samedi 11 février 2017

Inés de Suárez como punctum

El 12 de febrero de 1541, pronto hará medio milenio, en una lengua de tierra entre dos brazos del río Mapocho, sobre una colina que los nativos picunches llamaban Huelén, un grupo de extremeños fundan Santiago de Chile. El cacique del lugar se llamaba Huelén Huala y de él obtuvo Pedro de Valdivia el acuerdo para poner la primera piedra de la que sería la capital de Chile.

Fundacion_de_Santiago

En 1898, Pedro Lira pintó este óleo que fija ese momento. Cacique y conquistador indican el lugar donde se desplegará una ciudad que hoy tiene seis millones de habitantes. A lo largo de los años la imagen ha estado en varios billetes en curso y ha circulado abundantemente de mano en mano. Y, sin embargo, poco se la ha mirado de cerca, como afirma con razón Josefina de la Maza, quien centra su análisis de la pintura en una presencia-ausencia, la de la única figura que no es de indio ni de conquistador. Está junto a Valdivia, detrás de su lugarteniente, Pedro de Villagra, cubierta por un manto blanco.

Es Inés de Suárez.

La historia de Suárez no cabe en estas líneas. Pero ella sí cabía en el cuadro porque se había ganado el derecho a estar en él, ella más que ningún otro. Y, sin embargo, ¿qué hace que Pedro Lira, el gran pintor fin de siècle en Chile, la muestre à la dérobée, la señale y la esconda al mismo tiempo? «Ansiedad de género» diagnostica nuestra ensayista. Incapaz de encasillar a la pionera en un formato al uso, el pintor la disimula bajo un hábito de mercedario. 

Claro que, como sea, la gestalt opera. Una vez que la ves, ya no puedes dejar de verla e Inés de Suárez se convierte en el punctum del cuadro.

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lundi 23 mai 2016

El zoológico

Un hombre desnudo se introdujo ayer en la jaula de los leones del zoológico de Santiago de Chile. Las fieras lo contemplaron con asombro, el tipo se les colgó de los pelos, los leones le dieron un par de zarpazos y a otra cosa. En ese momento «se activaron los protocolos de seguridad» como se dice ahora y aparecieron los guardias, mataron a los leones y se llevaron al suicida al hospital, donde está grave.

Se cuenta rápido pero se comenta mucho. Pones a un hombre entre fieras y se desatan imágenes bíbilicas. El animalismo en boga, además, opina que si los zoológicos, que si la castración, que si la comida envasada... El suicida pasa a un segundísimo plan y tal vez sea mejor así. 

Por mi parte agrego que a ese jardín zoológico solía ir yo con mi padre cuando niño en las mañanas de domingo. El recorrido era siempre el mismo. Las fieras enjauladas nos interesaban poco. La elefanta se veía desproporcionada en su reducto, la trompa larga y el rabo corto. Los leones estaban  deprimidos, el león en su media jaula, la leona en la otra. Eso sí, a veces el león soltaba un rugido feroz. La jirafa estaba un poco mejor y conseguía estirar el largo cogote por encima de la reja y atrapar con su lengua suavísima el maní y otras porquerías que la gente le tendía.

Mi padre y yo nos demorábamos frente la gran jaula de los pájaros. Allí nos sentábamos a mirar como volaban plumas. Supongo que mirando esos pájaros multicolores descansábamos de todo lo demás. Cuando me aburría, me daba la vuelta y buscaba en el suelo a las hormigas oscuras, a su trapicheo incesante.

Luego nos íbamos a instalar delante del foso de los papiones. Allí todo era vocinglería. Al bullicio de los monos se sumaba el de los espectadores, contagiados. Dentro del foso también había un padre junto a su hijo mirando a otros monos. Una manada de monos es una sociedad en reducido y representa todas las emociones: la admiración, la envidia, la alegría, la ira. La mímesis: mirar a los monos es como mirar a los mimos sobre un escenario. Son un imán para los ojos. Y nos ponen frente al enigma que John Berger, cuando cuenta sus visitas al zoológico de Basilea con su padre, formula así: ¿Por qué se nos parecen tanto y sin embargo no son como nosotros?

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jeudi 5 février 2015

Una familia

Narcocorrido

El hijo va vestido con una camiseta de la seleccion argentina, un bluyín raído y una visera de marca. El padre es feo como un cacique que se ha llevado todo a la boca y no acaba de digerirlo. La madre, en cambio, es guapa como una peninsular que a la salida de misa no lleva mantilla de tan discreta. El hijo apoya la cabeza en el hombro del cacique, quien le acaricia la melena, debajo de la cual asoma una joya en la oreja -no es un aro ni un pendiente- que muestra que ya no es un niño o que aún lo es. El cacique se eclipsa hacia el baño, donde se mira largamente en el espejo, se arroja agua a la cara y emite unos ruidos sordos. Manifiestamente se ha metido un par de rayas que le han sentado de puta madre. Fuera lo esperan el niño curioso y la mujer discreta. Sale del baño y hace un par de llamadas desde el móvil. Ahora toca ir a recoger el equipaje.

Diario del Cono Sur, 10

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Retazos porteños

Diario del Cono Sur, 9

Mira que ir a Buenos Aires y, en lugar de escribir sobre Nisman y Kitschner, ponerse a hablar de zorzales y de fetos en formol. Y luego quieres tener lectores. ¿Y quién te dijo que yo quiero tener lectores?

Al despegar, Buenos Aires es un sinfín de luces de colores junto al río chocolatero. Al aterrizar, Santiago por la mismas, si cambias al río por la cordillera. El avión ha venido buscando la última luz del poniente. No sé si será posible un viaje aéreo que haga durar el crepúsculo largas horas, un día entero. Por lo pronto, esa será mi fantasía erótica a la hora de buscar el sueño. Y como plan B, una navegación por mar entre Montevideo y Valparaíso vía el Cabo de Hornos.

Quién supiera leer la ciudad por sus luces. Entiendo que las luces rojas indican a los pilotos la altura de los edificios, mientras que las demás componen el entramado del tráfico entre los volúmenes edificados. Por otra parte, y para reforzar la sensación de continuidad entre una y otra capital, estos últimos años la cotorra argentina ha venido colonizando Santiago. Menudos cotorreos que hay que oír entre los árboles y los postes de la luz. Lo mismo con los locutores deportivos chilenos, que imitan descaradamente a los argentinos.

También sobre cotorreos, el uso porteño del indefinido en lugar del compuesto es cortocircuitante: «Todavía no almorcé», dicen. «A la Argentina se la robaron tres veces y todavía no murió». Y la señora, concentrada en la cinta giratoria buscando su maleta: «Y, no la vi la maleta». 

El taxista que nos lleva hasta el Gran Rex al espectáculo de Les Luthiers -Viejos hazmerreíres se llama- dice que él no iría a verlo. «Todos los que vienen de fuera, Los Beatles, bueno, Los Beatles, no, Youtube (Youtube dice, queriendo decir U2, supongo), vienen de última». Pero Les Luthiers juegan de locales, replico. «Bueno, igual no iría».

El Gran Rex, sin embargo, está lleno. Un placer ver un teatro lleno de gente sencilla que sabe disfrutar de un espectáculo. Se reconcilia uno no sé con qué, con los porteños puede ser, que andan algo cabizbajos, como asustados frente a lo que viene y a lo que va. El de Les Luthiers es un humor popular inteligente, si eso existe. Y buena música, hecha con califones y bidets. Están viejos y se ríen de su propia vejez con chistes bien hechos. Tal vez demasiado hechos. No sé si olvidan eso de que primero hay que escribir y luego borrar los chistes.

No es que los taxistas sean iguales en todas partes, sólo lo parecen. Los bonaerenses son muy de Macri, y algunos le echan la culpa de todo a los ladrones y a los extranjeros. Y creen que Macri no robará, porque ya tiene. 

Lo dejo por ahora. Mañana digo algo sobre el Ateneo o pongo un autorretrato, si eso.

Source: Externe

Del libro «Santiago desde el aire»

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mercredi 21 janvier 2015

A ti, Lolita

Diario del Cono Sur, 4

Por muy alto que esté el lugar desde donde se la mire, la ciudad resulta inabarcable: siempre hay más detrás. También sucede con el ruido, que puede ser sordo o agudo pero es siempre continuo. 

Un amigo belga me decía años atrás que el hecho diferencial de Santiago no era su tamaño ni su barullo sino la cantidad de peluquerías por kilómetro cuadrado. Habría tantas peluquerías (que aquí llaman salones de belleza) como en Madrid hay bares o librerías en Buenos Aires. Pero más que peluquerías, o bares, o incluso librerías, hay ahora en Santiago salones de pilates. Y hasta ayer no sabía yo que el pilates es una especie de gimnasia para santiaguinas.

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O será esto un fenómeno del barrio que atravieso para ir de mi piso 19 hasta la librería, que tiene nombre de niña, de cachorra y de novela, Lolita. Un nombre tan lindamente palindromático: A ti, Lolita.

El libro que compro opera un prodigio: es el último de Savater y el primero que no me gusta. No me gusta particularmente el capítulo que le dedica a Santiago, quiero decir. Se trata de periodismo literario: el autor recorre varias ciudades y las describe a través de su escritor emblemático. A Santiago le toca en suerte Neruda. Pero los entrevistados no tienen nada muy sustancioso que decir y hay una coma mal puesta. Tanto así que la impresion de conjunto es que nuestro querido filósofo le ha echado a la cundidora. Mejorará en cuanto hable de Buenos Aires y Borges, no me cabe duda.

Hablando de palíndromos y viendo éste que le dedica a los islamistas mi amigo Montañés: Mal si leís así el islam, caigo en la cuenta de que todo palíndromo que se le dedique al islam comienza mal y termina peor.

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lundi 19 janvier 2015

La virgencita del cerro

Diario del Cono Sur, 2

Se supone que hoy es el lunes triste, el día más deprimente del año. Espero que no sea para tanto, aunque haya amanecido nublado y desde mi atalaya la niebla no deje ver los entusiasmantes emblemas del futuro y del pasado de Santiago, un alto edificio en forma de supositorio y la virgencita del cerro, respectivamente. 

El falso adagio hindú del Hotel MarigoldEverything will be all right in the end... if it's not all right then it's not yet the end, del que hablaba anoche con S, se podría traducir así: «Al final todo se arreglará, y si no se ha arreglado aún es porque todavía no es el final». Se podría traducir mejor, hay que intentarlo. No sé por qué la gente no intenta traducir, si traducido se entiende mejor. En Barajas se me acercó una señora albaceteña y me preguntó si esa era la fila de priority. Y no era, claro.

Los ingleses del Hotel Marigold ni siquiera cogen un tren -lo comento por si el amigo V asomase- sino un autobús, tan tópico en su recorrido que dan ganas de bajarse en seguida. En el avión vi también otra de temática hindú, una comedia a lo Spielberg rondement menée. Un cocinerito indio invade Francia. ¿Someterá la patria de la ilustracion culinaria a su oscurantismo picante, como en la novela de Ulbec? Al final el cocinerito se casa con la cocinerita, aplicando el falso adagio hindú.

En Barajas no, pero en Zaventem por una vez había más policías y armas que pasajeros y maletas. Entre todos los males del terrorismo también está el de dar por buenas las armas que protegen de las armas.

Merino, hoy, como si hablase de mi tío, que no viene más a menudo por aquí por la lata que le da hacer la maleta. Y esperar lo que tarda en aparecer en la cinta repartidora en Pudahuel. Y ver como la olisquean los sabuesos del SAG, dispuestos a no dejar entrar en Chile -potencia alimentaria y forestal, reza la propaganda- ni la castaña que él lleva en el bolsillo para curarse el reuma.

Para no hablar de la lata de que no aparezca la maleta o, peor, que los del SAG la abran y exhiban a la faz de la tierra nublada un paisaje hecho de supositorios y de virgencitas.

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samedi 15 novembre 2014

Las calles

Cuando pasa el tiempo, lo real adopta un aspecto de ficción, y será ese el sino de nuestros retratos. Eso dice Javier Marías. Lo recuerdo viendo la foto de este hombre caminando por Santiago de Chile.

Esas son las calles por donde anduvo también Antonio después de desembarcar de un navío genovés y del tren trasandino y haber pernoctado los primeros días en el Hotel España de la calle Morandé, a dos pasos del lugar de la foto, tras un mes de travesía de la meseta castellana, el océano Atlántico, la pampa argentina y la cordillera de los Andes, de dejar atrás su pueblo, las ciudades de Oviedo, Madrid y Barcelona y los puertos de Santos y de Buenos Aires.

Mucho hablé con él, años más tarde, caminando precisamente por calles como la de la foto. Ahora que ya no puedo preguntarle nada más, cuánto me gustaría escucharlo contar algún intersticio de ese viaje, cualquiera, el que él eligiese.

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vendredi 1 août 2014

El hombre de la foto

Esta foto del cerro Santa Lucía, en el centro de Santiago de Chile, hace un siglo y medio.

El hombre de la foto me hace pensar en el hombre de Tiananmén, el que detenía a los tanques. Nuestro hombre del Santa Lucía hace frente a lo que viene, al tiempo que pondrá en lo alto del cerro un cañón, una bandera y un castillo donde se celebran matrimonios.

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jeudi 13 juin 2013

El coqueteo

Voy leyendo demoradamente The Childhood of Jesus, el  último libro de mi venerado Coetzee. Hasta ahora, la acción que describe la novela transcurre en un país de habla española. Me pregunto de dónde le viene este coqueteo suyo con la lengua mía. En Diario de un mal año, un personaje trata a Coetzee de Señor, otro lo llama Juan y un tercero lo cree colombiano. Lo cierto es que Coetzee ha leído a García Márquez, a la luz del tirón de orejas que le da al aracataqueño. Mais encore ?

MM me cuenta que, en su reciente visita a Santiago de Chile (la segunda en menos de dos años), Coetzee se limitó a leer en público, ante unas setenta personas en una facultad universitaria, dos capítulos de The Childhood... y a firmar ejemplares del libro. Los asistentes estaban prevenidos de que no habrían preguntas ni diálogo posterior con el escritor. Harto que estará de que le pregunten por Mandela.

A qué va, entonces. Por no dejar, enfilamos una serie de respuestas posibles, desde las más previsibles (compromisos editoriales) a las más peregrinas (porque Santiago queda en un punto intermedio entre su Ciudad del Cabo natal y Adelaida, la ciudad donde vive, sobre el mismo paralelo). Pero la mejor respuesta es a la vez la más sencilla, la más sublime y la más ridícula: por amor.

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samedi 18 mai 2013

Chilean Holly

Tiempo que no voy camino de Santiago. Lo noto porque asocio cosas con otras, que no vienen al caso. Por ejemplo, leo una novela en que el protagonista quinceañero aprieta en su bolsillo el cortaplumas cuando alguien se acerca, y me da por acordarme de otro que hacía otro tanto cuando comenzaba a salir de noche por las calles de Santiago. STP, decía Lira: sorteas tantos peligros.

El quinceañero de la novela es muy listo, un as de la esquemática, y sin embargo carece de habilidades sociales: va por ahí diciendo las cosas por su nombre, porque no soporta la ambigüedad. Mal negocio ése: lo explícito y lo implícito pueden combinarse a distintas dosis, pero no pueden dejar de combinarse.

El librito me lo he leído para pensar en otra cosa, siguiendo la recomendación de Ian McEwan, y también porque me lo regaló la Mac. Trata de lo mismo de siempre, del niño que va de los Apeninos a los Andes, en este caso from Swindon to London, en busca de su madre, pero tiene un interés añadido a su humor inglés y su suspense a lo Conan Doyle, y es que presenta unas cuantas fórmulas, irresistibles para los que somos de letras. Esta se me ha quedado: para que las cosas funcionen se requieren tres condiciones: que las cosas se copien a sí mismas (mímesis 1); que las cosas se repliquen con un pequeño error (mímesis 2); y que esa error se transmita a las copias venideras (mímesis 3).

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Pero, bueno, cosas con otras, lo que iba a decir, antes de irme por las ramas, es que me entero por el Atlas de Gay de que hay en Chile un arbusto que se llama Desfontainea spinosa. Flores rojas como copihues y hojas de acebo, por lo que en inglés se le llama Chilean Holly. Me pregunto quién le habrá dado esos nombres tan guapos, disculpen que los repita: Desfontainea spinosa, Chilean Holly.

Otro de sus nombres comunes es borrachero, basta mirarlo para marearse, aunque también puede uno hacerse con sus hojas un té. Los mapuches, que se daban coraje antes del combate bebiendo chamico, lo llaman chapico. Los chibchas, por su parte, «daban chicha fermentada con semillas de brugmansia a las mujeres y los esclavos de sus jefes muertos para provocarles estupor antes de ser enterrados vivos junto a sus esposos o amos». Pero los chibchas no eran chilenos, como Alexis, sino colombianos como Radamel. Y esto lo digo para que se me entienda.

Así que, como dificulto que encuentre un ejemplar de Chilean Holly chez Oh! Green, creo que tendré que ponerme una vez más camino de Santiago.

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