dimanche 28 octobre 2018

Fuegos de San Antonio

Anoche había una buena razón para celebrar y celebramos. Conté entonces la aventura del personaje de una novela de Tabucchi que recorre Lisboa un domingo de julio de extremo calor con una botella de Veuve Clicquot bajo el brazo.

Por la mañana abrí el libro y vi que no es con una botella de Veuve Clicquot que se pasea el personaje sino con una de Laurent-Perrier. A la hora de comprarla en «La Brasileira», el hombre duda entre ambas marcas pero el barman inclina la balanza en desfavor de la Veuve Clicquot porque afirma que no le gustan las viudas.

Pasa por muchos sitios y le pasan muchas cosas al personaje de «Requiem». El cuento es que llega sobre la hora de cierre al Museo de Arte Antigua porque quiere volver a ver «Las Tentaciones de San Antonio», del Bosco.

Capture d’écran 2018-10-28 à 16

Frente al tríptico hay un copista que reproduce un detalle a un tamaño desproporcionadamente grande. El copista le explica que trabaja para un millonario texano que quiere llenar su rancho con detallazos del Bosco.

El copista conoce el tríptico como sus bolsillos (así dice, «como os meus bolsos»). Antes de estar en el museo, añade, el tríptico estaba en el Hospital de los Antonianos, a donde llegaban las víctimas de enfermedades de la piel, casi todas de origen venéreo. La más común de esas enfermedades era el entonces llamado Fuego de San Antonio, ahora conocido como herpes zoster. Los enfermos peregrinaban hasta el tríptico del Bosco para pedir a San Antonio que los curara de los terribles ardores de ese fuego.

El virus del herpes zoster lo llevamos todos dentro, dice el copista, nos ataca si bajamos las defensas y luego se adormece hasta que reaparece. El herpes es como el remordimiento, sentencia. Podemos amansarlo y adormecerlo, pero en cuanto nos pilla volando bajo nos vuelve a atacar.

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jeudi 28 février 2013

Antonio, Antonio, los adultos son imbéciles

Vila-Matas tiene recuerdos inventados. Como todos nosotros, tal vez, sólo que él los exhibe. El autor barcelonés leyó el año 83 un librito de Tabucchi. Como no le pareció suficiente saber que en el futuro conocería a su autor, quiso también conocerlo en el pasado, por lo que se inventó este recuerdo: es el año 53, Vila Matas tiene cinco años y pasa los veranos en la casa familiar de Cadaqués. A la casa del lado ha llegado una familia italiana, los Tabuchi, y, al caer las tardes, el niño Vila-Matas sale al patio, se sube a una silla junto a la tapia y en cuanto ve aparecer al niño italiano de la casa vecina, le dice: Antonio, Antonio, los adultos son imbéciles.

Un complemento a esa escena lo pone un joven Rodrigo Lira, quien, en agosto del 67, tiene 17 años y estudia psicología en la Universidad Católica. Como es bien sabido, por esas fechas los estudiantes se toman la casa central de la Universidad. Lira forma parte del grupo que controla el acceso al edificio, precisamente por la calle Lira y, para filtrar las entradas, impone la siguiente contraseña: «¿Cómo son los niños?», preguntan desde el interior. «Perversos y polimorfos», responde el que golpea, y el sésamo se abre.

BRC

Óleo de Benito Rebolledo

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dimanche 25 mars 2012

Cerrado por duelo

En la noche del sábado al domingo, en pleno equinoccio, murieron tres personas queridas. 

En Gijón murió J, la menor de las hermanas de A, el bable más puro del pueblo. Un día en que ya nos habíamos dicho adiós (con lo que nos costaba despedirnos), nos volvimos a encontrar. No somos para despedirnos, me dijo.

En Lovaina murió E. Lo vi por un última vez hace dos o tres sábados. Era lacónico, pero ese día quería hablar y me tomé el tiempo de escucharlo. Me contó que, siendo un niño, tuvo que echarse al camino con toda su familia, huyendo del ejército alemán, hasta la frontera francesa donde los obligaron a dar marcha atrás. De vuelta a casa, extenuados, encontraron las camas maculadas por la mierda ajena. Preferiría no sufrir, me dijo, pero no tengo miedo de morir. 

En Lisboa murió Antonio Tabucchi. Sólo lo vi una vez, en Lovaina también, hará quince años. Me parece que fue hace nada pero ya sabemos que el tiempo envejece de prisa. Me acuerdo ahora de esto que dijo ese día, de estas palabras de su abuela: Sabes, Antonio, la vida pasa en un segundo pero, a veces, cuánto tarda en pasar un día domingo.

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jeudi 9 avril 2009

La mirla

En ‘Réquiem’, de Tabucchi, los protagonistas se toman en el restaurante de don Casimiro un ‘sarrabulho à moda do Douro’ que está muy bueno. El sarrabulho es un plato de sangre y vísceras. La receta del sarrabulho es detallada por la mujer de don Casimiro, a quien llaman Casimira a pesar de que se llama Maria da Conceição.

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En Bangladesh los pobres crían cerdos en los basurales de los extramuros y no los matan, porque no pueden consumir la carne de una vez, ni tampoco conservarla, sino que los ‘cosechan’, esto es les van quitando partes cuidando de que se mantengan con vida. Algo similar, pero mejor, hacen los masai en África, que toman a diario una mezcla de sangre y leche de sus vacas, cicatrizando bien la herida tras cada ‘ordeño’ sanguíneo.

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Una mirla ha anidado en el jardín. Hasta ahora los adiposos gatos no han dado con el nido.

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