dimanche 12 mars 2017

La resurrección

El Reino, y 10

El Reino son muchas historias. 

La historia de Marcos el evangelista que, según Carrère, podría ser el hijo de la mujer en cuya casa Cristo se reúne con sus discípulos la noche de su arrestación y presencia la llegada de los soldados a detener a Jesus, y es el único que no huye y los sigue a buena distancia hasta que lo descubren y le tiran de la capa que lo cubre, y huye desnudo y vuelve a su casa y se duerme y al dia siguiente no sabe si lo que vio lo vivio o lo soñó.

La historia del hijo pródigo, que sólo está en el evangelio de Lucas, como varias otras que serían, según sugiere Carrère, un aporte personal del evangelista griego. Tal como la cuenta Carrère, el énfasis recae sobre el hermano bien portado del hijo pródigo, el que nunca había fallado en su lealtad al padre y acaba por no entender las larguezas de éste con el hijo disipado al que acoge con banquetes y bailes, y se reconcome por ello, como se reconcomió Caín por parecidas razones.

La historia de la comunidad de griegos convertidos por Pablo por la vía de la promesa de la resurrección y, cuando muere el primero de esos conversos, lo velan impacientes por verlo resucitar. Y, en contra de lo esperable, a pesar de que el muerto no resucita no pierden la fe. Tal vez al alba que siguió a ese largo velatorio comenzó a caer el Imperio romano.

Tantas historias son las que cuenta El Reino que otro que intentó contarlas,  George Stevens, a la hora de titular su película la llamó «La más grande historia jamás contada». Carrère, por su parte, fue a buscar en Lucas el atajo que necesitaba para poder seguir contando historias, para mantenerse vivo como narrador.

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samedi 29 octobre 2016

El museo imaginario del Nuevo Testamento

El Reino, 2

La imagen que ilustra la portada de la versión de bolsillo du Royaume es un fragmento de La llamada de Pedro y Andrés, de Duccio di Buoninsegna, pintor toscano gótico. Una opción curiosa, porque es destacable el escaso protagonismo de Pedro en el libro, dedicado como está éste a Pablo y a Lucas.

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Según ha expuesto el propio Carrère, hay un momento en la historia de la pintura en que los personajes dejan de ser figuras idealizadas, prototipos, y pasan a ser reales, a ser retratados sobre la base de personas existentes, se entiende. Puede ser el caso de estos dos pescadores de Galilea, los hermanos Pedro y Andrés, por el gesto de perplejidad con el que acusan la llamada de Cristo, éste último sí prototípico.

La edición española opta por ilustrar con Los Cuatro evangelistas, de Jordaens, flamenco y barroco por donde lo mires.

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Se trata de una obra de juventud del flamenco que de mayor se convertió en protestante, en «evangélico» justamente, como se dice en Sudamérica (los mapuches mejoran el calificativo llamándolos «angélicos»). Donde se ve a los cuatro evangelistas leyendo y tomando apuntes, añosos ya Lucas, Mateo y Marcos rodeando a un jovencísimo Juan. Rotundos y algo empastados todos, «jordaneanos» a más no poder. Agrando el cuadro para señalar dos detalles, dos tonterías.

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 Me fijo en las manos, muy vivas e inquietas, expresando la concentración en la labor. Incluso hay una, arriba a la izquierda, que se estira para que la luz llegue sobre las escrituras. Quién es el del gesto, Lucas o Marcos, está difícil establecerlo, tanto más que para ahorrarse un modelo Jordaens los pinta casi iguales.

Carrère hace en El Reino alguna que otra referencia a la pintura e inevitablemente señala el hecho de que Lucas es el patrono de los pintores, tanto así que a la hora de pintarlo Van der Weyden se autorretrató. Pero lo más notable al respecto es que a pesar de la profusión de imágenes sacras y en particular sacadas de los evangelios, a pesar del impulso que dio a la iconofilia cristiana la contrarreforma, no todas las escenas de los evangelios están representadas.

No hay ni un Carabacho ni un Rembrandt que muestren la circuncisión de Timoteo a manos de Pablo, el exorcismo de la pitonisa, también por Pablo, o la conversión del carcelero de Filipas —apunta Carrère. Ni un puto pompeux pintó a los tesalonicences velando a sus primeros muertos, convencidos de su resurrección inminente. O la primera letra dictada por Pablo a Timoteo, que sería el momento inicial de las Escrituras. 

Una imagen que no existe es una imagen imaginaria. En alguna parte nos espera el museo imaginario del Nuevo Testamento.