicas en el suplemento Domenica del Corriere della Sera. Es, seguramente, uno de los libros más leídos en Italia en los últimos cincuenta años y, sin embargo, resulta difícil encontrarlo hoy. En las librerías y los quioscos romanos se repiten machaconamente los diez o quince superventas del periodo, entre los cuales brilla Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini. Pero no hay luces de Montanelli. Después de innumerables negativas, encuentro la Historia donde un buquinista en el Quirinale. El buquinista sabe que la tiene pero no se acuerda dónde. Busca y rebusca hasta que da con el ejemplar y me lo cede por cuatro euros. Al final del día, entro en la Librería Española, de la Piazza Navona, y la encuentro traducida al español. Junto a una Historia de Grecia, de la que ignoraba la existencia. Por no saber, tampoco sabía que las lumbrerillas de las Brigadas Rojas le metieron a Montanelli un par de tiros en las piernas en el año 1977. Nunca es tarde para llamarlos hijos de puta.
lundi 22 septembre 2008
Roma amoR
Pirateo el discurso de un guía romano a un grupo de turistas. Su inglés me resulta transparente. Si todo el mundo hablase como el guía romano, qué bien que nos entenderíamos. Estamos en el Capitolio y el guía apunta al Foro: Mi abuelo llevaba allí a pastar sus vacas y sus ovejas. El centro de Roma era hasta hace pocos años el campo de Roma. Apunta en seguida a los templos desmembrados: Los que fueron convertidos en iglesias sobrevivieron, el resto se desmoronó.
Leo la Historia de Roma, de Montanelli. La historia consiste en saber contar la historia. Como el guía romano. En inglés transparente. El Imperio no cayó sino que se convirtió en la Iglesia, en el omnipresente San Pedro, allá al fondo.
En el baño del museo, el hindú de servicio no acepta que le dé la moneda en la mano y estira para ese efecto una canastilla de mimbre. Tal como hace la sacristana en el Gesù.






