vendredi 1 août 2014

El hombre de la foto

Esta foto del cerro Santa Lucía, en el centro de Santiago de Chile, hace un siglo y medio.

El hombre de la foto me hace pensar en el hombre de Tiananmén, el que detenía a los tanques. Nuestro hombre del Santa Lucía hace frente a lo que viene, al tiempo que pondrá en lo alto del cerro un cañón, una bandera y un castillo donde se celebran matrimonios.

C

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jeudi 13 juin 2013

El coqueteo

Voy leyendo demoradamente The Childhood of Jesus, el  último libro de mi venerado Coetzee. Hasta ahora, la acción que describe la novela transcurre en un país de habla española. Me pregunto de dónde le viene este coqueteo suyo con la lengua mía. En Diario de un mal año, un personaje trata a Coetzee de Señor, otro lo llama Juan y un tercero lo cree colombiano. Lo cierto es que Coetzee ha leído a García Márquez, a la luz del tirón de orejas que le da al aracataqueño. Mais encore ?

MM me cuenta que, en su reciente visita a Santiago de Chile (la segunda en menos de dos años), Coetzee se limitó a leer en público, ante unas setenta personas en una facultad universitaria, dos capítulos de The Childhood... y a firmar ejemplares del libro. Los asistentes estaban prevenidos de que no habrían preguntas ni diálogo posterior con el escritor. Harto que estará de que le pregunten por Mandela.

A qué va, entonces. Por no dejar, enfilamos una serie de respuestas posibles, desde las más previsibles (compromisos editoriales) a las más peregrinas (porque Santiago queda en un punto intermedio entre su Ciudad del Cabo natal y Adelaida, la ciudad donde vive, sobre el mismo paralelo). Pero la mejor respuesta es a la vez la más sencilla, la más sublime y la más ridícula: por amor.

J

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samedi 18 mai 2013

Chilean Holly

Tiempo que no voy camino de Santiago. Lo noto porque asocio cosas con otras, que no vienen al caso. Por ejemplo, leo una novela en que el protagonista quinceañero aprieta en su bolsillo el cortaplumas cuando alguien se acerca, y me da por acordarme de otro que hacía otro tanto cuando comenzaba a salir de noche por las calles de Santiago. STP, decía Lira: sorteas tantos peligros.

El quinceañero de la novela es muy listo, un as de la esquemática, y sin embargo carece de habilidades sociales: va por ahí diciendo las cosas por su nombre, porque no soporta la ambigüedad. Mal negocio ése: lo explícito y lo implícito pueden combinarse a distintas dosis, pero no pueden dejar de combinarse.

El librito me lo he leído para pensar en otra cosa, siguiendo la recomendación de Ian McEwan, y también porque me lo regaló la Mac. Trata de lo mismo de siempre, del niño que va de los Apeninos a los Andes, en este caso from Swindon to London, en busca de su madre, pero tiene un interés añadido a su humor inglés y su suspense a lo Conan Doyle, y es que presenta unas cuantas fórmulas, irresistibles para los que somos de letras. Esta se me ha quedado: para que las cosas funcionen se requieren tres condiciones: que las cosas se copien a sí mismas (mímesis 1); que las cosas se repliquen con un pequeño error (mímesis 2); y que esa error se transmita a las copias venideras (mímesis 3).

D

Pero, bueno, cosas con otras, lo que iba a decir, antes de irme por las ramas, es que me entero por el Atlas de Gay de que hay en Chile un arbusto que se llama Desfontainea spinosa. Flores rojas como copihues y hojas de acebo, por lo que en inglés se le llama Chilean Holly. Me pregunto quién le habrá dado esos nombres tan guapos, disculpen que los repita: Desfontainea spinosa, Chilean Holly.

Otro de sus nombres comunes es borrachero, basta mirarlo para marearse, aunque también puede uno hacerse con sus hojas un té. Los mapuches, que se daban coraje antes del combate bebiendo chamico, lo llaman chapico. Los chibchas, por su parte, «daban chicha fermentada con semillas de brugmansia a las mujeres y los esclavos de sus jefes muertos para provocarles estupor antes de ser enterrados vivos junto a sus esposos o amos». Pero los chibchas no eran chilenos, como Alexis, sino colombianos como Radamel. Y esto lo digo para que se me entienda.

Así que, como dificulto que encuentre un ejemplar de Chilean Holly chez Oh! Green, creo que tendré que ponerme una vez más camino de Santiago.

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dimanche 4 novembre 2012

El contrato

L

Hablábamos de libros con S. y Sámuel cuando me acordé de que tenía un bono de compra por 15 euros en la librería y comprobé que vencía al día siguiente. Así fue como me hice con L'adversaire y Je suis vivant et vous êtes morts, pagué la diferencia (3 euros) y salí súper contento. Este último, Je suis vivant..., está en un formato rarísimo. Tan raro es que no me atrevo a tocarlo. Así que he comenzado por El adversario. Y bien, porque lo que en él se cuenta ocurrió mientras Carrère escribía Je suis vivant..., de manera que la lectura de uno anticipa la del otro.

El Adversario (El 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres y luego intentó, en vano, suicidarse...) me ha recordado dos historias que se tocan. La primera ocurre en Santiago de Chile. Un coronel pinochetista, torturador por añadidura, cercado por la justicia, va y se suicida. Merecidísimamente. La cuestión está en cómo lo hace. Se acerca hasta un edificio en construcción en un exclusivo barrio de la ciudad y pide visitar el apartamento piloto en el ático. La estupenda vendedora lo pasea por las magníficas dependencias. El coronel se sienta en los mullidos sillones, apoya la palma de la mano en la amplia cama matrimonial, enciende y apaga luces, corre y descorre cortinas, se encierra un momento en el espacioso baño y luego sale a la gran terraza como si llevase una copa en la mano, respira el aire cordillerano y se lanza al vacío. La vendedora aún no se recupera de la impresión.

La segunda transcurre en la calle donde vivo, en la que, años atrás, un vecino mató a su mujer y a sus hijos, tras haber ultimado a su madre en su casa materna, y en seguida se colgó. Nuestro barrio es reciente. Cuando llegamos, hace catorce años, los vecinos, casi todos padres de familia con hijos pequeños o adolescentes, nos íbamos presentando entre los más inmediatos mientras que con los más distantes nos limitábamos a saludarnos. Este de la matanza era, para mí, de estos últimos. Lo veía pasar a veces con sus hijos pequeños camino de la escuela y poco más. Tras la matanza supe que era un hombre jovial, casi infantil de tan bromista y risueño. No tenía problemas conocidos, ni de trabajo ni de dinero. El hecho de que hubiese comenzado por matar a su madre nos ponía sobre una pista freudiana, por llamarla de alguna manera. El desconcierto que la masacre provocó en el barrio fue mayúsculo, pero lo vivimos como solemos tratar los asuntos vecinales en este civilizado país: disimulando. La civilidad, justamente. La matanza representaba una brutal ruptura de un contrato tácito entre vecinos: ¿No nos íbamos a ayudar los unos a los otros en la diaria tarea de hacer de esta calle un espacio vivible? ¿No éramos iguales?

Mi impulso me llevaba a querer saber más, a tratar de entender y a ponerlo por escrito. Pero intuí entonces que ir por ahí averiguando equivalía a otra forma de ruptura del contrato tácito, que comporta también una cláusula de privacidad. De manera que me limité a escribir una crónica y a publicarla en un diario que no lee nadie al otro extremo del mundo y lo dejé hasta ahí. Hasta hoy, en que la lectura del Adversario me ha traído la historia de vuelta.

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vendredi 25 novembre 2011

La llamada

Ahora mismo se reúnen en Santiago quienes eran mis compañeros cuando fuimos colegiales. No he podido estar con ellos, pero he seguido los preparativos a través del correo. Habrá misa, oficiada por el que se hizo cura, aperitivo, cena y bajativos en el casino del colegio. 

No han sido las redes sociales las que han reunido al grupo de veteranos sino la voluntad de celebrar la fecha y el recurso al correo electrónico. A través del intercambio de mensajes, me he enterado de un par de fragmentos de la vida de unos y otros. B tenía un hermano, también llamado B, que acaba de morir. B está muy triste, naturalmente, y además está en la bancarrota, que es otra forma de tristeza. Como dice el sambista, tristeza é uma coisa sem graça mais sempre fez parte da canção.

Años atrás, por estas mismas fechas, hubo una celebración equivalente. A la hora de los bajativos, a los presentes les dio por recordar a los ausentes y decidieron hacer uso del teléfono. Sería la medianoche en Santiago, las cinco de la madrugada en mi casa. Cuando el teléfono suena a esas horas, el soñoliento no puede impedirse imaginar tragedias. Me tranquilizó, por lo tanto, escuchar esas achispadas voces remotas. Por suerte, después de hablarme durante una media hora tenían todavía que llamar al negro U, que vive en Australia, así que me dejaron solo frente a la ventana viendo el amanecer.

Ese sábado fui el primer cliente de la panadería. Compré magdalenas.

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mercredi 12 août 2009

El helicóptero

No hay nadie, aparte del hombre de la motoneta, en esta foto de septiembre de 1973 en Santiago de Chile, tomada por Bob Borowicz. Pero están todos. La iglesia de los Sacramentinos (remedo del Sacre Coeur de París), el Fiat 600, los buses de la ETC, el auto volcado, los muros, los techos, el árbol, el poste de la luz, el escarabajo, el agujero de la bala en el escarabajo. Y el helicóptero.

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dimanche 26 avril 2009

Lord Cochrane

Museo del mar fantasma >

Antes que nada, antes que sus títulos, sus hazañas, su memoria, su museo fantasma, Lord Cochrane es para los santiaguinos una calle entrañable y sin encanto del Santiago viejo, ahogada por el intenso tráfico de los microbuses.

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dimanche 17 août 2008

Se ruega no quitarse el sombrero

Sombreros

Se ruega al público no quitarse el sombrero
Para mayor comodidad de los pasajeros

Estos alejandrinos los encontró mi hermana en un edificio de la calle Bandera, en Santiago de Chile. Hay un lugar donde quitarse el sombrero incomoda a los pasajeros.

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