samedi 4 août 2018

El Corán de sangre

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En 1996, Uday Husein, el hijo mayor de Sadam Husein, apodado el Diablo y conocido como el terror de Bagdad, sufre un atentado que lo deja al borde de la muerte. No muere, sin embargo, y su dictador de padre para agradecer al Altísimo el milagro ordena la confección de un ejemplar del Corán escrito con sangre, con su propia sangre.

Husein, como se sabe, abandonó el laicismo de la primera etapa de su dictadura y tras encajar varias derrotas de proporciones intentó mantenerse en el poder a costa de un mesianismo sunita progresivamente delirante. En 2003 Uday Husein muere a manos de las tropas norteamericanas durante el desplome de la satrapía de su padre y el Corán de sangre desaparece sin dejar rastro, o casi. Emmanuel Carrère y Lucas Mengel cuentan en la última XXI los días que pasaron recientemente en Bagdad buscando el Corán de sangre o lo que quede de él. Cerca anduvieron, sin llegar a dar del todo con él. El relato permite entre otras cosas hacerse una idea de en qué se ha ido convirtiendo la ciudad probablemente más machacada en los últimos treinta años, la misma donde alguna vez hace varios milenios se inventó la escritura.

No cuento más por ahora porque espero que el texto no tarde en ser traducido y publicado en abierto.

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lundi 1 août 2005

Blair

La pregunta es ésta: ¿hay o no relación entre los atentados de Londres y la guerra en Irak? Tony Blair barre la pregunta con un manotazo, descalificando a quien la formula porque tan sólo formularla equivaldría a justificar a los terroristas, quienes, afirma, si no tuviesen ese argumento encontrarían otro. Y se alinea una vez más detrás de Bush, invocando como causa de esa masacre la presencia del “mal”, sin más, sin otras razones ni otra lógica que la maldad intrínseca.

En septiembre de 2002, Tony Blair afirmaba ante el Parlamento británico que el régimen de Sadam Husein podía desplegar sus armas de destrucción masiva en tan sólo 45 segundos. Tras la invasión de Irak y la búsqueda infructuosa de tales armas, quedó más que patente que Blair y Bush mintieron descaradamente. Con todo, los electorados norteamericanos y británicos no tuvieron escrúpulos en reelegirlos a ambos. O si los tuvieron, los contuvieron. Tras sus éxitos electorales, olímpicos y como enterrador del modelo social europeo, Blair miente nuevamente negando las evidencias. Y dos tercios de los británicos así lo entienden cuando afirman claramente que ellos sí ven una relación entre los atentados de Londres y la presencia británica en Irak.

Miente Blair, como hizo Aznar frente a los atentados de Madrid, en marzo de 2004, imputándoselos a ETA y negando o intentando relativizar luego las pruebas que exhibía la policía y que indicaban la autoría de un grupo de terroristas de origen magrebí. El electorado español no se equivocó, sin embargo, votando a quien había prometido, mucho antes de los bombazos en los trenes madrileños, retirar a las tropas españolas de allí donde nunca debieron ir. Escribo estas líneas desde Marruecos. La gente en el mundo árabe-musulmán se muestra sensible al dolor de los londinenses y no justifica el terror. Pero no por eso deja de prestar oídos al sufrimento indecible de los civiles iraquíes, condenados a los bombazos liberadores de las fuerzas del bien.

Desde el inicio de la guerra, 25 mil civiles han perdido la vida, uno de cada mil iraquíes, más de 30 víctimas cada día, muchos de entre ellos a manos de las fuerzas norteamericano-británicas. No son estas cifras una invención del maligno. Son el resultado del cómputo paciente llevado a cabo por Iraq Body Count y el Oxford Research Group, y sólo reflejan las víctimas conocidas, repertoriadas por los medios. El gobierno británico se ha apresurado a negarlas y el norteamericano ni siquiera se da el trabajo de comentarlas.

Nada puede justificar el terror, la matanza bestial de civiles indefensos, cualquier causa que sirva el terror queda enseguida envilecida por éste. Y eso vale para Londres, para Madrid y para Casablanca, pero también para Bagdad, para Faluja, para Gaza, para Cisjordania, para Kabul. Vale para el muchachito tontorrón a quien le lavaron el cerebro en una barriada inglesa hasta hacerlo vagar por las calles de Londres cargado de explosivos buscando un transporte público para saltar por los aires. Pero vale también para Bush y Blair, su eje del mal, sus invencibles ejércitos y su avidez de petróleo.

La Nación de Santiago de Chile, 3 de agosto de 2005

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